Impudicia

Vuelvo sobre un tema que me molesta mucho, entre otras razones proque poco a poco y en medio del jolgorio general nos estamos cargando, frívolos y desenfadados, un elemento muy importante de nuestra cultura: el pudor.

Cada vez más leo en los periódicos (¡quién habló de su decadencia!) o me cuentan que surcan las redes sociales noticias (en realidad cotilleos) sobre la vida íntima de las personas. La diferencia con épocas anteriores es grande. ahora el propio afectado (que por lo vista lo está muy poco) es el que disemina esas noticias. No hace mucho una presentadora de televión decía que al haber dado a luz su calidad de vida había disminuido. ¿Realmente eso importa a alguien?, y lo que es más importante, ¿es necesario decirlo, pregonarlo a los cuatro vientos?, ¿no es eso un tema que mejor guardarlo para ti y los tuyos como mucho? ¿Nos debe importar si una persona tiene más o menos tiempo cuando es madre, padre o tío?

Es curioso que cada vez se vea peor el desnudo del cuerpo femenino pero cada vez sea mayor la impudicia, en el sentido de que la gente cuenta a los cuatro vientos lo que le sucede, desde un dolor pequeño a la pérdida de calidad de vida. Supongo que otras intimidades mayores también las contarán. yo, por fortuna, no me entero de ello.

La extimidad, lo repito, es parte de una progresión totalitaria del control político de las personas. Esto dicho al hijo de Michel Foucault. ¡Lástima que nadie haya recogido su testigo en este asunto!

Joyas

Comienzo la lectura del último libro de José María Ridao, El vacío elocuente, sobre Albert Camus, y ya en el prólogo me encuentro con una joya:

una sociedad que tolera ser distraída por una prensa deshonrada y por un millar de histriones cínicos, condecorados con el nombre de artistas, corre hacia la esclavitud pese a las protestas de los mismos que contribuyen a su degradación

Son las palabras de Camus en una entrevista de 1951 en la revista Calibán. La sengunda joya es lo que Ridao añade:

Basta sustituir el nombre de artistas por el de expertos, columnistas o tertulianos para comprobar que la grave responsabilidad de la prensa en la destrucción de las libertades que dice defender no ha cambiado.

Libertad… de entrada, sí …de salida, solo la de mis amigos

Tenía que ocurrir, antes o después era normal que ocurriese. No es que haya que ser muy inteligente, no, simplemente es necesario un poquito de memoria.

Cuandos e constituyeron las últimas corporaciones municipales, alguien advirtió que en Madrid uno de sus concejales había enviado por las redes sociales chistes humillantes contra algunas víctimas de terrorismo y contra el genocidio judío. El concejal – y su tribu – dijeron que eso era libertad de expresión. Un juez abrió el caso pero aquello no duró mucho y la sentencia fue absolutoria porque aquellos chistes estaban amparados en la libertad de expresión. Y la izquierda estatal – del Estado español y funcionarial – sentenció seria, campanuda, ¡cipotuda!, que la libertad de expresión era intocable.

Mientras tanto en Barcelona, la alcaldesa ha montado dos exposiciones. Una en el Born sobre el franquismo, la otra dicen que es una reflexión sobre le capitalismo. En ambos casos son banales y pueriles, una excusa para ir el domingo por la tarde, después de misa o del vermú, a echarles un vistazo, y luego tomarse un chocolate con picatostes. Parece ser que los encargados por la alcaldesa de montar las exposiciones buscaban que aquello tuviera una función educativa; mostrar al público – nunca fue más adecuado el vocablo – a los ignorantes que desconocían las maldades de la dictadura franquista – y por ende, las dictaduras de derecha—y los males que el capitalismo acarre. (Hago aquí un paréntesis para llamar la atención del hecho de que en una sociedad opulenta, capitalista y derrochona, como el Ayuntamiento barcelonés nos recuerda con sus actos, se monte una exposición – un teatrillo, en verdad—sobre los males del capitalismo. ¡Si nos estuviéramos comiendo los mocos o quitándonos el hambre a sopapos, pero ¡resulta que todos tenemos teléfonos móviles y la gente se permite el lujo de elegir su modelo!)

Parece ser que hay quien no entiende que eso es libertad de expresión. ¡Sí, lo banal y lo pueril, lo vulgar y lo cochambroso, lo superficial y lo que está de más, también están amparados por la libertad de expresión. Pues hete aquí que unas bandas de concienciados muchachos anticapitalistas de esos que si por ellos fuera sacaban a Cataluña de la Vía Láctea, no han percibido esa sutil rasgo y la emprendieron a mamporros contra la estatua ecuestre del miles gloriosus, y contra los carritos que eran símbolos del capitalismo que nos asesina.

Lo dicho que la libertad nos gusta cuando es la nuestra o la nuestros amiguetes, o cuando nos reafirma en nuestros prejuicios. En caso contrario, como son estos dos últimos, siempre hay bandas de esforzados luchadores antifascistas, anticapitalistas, anti… que se encargarán de impedir — con violencia, por cierto (la partera de los nuevos tiempos según predicaban Marx y Lenin) – algo tan delictivo y peligroso.

Filósofos y políticos

Asevera Baruch Spinoza en su Tratado filosófico-político, uno de los primeros y escasísimos tratados materialista de política:

[Los filósofos] “Conciben a los hombres, en efecto, no tal cuales son, sino tal cuales quisieran ellos que fueran; y así, con la mayor frecuencia, escriben una Sátira en lugar de una Ética, y jamás han concebido una Política que pueda ser puesta en uso ni tenida por otra cosa que una Quimera, buena para regir una isla de Utopía o bien la edad de oro de los Poetas, es decir precisamente aquellos sitios para los cuales no se precisa de ella. La política es, pues, de entre todas las ciencias que pueden tener uso, aquella en la cual teoría y práctica parecen discordar en más alto grado; y no hay, en la opinión general, hombres menos aptos para gobernar la República que los teóricos o los filósofos.”

“Que los políticos hayan escrito de política con mucho más tino que los filósofos, es algo acerca de lo cual no hay duda: porque, al haber tenido, en efecto, a la experiencia por maestra, nada han enseñado que se alejara de la práctica.”

Desaliño

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Más de una vez he dejado por escrito mi interés por la prensa escrita, su necesidad social, mi gusto por las mañanas de los fines de semana en que me demoro en su lectura mientras desayuno, y luego sigo con algún piscolabis mientras leo los periódicos y sus suplementos, hasta la hora de comer.

Sin embargo, estoy pensando en dejar de leer algunos por su uso excesivo de extranjerismos, un abuso en toda regla, casi siempre anglicismos. El uso de anglicismos que no son necesarios, y casi ninguno lo es, hace no solo que el español se empobrezca. Hace de esta una lengua sin sentido, una lengua donde las referencias culturales, donde lo connotativo y el espesor histórico desaparecen. Cuando leo un artículo sobre moda o sobre informática o sobre economía y me tropiezo – en un sentido muy literal – con extranjerismos, me doy cuenta de que, por un lado el periodista es alguien que no le interesa hacer un trabajo bueno, que la dejadez y la pereza le vencen y toma el atajo más fácil, que es el de no pensar en el mejor vocablo español. También me doy cuenta de que el resultado es un artículo ni en español ni en inglés que termina por no decir nada.

Así las cosas si van a usar curvy, hit, barista, hat-trick, look, sporty, it girl, y tantísimas otros anglicismos que no son necesarios, creo que es razonable que deje de leer esos periódicos. Entre otras razones porque los que escriben de esa manera desaliñada, la acompañan de igual dejadez y vulgaridad en el contenido.

El sol de los desterrados

 

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“Estando como estoy, con un pie en un país y el otro en otro distinto”, escribió Descartes, “encuentro que mi condición es muy feliz, en tanto que es libre”. Un modo de ser libre, sin duda, cuando el exilio es elegido. No tanto cuando es impuesto, como vivieron Ovidio o .

Claudio Guillén, otro desterrado, tiene una imagen preciosa para el exilio. Un capítulo de uno de sus innumerables libros se titula “El sol de los desterrados”. Así me lo imagino yo, un sol que se pone, que cae en la lejanía, acaso donde está, más o menos, el país de donde se ha tenido que huir si se quería conservar la vida.

Ser libre, sí, renunciando a las seguridades de la identidad nacional, a las comodidades que procura el saberse parte de una tribu. Un pie aquí y otro allá, no solo en dos países distintos, también en dos lenguas distintas.

Años más tarde, en la soledad del apartamiento de la comunidad hebrea, escribió Baruch Spinoza: “Sólo los hombres libres se son muy útiles unos a otros, y sólo ellos están unidos entre sí por la más estrecha amistad y se esfuerzan con el mismo grado de amor en prestarse mutuos beneficios; y, por tanto, sólo los hombres libres son entre sí muy agradecidos.”