Keeper

[…] todo el mundo sabe que todos los años somos los mejores amigos […]

Thomas Bernhard, En las alturas

Anuncios

El Apocalipsis (¡qué aburrimiento!)

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_3b5.jpgEntre los varios rasgos de las personas que nos acompañan desde los inicios de los tiempos está el milenarismo, o el sentimiento del apocalipsis. Este es, a mi entender, la versión religiosa de la nostalgia. La nostalgia es un sentimiento secular: el recuerdo y la añoranza de un tiempo pasado que fue mejor: “los buenos viejos tiempos”; sentimiento al que todos, en un momento u otro de nuestra vida nos abandonamos.

El milenarismo es el sentimiento de nostalgia atravesado por el sentimiento de inmortalidad soñada. Somos mortales, y así nos sabemos, pero nos resulta difícil aceptarlo. De ahí que cualquier creencia que hable de un futuro mejor, o al menos tan bueno como este, en el que seguiremos vivos tenga tantos adeptos; catecúmenos podríamos llamarlos.

Podríamos recordar la advertencia que hace Sócrates cuando le hablan de la escritura. Sócrates, para quien la filosofía es un aprender a morir, señala en Fedro que la escritura es un peligro para la humanidad pues al dejar todo por escrito perderemos nuestra capacidad de memorización y todo conocimiento se convertirá en pura apariencia: Porque es obvio lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria,y a que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad”. A esto se une el peligro de que la palabra escrita pueda llegar a sabios y a legos: “Pero, eso sí, con que una vez algo haya sido puesto por escrito, las palabras ruedan por doquier, igual entre los entendidos que como entre aquellos a los que no les importa en absoluto, sin saber distinguir a quiénes conviene hablar y a quiénes no”, idea que recuerda a lo que Herbert Marcuse decía del peligro que representaban los libros de bolsillo, ya que estaban al alcance de cualquiera. Este rancio aristocraticismo no pasa de ser miedo ante el futuro y ante las masas alfabetizadas; ante las personas libres, por decirlo con pocas palabras. Quizás no venga mal recordar que un clérigo en la cuarta acepción del Diccionario de la Real Academia es un hombre que en la Edad Media tenía cultura letrada frente a los analfabetos.

No son solo Platón y Sócrates, el profeta Jeremías es de los que se pasa la vida pidiendo al Pueblo Elegido que vuelva a la vida anterior, que cambie su actual rumbo de perdición o de lo contrario el futuro será peor que negro. No habrá salvación para nadie. Una idea que, para quienes de verdad nos consideramos mortales, carece de sentido alguno. Para que haya salvación ha de haber un más allá, una vida después de esta, aunque sea una vida en este planeta y aunque esa vida la proyectemos en nuestros hijos o en las generaciones futuras. A nadie, que se sepa mortal y acepte ese hecho con todas sus consecuencias, puede preocuparle el hecho, cierto por lo demás, de que antes o después la humanidad desaparecerá.

De ahí que las ideas de Thomas Malthus – no es casualidad que fuera clérigo anglicano – hayan tenido tanto éxito. Para alguien como William Godwin, ateo hasta sus últimas implicaciones, las ideas maltusianas sobre la superpoblación le parecían ridículas y fruto de la negrura religiosa. A día de hoy sus ideas no se han visto corroboradas por la realidad, aunque eso no es óbice para que sigan teniendo gran predicamento.

Luego vinieron una serie de filósofos – clérigos, para entendernos – de raigambre marxista que adoptaron la jeremiada como género filosófico. Aún siguen en activo. No dejan pasar oportunidad alguna para recordarnos que hemos tomado el camino equivocado y que, antes o después, el Apocalipsis nos sobrevendrá. Mi impresión es que será después, muy después, cuando ya estemos más que muertos y no podamos decir que los apocalípticos se equivocaron porque el Apocalipsis nunca llegó.

Uno, cuyo deseo irrealizado es haber sido uno de los cerdos de la piara de Epicuro, mira a todos esos Jeremías con bastante aburrimiento y bostezos continuos.  Me da pereza hasta decirles que todos sus antepasados se equivocaron y que gracias al desarrollo tecnológico e industrial actual ellos pueden seguir con sus sermones acerca de la vida futura en el Paraíso mientras la humanidad mejora materialmente e intelectualmente (incluso pese a ellos).

Sensaciones, vacío

20171228_27.JPGCuando algo acaba uno suele sentir un vacío, el tiempo que actividades de toda índole han ido llenando y que ahora parece ocupar todo el día, la noche, los momentos relajados de reflexión que faltaron durante esos momentos nerviosos

Cuando llego a este momento de vacío suelo preguntarme cómo el hombre llegó a esa necesidad constante de sensaciones que también refejó Edgar A. Poe en “El hombre de la multitud” y que luego Charles Baudelaire llevó a su vida de paseante parisino (aunque tengo la sospecha de que nunca fue tanto en realidad, solo en su leyenda, la que él creó y otros aumentaron).

Donde fuiste

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_3a4.jpgLa posibilidad de poder saber de un lugar donde estuviste años antes, de poder ver sus calles, los comercios que entonces estaban, incluso que siguieron estando en posteriores visitas, es algo que hoy en día lo tenemos al alcance de la mano gracias a los avances tecnológicos. Tres décadas atrás para saber de esa ciudad, o incluso de esa calle si la ciudad era muy grande, tenías que volver al lugar o pedir noticias de ella a los amigos que habías dejado allí, si aún quedaba alguien.

Hoy en día con aun simple vistazo a los mapas, nos enteramos de los cambios en los comercios, en la dirección del tráfico, en la decoración. Está bien hasta cierto punto, pero también está mal. Al planear el viaje y regresar a los viejos lugares, nos enteramos de lo que ya no podremos hacer: comer en aquel restaurante tan acogedor o tomarnos la última copa en un bar de noctámbulos en el que la decadencia era la marca del lugar y de los habituales. A veces nos enteramos sin ni siquiera planear el viaje. Simplemente por el deseo de recordar aquello de entonces.