Niebla

El día es gris, extraño, cálido como un regazo, y a lo lejos escucho las campanas de todos los días. Hemos llegado ya al punto en que el verano se va disolviendo, va anunciando como una aurora ajena el nuevo tiempo. A veces pienso en un estuario, cuando llega al final de su recorrido, o en una camisa que se va deshilachando y al final solo quedan cuatro hilillos, que son como el recordatorio de una ilusión. 

Aquí, sin embargo, la gente continúa con su vida, como si nada de esto fuera con ellos, y en realidad no va con ellos. Ellos están a otra cosa, a sus vidas, sus trabajos, sus afanes, que desconocemos, como es normal, y como es normal no preguntamos ni nos interesamos por ellos. 

Es la condicion del extranjero, saberse fuera del grupo, ajeno a la cotidianidad de los demás, saber que la ciudad siempre tendrá sus secretos. Nadie puede evitar eso, y un permiso de residencia tampoco lo soluciona, aunque sirva para hacer la vida posible y cómoda, burguesa en un sentido muy atinado.

Personas

En cualquier lugar puede aparecer, por sorpresa, el germen de una novela, la de la propia vida sin ir más lejos. Un dia, un hombre, casado con una buena mujer que regenta una tienda de regalos para viajeros, turistas y veraneantes, se da cuenta de que él es inimitable, que puede escribir poesía y firmar con distintos seudónimos.

Escribe y pide la aprobacion critica de su mujer y de una profesora de instituto. Escribe en la horas muertas de la vida, cuandoa no entra nadie en la tienda ni tiene que modelar figuritas que más tarde la mujer venderá. Escribe en secreto, solo compartido por dos personas. Lee mucho también. En la tienda ha instalado un pequeño gabinete de lectura con una mesa y estanterias, más adentro está el de escritura, como si cada accion significara una mayor inmersión en la conciencia.

Entre los libros, la poesía completa — si es que esta expresion tiene en este caso algun sentido– de Pessoa.Se reconoce en él quizás, con mucha seguridad ocurrió en la temprana adolescencia, y aquello fue como un latigazo que lo conmovió: uno no solo era uno mismo sino muchos más que lo habitaban y lo convertian en único.

Una vida oscura que alguien vivio en la literatura por la sola casualidad de haberse encontrado en su adolescencia uun libro de poemas. Así escapó a esas horas muertas de la tienda, de las tardes perdidas en las cafeterías o en los bares, de los momentos inútiles de la vida.

Colmado

 

Se diga lo que se diga, el mundo no es un universo ni una galaxia ni un planeta; el mundo es una esquina, un parque, un patio, unas cuantas calles pedregosas, sin asfaltar, con gallinas y chivos […]

 

 

Nos sorprende el día de fiesta en la ciudad provinciana, como si en España el quince de agosto no fuera día feriado, un día festivo que compensa los muchos religiosos que han desaparecido. Las fiestas en honor a la Virgen o al patrón continúan en España, aunque sea bajo denominación laica, como si nos diera vergüenza decirlo a las claras. En España lo que “funciona” es la ocultación y el eufemismo: al final, la ausencia de una memoria verdadera. En España gobierna el olvido, la ocultación y la falsificación,  como ejemplifica bien el caso Ramoncín.

Hoy, sin embargo, fuera de España, paseamos, sorprendidos porque sea día de feria, y apenas haya tiendas abiertas. Un colmado sí que lo está. Huele a antiguo, como antiguas son la balanza del peso y las innumerables cántaras de aceite, algunas mohosas, casi todas ya sin dibujo o con los colores apagados. Antiguo también es el frescor del lugar, las repisas polvorientas con botellas de vino y de licor,  las escasas conservas de pescado en latas enormes,y una caja inusual en ese escenario que guarda caramelos de gengibre.

En la calle, la gente pasea, confundidos entre los turistas, sin un  gesto extraño, aunque debo reconocer que apenas hay portugueses, quizás se hayan marchado alas playas del Algarve,o quizás estén en casa, solos, apostados tras los postigos de los ventanales a la espera de un invierno relajado, sin apenas gente por la calle, con el frío húmedo de las tardes provincianas, oscuras, sordas, impracticables, como las tardes que Juan Benet describía en sus primeras novelas.

 

Ventana

Ver la vida desde una ventana, desde el balcón de esta habitacion, por ejemplo, donde paso los días, es parecido a contemplar una estampa. La vida se reduce a cuatro  personas que pasan por debajo, o por enfrente, de quienes solo escuchas retazos de conversación, palabras sueltas, la entonación o el acento. Personas de quienes nada sabes y cuyas vidas inventas, acaso como forma suprema del placer por la ficción. Les desposees de sus vidas y le confieres otras, las que tú quieres.

Desde el balcon veo a la gente que deambula, se detienen, hablan, ríen, se alejan, y hago lo posible por no inventarles vidas, sino que prefiero vivir ese retazo de tiempo en el que coincidimos.

Cotidianidad

Entra el aire fresco de la mañana y el suave frufú de las hojas de los árboles. Abajo,en el banco que mira hacia la plaza, una señora de edad indefinida, de la que solo logro ver el moño canoso y el cuerpo en escorzo.

La genta camina atareada, algunos, pocos, pasean. Hay un bullicio de camionetas, carros, pales y trabajadoras en la calle. A lo lejos, apenas se ve gente. Quizás sea el sol que cae a plomo en la plaza y en las calles lejanas.

En los alrededores se ven tiendas, hombres trajeados, otros con ropa de trabajo, todos atareados. Dese esta atalaya observo la vida que pasa abajo y no me roza.