Imagen atonal de Lou Reed

Pocas emociones más intensas que cuando escuché entonces los primeros compases de “Sweet Jane.” (Ironizaba el viejo Lou Reed en Animal Serenade cómo su fama se sustentaba en esos pocos compases.)

Eduardo Haro Ibars, ángel negro de la cultura española, cuero y rocanrol, vida al límite, en rojo, escribió un libro, Gay Rock, y en él se explayó con Lou Reed. Eduardo era un artista y puso el foco en un aspecto que ni era todo Lou Reed ni era todo el glam rock, pero el libro sirvió para que conocieran a Reed en España.

Príncipes malditos de la heroína, recreación de la Europa de entreguerras, decadencia, perfumes intensos, ojos vidriosos. Una Nueva York que nosotros solo podíamos soñar, imaginar en la provincia, menos negra que ahora, española.

Ahora, un adverbio que solo sirve para confundir; no es ahora, fue ayer, siempre; ahora es solo el momento del recuerdo, del disfrute de quien rememora. Ayer, por el contrario, es el momento de la iluminación, del descubrimiento fulgurante, del latigazo que escuece y fascina.

Ayer fue el descubrimiento de canciones fundamentales, al menos en nuestras vidas, y eso es lo que al final importan. Uno no descubre para la humanidad, uno descubre para sí mismo, para compartir con los amigos. Los discos de Lou Reed, compartidos en tardes de sábado y domingo, en veranos inmensos, sin nada que hacer y ningún lugar donde ir.

Ha muerto, al igual que todos lo hacemos antes o después. Ya no habrá más discos de Reed, y los que publicó, las canciones que nos inyectaron adrenalina en la adolescencia y juventud, irán cogiendo polvo. Los jóvenes que vengan no las entenderán, no las escucharán. Ni falta que hace, tienen a los suyos, cuando aún el ayer no existe.

Oscuro corazón de rocanrol, príncipe negro, la noche y el olvido, los garitos llenos de humo, el perfume barato de algunas mujeres,  el polvo blanco, el rímel,  y el maquillaje que blanquea la tez.

En este enlace pueden encontrar otra imagen.

El palmarés

Otro año más que acaba la SEMINCI y van, para mí, ya veinte años si no alguno más. Pocas veces he estado de acuerdo con la lista de películas y actores galardonados, pero casi siempre veía alguna razón para  las películas que estaban en el palmarés.

Este año, sin embargo, no es así. Este año la película ganadora de la Espiga de Oro, Tokyo kazoku, es de un extraordinario conservadurismo. La película está bien hecha, el director demuestra oficio, los actores interpretan bien sus papeles, pero … siempre hay un pero… carece de la más mínima originalidad. Es una película que “se basa” o quizás habría que decir copia, el cine de Yasujiro Ozu, gran cineasta japonés. Bien está en los tiempos que corren que el público en general no conozca la filmografía de Ozu, pero el jurado debería conocerla, debería valorar la poca originalidad y lo mucho de adaptación automática que la película ganadora tiene.

Peor es el caso de Papusza, película donde no hay ni  guión ni dirección ni nada; solo el extraordinario trabajo de fotografía. Papusza es una película preciosista, estetizante, en la que bajo el falso compromiso social con las minorías: los gitanos, también asesinados por el nazismo, late la nada, el vacío. Ocurre con demasiada frecuencia: la estética oculta la inanidad.

Uno se pregunta por qué el jurado ha premiado una película de tan poco riesgo, por qué ha premiado otra película en la que el preciosismo tapa tantísimas carencias. Uno se responde, con cierta maldad, que es un guiño al espectador común, aquel a quien le gustan las películas que no le suponen demasiado esfuerzo intelectual, aquel que sale del cine convencido de que ha visto una película bonita o una película comprometida o una película que trata dramas humanos.

Frente a las ganadoras, I’m the Same, I’m an Other, una película que no es bonita, ni comprometida, sí dura, desasosegante, una película qu exige esfuerzo al espectador, esfuerzo para seguirla, para adaptarse al ritmo lento, a la elipsis, a la desnudez cinematográfica.

Uno imagina que con los tiempos que corren y con la tosquedad de nuestros representantes políticos que si no ven números elevados de asistencia consideran que ha sido un fracaso (Llegados a este punto les recomiendo la escena en que el director de películas pornográficas que aparece en Hardcore de Paul Schrader, también proyectada en esta edición, pide las cifras de taquilla a su ayudante, y se enfada porque estas son bajas.) Si hemos de medir el éxito de un festival cinematográfico por el número de espectadores, todos sabemos que será un festival en el que el riesgo cinematográfico haya desparecido, un festival como un telefilme de domingo por la tarde.

Luciérnagas tecnológicas

La sala la alumbraban las nuevas luciérnagas tecnológicas: la gente que, aburrida,  no cesaba de consultar su móvil de última generación con pantalla de no sé cuántas pulgadas – nos iremos olvidando de los centímetros poco a poco – porque ya no hay paciencia para prestar atención a una película lenta, demorada, en la que la imagen tiene una grandísima importancia y apenas hay trama o aventura o sucede poco, muy poco, de cara al mundo porque el mundo interior es inmenso.

Las nuevas luciérnagas, que van al cine a hacer lo mismo que podrían hacer fuera de él, estar conectados sin pausa a una sección concreta y mínima de la vida exterior. Al cine se va, siempre se iba, a desconectar, ahora no. Ahora la conexión continúa en todo momento, sin que nadie piense en que, a lo mejor, al del asiento vecino sí le interesa la película y la lucecita de la pantalla móvil le deslumbra.

No hay paciencia: y lo venden como lo moderno. Hay solo gratificaciones instantáneas y pasajeras, una detrás de otra, en tropel para que no podamos valorar, calibrar, elegir las que merecen la pena o no.

El cine: uno de los pocos lugares donde el tiempo transcurre si prisa, amenazado por las modernas luciérnagas tecnológicas y la falta de paciencia de cada vez más gente.

Por cierto, la película que disgustó tanto se titulaba I’m the Same, I’m an Other y es muy buena: es poética pero nunca cursi, y eso el público, claro, no lo entiende ni lo valora. ¡Ay!, la cursilería de los que se tienen por poéticos.

Mishima

mishima

Veo en el cine, gracias al ciclo que la dirección de la Seminci ha organizado de Paul Schrader, Mishima. Yukio Mishima fue un escritor que me gustó mucho cuando tenía unos 16 años. Era un escritor adecuado para esa época exaltado que algunos vivimos. El sentimiento de la naturaleza, los sentimientos arrebatados, la necesidad algo nebulosa de hacer algo heroico, la vida como obra de arte, en fin, un montón de cosas que el cuerpo — nunca mejor dicho — te pide para vivir una vida que mereciera la pena.

Mishima es una película entre la ficción y el documental, una buena película, hecha con oficio, pero en la que se nota que el director ya no siente — si alguna vez la sintió — esa exaltación que surge a cada paso en las novelas de Mishima. Quizás por eso la película es buena y no una sucesión de momento elevados, de sentimientos infinitos, de gritos por el honor y la gloria, una sucesión de bellos cuerpos en los que habita la vida. Los sentimientos nunca han de dominar en la creación. El arte es un álgebra.

Mishima fue un escritor favorito y ahora sus libros cogen polvo. Le agradezco todo lo que me dio, y que ahora a veces utilizo sensu contrario. Uno ha de educarse sentimental y estéticamente, y para ello ha de decir adiós a algunos compañeros de la adolescencia y de la juventud, por muy duro que sea decir adiós desde la otra orilla.

Marginados e integrados

Albert Plà ha dicho en Cataluña que se avergüenza de ser español. Hace años ya lo hizo otro artista. Cuando en Cataluña un catalán se cisca en España lo que hay detrás es un problema económico. Albert Plà, los artistas catalanes, saben que cuando insultan a España desde Cataluña consiguen contratos para actuar por ser buenos chicos catalanes.

Lo imposible es ser catalán y ciscarse en Cataluña viviendo allí. Otro Albert, Boadella en este caso lo hizo, y lo han excluido de Cataluña. Boadella es un apestado, un marginal, alguien fuera de Cataluña. Para ello, esa máquina represiva que es la Generalitat, y que pretende ser el germen de la nueva nación catalana, creó la imagen del Boadella facha, que, por supuesto, no tiene cabida en Cataluña.

Boadella no puede vivir en Cataluña, a Plà la buena sociedad catalana lo aplaude. Marginados e integrados por la maquinaria estatal represiva catalana.

Ese pirata

Padilla, ese torero pirata, ese hombre que sale a la plaza con un parche que tapa la cuenca vacía de un ojo. Al toreo lo están arrinconando, lo están empujando para que se vuelva ilegal, como a los piratas. De ser un espectáculo central en la cultura española, está quedando en algo residual y mal visto.

Los animalistas creen que es por la labor que ellos están ejerciendo para que lo prohíban. Se equivocan. El toreo va a terminar siendo algo marginal, de mal gusto y sospechoso por algo tan sencillo como que nos hemos urbanizado y ya nadie sabe lo que es la vida en el campo, con sus asperezas y olores fuertes y vida sin maquillajes. Ya nadie joven ha visto nacer un ternero ni ha visto la matanza del cerdo. Así, cuando la gente piensa que a vida animal es algo parecido a una película de Walt Disney, los animalistas ganan.

Luego está el Ayuntamiento de Barcelona, que prohíbe la foto de un torero.  Hoy en día un torero no puede representar la imagen de una ciudad que se quiere cosmopolita, aunque no lo sea. Los poderes públicos de Barcelona prohíben. Los nacionalistas que proclaman una nueva sociedad prohíben. Los ciudadanos, embargados en esa antigualla que es el sueño rancio de la nueva sociedad no quieren ver la prohibición.