No amanece

Podría explicarlo mencionando alguna canción, cualquiera de las que han sonado durante más de treinta años en alguno de mis equipos de música. Podría repetirles algunos versos que he releído en estos treinta años: “Noche, noche en Venecia/ va para cinco años” y estoy seguro de que tampoco serviría.

Las tiendas ofrecen saldos, algunos carteles anuncian la liquidación definitiva. Cada vez hay más escaparates tapados con periódicos, cartones. Ya no hay carteles, como años atrás, cuando quebraba el negocio, y el dueño se inventaba alguna excusa peregrina, casi siempre aquella de que en pleno enero había marchado de vacaciones. Ahora ya nos hemos desprendido de las máscaras, las excusas y los disimulos.

Todo se acaba. “Ibant oscuri sola sub nocte per umbram.” Y al final, más allá de las columnas de Hércules, no se avista la luz. Y es la ya conocida sensación de vacío, esta vez más profundo, más ácido, más insano también, que me atrapa.

Nada se desmorona, todo sigue igual, y aun así siento que nada es ya lo mismo proque algo está apunto de acabar. En breve las puertas se cerrarán para siempre, aunque la vida continúe, impávida y olímpica, aunque hace ya tiempo que sé que la vida no es esto último.

Oblomovismo

Yo también tengo un batín del que no me desprendo en el invierno, aunque quizás no sea tan lujoso como el de Oblómov. He preguntado a varias personas que leyeron la novela hace años y casi todos recuerdan el batín asiático del príncipe de la pereza y la desgana. La literatura rusa del siglo XIX, la gran literatura rusa del XIX, nos ha legado increíbles ficciones, gruesas novelas en las que adentrarnos para descubrir eso que hemos dado en llamar el alma humana. Por ella nos enteramos mejor que por el periodismo de entonces o por la historia que ahora se ha escrito, de las tensiones infiltradas en la sociedad rusa. La literatura no tiene que ser un reflejo de la sociedad, ni ha de dar cuenta de lo que acontece en la sociedad. La literatura tiene a la sociedad como su materia pero luego es autónoma y ajena. Es cierto que la tendencia humana a identificarse con alguien o con un mundo, esa ansia que le lleva a buscar semejantes o sucesos comprensibles, ha favorecido un determinado tipo de literatura, la realista, en concreto, pero olvidan todos, sus detractores y aquellos que la defienden, que toda obra literaria es producto de un ejercicio de abstracción, que viene a ser lo mismo que de desrealización.
En la novela rusa del XIX figura como una de las preocupaciones esenciales el nihilismo. En Dostoievsky, en Tolstoi, en Turgeniev el problema del nihilismo moderno se discute con pasión. En Oblómov también. Oblómov es uno de los epítomes del nihilista moderno, no porque busque destruir la sociedad sino porque su único afán es no hacer nada, ni siquiera tiene afanes. Hay una sutil diferencia entre él y Bartleby, otro nihilista, americano en este caso, aunque él lo sea tan poco en verdad. La de Bartleby es una vida vacía, fuera de la sociedad y ajena a ella. Bartleby ocupa los lugares secretos, oscuros, inferiores por decirlo de algún modo, de la sociedad capitalista. Oblómov, por el contrario, vive en el centro de la sociedad y no quiere exiliarse de ella. Oblómov desdeña cualquier tarea, le horripila tomar decisiones. Quizás en el caso de Bartleby sea fácil establecer una relación entre la oficina o la prisión y el útero materno. En Oblómov no es así. Oblómov no vive en ninguna burbuja, ni parece añorar la vida uterina rodeado del cálido líquido amniótico. Aunque en realidad sí que sea así. Oblómov es un pobre inadaptado cuya educación entre algodones lo ha imposibilitado para la vida. No choca contra lo moderno de la vida que le ha tocado vivir, se estrella contra su voluntad. Si alguien se ocupara de todos sus asuntos, si alguien tomara las decisiones por él, sería el hombre más feliz del mundo.
Hay un poco de Oblómov en casi todos nosotros, aunque apenas comparezca en las personas que desarrollan una gran actividad. Solo en unos pocos hay un Bartleby, porque es una enfermedad moderna, la del nihilismo, que solo algunos padecemos. El oblomovismo es el resultado de una educación, el bartlebismo es una opción. Los nihilistas no han de ser aquellos personajes que no hacen nada. Un nihilista puede desarrollar una gran actividad, a veces incluso frenética, siempre que sea consciente de que no sirve para nada. Aislarse es una opción que no todos tomamos, aunque todos prefiramos no hacer nada. La actividad, a veces, es simplemente una huida, un intento de no pensar y para ello nos ajetreamos en mil y una acciones porque así logramos no pensar en el sinsentido del mundo. La actividad es, también, un intento, casi siempre fallido, de no caer en la melancolía de quien sabe que nada vale la pena.

La poesía como actividad intelectual

Estos son días de leer a Jaime Gil de Biedma, aunque la razón sea la necesidad que una película regular y los insulsos comentarios que la han acompañado han despertado de volver a leerlo para olvidar lo accidental y lo mediocre. Prefiero, con mucho, no tener razones para leer algo. La mejor lectura es la que proviene del encuentro fortuito o del deseo sin justificaciones. Recuerdo cuando entonces, en una adolescencia ya pretérita, encontré Las personas del verbo en quién sabe qué librería, y la extrañeza inicial que me produjeron sus poemas. Algo había que no me permitía un disfrute inmediato. Esa fue, creo, la razón de que, con posterioridad, lo haya leído con tanto gusto. Cierta dificultad en los inicios ayuda a una más aguda comprensión y a una intimidad más intensa. Aunque estas son cosas de persona que ya va envejeciendo y va distanciándose, si no lo ha hecho ya del todo, de la inmediatez que nos rodea y nos limita.
Son días de leer a Jaime Gil de Biedma, ya para siempre un poeta, sola voz hecha lengua, un modo de contemplar la vida, y algo dijo sobre ello: sobre la irrefrenable tendencia a ver el mundo cual si fuera un poema. Aunque esta no sea un asunto de poner una palabra detrás de otra y cortarlas en cualquier momento caprichoso. Gil de Biedma escogía las citas que abrían sus libros con exquisito cuidado y una lucidez encomiable. Entre todas tengo un cariño especial a la de Yvor Winters del libro In Defence of Reason, un parrafito que ilumina no solo Moralidades, libro que abre y dirige, sino que resuena en todo lo que el poeta escribió y leyó.
“The artistic process is one of moral evaluation of human experience, by means of a technique which renders possible an evaluation more precise than any other.” Así comienza. Y dice mucho de entonces y de ahora, aunque lo de nuestro presente sea por vía negativa. El poeta ha de entender la experiencia y evaluarla para ser capaz de elegir las palabras exactas, en su significación y en el sentimiento, que lleva aparejadas. La razón juzga moralmente y selecciona los términos con que cree más expresivos pero sin que llegue a la sobreactuación o al sentimentalismo. Hay aquí toda una corriente poética que dirige con clara determinación la poesía británica y que algunos españoles como Gil de Biedma hicieron suya porque intuyeron que en ella residía la salvación de una literatura hecha a partes iguales de ignorancia, descuido y palabras altisonantes.
Leo a Gil de Biedma, al igual que leo a T.S. Eliot, porque en ellos hay un rigor que escasea cada vez más, hay una visión poética que no se conforma con la banal repetición de los lugares comunes ni con la pose del maldito que quiere aún hoy épater le bourgeois. Hoy en día que la burguesía reina invicta, algunos creen que pueden escandalizar con actitudes de niño malcriado y reminiscencias coprolálicas pero el punk está muerto y los señores de las vanguardias siempre llevaron corbata. No deja de ser un gran problema que ya casi nadie preste atención a la seriedad que pusieron en su trabajo los surrealistas. Nos han leído a André Breton y a Guillaume Apollinaire como si fueran dos espontáneos que escribían lo primero que les venía a la cabeza, cuando en realidad también en ellos alienta el juicio moral de la experiencia humana. El devenir de la poesía en los últimos veinte años es el de un progresivo olvido de todo aquello que le es esencial. De poco valen las intenciones y las propuestas poéticas si lo importante, que es la mirada hecha lenguaje, no posee la fuerza suficiente como para que aquello que el poeta vio o pensó o vivió, cristalice en un poema para que trascienda el tiempo.
Vivía, por lo que cuentan, Gil de Biedma con un cierto pudor social que le impedía ser un exhibicionista. También T.S. Eliot aparece en sociedad con la distancia y la frialdad de quien sabe que la intimidad es un tesoro demasiado preciado como para enseñarlo a cualquiera. Eran tiempos previos a la espectacularización de la sociedad de masas. Ahora la poesía apenas es un dar vueltas a una subjetividad hinchada y ciega ante cuanto ocurre alrededor de ella acompañado de multitud de imágenes mudas.

Mi opinión de la poesía española contemporánea

Después de muchos años dedicado a la lectura asidua de poemas, lo que me ha permitido hacerme con una idea razonablemente general de lo que se ha escrito y de lo que se está escribiendo en la actualidad. Después de algunos años escribiendo comentarios acerca de libros de poemas, creo que no es mala idea dar mi opinión acerca de la poesía que ahora se está escribiendo en España.

Reconozco que lo hago por hartazgo y porque estoy aburrido. Aclararé que estoy tan aburrido de los poetas como de los lectores. Esto último me venía ocurriendo desde hacía un cierto tiempo, pero se ha acentuado desde que vengo leyendo los estúpidos comentarios en la prensa acerca de El cónsul de Sodoma. Esta es una película que, dicen, trata de la vida de Jaime Gil de Biedma. Ocurre que Gil de Biedma es uno de los mejores poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX. Para los periodistas, para los contertulios, para casi todos, Gil de Biedma es alguien que se distingue por su voracidad sexual. Que haya escrito “Píos deseos al empezar el año” no importa nada, como tampoco importan “No volveré a ser joven”, “Albada”, “Contra Jaime Gil de Biedma”, “Nostalgie de la boue” o “Pandémica y celeste”. Todo esto nada importa. Nada, a quienes sostienen y viven del mísero escenario cultural español, hecho a medias de ignorantes que se conforman con reseñas de periódicos y diletantes que se explayan en tertulias y bitácoras.

Supongo que la explosión llevaba un tiempo incubándose y ha sido ahora, cuando han banalizado de la peor manera a un poeta exigente, uno de los más exigentes, alguien que fue capaz de renegar de muchos de sus poemas, que calló cuando se dio cuenta de que nada nuevo tenia que decir, a pesar de haber sido el primero en leer a Cernuda de una manera tan personal que luego todo el mundo se los apropió, a la lectura y a Cernuda), ahora ha sido cuando, aburrido, he decidido decir lo que pienso, aunque sepa que no me traerá ningún bien y sí mucha incomprensión y desdén. Pero hay un momento en que uno ha de decidirse por hablar o por callar. Y yo he preferido hablar.

No es de extrañar que de Gil de Biedma solo hagan mención a su vida sexual. No es de extrañar porque se cuentan con los dedos de las manos sus lectores, y cuanto más jóvenes más escasos. El problema es que también las lecturas de otros poetas les escasean, como si para ser un buen poeta (o un poeta mediocre) no fuera necesario un bagaje literario enorme. No es lo que se lleva hoy, al igual que no se lleva la reflexión y el escribir para uno mismo con rigor absoluto (cuanto más dicen que así lo hacen, menos creíble es).

Hoy lo que cunde es la pose de poeta bajo cualquiera de sus máscaras: el maldito, el decadente, el punkarra o cualquier otro igual de irrelevante.

Parecen modernos y sin embargo dejan tras de sí el mismo rastro de caspa que tantos otros. Se creen revolucionarios y solo acatan el orden vigente. Creen ser buenos poetas y ni siquiera saben versificar.

Una pena lo de Gil de Biedma, la verdad. No así lo de los nuevos poetas, algunos ya muy avejentados. Al fin solo queda esperar que pase el tiempo. La gente olvidará al poeta. Olvidarán “El cónsul de Sodoma”, y aquellos librillos que ocuparon las estanterías habrán volado al contenedor de papeles.

Mis diez libros de la década

Se acaba la década (otra más) y es común, casi necesidad o tópico, hacer recuento de los últimos diez años. Es un pasatiempo inocente y divertido confeccionar la lista de los diez libros que más te han impactado. Los libros de la década los llaman.

Me he puesto a la tarea y estos son mis libros. La elección personal exime a todos de compartir mis gustos.

– T.S. Eliot: Poesía completa.

– Vladimir Nabokov: Habla, memoria.

– William Faulkner: Absalom, Absalom!

– Joseph Conrad: El corazón de la oscuridad.

– José Ángel Valente: Poesía completa.

– Jean Améry: Más allá de la culpa y de la expiación.

– Jorge Luis Borges: Ensayos completos.

– José Lezama Lima: Paradiso.

– Baruch de Spinoza: Ética.

– Iván Turgueniev: Cuentos completos.

Doy diez títulos, uno por año, aunque podrían ser dos por año, o cinco para cada tres años. La lista es subjetiva y si la repitiera dentro de un cierto tiempo, estoy seguro que apenas variarían los títulos. Muchos de ellos me han acompañado bastante más de veinte años. Son libros que suelo releer con frecuencia. No son novedades en sentido estricto, claro que en ninguno lo son si exceptuamos que todo libro es nuevo cada vez que comenzamos su lectura. Por eso los releo constantemente, porque no se agotan ni me agotan. En general las novedades me suelen agotar, me resulta difícil continuarlo, llegar siquiera hasta la mitad. Con las novelas es aún más acentuado ese sentimiento, acaso porque descubro antes lo que tienen de impostado, los truquitos del autor, la pose escritural y la falta de riesgo. Hoy en día se escribe para gustar, y a mí eso me desagrada.

Oblomovismo

Yo también tengo un batín del que no me desprendo en el invierno, aunque quizás no sea tan lujoso como el de Oblómov. He preguntado a varias personas que leyeron la novela hace años y casi todos recuerdan el batín asiático del príncipe de la pereza y la desgana. La literatura rusa del siglo XIX, la gran literatura rusa del XIX, nos ha legado increíbles ficciones, gruesas novelas en las que adentrarnos para descubrir eso que hemos dado en llamar el alma humana. Por ella nos enteramos mejor que por el periodismo de entonces o por la historia que ahora se ha escrito, de las tensiones infiltradas en la sociedad rusa. La literatura no tiene que ser un reflejo de la sociedad, ni ha de dar cuenta de lo que acontece en la sociedad. La literatura tiene a la sociedad como su materia pero luego es autónoma y ajena. Es cierto que la tendencia humana a identificarse con alguien o con un mundo, esa ansia que le lleva a buscar semejantes o sucesos comprensibles, ha favorecido un determinado tipo de literatura, la realista, en concreto, pero olvidan todos, sus detractores y aquellos que la defienden, que toda obra literaria es producto de un ejercicio de abstracción, que viene a ser lo mismo que de desrealización.
En la novela rusa del XIX figura como una de las preocupaciones esenciales el nihilismo. En Dostoievsky, en Tolstoi, en Turgeniev el problema del nihilismo moderno se discute con pasión. En Oblómov también. Oblómov es uno de los epítomes del nihilista moderno, no porque busque destruir la sociedad sino porque su único afán es no hacer nada, ni siquiera tiene afanes. Hay una sutil diferencia entre él y Bartleby, otro nihilista, americano en este caso, aunque él lo sea tan poco en verdad. La de Bartleby es una vida vacía, fuera de la sociedad y ajena a ella. Bartleby ocupa los lugares secretos, oscuros, inferiores por decirlo de algún modo, de la sociedad capitalista. Oblómov, por el contrario, vive en el centro de la sociedad y no quiere exiliarse de ella. Oblómov desdeña cualquier tarea, le horripila tomar decisiones. Quizás en el caso de Bartleby sea fácil establecer una relación entre la oficina o la prisión y el útero materno. En Oblómov no es así. Oblómov no vive en ninguna burbuja, ni parece añorar la vida uterina rodeado del cálido líquido amniótico. Aunque en realidad sí que sea así. Oblómov es un pobre inadaptado cuya educación entre algodones lo ha imposibilitado para la vida. No choca contra lo moderno de la vida que le ha tocado vivir, se estrella contra su voluntad. Si alguien se ocupara de todos sus asuntos, si alguien tomara las decisiones por él, sería el hombre más feliz del mundo.
Hay un poco de Oblómov en casi todos nosotros, aunque apenas comparezca en las personas que desarrollan una gran actividad. Solo en unos pocos hay un Bartleby, porque es una enfermedad moderna, la del nihilismo, que solo algunos padecemos. El oblomovismo es el resultado de una educación, el bartlebismo es una opción. Los nihilistas no han de ser aquellos personajes que no hacen nada. Un nihilista puede desarrollar una gran actividad, a veces incluso frenética, siempre que sea consciente de que no sirve para nada. Aislarse es una opción que no todos tomamos, aunque todos prefiramos no hacer nada. La actividad, a veces, es simplemente una huida, un intento de no pensar y para ello nos ajetreamos en mil y una acciones porque así logramos no pensar en el sinsentido del mundo. La actividad es, también, un intento, casi siempre fallido, de no caer en la melancolía de quien sabe que nada vale la pena.