Con el viento solano

Ya ha llegado el calor; el de verdad, el que viene con el viento solano, el que despuebla las calles de la ciudad hasta la caída del sol. Siempre en esta época me acuerdo de Cesare Pavese, novelista que leí con gusto en mi juventud y del que guardo algunos volúmenes, ahora cubiertos por el polvo o por otros libros, o por el olvido.

Eran las historias de Pavese las de un país, en su sentido primigenio, seco, atrasado, primitivo. Historias donde la gente no lograba alzarse contra el determinismo de la naturaleza, mucho menos contra el de la sociedad. Pavese me lleva al neorrealismo italiano, también marcado por ese determinismo social y la alargada sombra del fascismo.

El sol cae a plomo, el viento quema la piel. Es el desierto y la sequedad de la Castilla interior.

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Ventoux 2016

Momento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Días atrás los ciclistas subieron el Monte Ventoux, aunque este año, por viento excesivo – diríase que huracanado – no llegaron a la cumbre. Es, quizás, un símbolo de la decadencia de los tiempos: pesa más la seguridad física y probablemente los seguros por accidente que contraten los ciclistas, que el esfuerzo brutal, así, sin concesiones a los eufemismos, que aquellos hacían.

Después de la subida deportiva al Ventoux, venía mi ascenso literario por las páginas empinadas, difíciles, abstrusas, de algún libro. Este año el elegido lo conozco. Ya lo leí una vez – hace muchos años – junto con sus hermanos. Se trata de Du cotê de Guermantes de Marcel Proust. Lo escribo en francés no porque vaya a leerlo en ese idioma ni por pedantería, sino porque lo estoy leyendo en la traducción de Mauro armiño y me cuesta despegarme de la de Salinas: Del lado de Guermantes sonaba bien, muy bien. De la parte de Guermantes, tal como lo estoy leyendo ahora no es incorrecto, incluso podría incluso serlo más, pero carece de esa solera del título español antiguo. Es lo que tiene la traducción, la literatura, incluso la filología, que es una tarea eminentemente conservadora e incluso reaccionaria: la vuelta  al texto original cuando este ha sido corrompido por malas lecturas y peores decisiones editoriales.

En cualquier caso, vuelvo a subirlo, aunque este año solo lo haga con uno de los libros. El esfuerzo titánico de aquel verano de mi juventud, cuando leí todos los volúmenes en solo tres meses es algo que, me temo, ya no se volverá a repetir. Y no solo por culpa del trabajo.

 

 

 

Disonancias

Escribe Hölderlin en Hiperión: “siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su  infierno.” Hölderlin es uno de esos románticos alemanes que se conjuró para buscar la Libertad con Scheling y Hegel en Tubinga: “Necesitamos una nueva mitología… Un más alto espíritu, enviado del cielo, tiene que fundar entre nosotros esta nueva religión; será la última obra, la más grande, de la humanidad”. El pasaje pertenece a lo que se conoce como “El más antiguo proyecto de programa del sistema del idealismo clásico alemán”. Luego todos sabemos de la deriva del proyecto en pesadilla y horror.

En Hegel derivó en la teorización del Espíritu Absoluto, Schelling dijo aquello de “Es duro, por así decir, apartarse de la última orilla.” En Hölderlin la locura y la amnesia cerraron su vida. Antes, sin embargo, tuvo tiempo de escribir Hiperión, y en él la frase que cito al comienzo. “Si pierdo la memoria, ¡qué pureza!”, escribió Pere Gimferrer en homenaje a Hölderlin.

Las disonancias de la Historia

La cultura buena y de verdad no es la de los turistas

Esta es otra entrada hablando de turismo. Aunque no lo parezca. En realidad más que de turismo de lo que hablo es de los exqusitos que miran con condescendencia a los turistas. Lean si no el artículo de Valeria Luiselli en EP sobre su decepción al ir al Louvre.

La buena mujer quedó decepcionada porque el cuadro que ella quería ver, también lo estaba viendo mucha gente. Imagino que debe de resultar un gran chasco pensar que lo que era una experiencia estética única, algo que iba a pertenecerte, incluso que iba a ser algo que solo habías compartido con unos pocos: Erwin Panofsky, Aby Warburg, Stendhal, Marcel proust, es solo algo que compartes con un montón de personas que, además, van como tú, con deportivas, camiseta, y una mochila que han dejado en consigna.

¡Qué terrible la sociedad de masas!, ¡qué maravilla los individuos capaces de gozar individualmente y de manera autónoma de las obras de arte!, ¡qué olvido de las construcciones culturales, de las modas en décadas pasadas!, ¡qué bendición se un recién nacido!, o como decía Gimferrer: “Si pierdo la memoria, qué pureza.”

“La cultura del capitalismo rapaz ya terminó de transformarlo todo en producto de consumo instantáneo, o que el turismo ya es puro porno cultural: mucha luz, poco sexo.”, nos dice la opinadora. Sí, como los partidos políticos que son primero radicales, luego transversales para acabar diciendo que son socialdemócratas. O como aquellos que celebran a los Rolling Stones porque representan la contracultura, ellos, que viven en un paraíso fiscal. O los Ramones que son punk y uno de sus miembros era de la Asociación Nacional del Rifle y votaba a Ronald Reagan y George Bush (aunque bien visto el punk es una creación cultural del capitalismo tardío, con todas sus consecuencias). O las modas de la izquierda pasando del leninismo al estalinsmo para luego ir al maoísmo o al castrismo o a la vía socialsta del Magreb con Muammar El Gaddaffi como Ché del Magreb (así los llamaban en los años 1970) y ahora Venezuela o Grecia, que ya han sido abandonadas.

Luego estaba Michel Foucault que dio en el clavo cuando dijo: yo soy capital, yo pienso capital. Al fin y al cabo con 445 000 obras, y que la periodista se detenga en la “Mona Lisa”, al igual que tantísimos turistas (¡qué horror!)

Nunca he tenido el problema de la periodista. La colección de arte de los Países Bajos tienen muy poco público. Turistas, sí, como yo y como ella y como todos (con las escasas excepciones de profesores de arte, museólogs, y otros relacionados con ese mundo.)

En fin, cada uno se queja como puede, de lo que puede y como puede. O se siente superior a los demás. Yo a los museos voy solo a contemplar las obras, y me reconforta que haya gente que también las vea.