¿Ser o hacer?

Puerta estación busLa existencia precede a la esencia, nos dejó dicho Jean Paul Sartre. Uno no nace siendo sino que en su vida se va haciendo La esencia de cada individuo no viene dada con anterioridad a su vida. Es en esa vida, en sus elecciones, en sus acciones, donde la esencia individual se va formando, desarrollando, haciéndose, en definitiva, siempre de manera inestable, temporal e inconclusa. Esa es la razón por la que uno pueda ser una buena persona y en algún momento dejar de serlo. Uno no nace bueno ni tampoco nace malo; se hace bueno malo según sus actos. La esencia fija, nos señaló Michel Foucault, solo logra cerrar las posibilidades de las personas.

Frente a las esencias cerradas prolijas, inmutables por heredadas siempre nos queda el magnífico reto de la existencia. somos lo que queremos ser gracias a nuestros hechos. Al fascismo esta idea siempre le ha desagradado mucho. Sigue desagradándole como podemos observar en las declaraciones recientes de algunos.

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Erráticas identidades, películas

En la terraazaEl sol entra por la ventana en esta tardía mañana invernal demasiado calurosa. Se ha acabado la SEMINCI, el maratón de cine que dura una semana y durante el cual tienes la fortuna de salir del cine en pleno mediodía, la fuerte luz cegando las débiles pupilas. Vuelve el ritmo tranquilo, pausado y predecible del resto del año (quizás sería más correcto decir de casi el resto del año).

La identidad es algo que, tenemos que aceptarlo, ha venido para quedarse, aunque a veces, muchas veces, cada vez con mayor frecuencia, no tenga nada que decir. Ya sabemos que la identidad es una cárcel. Uno es alguien siempre pero no ha de sentirse ese alguien. Soy español y soy hombre pero lo importante es no sentirse español ni hombre. En ambos casos sentirse algo te obliga a seguir determinadas sendas. Sendas que a veces te convencen y otras rechazas. ¿Qué es ser español?, ¿Qué es ser hombre?, o si lo preferimos, ¿qué es ser francés, o inglés o senegalés?, ¿y mujer; cómo se es mujer? En todos estos casos, ¿hay un solo modo de serlo, o los modos son infinitos? En cuyo caso, la identidad nacional o genérica dejan de tener sentido.

Quizás esa sea la razón por la que fallan tantas películas donde la cineasta se dedica a explorar la identidad femenina. ¿Existe la identidad femenina o lo que existen son las mujeres? Las protagonistas de las películas van buscando su identidad sin darse cuenta de que eso es algo que no existe, que se es simplemente, que por el solo hecho de ser ella ya tiene una identidad. Buscan las protagonistas – y sus directoras – un flatus voci, por decirlo con un término filosófico que siempre me gustó mucho porque reflejaba la idiotez de los llamados universales.

La búsqueda de una identidad en el cine o en la literatura es un ejercicio abocado al fracaso o a la impostura. En la vida, también. Y al aburrimiento porque las películas vagan, vagabundean, discurren erráticas en el tiempo.

De mitos

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Esto de la identidad no pasa de ser una ensoñación. Queda bien claro que los totalitarios y colectivistas la identidad es necesaria como medio para sujetar a los ciudadanos; sujetar, o mejor, sojuzgar, o tener encadenados desde la ideología a las personas. Todo colectivista, bien lo sabemos, teme la libertad; la libertad individual, la única que existe. Todo colectivista necesita que la gente crea en un conjunto de mitos que permita a los colectivistas guiar o encaminar de manera no forzada para que así la gente crea que lo que hacen, lo hacen por su propia voluntad.

Uno de esos mitos, o ideas vacías y perjudiciales, es la de la identidad. Los colectivistas – totalitarios en su raíz, no lo olvidemos – crean la idea de que todos tenemos un núcleo duro que nos une a a los demás. Núcleo duro que es el de ser personas, sino el de formar parte de una nación, o a un género sexual específico, o a una ciudad, etc.

La falacia se desmonta simplemente con observar que uno ni siquiera es de su familia, que esa idea de la identidad familiar, o de la tribu, si se prefiere, es algo que se deshilacha. Toda persona va perdiendo genes de su familia. Si de tus padres tienes el 50% de cada uno, de tus abuelos solo el 25% y de tus bisabuelos un 12’5 %. Tus hijos tienen la mitad que tú de tus padres, tus abuelos o tus bisabuelos. Así, la identidad familiar, y en cierto modo también la nacional es algo que se deshilacha y que está en continuo proceso de remodelación. Somos algo diferente a lo que nuestros antepasados fueron.

Ocurre lo mismo con la cultura. Esta no es la misma que la de nuestros padres, aunque prefiramos el consuelo de la mentira porque nos protege del frío exterior. La cultura viene funcionando en muchos lugares como abrigo y protección contra las incertidumbres del futuro y de la sociedad abierta. No es de extrañar su auge en el siglo XIX y en los años 30 del siglo XX. Sin cultura los fascismos no habrían tenido el camino tan expedito. Que la cultura sirve de aglutinador de voluntades colectivas lo prueba también el recurso a ella de la URSS. Pero la cultura de mis padres, o de mis abuelos, no es la misma que la mía. Quizás en el pasado abuelos, padres e hijos compartiesen un fondo de valores y vivencias común. Hoy en día ese fondo común es mínimo. El mundo se ha acelerado y eso significa que muchas de las cosas que mis padres vivieron están desfasadas o ni siquiera las puedo imaginar, y algo similar les sucede a los hijos de mis amigos con sus padres. Mi padre nació en un pueblo malagueño de unos tres mil habitantes, fue a la escuela del pueblo hasta los diez años y allí utilizo un pizarrín para hacer sus ejercicios y una pequeña enciclopedia para estudiar los conocimientos básicos. Luego tuvo que desplazarse a otro pueblo más grande para continuar sus estudios. Su horizonte de expectativas se circunscribía a su provincia. Hoy en día la educación obligatoria llega hasta los dieciséis años, los niños tienen a mano internet que les permite saber lo que ocurre en cualquier parte del mundo, necesitan varios libros de texto cada año además de varios programas informáticos. Su horizonte de expectativas es el mundo. Nada que ver con la vida ni la cultura de mi padre o de mis abuelos. Si hablamos de las mujeres, el cambio es aún mayor. La identidad de una mujer como mi abuela y la identidad de una joven de dieciséis años tienen poco en común. En este caso no se ha deshilachado, directamente ha estallado.

Y así podría seguir enumerando ejemplos para demostrar la falsedad del concepto de identidad colectiva. Lo peor de todos es que los creyentes son inmunes e impermeables a los razonamientos. Siguen pensando que hay un fondo común que los une a otros.

Reino Unido

La historia no es lineal, ya lo sabíamos y hoy lo hemos vuelto a sentir. Con tristeza. Es cierto que las tonterías grandes solo las pueden cometer los grandes, como el Reino Unido. Recuerdo ahora el ensayo que George Orwell escribió sobre los británicos, sobre sus costumbres y su idiosincrasia. Recuerdo al Dr. Johnson, y a William Wordsworth. Británicos, muy británicos. A propósito de Wordsworth, recuerdo a una excelentísima catedrática de literatura inglesa que pensaba que Wordsworth no había sido tenido en cuenta en el continente, y no podía haber influido en ningún poeta que no fuera británico, porque era él era demasiado británico, casi icomprensible para el resto de europeos. Se quedó sorprendidísima cuando le contamos la cantidad de peotas españoles que sí que habían sido influidos por el inglés.

Hoy es de esos días que con más ganas insulto a las malditas identidades nacionales.

Contra la identidad (Cal Redback)

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Desterritorializar, quebrar las certezas, los conceptos de lo agradable necesario, la utilización del arte como medio de formación de masas. Cal Redback trae al frente lo ominoso, lo que estaba oculto porque, entre otras cosas, da asco, y lo muestra al espectador. Lo ominoso, en su caso, no es solo la imagen, no es solo hablar de lo que hay detrás y pueda ser desagradable..

Lo ominoso en Redback es la ausencia de identidad. Es, también, su gran fuerza. En un panorama donde los artistas se lamen las heridas y se reúnen en rebaños inmensos mientras hablan de la identidad, mientras retroceden en riesgo artístico y búsqueda de lo que aún no hemos logrado ver, Cal Redback, por el contrario, explora no tanto lo desconocido como lo desagradable, dejando en el espectador una sensación de inquietud.

Y eso hace que valga más que la gran mayoría de mapas, territorializaciones, indagaciones en la identidad feminista, de barrio, del país y demás regresiones artísticas.

Famille, je vous hais

Almacén El barrio como la gran familia, como el útero freudiano, como una placenta en la que flotamos en su líquido amniótico. Vivir rodeados de aquellos que conocemos desde siempre – que es nunca — , engañarnos con la ausencia del paso del tiempo, el tiempo estático de cuando la historia no existía. Heráclito es el mal: panta rei. Frente a él, el paraíso cristiano anterior a la caída. Que nunca cambie, deseamos. Olvidamos el pasado: cuando no fue, cuantas veces fueron cayendo los edificios, fueron mutando los comercios. El barrio como microidentidad, ya que las grandes narrativas han caído. El museo como deseo de vida: ética y estética unidas: lo estático, lo estancado. La vida codificada en saludos, rutinas y encuentros. El extranjero es el enemigo. Llega, se hace con el botín y huye. El extranjero o lo mudable, lo extraño, lo que no podemos asimilar a nuestra identidad barrial. Un alienígena. El que se sabe hecho de historia y de otros. Ser un extranjero: impugnar el sí mismo, la propia identidad, el grupo. Lo abierto e incodificable. El que dice no.