Todo es frágil e inestable

Todo es leve e inestable: la vida, el cuerpo, el canto de los pájaros en las avenidas, los bulevares y las ramblas. Todo dura solo un instante aunque queramos creer que el tiempo no se detiene y todo continúa. Lo que ayer fue, mañana, esta misma tarde ha dejad de ser: “Fue sueño ayer, mañana será tierra”. Apenas un leve anuncio, un estremecimiento, y todo se ha desmoronado en un instante, antes incluso de que lo viéramos.

Todo pasa, nada queda, aunque el poeta soñara con un rastro en el tiempo, que la realidad desmiente, porque al final, el recuerdo se desvanece y su sitio lo ocupa el vacío. Como los muertos de hoy, como Will More, que falleció días atrás y era ya sombra desde hacía años.

La alegría de vivir

En un artículo del El País, que trata de la próxima publicación de una obra de Canetti, se puede leer esta frase:

Mi esencia, en cambio, es rechazar y odiar cualquier muerte. No considero imposible que en algún momento llegue a aceptar más o menos mi muerte, pero jamás la de otro. Es tan seguro, lo siento con tal intensidad, que podría encabezar con ello mi pensamiento y mi mundo. Es mi Cogito ergo sum. Odio la muerte, soy así. Mortem odi ergo sum.Y eso que esta frase omite lo más importante, el hecho de que odio cualquier muerte.

Es algo que sorprende gratamente. Si observamos el mundo, donde en el último siglo y medio ha dominado la idea de la muerte, Canetti se nos aparece como un ser extraño y marginal. Quizás con la excepción de Friedrich Nietzsche, pocos ha habido como Canetti en este último siglo y medio. Fernando Savater, claro.

Pensemos que desde la Revolución rusa la izquierda ha estado más interesada en la muerte que en la vida, La muerte como colofón de la represión. La gente mencionará a Stalin, es lo sabido, pero Lenin lo antecedió. Y Mao continuó la estela asesina en China, y Pol Pot en Camboya, y … En España, por no irnos muy lejos, hubo celebración de la muerte cada vez que se aplaudió los asesinatos de ETA; ahora que ETA ve que la estrategia política pasa por no asesinar, hay quien aplaude a los asesinos y los homenajea.

Frente a tanto heraldo de la muerte se yergue, extraño y poderoso, envidiado, temido y rechazado por la izquierda, Elias Canetti, el judío centroeuropeo que escribió Masa y poder, un hombre que hizo de la afirmación de la vida el centro de la suya. Un hombre que afirmó la alegría de vivir.

Antipolítica

“Sábado noche con mi chica voy a salir”, dice inmortal la canción. Cualquiera que casi haya alcanzado la cincuentena con un mínimo de sentido común y vergüenza torera, sabe que la frase, por mucha aventura que prometa, a esa edad ya no es sostenible, a menos que se quiera hacer el ridículo.

Entre otras razones porque, y sigo con la canción de manera oblicua, la muerte deja de ser un acontecimiento para convertirse en un suceso cada vez más cotidiano. Hace un par de días ha fallecido B.B. King y ya no es sorprendente, al contrario que sí que lo fueron las de Toño y años después, el mismo día, la de Pepe Risi. Pero entonces la edad era aún tierna e ignorábamos lo versos finales del poema de Gil de Biedma:

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Es primavera, pero no temprana y el calor es quizás demasiado intenso para estos días. La luz entra a raudales, casi ya dañina para las pupilas sensibles. Anuncia el tiempo que viene, el de una naturaleza en plena madurez. Es demasiado para los que preferimos los inicios, los tiernos brotes verdes, el asombro de lo que comienza, como recuerdan los versos de William Carlos Williams.

Una costumbre que no podemos eludir, eso y poco más. Suena en tocadiscos el primer disco de Burning. Puede parecer poco pero es más que suficiente cuando sabes lo que hay y entiendes que casi todo lo otro es vanidad, deseos de poder, miedo a la lucidez.

Invierno

Bailarines

Nos sorprende la alta madrugada con alguna noticia seca y agria. Tal que ha fallecido un escritor que habíamos dejado de leer tiempo atrás pero a quien teníamos en la cabeza volver a leer lo nuevo suyo, y en ese momento de sorpresa sabes que ya nunca será la vuelta a nada nuevo.

A veces, en la alta madrugada, sabes que hay situaciones de la vida a las que solo volverás ya sabiendo que es la última, la despedida, en la que ya nada nuevo habrá porque, al final en eso consiste la vida, en ir cerrando puertas que ya nunca volverás a abrir, o en volver a autores de quienes ya nunca tendrás nada nuevo porque un día murieron.

El paso del tiempo

Se van muriendo. Este año van dejándonos uno tras otro, alargando una lista que, casi siempre, es muy larga ya.

La última ha sido Ana María Moix. Estaba ahí, discreta, como una secundaria importante, presente pero sin tener protagonismo, que es como a mí me gusta que esté la gente. Los autores principales son, en la mayoría de los casos, aburridos después de estar con ellos un rato. Hay excepciones, lo sé pero apenas cuentan.

A Ana María Moix la leí poco, pero me gustaba que estuviera allí. Las pocas entrevistas que concedía las solía leer con interés. Pertenecía a un grupo, ese llamado gauche divine catalana, en el que coincidieron algunas personas muy importantes. Muchos hicieron una labor importante en esto de la cultura española, algunos fueron algo divinos o divos, creo que ninguno estomagante.

Ahora, Ana María Moix ha fallecido, como ya murieron otros antes que ella, y yo contemplo la foto que está encabeza este breve escrito y me gusta por ese aire de desamparo que la nimbaba. A estas alturas pienso, cada vez que veo una foto, que bien puede ser una pose. Quizás lo fuera en su caso, quizás no. Es lo de menos en este momento porque la foto lo que recoge bien es un momento en la vida de alguien que ya no es adolescente aunque su cuerpo se resiste a darse por enterado. La soledad es la de cualquier persona que ha dejado atrás ese que llamamos infancia y mitificamos sin mucha razón. La soledad es siempre individual, aunque haya quien quiera hacer el discurso de lo generacional.