Traducciones, equivalencias, naderías

Ocurre que me pierdo en las películas. Es cosa de los subtítulos. Escucho la película en su lengua original, cuando entiendo esa lengua, claro, y al tiempo voy comparando lo que dice con los subtítulos en español y en inglés o francés. Me puede la curiosidad de saber cómo se dicen las cosas – en concreto algunas expresiones idiomáticas, en otros idiomas, o me interesa saber cómo han traducido tal o cual frase. Así, cada dos por tres pierdo el argumento y no entiendosu evolución. En algunos casos, ayer por la noche, no importa mucho pues la película es previsible y ya intuyo, antes de que ocurra, por dónde van a ir los tiros. En otros casos, esta mañana, la crónica de la nada alargada de modo artificial que nos han inyectado se llevaba mejor con esos divertimentos lingüísticos.

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Mentiras, decadencia, política

Este año han atrasado la hora justo antes de que la Seminci comenzara. Así, ya no veo surgir la luz silenciosa y decidida mientras me encamino al cine. Ahora, cuando salgo de casa ya es de día y el frío húmedo de la mañana temprana ya campea por las calles. He llegado temprano al bar y he desayunado y he leído la prensa, un vistazo breve a las críticas de las películas que ayer proyectaron en el festival. Hay quien dice que Nahid no es el nuevo cine iraní. Aquí hay un error de fondo: la expectativa, que se fue fraguando a principios de los años ochenta y quizás finales de los años setenta, de que todo tenía que ser nuevo: el nuevo cine alemán, la nueva narrativa española, la nueva sentimentalidad, … y así todo lo que caía entre sus manos. La revolución permanente… siempre mentira. La novedad se acaba y en algún momento, que nunca percibimos en presente, comienza la normalidad, la repetición, el pastiche.

De novedades, revoluciones y mentiras trataba la película de esta mañana: À peine j’ouvre les yeux. El despertar de una adolescente a la vida: sexual y sentimental, al tiempo que política después de que ocurriera la Primavera árabe, que aquí algunos saludaron alborozados, y que quedó en represión. La historia de los padres se repite en la hija: una lástima, sí, una verdad que no todos quieren aceptar ni mucho menos asimilar.

En breve me iré a ver el documental La décadence. Trata de las casas en que Iván Zulueta vivió: en San Sebastián y Madrid. Iván Zulueta ha sido el mejor cineasta de los últimos cuarenta años. El único verdaderamente personal. Demasiado inclasificable e inabordable para nuestra débil Posmodernidad – cada vez más débil, por cierto, mientras boquea entre ahogos de populismo programado con técnicas de mercadotecnia. Zulueta, casi el único cineasta español que se atrevió a indagar en los códigos cinematográficos para desmontarlos y volverlos a reconstruir a su manera. El único que tuvo el coraje de mostrar las costuras, los intersticios de nuestra sociedad y de la vida.

Enfasis, prosaísmo, vida

Nahid es una película que logra lo que hoy en día aquí, en España – hoy en día y en el pasado no tan remoto – es impensable. Nahid es una película ambientada en Irán en la que no aparece ni una mota de polvo del desierto ni el calor achicharrante de esas latitudes ni hombres con chilaba ni ninguno de los otros tópicos que los amantes del cine de los países no occidentales tanto aman. Todo ocurre en una ciudad de provincias, nos imaginamos frente al mar – que pensamos es el del Golfo Pérsico – mientras cae la lluvia fina del invierno y en las casas encienden pequeñas estufas eléctricas. Imaginémonos en España una película donde no aparezcan tópicos similares: bares de barrio, panorámicas de Madrid o Barcelona, tampoco el reniego de ser español – tan castizo, si no más, que el proclamarse español. Apenas hay: Arrebato y poco más. El casticismo y el costumbrismo son parte de nuestra esencia más honda e inerradicable.

Otra de las características que más me gusta – tan escasa por aquí igualmente – es que la rebelión de la protagonista por llevar una vida normal, por ser dueña de su vida, no está contada en tonos épicos. Imagínese el lector algo parecido en España: las flamígeras banderas ondearían feroces, y los claros clarines que mencionó Rubén Darío sonarían durante toda la película. El pueblo en armas – aunque solo sea el pueblo femenino – se alzaría heroico y decidido contra la opresión. La realidad, por el contrario, es más prosaica. Quien ha tenido que luchar sabe que hay que fijarse en los elementos pequeños del día a día: lo corriente, lo mínimo, lo común, lo necesario; la épica sirve para inflamar las cándidas almas de los espectadores pero no consigue ganar las batallas. Esto es aún más impensable hoy en día en España: estamos, como alguien dijo, enfermos de énfasis. El impulso épico de las películas se ha colado en nuestro imaginario y es difícil concebir algo que lleve solo el tono apagado, sombrío, polvoriento de lo cotidiano. En la lluvia se da el amor furtivo de la protagonista y los sucesivos desencantos de la vida. En la lluvia está el encuentro con el hijo y su desaparición: el marido del que se divorció y el hombre al que no puede amar en público.

El tono pausado, el ritmo medido, lo innecesario que no entra en la película. Cine escueto, sí, en el que se adivina solo el deseo por ser libre y nos deja sin una resolución cómoda, reconfortante, facilona.

Cine, movimiento, luz

Hay películas a las que se le ven las costuras; o quizás, ha directores a los que la bisoñez los delata. Tienen buenas ideas, buena intención pero les falta experiencia. Eso es lo que ocurre en La decisión de Julia. Es una buena película. El tema es controvertido: la eutanasia, la buena muerte, la muerte a secas cuando la enfermedad es irreversible.

No se ceba con ello el director sino con una relación amorosa, quizás la única o al menos la más impactante que la protagonista – de quien sabemos muy poco – tuvo en su juventud. A partir de aquí, la madeja se va desovillando, a veces de manera demasiado efectista: el amante era un asesino de ETA, que luego resulta ser un topo de la policía o de la guardia civil. Esto da pie al director para tratar el tema de los sentimientos y de la ética en los asesinos, acercándose – o quizás zambulléndose—en las ideas de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal y sobre la posibilidad, siempre humana, de que un asesino quiera a su hijo pero no dude en apretar el gatillo para matar a un desconocido simplemente porque es policía, funcionario de prisiones o político de la derecha nacional – por lo visto, según esos asesinos, muy diferente a la derecha nacionalista, pero esto, ya lo sabemos, son trapos sucios que se lavan en secreto dentro de la casa familiar.

A la película le fallan algunas cosas: el guión, que a veces decae, el blanco y negro: muy efectista pero poco convincente, las deudas cinematográficas, que el director ha de asimilar aún. Es una buena película, que pretende tocar la fibra emocional . El director nos aconsejó en la presentación que nos dejáramos llevar e inundar por la emoción, algo que, por supuesto, no hice porque las películas se disfrutan con la cabeza no con el corazón.

La tarde había comenzado con el folclore argentino y acabó con una reflexión extraña y, dura película sobre el cine, en la que el director no hacía ningún tipo de concesiones. En esta, al contrario que en las anteriores, como era previsible, nadie entró una vez comenzada la proyección ni se marchó a mediados de la misma.

Paseos, cine, películas

Hay veces que lo mejor no es siempre la atracción principal, en este caso las películas a concurso y las que están fuera de él. El simple paseo a media tarde de un cine a otro es un reclamo poderoso para estar inmerso en la SEMINCI. Esta es cine sobre todo, sí, pero son también los paseos, la luz suave de la tarde temprana, las mañanas frescas en que el solo hace su aparición casi entre un redoble épico que escuchamos solo en nuestras cabezas. Es también el momento en que vemos a aquellos que ya no viven en Valladolid pero regresan durante una semana para atracarse de cine. Nos vemos y nos saludamos tímidamente, ocupamos siempre el mismo asiento en los ciclos de directores, de cinematografías – concepto inexistente porque presupone un modo idéntico de hacer cine que los buenos directores se encargan de destruir. Mismo asiento, misma fila, misma sala, mismo cine: así durante todo una semana dos o tres veces al día. Hay quien se ve cuatro o cinco películas cada día, pero la resistencia física disminuye y es mejor no forzar mucho.

El cine: las historias, los casos verdaderos, las exploraciones por pasajes de la historia que desconocemos o de los que tenemos una idea errónea. ¡Tantos casos, tantas pasibilidades! La ficción es una provincia – permítanme el anglicismo – vasta pero no lo es menos, por lo que parece, la realidad. Si nos gustan las películas de ficción, los documentales sobre personas reales o sobre un suceso histórico no nos atraen menos.

En la ficción – nos ocurrió ayer – vemos películas buenas pero cuyo punto de partida a veces falla. En 45 años, buena película al final de todo, el director busca los intersticios escondidos, silenciados, de una vida en común. Está bien llevada, muy bien interpretada, las localizaciones son maravillosamente inglesas (espero que se note la ironía del sintagma), pero está también en el siglo XIX Henry James, el maestro, el que buscó esos intersticios, esos momentos silenciados, guardados en los desvanes hasta que la muerte o el descuido, los saca a la luz, polvorientos al principio, desprendiendo luego un brillo cegador. Nunca fue cómoda la lucidez ni agradable el conocimiento que revela lo que te han mantenido oculto durante toda una vida. Lo que pudo ser, lo que fue, lo que creímos que había sido. El fogonazo final, instantáneo y sorprendente de la verdad seca en medio del bullicio.

Hoy volveremos a las salas: los mismos asientos y las mismas filas. Volveremos también a los paseos agradables, reconfortantes incluso, entre película y película.

Sorpresa

De un tiempo a esta parte, sorprendo con cierta frecuencia a mi madre leyendo las esquelas que el diario Sur publica. Ella nació allí y comprendo que quiera saber de su ciudad donde vivió el mismo número de años que llevamos en esta otra. Entre medias ha habido otras dos ciudades y la misma Málaga.

Quiere saber si sus amigas y sus conocidos fallecen. A partir de una determinada edad ocurre que esperar la muerte de alguien es lo normal. En el caso de mi madre, además, hay un elemento curioso. Desde hace cinco años, cada vez que llega su cumpleaños se sorprende de haber llegado hasta ahí, como si nunca hubiera pensado que era fácil llegar a los setenta años. No habla de juventud, ni de que se siente mayor, simplemente nos dice que está sorprendida por haber cumplido años otro años más.