La vida de provincias

Benjamín es un hombre menudo, que viste siempre traje gris y corbata y en invierno usa abrigo. Hacía tiempo que no lo veía. El cambio de costumbres y los lugares distintos a los que aquellas te llevan habían hecho que no lo viese y que tampoco  echara de menos su ausencia. Algunos días pensaba que la edad ya lo habría vencido.

El lunes volví por donde solía ir cuando coincidíamos por algunos bares. Entró, como cualquier otro día, erguido, menudo, con paso firme. El camarero lo saludó y le preguntó que si iba a tomar lo de siempre. El, con voz ronca y algo atiplada, con menos fuerza de lo que yo recordaba, le contestó afirmativamente: “un corto sin alcohol”. Yo lo recordaba bebiendo, por las mañana, coca-cola o alguna que otra cerveza. (Por la tarde se pasaba al vino, acompañado de sus amigos). Ahora era cerveza sin alcohol. Le puso algo blandito junto con la cerveza, para que no le resultara costoso morderlo. Seguía como siempre, no parecía más avejentado que la última vez que lo vi, ni tampoco se apreciaban síntomas de decadencia. Quién sabe por dentro, pero al menos el exterior seguía siendo aquel señor mayor solitario pero no huraño que iba a cuatro o cinco bares cada mediodía para tomarse un vino, o una cerveza, y su tapa correspondiente,  al igual que habría hecho en los últimos sesenta años, quizás, o incluso más, pues es casi imposible intuir la edad que tiene.

La vida de provincias, la tranquilidad de saber que todo sigue igual, sin que notemos la amenaza del tiempo.

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La lectura, el placer

Desde antes de Navidad, tenía en la mesa Dear Life, el último libro de cuentos de Alice Munro. Ahí ha estado desde entonces y ahí continuó después que me leyera Los demonios, y ha continuado en el mismo sitio mientras me leía los discursos de Cicerón. Ahora que ya he acabado la lectura del romano, me he sumergido en la de la canadiense. Son cuentos que dicen poco, que sugieren mucho; son personas con vidas opresivas que buscan alguna vía de escape: ilusiones, adulterios; que se encuentran con engaños de quienes dicen amarles. Todo se resuelve al final y es como un breve fulgor, un destello, la revelación: lo que parecía ser era en realidad algo distinto.

Tenía el libro pero no lo comenzaba, demoraba el momento de iniciar su lectura porque sabía que los cuentos son buenos, que las horas de lectura iban a ser enormemente placenteras y emocionantes, que al final, como ya me está pasando, echaría de menos seguir leyéndolo, que me iba a apenar cuando llegase a la última página y supiera que no había más ni era posible volver a leerlo. Aún me quedan por leer varios relatos – y fantaseo con la posibilidad de no leerlos todos para así tener aún la opción de volver un día a ellos – y vislumbro el triste final de quien ya ha agotado la fuente del placer.

Para retrasar el momento simultaneo la lectura de Dear Life  y la de otros libros. En estos días estoy también sumergido en Registro de recuerdos, el libro de Agustín García Calvo, un buen libro de memorias, inventadas o imaginadas muchas de ellas. Un libro al que le convendría más el subtítulo de contramemorias en vez del contranovela; un libro que, escrito para publicarlo con periodicidad, en el diario o en el semanario, se vuelve algo repetitivo cuando toma la forma de libro. Pero todo esto son solo pequeñas minucias que nunca son óbice para reconocer que tiene momentos memorables (son unas memorias), que está maravillosamente bien escrito y que sus recuerdos de la niñez son, literariamente hablando, entrañables, y si quieran comprobarlo léanse “Huelga de párvulo”.

Sensaciones

” Estos días azules y este sol de la Infancia “, el famoso último verso de Antonio Machado es lo que me viene a la cabeza estos días mientras trabajo y por la ventana se cuela la luz cálida de este invierno tan extraño por tantas razones. Aunque en realidad he de confesar que el sol, su luz y su lumbre, me provocan siempre una sensación de extrañeza que se acentúa con el frío que intuyo afuera.

Propósitos de Año Nuevo

Cerraba el 2012 su tiempo cuando se me ocurrió hacer una lista de libros que me leería en 2013. Alguna vez he caído en la presunción de señalar cuáles han sido los mejores libros que he leído en un año, o en una década. Esto tenía que ser diferente. Iba a imponerme una tarea interesante, nada titánica, y muy gozosa, la de ir completando algunas lagunas que aún tengo.

Deberían ser 12 libros, un por mes, que aún no hubiera leído y cuya importancia o valor, sobre todo valor, estuviera ampliamente reconocido. Pensaba incluso en libros que todo el mundo dijera que tenía que haber leído, pero la unanimidad consensual no existe ya, así que me conformaría con que bastante gente dijera que merecía la pena leerlos. Cuando digo que su lectura merezca la pena no lo digo en un sentido débil. Debían de ser libros con solera, de esos que se han ido leyendo a lo largo de los siglos, que han gozado de sus años y décadas de gloria continuada.

Enseguida me di cuenta de que iba a ser imposible limitar el catálogo de lecturas necesarias y provechosas a la docena, así que me vi obligado a aumentar el número. Recordé también la novela El mundo es un pañuelo, de David Lodge donde prestigiosos catedráticos de literatura jugaban a revelar qué libros no habían leído aún. Entre ellos había uno que no había atacado la lectura de Hamlet. A mí me pasa algo parecido.

A la hora de elegir, repito, me itneresaba que el libro fuera considerado necesario y que su valor hubiera resistido el paso del tiempo. Se comprende así que haya pocos del siglo XIX y del XX. Conforme me los vaya leyendo, iré poniendo algunas notas sobre la lectura en este cuaderno, en gran medida porque la escritura me suele aclarar las ideas.Los polvorientos

Y ya, sin más, pasemos a la lista de libros.

  1. Marco Tulio Cicerón. Discursos. De todos los discursos que escribió he elegido las Catilinarias y las Filípicas.
  2. Agustín de Hipona. Confesiones.
  3. Francesco Petrarca. Mi secreto y epístolas. Resulta llamativo que a pesar de la importancia de Petrarca en la conformación del humanismo, solo tengamos la traducción del cancionero, el Secreto, algunas epístolas y los Triunfos. Algo se puede encontrar en librerías de lance; digo algo pero es solo un tomo en que se encuentran sus obras en prosa.
  4. William Shakespeare. Winter’s Tale. Aquí buscaré una Buena edición anotada. Te ahorra trabajo, te ayuda en la lectura y terminas aprendiendo algo sobre la obra, el contexto histórico y literario, etc.
  5. John Locke. A Treatise on Two Governments.
  6. David Hume. Enquiry Concerning Human Understanding.
  7. Reflections on the Revolution in France
  8. Thomas de Quincey. De Quincey es una curiosidad. Nadie puede decir que sin su lectura uno tiene lagunas importantes, pero aun así, es una curiosidad a la que le tengo, no sé por qué, gran afecto. Los ensayistas británicos del Romanticismo logran lo que pocos: que te apasiones por lo que estás leyendo. Me voy a leer, al menos, los dos volúmenes de Memorials and other papers.
  9. Benjamin Constant. El cuaderno rojo.
  10. Fiodor Dostoievsky. El idiota.
  11. André Malraux. Le Musée imaginaire.
  12. Joseph Heller. Catch-22. Aquí comienzan las excepciones. Libros del siglo XX del que aún no podemos decir que traspasarán el ácido del tiempo.
  13. Don DeLillo. Underworld.
  14. Thomas Pynchon, Mason and Dixon.

La historia, las historias

Javier-PraderaCasi he dado por concluida la lectura de Camarada Javier Pradera, libro de Santos Juliá sobre los años comunistas de Javier Pradera, que va acompañado de algunos escritos de este y otros. Es un buen libro, un libro que nos recuerda o que pone por primera vez frente a nosotros lo que el PCE hizo en la década de los 50.

Resulta extraño hoy leer que en la segunda mitad de la década de los cincuenta el PCE abogara por una reconciliación nacional en la que no habría vencedores ni vencidos, en la que no habría luego petición de cuentas a quienes habían colaborado con el régimen en mayor o menos medida. Sorprende también el aislamiento en que el PCE se encontraba y la negativa de los socialistas a colaborar con ellos en las labores de oposición, pues estos, los socialistas, no tenían claro que si luego el PCE triunfaba en la España posfranquista no los fusilaran a ellos.

Lo que ya no sorprende tanto es que al fracaso de la Huelga Nacional Pacífica del 1956 siguieran unas reuniones del Buró Político del PCE, encabezado por Santiago Carrillo – y con Fernando Claudín y Federico Sánchez de lugartenientes – negando el fracaso y afirmando enfáticamente que había sido un éxito de preparación (ya que no de seguimiento). Está también en la línea del PCE que cuando años más tarde, Carrillo al fin reconoció que la huelga había fracasado, echara la culpa de ello a todos los que trabajaron para que tuviera lugar, a todos menos al PCE, claro. La culpa siempre es de los otros.

Le acompañan unos documentos de Javier Pradera, artículos publicados en periódicos, unas memorias, a falta de mejor nombre para esos escritos, unas notas dirigidas al Buró político en que claramente afirma que la huelga fue un fracaso, y que fueron el principio de su marginación en el PCE. Son escritos en que la honestidad y la inteligencia destacan por encima de todo. En las memorias ataca a todos aquellos que maquillaron su vida para hacer desaparecer todo rasgo de colaboración con el franquismo. (Como bien señala Santos Juliá, la permeabilidad entre el SEU y el PCE fue muy elevada, hecho que da cuenta de que muchos jóvenes que primero estuvieron en el SEU pudieran pasar al PCE casi sin solución de continuidad.) Se embarca también Pradera en el análisis y reflexión de hasta dónde debería haber llegado la exigencia de responsabilidades por la connivencia con el franquismo (y aquí alerta de las trampas y peligros que todos estos que en los pasados años han pedido que se abrieran juicios a antiguos franquistas – en realidad, a algunos, nunca a todos—como medio de deslegitimizar el sistema político que ahora tenemos y así, habiendo lanzado todo por la borda, intentar un la instauración de un nuevo sistema, con total seguridad peor que el presente. También habla de las diferencias que se daban cuando la policía detenía a un joven de una familia del régimen por actividades de oposición política a cuando el detenido era de una familia de vencidos. Esto está bien para recordar que nunca fueron iguales, que los comunistas que hubo de familias afectas al régimen tuvieron mayor libertad y sufrieron una menor represión que contradice las penalidades que algunos de esos hijos, llegados ya a altos cargos dentro de la política española en los años 2000, han contado, o mejor insinuado porque contar no pudieron contar mucho.

En resumen un libro muy interesante sobre nuestra historia reciente que desmonta muchos mitos y desvela muchos infundios. Ya se sabe, eso de maquillar la historia es algo de lo que muy pocos se libran de la tentación. Javier Pradera y su biógrafo, sin embargo, lo logran. Es la honestidad de los grandes.