Condición humana

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Bajan turbulentas las aguas. Son días de inquietud, sorpresa y de aguardar agazapado no sea que la cuchillada te llegue sin que te des cuenta. También son días sin épica, porque la épica o pertenece al pasado o la enarbolan los trujamanes para engatusarnos. No hay nada histórico en los dos últimos años que hemos vivido. Ni siquiera vivimos peligrosamente, aunque algunos pobres incautos crean que sí lo hicimos. Instalados en nuestro Estado del Bienestar, que, a pesar de los agoreros, resiste con salud, el riesgo, la aventura y el peligro no existen, son categorías vacías que los oportunistas llenan con falsedades.

Al final, todo es simplemente un reflejo condicionado de un tiempo que ni vivimos entonces ni viviremos en el pasado pero que hemos visto en infinidad de películas, y soñamos, envueltos en una plácida y turbia somnolencia tibia, para no despertar a la fría realidad. Esta es nuestra condición humana.

Los claros recuerdos

Contemplo en fotos la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer, y me vienen recuerdos de la casa de mi bisabuela en Málaga. La misma solería con las estrellas dibujadas, el color pardo de las mismas, el suelo desgastado, la luz que se cuela por las estancias abiertas. En el piso de arriba – parece – las habitaciones seguidas unas de otras, sin pasillos, abiertas al patio central por donde la luz, y el frescor se cuelan, la una de arriba, el otro de abajo.

Son recuerdos ya solo, imágenes fugaces, impresiones que viven en mí y logro recuperar porque una fotografía enciende la chispa eléctrica de la memoria. Las altas puertas blancas en las que rebota el sol inclemente y se transforma en alegría, los zaguanes oscuros, la alta escalera que me llevaba al piso de arriba donde vivía una de sus hijas y desde donde el azul del cielo parecía que se podía tocar. Era, entonces, todo ascenso.

Me acuerdo hoy, al ver las fotografías y pienso en que este año también es el centenario de un libro fundamental para la poesía: “Diario de un poeta recién casado”. Nadie logró hacer de la anécdota tan clara y firme categoría poética; con la excepción, sí, de Wallace Stevens.

 

Finale

Los altos ventanales del verano son ya un recuerdo luminoso de un tiempo que discurrió calmo, detenido en algunos momentos. El frescor matutino y el bullicio sosegado que subía de la calle al abrir las ventanas para que la vida entrase, cauta, al apartamento. La noche cálida y tranquila, con los últimos retazos de las conversaciones en la terraza del restaurante. Los niños  que juegan a media tarde y las personas mayores sentadas en los bancos. Estampas de un tiempo que ha pasado ya irremediablemente y que no volverá a repetirse aunque algunas veces caigamos en la trampa de la nostalgia y creamos ver lo que no existe sino en nuestro recuerdo.