Tierra

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Pura dicción de raíz en flor

 

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París capital du vélo

Vemos una bicicleta y pensamos, siempre, en una película francesa. Es tal nuestra ansia de mitos que repartimos los correlatos objetivos sin pensar mucho ni discriminar. En China utilizan las bicicletas para desplazarse por las grandes urbes, muchas incluso poniendo en riesgo sus vidas. Pero eso, hoy en día, no es una imagen que nos atraiga. Atrajo, sí, hace años, tantos que ya casi ni lo recordamos, a aquellos que soñaron con el paraíso maoísta. El despertar fue peor que la salida de una pesadilla ácida. La imagen de los obreros que van disciplinados y felices a la fábrica ya no dice nada. Está obsoleta, porque la obsolescencia también afecta a las imágenes ya los conceptos.

La imagen que nos atrae es la de una joven en bicicleta, melena y falda al viento, acompañado de un joven despeinado, con greñas cuidadas, algo de barba y un desaliño muy estudiado en los dos. Son los jóvenes de la revolución – no sé de cuál, pero de alguna revolución seguro que son; necesitamos iconos, hoy en día una imagen si no es un icono, no sirve, no se difunde. Esos jóvenes iconos, de amplia sonrisa y felicidad infinita, seguro que llevan una camiseta del Che. Esto a mí me recuerda a la tradición que pasa de padres a hijos. Los padres ya llevaban la susodicha camiseta y los hijos también. Es lo que viene a ser la unidad del núcleo familiar.

A mí lo de los jóvenes – y adultos que aún creen ser jóvenes – en bicicleta me trae sin cuidado. Tiene su origen en el desabastecimiento energético que sufrió Cuba en los años 90, tras la caída de la URSS. Los cubanos tenían que desplazarse en algún medio y a falta de combustible buenas son las piernas. El gobierno cubano, en un alarde de propaganda, propagó la especie de que era mucho mejor para todos ir en bicicleta. Hasta entonces había utilizado coches, pero a raíz de la escasez de gasolina, el coche fue algo nocivo para las personas y el medioambiente y la bicicleta se convirtió en la panacea. Sobre todo en la panacea para el gobierno cubano, que de un fracaso sacó una victoria.

Nos quedan las muchachas, y los muchachos, ligeros y gráciles, cabello al viento por las calles de París en sus bicicletas. Ya digo que los ciclistas me traen sin cuidado, pero las estampas parisinas son algo a lo que no me resisto. Solo por las calles de París acudo al cine a ver esas películas.

El domingo es el día de la familia y el vermú

Estos días pasados he estado en Bilbao. El trabajo, ya se sabe, que te lleva de un lado para otro. Allí me enteré, por la noche, y por casualidad, de los atentados en París. Una vez conocida la masacre, el televisor estuvo vomitando repetitivamente la poca información clara que hasta ese momento se tenía. Me fui a la cama con una sensación confusa y un sentimiento, que luego se confirmó, de que muchos pedirían que nadie criminalizara el Islam – cosa distinta sería si se tratase del cristianismo o del judaísmo – o que la culpa, por supuesto, la tiene Occidente. (A partir de determinada edad ya hay pocas cosas que le puedan sorprender a uno; y la inteligencia y la honradez intelectual son bienes muy escasos.)

A la mañana siguiente paseé por el centro de Bilbao, un largo paseo desde las inmediaciones del museo Guggenheim por las calles aledañas a la Gran Vía hasta el Casco Antiguo. Me detuve en una cafetería para tomar un café y leer los periódicos. La gente desayunaba tranquila, conversaba con la animación propia de quien no siente la prisa diaria de entresemana. Al llegar a la zona antigua, y siendo aún demasiado pronto para ir de bares, decidí continuar el paseo por la ribera, entre deportistas dominicales, andariegos de mañana y paseantes de perros, todos tan distintos al flâneur baudeleriano. Al fondo, el Guggenheim y sus enjambres de turistas. El aire fresco, el sol que calienta sin agobios. La clara luz que la niebla no tamiza. De vuelta al Casco Antiguo, vi padres más o menos jóvenes con niños pequeños, aún en cochecitos, otros con balones; algunas niñas vestidas de domingo con un enorme lazo en la cabeza recogiendo el cabello recién lavado.

Entraban a un bar, o salían y se dirigían a otro. Hablaban con conocidos, se reían, algunos – cada vez menos – fumaban. En el país de al lado había asesinado a unas 120 personas y herido a trescientos. Aquí, no tan lejos, la gente pasaba la mañana de domingo sin preocupaciones, alegres, sin cambiar las costumbres.

La vida seguía, como tantas otras veces; la vida continuaba y no había razón para dejar de salir al vermú o a correr o a pasear. Los sobresaltos, la indignación, las protestas en España duran hasta que llega la hora de la cañita. En muchos casos, las manifestaciones han acabado delante de un bar a la hora adecuada para tomar unos chatos.

En la ciudad burguesa

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Un traspié muy bien puede recluirte en casa, incluso casi solo en una habitación durante algo menos de un mes. Esto, si se piensa bien y no está uno atravesado por esa nueva manía moderna del movimiento continuo es mejor que bueno. ¡Cómo si no disponer de todo un mes para ti excusado de toda obligación social! La cama, el sofá, la soledad y la pila de libros y de discos que forman el horizonte de esas semanas.

Acaso solo echa uno de menos en esas horas de la mañana temprana o tardía los paseos; paseos por la ciudad burguesa, claro está, la de las amplias avenidas y bulevares, las de los comercios donde puede uno encontrar de todo, la de los bares con grandes cristaleras. Sobre todo la de los edificios imponentes de la arquitectura Biedermeier o de la época Weimar, edificios que hablaban de la fortaleza y el poder de la burguesía (aunque el estilo Biedermeier reflejase también el desengaño de la burguesía por no poder tomar parte en los asuntos de Estado y significase en cierta medida un retraimiento hacia la vida familiar.)

Hoy en día la ciudad burguesa está en proceso de desaparición, si no ha desaparecido ya y lo que vemos son solo los espectrales restos que sobrevivirán como han sobrevivido las ruinas romanas o celtas, o musulmanas. Hay también quien dice que la ciudad burguesa es el territorio de la represión de las fuerzas revolucionarias, como si en París no hubiese habido ninguna después de su remozamiento con Hausmann.

Pero la historia no importa cuando las ensoñaciones se alzan como medida y método filosófico. Mejor, mucho mejor, entonces, las viejas ciudades medievales, de callejuelas estrechas, casas insalubres, donde apenas llega la luz del sol. La ciudad de los gremios, como si ahora lo gremial no significase la gran regresión, que lo es aunque pocos lo queramos ver (Para esto, si hay alguien interesado, Marx y su 18 Brumario.)

Si los valores burgueses, que al fin y al cabo tienen entre su progenie las revoluciones, incluso la de Mayo del 68 y su nuevo cuerpo revolucionario de jóvenes (¡dónde si no podría haberse dado Mayo del 68 si no es en la ciudad burguesa por excelencia!), están en decadencia, y pinta que van a estarlo por mucho tiempo para ya quizás nunca más levantarse, cómo no lo va a estar la ciudad, ¡cómo no van a preferir algunos las ensoñaciones del pasado de ciudades orgánicamente estables y compactas donde los habitantes (nunca ciudadanos) vivan en armonía!, o esos otros que sueñan con una urbe parecida a la de Blade Runner, siniestra y, en gran medida, virada hacia el pasado.

Si lo pienso bien, el traspié, tan bueno en algunos aspectos, me está quitando ratos de paseo por lo que aún no son los restos espectrales de la ciudad burguesa.