Noche de provincias

20171228_36.JPGPerfectamente podría sonar a esa hora la campana de la Audiencia, o de la Catedral; dos signos de la vida provinciana en la que la gente se suele acomodar con tanta facilidad por aquello de la reconfortante tibieza que da.

  Hay quien piensa que hoy en día el hereje es el que va contra la Iglesia, el Capitalismo o que su apoyo a los nacionalismos permitirá la masa crítica necesaria para vencer el orden establecido. Es, sin duda, otra de las manifestaciones de la vida provinciana.

Al saber de todos estos pienso en “El hombre de la multitud” de E.A. Poe, en Walter Benjamin, el Luis Cernuda, gente que supo, deseó y vivió la vida solitaria a la contra del provincianismo.

 

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Otro tipo de nomadismo

Tunel Delicias

Podría ser Nueva York pero es un barrio de España. Lo nómada no es solo aquello que Felix Guattari y Gilles Deleuze analizaron en Mil mesetas y que, más tarde, la izquierda reaccionaria ha clausurado en el cierre categorial que llevan efectuando desde la década de 1980 y que ha desembocado en la defensa del nacionalismo, la xenofobia y los privilegios étnicos.

Lo nomádico, hoy en día más que nunca, en un movimiento de intensidad creciente, se percibe en ese túnel, provinciano pero que podría, perfectamente, ser neoyorquino. La región ha sido superada por los mecanismos de aceptación y reconocimiento en una cultura. Ya nos e es de donde uno vive sino que se elige de dónde se quiere ser aun viviendo mucha distancia. Sin haber salido nunca del barrio uno decide ser neoyorquino del Harlem o parisino o de Shanghai.

En la quietud, lo distinto y ajeno.

Homenaje a Juan Goytisolo, pájaro solitario

Hace años tuve la suerte de toparme con un libro sobre la historia de Andalucía. Era un libro en el que se hacía hincapié, única y exclusivamente, en el hecho de que Andalucía era una nación y que en ella, por ejemplo, alguien había inventado la rueda. Digo suerte porque luego me alejé de aquello y no tuve que soportar ni andalucismos oficiales o castizos ni profesores que me adoctrinaran en las bondades del flamenco (que me gusta, libre de prejuicios andalucistas), ni de la lengua andaluza (consecuencia de una educación deficiente en algunos momentos importantes de la historia de España), ni en que esa lengua expresa el espíritu y la cultura de los andaluces, ni en la grasia y el salero que todo andaluz tiene (y que mi abuelo y mi padre desmintieron desde siempre con su solo comportamiento).

España, hoy en día, es una romería nacionalista. Lo único que, por lo visto, importa es la celebración de los amados símbolos de identidad nacionalista. En el mejor de los casos se quedan en soporíferos casticismos, en los casos extremados son la nueva manera en que la xenofobia se expresa: los vocablos maketo y xarnego dan cuenta de ello. El internacionalismo de oropeles y contrachapado es solo una fachada de cartón piedra que, en realidad, esconde el turbio deseo de que llegue población sumisa.

Entre el traje de faralaes, la jota castellana, el calimocho vascuence y las camisas pardas y negras de las legiones catalanas marchando ante las sedes de los tribunales de justicia, a uno solo le queda la posibilidad de darles la espalda, consciente de que esto no tiene remedio y de que lo de menos es que España comience a perder territorio porque lo que ya se ha logrado es lo peor: el cultivo de las amadas señas de identidad regional. Sobre todo por parte de los forasteros que llegaron a regiones distintas a las de su lugar de nacimiento.

 

Reino Unido

La historia no es lineal, ya lo sabíamos y hoy lo hemos vuelto a sentir. Con tristeza. Es cierto que las tonterías grandes solo las pueden cometer los grandes, como el Reino Unido. Recuerdo ahora el ensayo que George Orwell escribió sobre los británicos, sobre sus costumbres y su idiosincrasia. Recuerdo al Dr. Johnson, y a William Wordsworth. Británicos, muy británicos. A propósito de Wordsworth, recuerdo a una excelentísima catedrática de literatura inglesa que pensaba que Wordsworth no había sido tenido en cuenta en el continente, y no podía haber influido en ningún poeta que no fuera británico, porque era él era demasiado británico, casi icomprensible para el resto de europeos. Se quedó sorprendidísima cuando le contamos la cantidad de peotas españoles que sí que habían sido influidos por el inglés.

Hoy es de esos días que con más ganas insulto a las malditas identidades nacionales.

El terreno

Leo en el diccionario de la RAE las definiciones de terreno:

(Del lat. terrēnus).

  1. adj. Perteneciente o relativo a la tierra.
  2. adj. terrenal.
  3. m. Sitio o espacio de tierra.
  4. m. Campo o esfera de acción en que con mayor eficacia pueden mostrarse la índole o las cualidades de personas o cosas.
  5. m. Orden de materias o de ideas de que se trata.
  6. m. Dep. Espacio generalmente acotado y debidamente acondicionado para la práctica de ciertos deportes.
  7. m. Geol. Conjunto de sustancias minerales que tienen origen común, o cuya formación corresponde a una misma época.
  8. m. Taurom. Porción de ruedo en que es más eficaz la acción ofensiva del toro que la defensiva del torero.

Como era de esperar se refieren en su mayoría a todo aquello relacionado con la tierra (exceptuamos las acepciones 4º y 5º.)

El interés por buscar el significado de terreno viene de la expresión, que tanto se ve hoy en día, tomates del terreno. Es indudable que el tomate – que es una solanácea al igual que la belladona o la mandrágora –, como todas las hortalizas, se cultiva en tierra y no en, por ejemplo, la nave espacial Soyuz III, aunque no se crean que no sería curioso e interesante un cultivo en la exosfera o en el espacio intergaláctico. Si hablamos de posperiodismo, posporno o pospolítica, bien podríamos hablar de posagricultura y postomates de igual modo.

En el fondo, ya lo sabemos, no es una cuestión de distinguir entre tomates cultivados en la tierra y otros en cualquier otro lugar. Se trata solo de señalar eso de la cercanía al lugar de consumo, uno de los mitos más disolventes, destructivos y falsos que circulan hoy en día. Por el mero hecho de estar cultivados cerca de nosotros, ya son buenos; por el hecho de estar cultivados lejos de nosotros, son malos. Da igual la semilla, da igual el tipo de terreno, el abono, la pluviometría, el rendimiento de cada planta, …. Todo aquello que esté cerca de nosotros es bueno. Variantes del nacionalismo, claro, y del monoteísmo.

El terreno, decía, ese mito, esa manera de colarnos el aldeanismo rancio, que es la verdadera faz del nacionalismo. Aún recuerdo a quienes criticaban el libro de recetas de Simone Ortega, 1080 recetas de cocina, por afrancesado. Del rocanrol ni hablamos, claro, la música del diablo venida del Imperio.

Eso sí, yo espero que algún día los tomates vengan de una estación espacial.

Empequeñecidos

Leo estos días El cuaderno gris de Josep Pla. (A estas alturas de mi vida aún no había leído a Pla, pensará alguno). Me gusta, he de decir. Sobre todo esa capacidad para atrapar el momento o encontrar el adjetivo más apropiado – aquel que resalta el sustantivo.

Entre entrada y entrada del dietario hago, a veces, pequeños descansos. En uno de esos me vino a la mente la fuerza – aplastante o demoledora – de la provincia. Pla es un gran escritor al que la provincia – el país, como él diría – le ha impedido ser aún más grande (Esta afirmación me la van a refutar todos los provincianos). En España la provincia si no mata, al menos te deja muy tullido. El cotilleo de la provincia, la fuerza de la costumbre de la provincia, los “grupitos” de la provincia. Todo eso marca una dirección que si sigues, malo, y si te desvías, peor. Vivir en la provincia es ir dejándose aplastar poco a poco. Incluso los “alternativos” y los “heterodoxos” son producto de la provincia y viven según lo esquemas provincianos. En el fondo la provincia es el seno materno que acoge a todos, incluso a los malos hijos o a los rebeldes.

Esto de la provincia es una consecuencia de algo que la gente se empeña en no ver. No lo quieren ver porque están encantados con los réditos que le sacan. Me refiero al achicamiento social que vivimos y que no para. Los espacios sociales son cada vez menores y no se debe al liberalismo, como muchos querrían que fuese. En realidad, es cosa del nacionalismo, y de los que jalean a los nacionalistas. El nacionalismo y el autonomismo, que es idéntico. Ese fijarse en nimios sucesos que ocurrieron en pueblecitos perdidos y que, según los historiadores nacionalistas y autonomistas, tiene trascendencia para el ser eterno del país. Lo mismo sucede con la edición de obras de escritores de provincias pagadas por las Comunidades Autonómicas o las Diputaciones. ¡Y qué decir de los museos de arte moderno! Con qué alborozo los acogieron los pintores de la provincia (o país) y de las Comunidades. Ya iban a estar ellos en los museos. Si nunca iban a poder estar ni en el Reina Sofía ni en el Thyssen ni en cualquier otro nacional, al menos sí ocuparían un espacio en el de la provincia. Se solucionaba así, además, el problema de que los alumnos de provincias fueran a Madrid o a Barcelona a ver obras de arte. Si antes íbamos dos o tres veces a Madrid mientras estudiábamos el Bachillerato para ver las obras de Velázquez, El Greco, Ribera, Goya, Picasso, Dalí, los maestros en suma, ahora, con los museos provinciales, no era necesario. Bastaba con llevarlos a ver las obras caducas de pintores y escultores provinciales. No eran los maestros universales antes citados pero eran nuestros pintores. Mediocres, muy mediocres, pero nuestros. Los alumnos iban a ver arte mediocre, sí, pero de la provincia o de la Comunidad. El achicamiento cultural al que hacía mención al principio.

Y en esas estamos. Pla era provinciano pero un maestro de la escritura y de la percepción de la vida, aunque su provincianismo me cansa. Los que han venido después no son maestros pero sí provincianos.