La especie humana

En 1947 Robert Antelme publica L’Espèce humaine. En el libro relata su estancia en Buchenwald y Gandersheim. Es aterrador y sincero. Deja bien claro lo que fue aquello. Copio una cita en la que, a pesar de la deshumanización que intentaron instalar los nazis en los campos de concentración, Antelme muestra cómo los afectos, humanos siempre humanos, son fuertes y logran que la vida sea llevadera.

Aún éramos capaces de sentirnos tristes al dejar a unos compañeros, aún no estábamos endurecidos, aún éramos humanos. Eso nos tranquilizaba. Tan pronto y ya necesitábamos tranquilizarnos.

Robert Antelme, La especie humana.

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Borroso

20160107_3Será cosa de la edad, o de los tiempos, pero la vida, ahora, en estos últimos meses, la veo así borrosa. Hay momentos en que, por fortuna, vuelve el perfil nítido y exigente de una realidad que cada vez menos existe en España y hemos de avistar más allá de las fronteras.

Uno de esos momentos ha tenido lugar esta mañana, temprano, muy temprano, mientras leía el artículo de Javier Gomá Lanzón, “Libre y con compromiso”. Habla de los tres requisitos para que una sociedad llegue al estadio de la Modernidad y se configure como una sociedad libre: la figura del burgués, el sujeto moralmente autónomo y el ciudadano.

Aquí no se ha dado ninguna de las tres: la Iglesia y el ejército lo han impedido. Con la fábula del maná que caía del cielo y la gente tenía suficiente para comer, con las frasecitas esas de la Biblia donde se exhorta a las personas a no preocuparse por lo material pues ya Dios, padre todopoderoso, proveerá, aquí nos hemos dedicado a eso que algunos llaman “vivir la vida” y dejar eso del trabajo para otros, en la mejor tradición de hidalguía y señoritismo hispano. Lo del sujeto moralmente autónomo es algo que, en el mejor de los casos, da risas. Una vez más la influencia de la Iglesia, y del ejército, ha dado una sociedad más cercana al rebaño ovino que a otro grupo: no olvidemos aquello de la grey pastoril o la versión hispana posmoderna de la comunidades  históricas. No es de extrañar, pues, que lo comunitario tenga mayor importancia que lo individual. La autonomía, en España, es algo prohibido, a diestra y siniestra.

Uno tiene ya la visión cansada y tiende a ver el mundo que le rodea borroso. Cuando logra ver lo nítido se encuentra con que el desastre va aumentando conforme pasan las horas, y ve a sus “conciudadanos” bailando felices y contentos pues les han prometido el narcótico que les liberará de toda preocupación: la sumisión al jefe de la manada.

 

El materialismo es algo frío, carente de sentimientos, algo, que, en breve, la izquierda auténtica (y sentimentaloide) va a eliminar

Lo veremos condecorado, como héroe de guerra, como propiciador de la paz. Al igual que Nelson Mandela, muñidor del grupo terrorista Umkhonto we Sizwe, dice algún incapaz de distinguir entre la Sudáfrica racista y la España de hoy en día. Como Yasir Arafat, líder de Al-Fatah, otra organización militar, que decía luchar para liberar Palestina, cuando, al final, lo único que hizo fue llevarse dinero palestino a sus cuentas privadas y dejar a Palestina en una situación peor de la que estaba antes de que él llegase, según le gustaba decir, a salvar a los palestinos. (Nada que no siga la senda propia de los partidos de izquierda, por cierto.)

La diferencia entre un héroe y un terrorista reside solo en la consideración que la gente le otorgue a cada uno. Este, guste más o menos, es el punto de unión entre Otegui y Franco. Le pese a quien le pese, repito.