Integrados y libertarios

Nunca he logrado entender el interés que tiene la gran mayoría de la gente por situarse en una posición de dominio. Las explicaciones de los antropólogos y de los biólogos que hablan de nuestra esencia predadora como corresponde a un mamífero de nuestra clase no logra convencerme. Quizás sea cierto que la cultura y la educación, así como algunas instituciones sociales, sean la sublimación de nuestros instintos carnívoros (por no llamarlos asesinos.) Quizás lo sean, no sé, pero como explicación vale poco, por no decir que tiene un alcance limitado.

Quizás sí sirva la explicación de que somos mamíferos territoriales para explicar por qué hay poetas o críticos que no permiten dentro de su ámbito de influencia a otros que no sean los de su cuerda. Comencemos por admitir que España es un país muy pequeño y que el reparto de prebendas es dificultoso por la misma escasez. Las subvenciones y las páginas de los periódicos son escasas. La gente no parece muy interesada en las novedades y la atención que ponen en la lectura es ínfima. Ante tal panorama, los poetas han de pelear para conseguir un mínimo de repercusión. Y han de seguir peleando para que se mantenga en el tiempo. Nadie quiere ser flor de una sola temporada. Aunque quién sabe si también puede ser miedo a que aparezca una joven promesa que amenace la indiscutible al macho de espalda plateada y sienes laureadas.

Hubo un tiempo en que los jóvenes se levantaban contra los consagrados. Les animaba eso tan trivial de una nueva estética, un modo nuevo, distinto, original incluso, de entender la poesía. Contra ellos los mayores se rebelaban para no perder su preeminencia, los toisones que se les acercaban ya y la inmortalidad que procuraban las obras completas encuadernadas en piel de becerro y papel de biblia con cantos dorados. Hubo un tiempo también en que algunos consagrados, o quizás no tan consagrados pero geniales poetas, alababan a mediocres para menospreciar a quienes eran buenos poetas. Al fin y al cabo, esa era la estrategia de Charles Baudelaire. Baudelaire, es cierto, trabajó dentro de unas coordenadas sociales muy distintas a las que hoy tenemos. Unas coordenadas donde el poeta tenía muchísima más libertad, a pesar de las demandas judiciales. La institución literaria de poetas, críticos, academias y premios existía y estaba firmemente controlado por algunos, pero no es menos cierto que el sistema literario (aquel que dicta la norma estética) estaba resquebrajado y por entre las grietas algunos se colaban. Eran años de libertad para la poesía, el arte o la filosofía. Podríamos llamarlos los años salvajes de la cultura. Para la cultura no oficial y mucho menos para la oficialista.

Quizás la imagen del escritor totalmente independiente de la sociedad, enfrascado en un arte propio y despreocupado de la respuesta de los lectores no sea cierta en su totalidad. Quizás sí que se preocupaban y luchaban en contra (o no luchaban, quién sabe, y escribían siguiendo la retórica de la época.) Quizás a pesar de conocer los gustos de quien leían poesía luchaban por ampliarlo.

Lo que es cierto es que hoy en día muchos escritores quieren estar a bien con algunos de los centros de irradiación de poder, ya sea municipal, autonómico o nacional. La Cultura se ha convertido en industria cultural y maneja un presupuesto, público en su gran mayoría, nada desdeñable. Esto hace también que los consagrados (o los instalados) no deseen que entre gente nueva, y que la selección sea muy severa (en términos numéricos). Pocos de los nuevos consiguen la invitación para morar en el Olimpo: el de las subvenciones, los premios y las páginas de los periódicos. Algunos sí que hay, por supuesto, pero son minoría. Escriben y publican como pueden, si pueden que a veces no. Se unen y crean editoriales pequeñas, independientes de verdad, cuyo futuro es casi inexistente, y la distribución está muy lejos de ser razonable. Quién sabe cuántas quedarán dentro de diez años. Muy pocas, por no decir ninguna. Lo más probable es que cuando despertemos del sueño, solo permanezcan los olímpicos, más envejecidos y más señorones, y sus discípulos. Seguirán dictando las normas y controlando el ingreso. Apelarán a la excelencia poética para justificar que nieguen el certificado de buenas prácticas poéticas a muchos. De vuelta a casa, se cerciorarán de que sigue bien cerrada la habitación en la que acumulan todos aquellos a quienes dieron su placet a pesar de que ni entonces ni después habían escrito no ya buena o mala poesía, sino ni siquiera poesía.

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Incierto futuro

Hemos tenido la suerte de vivir un momento de aceleración del tiempo y hemos visto muchas cosas. Es cierto que tal aceleración no ha venido acompañada de una revolución, que era el modo tradicional en que se presentaba, y ahí está Walter Benjamin para dar cuenta de ello cuando nos habla de la emergencia del acontecimiento. Esto no es bueno ni malo sino simplemente un signo de los tiempos que nos han tocado vivir. El Muro de Berlín cayó y con él algunos de los peores regímenes de la historia, resurgieron algunos fantasmas de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX que creíamos desaparecidos y resueltos (pero no era así). Los humanos necesitamos de certezas que nos sirvan de cobijo y cuando el sueño del comunismo se despeñó por el barranco, volvieron aquellos antiguos de las comunidades en torno a señas de identidad que todos podíamos identificar y con ellas rechazar a quienes no eran de los nuestros. También se ha ido propagando un ruptura con el tiempo anterior. Esto que ya algunos anunciaron en los albores del siglo XXI, y que casi nadie creía, se viene confirmando cada vez con mayor claridad. El cambio generacional es de tal magnitud que en poco tiempo habrá una distancia mayor entre los jóvenes de ahora y los que fuimos jóvenes en la segunda mitad del siglo XX que entre nosotros y los jóvenes del siglo XIX. Esto que es algo hasta cierto punto normal, sin embargo, tiene sus consecuencias. No lo contemplo con miedo, ni siquiera con extrañeza (aunque esta esté presente). Si acaso una cierta tristeza sí que me acompaña, en gran medida porque observo un achicamiento de los espacios culturales. Si dejamos de leer (y digo leer que no imitar ni seguir a pies juntillas) a aquellos que fueron grandes y que tuvieron temas importantes que decir (y de decirlos de manera artística) una estancia más o menos espaciosa y bien amueblada de eso que solemos llamar costumbre suele cerrarse y comienza el apolillamiento y el depósito polvoriento del olvido que va extendiendo su silenciosa sombra por toda ella. Puede que ya todo sea inevitable y que no haya nada en nuestras manos para evitarlo o frenarlo. Quizás también sea cierto que incluso en el siglo XX muy pocos eran los que seguían leyendo a Arthur Rimbaud o Charles Baudelaire, o a T.S. Eliot y a Wallace Stevens. No lo sé, pero sí sé que en esta época del museo total, algunas salas que en otros momentos fueron visitadas hoy están vacías, llenándose de telarañas y sin nadie que pasee por ellas o se ocupe de mantenerlas en un estado aceptable.
Esto que he venido diciendo de la lectura, en realidad quería decirlo del cine. A algunas salas, cada vez menos, beneméritas, que se afanan en proyectar películas que se salen de lo comercial: el ruido y los efectos especiales, lo ya sabido y la ausencia de la alusión, la velocidad y el guión cual papilla, a estas salas, digo, solo asisten personas que sobrepasan la cuarentena. Uno se puede apostar en la entrada y observar el futuro vacío que va acechando cada vez más cerca.

De la decadencia

Estos escritos deberían llamarse “Apuntes de la vida tranquila” porque como anotaba Arthur Schopenhauer en su Diario de viaje, “La segunda parte de la vida contiene (…) menos afán, una mayor sosiego, una mayor serenidad”, y así es como me siento en los últimos tiempos, aunque desconozca si he entrado ya en la segunda parte de mi vida (puedo sospechar que es así, pero quién sabe si es la segunda o ya la tercera). Hay un menor afán y una mayor tranquilidad como si la vida ya no importara tanto o hubiera una mayor distancia entre la vida y yo (cualquiera que sean las variables vida y yo). Esto, me ha sorprendido, no se traduce en un menor interés por el mundo, por los sucesos que van aconteciéndonos o por lo que gente más joven que yo pueda hacer. Sigue interesándome en la misma medida que hace años cuando todo era nuevo y mucho más excitante. Quizás no fuera mejor pero sí que me llamaba la atención y dedicaba gran parte de mi esfuerzo y afanes a conocer e intentar entender lo que ocurría. Ahora, con menos fuerzas, sigo intentándolo aunque siento que no me va en ello la vida. El esfuerzo, casi diría imperio, de las sensaciones ha dado paso a algo mucho más sencillo: el escrutinio desapasionado, aunque a veces debería decir adormilado, pero nunca cínico ni despectivo, de lo que sucede a mi alrededor. Creo no haber perdido la intensidad emocional pero sí que soy consciente, y me alegro de ello, de que los excesos, que se resolvían en aspavientos gestuales, han desaparecido casi por completo.
Al final veo la vida desde una ventana, como quien en las noches sofocantes del verano, se asoma en mangas de camisa y fuma o simplemente deja pasar el tiempo mientras observa las personas que corretean y se afanan allá abajo en la acera. Así creo que me comporto ahora. Ya no lanzo dicterios por lo que no comparto, aunque el silencio no quiera decir que lo apruebe o que me traiga sin cuidado. Últimamente he paseado por las librerías de los grandes almacenes, por las grandes librerías de las capitales de provincia, y me he ido fijando en los libros que se amontonaban en las mesas y en las estanterías, también en los que se apilaban en el suelo. La grandísima mayoría son del tipo llamado best-seller. Yo contra el best-seller tengo todo en contra. Desde que me parece una auténtica tomadura de pelo hasta que para qué leer no lo que no es verdadera lectura sino simple juntamiento atropellado de palabras. Mientras me perdía en ese paseo por entre las hojas ya muertas, recordaba que años atrás, digamos diez o quince, los libros expuestos en las mesas eran de muy distinta ambición. Algunos eran mejores y otros peores, pero casi todos tenían cierta voluntad de perduración y de mantener un pequeño hilo que los uniera al pasado. No querían copiar lo ya hecho pero manifestaban una filiación que ahora no percibo porque, es evidente, no existe. Entre el best-seller y la literatura que se ha venido escribiendo en los últimos tres siglos no hay líneas perpendiculares. Ocupan dos universos que no se comunican.
El cambio en lo que se publica conlleva un cambio importante, que no sé si es anterior o posterior, en los gustos de los lectores y en la lectura en sí misma. No me refiero únicamente a la falta de reflexión que el best-seller favorece. Me preocupa sobre todo esa ruptura con el pasado, la tradición por llamarlo de un modo más conocido. Anteriormente, quien más quien menos procuraba con hacerse con una pequeña biblioteca de clásicos entre los que figuraban aquellos libros que otros habían dicho que eran buenos o que merecía la pena que leyéramos. Hoy en día eso ya no tiene importancia ni fuerza, no significa nada para las generaciones más jóvenes. Por razones que desconozco los jóvenes han roto de manera radical con la tradición y un libro publicado a finales del siglo XIX o en el siglo XX carece de interés. Las excusas las conocemos todos. No dejan de ser una vulgarización de un sentimiento de rebeldía que tuvo su razón de ser y es ahora carne de baratillo para corazones simples que aman las redes sociales y el espíritu catequista. Lo viejo es aburrido, carcamal y pesadísimo. Supongo que no carecen de razón. Dostoievsky es aburrido, es un carcamal, y lo peor de todo, es un moralista que escribe novelas de setecientas páginas. Ahora solo nos queda saber qué son los jóvenes.

Sobre el envejecer

“Aquello que él denomina su “vida”, la suma de lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer, determinan lo que aún ayer consideraba su vida, los años que en todo caso todavía le quedan.”

Jean Améry. Revuelta y resignación.

Llega un momento en la vida, que pueden ser los cuarenta o los cincuenta años, pero dudo que pueda ser más tarde, o al menos más tarde la primera vez aunque no una siguiente, en que uno se da cuenta de que ha envejecido. Puede que lleve ya varios años con problemas físicos, dolencias mínimas comparadas con las que esperan a la vuelta de los años, que no son importantes. Lo importante es que de repente uno deja de verse como tiempo potencial y se contempla como tiempo ya vivido. Llega el momento en que la vida ya no guarda más secretos aunque aún esperemos de ella que nos sorprenda. Llega el momento, quizás no entrevisto y por lo mismo no temido ni odiado, en que nos damos cuenta que somos lo que cuando vayamos a morir habremos seguido siendo.

Quizás sea en ese momento cuando la vida pierde ya la tensión con que acostumbrábamos vivirla, quizás caigamos en un movimiento nervioso y sinsentido que nos lleva de un lugar a otro en un último intento desesperado por no perder la juventud, ese mismo que nos hace vestirnos con ropas que ya no son las propias para nosotros, pero que nos permiten seguir idolatrando la juventud. La juventud perdida, ese parece ser el gran lamento. Nadie parece darse cuenta de que lo malo no es la pérdida sino las excrecencias que van adhiriéndose a nuestro ser y que nos van fosilizando hasta que terminamos por ser solo el débil reflejo ya para siempre petrificado de lo que fuimos. En esa incapacidad ya para cambiar o para desmentirnos encontramos lo que es el envejecimiento en una de sus más puras manifestaciones. Todo hombre al final de su vida termina siendo una caricatura de sí mismo. Quizás por ello sería aconsejable eliminar los espejos de su casa una vez que esté a punto de alcanzar dicho estadio.

Perdemos la tensión muscular y la intelectual. Perdemos también las ganas de vivir; el paso de los días es ya solo un ir pasando los días, las horas y los minutos de menara automática, sin pararnos a pensar en las razones por las que vivimos o por las que no tomamos en serio la posibilidad de dejar de vivir. Lo que nos emocionaba nos resulta ahora insustancial y a aquello que siempre rechazamos podemos prestarle una atención que sobrepasa lo meramente protocolario.

Por entonces vamos comprendiendo que el mundo no se derrumbe en medio de una catástrofe, que la propio de esta vida es el progresivo acabamiento, el apagón anunciado largo tiempo, el pequeño gemido de dolor apenas audible y no el ronco grito titánico de quien se resiste a perder.