Vivir es ver pasar

 

No recuerdo qué miraban los tres hombres. Quizás nada en concreto, la gente que pasaba delante de ellos, y después de tantos años transcurridos en la cafetería, con tertulias diarias, aún guardaban la capacidad de maravillarse por lo que veían. La ciudad, sin embargo, había cambiado mucho. En los ocho años, más o menos, que mediaban entre la primera y la segunda visita, era perceptible la cantidad de turistas que la visitaban. La primera vez eran los hijos y los nietos de los emigrados los que llenaban los cafés, los bares, las heladerías. Ahora, sin embargo, éramos los turistas.

Y allí seguían ellos, después de toda una vida, viendo pasar el tiempo, contemplando lo que era futuro cuando ya casi solo tenían pasado.

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Finale

Los altos ventanales del verano son ya un recuerdo luminoso de un tiempo que discurrió calmo, detenido en algunos momentos. El frescor matutino y el bullicio sosegado que subía de la calle al abrir las ventanas para que la vida entrase, cauta, al apartamento. La noche cálida y tranquila, con los últimos retazos de las conversaciones en la terraza del restaurante. Los niños  que juegan a media tarde y las personas mayores sentadas en los bancos. Estampas de un tiempo que ha pasado ya irremediablemente y que no volverá a repetirse aunque algunas veces caigamos en la trampa de la nostalgia y creamos ver lo que no existe sino en nuestro recuerdo.

Viaje

La luz y el frescor matinal de la clara mañana dominical entran por los abiertos ventanales del apartamento. Apenas se escucha a algunas personas; el domingo ralentiza y enmudece las ciudades. En breve saldrá el autobús y nosotros con él, de vuelta, aunque el trayecto dure casi tanto como desplazarse a Nueva York. Esto es una de esas anomalías entrañables de este mundo: mientras que a cualquier capital apenas tardas unas horas, viajar de una  iudad de provincias a otra puede llevarte un día completo.

Tiempo

Es eso que se deshilacha cuando una temporada va acabando, como por ejemplo ahora, el verano, cada vez más breve, aunque no más anodino ni tampoco más intenso. Solía pensar que si algo era breve, la intensidad que pondría en su disfrute, compensaría todo. Ahora veo que no es así, que la edad tamiza hasta las más encendidas pasiones, quizá sea que el cuerpo ya no aguante físicamente, quizás, quién sabe, un cierto aburrimiento de la vida.

Afuera se escucha el rumor de las hojas y de las personas, como si fuera la resaca de un mar lejano. Afuera la vida discurre, el tiempo en su acepcion mas natural, sin 1ue nadie se percate de que transcurre. En los bancos las personas mayores de todos los días, quizás viudos, sin nadie que los espere en ningún lugar, vuelven a dejar que el tiempo los atraviese un día más, como si ese fuera el destino final de todos ellos, de cada uno de nosotros.

Queda poco tiempo, el justo para volver a recordar algunos momentos de estos escasos días, y volvera hacer la maleta para regresar a la rutnia de la vida donde el tiempo se camufla.

Personas

En cualquier lugar puede aparecer, por sorpresa, el germen de una novela, la de la propia vida sin ir más lejos. Un dia, un hombre, casado con una buena mujer que regenta una tienda de regalos para viajeros, turistas y veraneantes, se da cuenta de que él es inimitable, que puede escribir poesía y firmar con distintos seudónimos.

Escribe y pide la aprobacion critica de su mujer y de una profesora de instituto. Escribe en la horas muertas de la vida, cuandoa no entra nadie en la tienda ni tiene que modelar figuritas que más tarde la mujer venderá. Escribe en secreto, solo compartido por dos personas. Lee mucho también. En la tienda ha instalado un pequeño gabinete de lectura con una mesa y estanterias, más adentro está el de escritura, como si cada accion significara una mayor inmersión en la conciencia.

Entre los libros, la poesía completa — si es que esta expresion tiene en este caso algun sentido– de Pessoa.Se reconoce en él quizás, con mucha seguridad ocurrió en la temprana adolescencia, y aquello fue como un latigazo que lo conmovió: uno no solo era uno mismo sino muchos más que lo habitaban y lo convertian en único.

Una vida oscura que alguien vivio en la literatura por la sola casualidad de haberse encontrado en su adolescencia uun libro de poemas. Así escapó a esas horas muertas de la tienda, de las tardes perdidas en las cafeterías o en los bares, de los momentos inútiles de la vida.

Colmado

 

Se diga lo que se diga, el mundo no es un universo ni una galaxia ni un planeta; el mundo es una esquina, un parque, un patio, unas cuantas calles pedregosas, sin asfaltar, con gallinas y chivos […]

 

 

Nos sorprende el día de fiesta en la ciudad provinciana, como si en España el quince de agosto no fuera día feriado, un día festivo que compensa los muchos religiosos que han desaparecido. Las fiestas en honor a la Virgen o al patrón continúan en España, aunque sea bajo denominación laica, como si nos diera vergüenza decirlo a las claras. En España lo que “funciona” es la ocultación y el eufemismo: al final, la ausencia de una memoria verdadera. En España gobierna el olvido, la ocultación y la falsificación,  como ejemplifica bien el caso Ramoncín.

Hoy, sin embargo, fuera de España, paseamos, sorprendidos porque sea día de feria, y apenas haya tiendas abiertas. Un colmado sí que lo está. Huele a antiguo, como antiguas son la balanza del peso y las innumerables cántaras de aceite, algunas mohosas, casi todas ya sin dibujo o con los colores apagados. Antiguo también es el frescor del lugar, las repisas polvorientas con botellas de vino y de licor,  las escasas conservas de pescado en latas enormes,y una caja inusual en ese escenario que guarda caramelos de gengibre.

En la calle, la gente pasea, confundidos entre los turistas, sin un  gesto extraño, aunque debo reconocer que apenas hay portugueses, quizás se hayan marchado alas playas del Algarve,o quizás estén en casa, solos, apostados tras los postigos de los ventanales a la espera de un invierno relajado, sin apenas gente por la calle, con el frío húmedo de las tardes provincianas, oscuras, sordas, impracticables, como las tardes que Juan Benet describía en sus primeras novelas.