Frutos amargos

El corazón, ese fruto amargo, según felicísima expresión de Ignacio Aldecoa, a veces late con otro ritmo, con otra cadencia, como arrebatado o furioso.

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El pacto de Jack Griffin

Cuenta la leyenda que Jack Griffin hizo un pacto con el diablo para cantar blues. Podemos imaginar que, siendo Griffin un descendiente de esclavos, el ritual tendría mucho de vudú y de magia negra africana, y que estaría muy alejado del pacto que Adrián Leverkühn estableció con el diablo – el mismo, pero otro – para ser un artista inmortal. El origen africano de Griffin, el diferente contexto social e histórico tendrían mucho que ver en las diferencias externas de un hecho que parece más internacional de lo que estaríamos dispuestos a admitir en primera instancia, y eso porque, a pesar de todo, nos fastidia que la gente sea igual a nosotros. (Nos empeñamos más en buscar qué nos diferencia y separa que lo que tenemos de común, como si así lográramos individualizarnos, sin darnos cuenta que es justamente lo contrario).
No tengo muy claro si los tratantes de esclavos podían imaginar siquiera remotamente lo que se les venía encima cuando llevaron a los africanos desde África hasta Jamestown, el primer puerto americano en Virginia, adonde llegaban para ser subastados los que sobrevivían la travesía y no se habían quedado en el Caribe, parada técnica conocida en el argot de los esclavos como “mitad del trayecto”. Las tradiciones africanas que llevaron consigo, preservadas y transmitidas por los griots o vates, se fundieron con las primerizas costumbres americanas aún muy europeas.
Como suele ser común en las manifestaciones de cultura popular – que solo quiere decir aquellas que no está mediadas por el Poder, y son, sin más, espontáneas – los orígenes no están claros y se confunden en la neblina de la leyenda. El final de la esclavitud y la urbanización de los negros conllevan un cambio cultural que en música se manifiesta en la pérdida de cierto sentido comunitario que acogían los espirituales negros y las canciones propias de las plantaciones de algodón, por una música más individualista, el blues. Este surge en el llamado Delta del Mississippi, un triángulo formado por Vicksburg, Memphis y el Yazoo. Negros que, ya por enfermedad: ceguera, cojera, …, o porque se negaban a trabajar en el campo recogiendo algodón, o en la construcción del dique que costearía todo el Mississippi hasta su desembocadura en Nueva Orleáns, cogieron una guitarra acústica y fueron viajando de una ciudad a otra, cantando aquello que veían y vivían. Es cierto que era una música más individualista que la de las plantaciones. Aquí los esclavos cantaban para ayudarse en el trabajo o para soportar las penurias innombrables de la esclavitud, y que en el clima tropical del Mississippi aumentaban, pero aún mantenía una fuerte carga social. De entre los rasgos más notables está la capacidad de reflejar la experiencia de un pueblo, el afroamericano, que fue arrancado de su tierra y llevado por la fuerza a América. Este hecho, y la posterior esclavitud, marcaría de forma irremisible el modo en que se enfrentarían a la vida, pues África, fuera cierto o no, era su patria primigenia, el sur de los Estados Unidos se había convertido en el reino de la esclavitud, el norte lo soñaban como el lugar de la libertad, y el ferrocarril, el medio para escapar.
No deberíamos pensar que el cambio tuvo lugar de un día para otro, como tampoco la segregación racial y los prejuicios desaparecieron de la noche a la mañana – más bien, aún continúan atenuados pero agazapados. A base de ensayos, de horas y horas tocando ante un público que deseaba una música con la que poder identificarse, y pendientes los músicos de la reacción de los oyentes, el blues se fue haciendo. Pero no se hizo nunca en salas de conciertos, sino en bares de mala muerte cuando los jornaleros iban a beber después de muchas horas de trabajo con el espinazo doblado, conscientes de lo poco que la vida les ofrecía, en clubes nocturnos donde era común la prostitución encubierta. Allí sonaba una música que era solo para negros porque entre otras razones los blancos desconocían su existencia o se negaban a entrar a tales antros.
Alan Lomax cuenta en su extraordinario libro “La tierra donde nació el blues” las sospechas que levantaba cuando iba a escuchar blues a los garitos, y cómo la policía no le creía si les decía que su propósito era el de un antropólogo. Al igual que tenían sus lugares donde escuchar y tocar música, además de la calle – escenario improvisado desde siempre – también tuvieron sus emisoras donde radiaban solo música negra que las emisoras blancas no querían, hasta que llegó Alan Freed y su extraordinario Moondog’s Rock’n’Roll Party.
La ignorancia que la cultura predominante en Estados Unidos demostró con el blues, y formas músicas relacionadas, le vino bien, pues pudo evolucionar y desarrollarse sin presiones ni caminos marcados y de obligado recorrido cuando lo único permisible era el ensayo y la equivocación libres, los caminos explorados porque sí.
Podría llenar hojas enumerando músicos de blues que han tenido alguna importancia en la historia, Leadbelly, Robert Johnson, Elmore James, Muddy Waters, T. Bone Walker. Algunos de los mejores músicos de jazz escogieron el patrón rítmico y armónico del blues para sus composiciones más complejas, como es el caso de Duke Ellington. Algunos poetas afroamericanos también decidieron utilizar el mismo patrón y los elementos simbólicos para una poesía que era culta y popular al tiempo, Sterling A. Brown o Langston Hughes. En los años cincuenta, algunos jovenzuelos americanos quedaron fascinados con lo que escuchaban en oscuras emisoras afroamericanas y se empaparon del ritmo y las armonías para acelerar el tempo y sincoparlo aún más como es el caso de Elvis Presley cuando canta “That’s All Right Mama”, o “Mystery Train”; en los setenta otros se propusieron reinventar la cultura juvenil y para ello se apoyaron en la música que legendarios músicos de blues seguía tocando. John Mayall, Eric Clapton, todo el rythm and blues británico no se pueden entender sin la fascinación que sobre ellos ejercen Muddy Waters o Albert King.
Ni Griffin ni el diablo ni los comerciantes de esclavos pudieron imaginar la vitalidad y la longevidad de una forma musical que surgió en un contexto social e histórico muy concreto pero que supo adaptarse a las cambiantes necesidades de los americanos, y más tarde de los europeos. Griffin debió derramar mucha sangre de gallina en la ceremonia vudú porque hoy el pacto sigue vigente, y tiene visos de perdurar mucho más.

(Publicado en En Taquilla en 2006)

Un final de época

“In Berlin by the wall
You were five foot ten inches tall.
It was very nice
Candlelight and Dubonnet on ice”

Es, acaso, para mí, la canción que contiene todo el existencialismo nihilista de los años setenta. Quizás para pocos, por no decir nadie, los años setenta sean la última explosión de ese nihilismo. Algunos aún navegaban las aguas del la Revolución y se dirigían, si no habían llegado ya, al terrible maelmström de la muerte y del terror. Se fueron deshilachando, al igual que las nubes en el cielo.

Mientras muchos proseguían en los años sesenta sin darse cuenta de que en realidad les mecía la resaca de aquellos años, otros, solitarios, descreídos, oportunistas también a veces y en diversos sentidos, prefirieron no cerrar los ojos ni perderse en las ilusiones de la voluntad o de la imaginación impotente. Entre ellos, un hombre, entonces aún joven, que en el año 1972 adornaba su cabeza con una melena rizada que semejaba un casco – sostenida en lo alto apenas caía por el cuello y los hombros. Ya se había separado de sus compañeros de juventud con quienes empezó una interesante aventura musical al resguardo del artista neoyorquino del momento; ya la Velvet Underground era solo un recuerdo, un nombre que con el tiempo iría ganado prestigio hasta ingresar en el panteón de los malditos famosos; ya su semblante se había vuelto aún más serio, y el rictus de desprecio se había acentuado. Lo suyo eran las calles de Nueva York, pero no cualquiera, sino las de los barrios marginales, donde la droga, la prostitución y la miseria habitaban: Queens, Brooklyn, el Village o el Soho. Daba igual, allá donde hubiera un local con música en vivo, un camello que vendiera su mercancía, donde hubiera transexuales, prostitutas, inadaptados, su ojo se fijaba y su imaginación se ponía en marcha para darle forma a aquel momento y atraparlo en una canción.

Lo hemos visto en infinidad de películas que han intentado recrear la vida de quienes pululaban por la famosa Factory. Hemos visto a jovencitas perdidas mientras la heroína se apoderaba de sus almas y sus cuerpos, muchachos que se prostituían por unos pocos dólares, jóvenes que no sabían qué hacer con sus vidas y avanzaban de fiesta en fiesta, nos han enseñado los retretes mugrientos, las camas deshechas y las sábanas arrugadas, la lentitud de los cuerpos al recobrar la conciencia, el estupor de la mañana perdida, y la ansiedad de la noche temprana.

Fueron los estertores de la vanguardia. Solo así se entiende que un grupo de rock pudiera tener espacio allá. Ellos, probablemente, no estaban interesados en la vanguardia; al menos no todos. Escribieron algunas canciones, dejaron una de las últimas expresiones del nihilismo; canciones descarnadas, ajenas a cualquier épica, ácidas, disonantes. Pocos los entendieron entonces. Alguno ha muerto, Lou Reed continúa, calmado por la edad, sin cesar de experimentar, superviviente de una vorágine que pocos además de él supieron interpretar en términos existencialistas. En 1972 dieron un concierto en París, él, John Cale y Nico. Pocos recitales resumen tan bien ese final. No hay transición, se agota, brillante, en sí mismo.

 

 

Los nuevos tiempos

Cerca de donde vivo hay dos plazas, una más pequeña, resguardada, rodeada de paredes menos por dos entradas; la otra está más al aire, da a una carretera de tráfico denso, a un aparcamiento y a un descampado por donde corretean los perros y los gatos, cimarrones, han establecido un reino precario.

En las dos plazas se sientan grupos de mendigos, muchos de ellos extranjeros a tenor de lo que escucha uno si presta atención cuando pasa por su lado. Tienen rostros cetrinos y enrojecidos, algunos barba, ropa ya muy gastada, demasiado grande o demasiado pequeña, casi nunca de su talla. Hoy, mientras pasaba por su lado, uno se ha acercado y, con cierta timidez me ha pedido algunos euros para comer. Otros tienen por el suelo, cerca de sus piernas, botellas de cerveza envueltas en periódicos, tetrabriks de vino, algún paquete casi vacío de cigarrillos.

Algunas veces veo a la policía que les piden los documentos, hablan algo con ellos y luego se alejan en sus motos.

Más allá, al otro lado de las vallas que encarrilan el ferrocarril y dividen la ciudad se observa la nueva arquitectura de estos tiempos. Enormes bloque paralizados en su esqueleto. Sin apenas paredes construidas, se ven las vigas, las columnas, las rampas que habrían sido las escaleras, el hueco indistinguible del ascensor. Son las ruinas de lo que nunca llegó a ser.

El último verano

El verano ha concluido, aún queda el calor, que en septiembre parece más agobiante, definitivamente ya no estival; en el verano tardío, este otoño que se resiste a nacer, molesta un calor que en pleno agosto nos agradó. Acaso sea que, al igual que la estación que vamos abandonando, el calor está envejecido, resabiado, quizás se ha vuelto rancio.

Del verano quedan algunas imágenes, fugaces recuerdos – el de los suaves atardeceres en una terraza del bar del pueblo; mientras nos bebemos las cervezas y vemos la gente que pasea –, también quedan las lecturas, un verano más literatura cubana, entre la que se ha colado La guaracha del macho Camacho (y que ha sido lo mejor). Abilio Estévez, Miguel Barnett, Leonardo Padura han sido buenos compañeros aunque, esta vez, ninguno ha logrado llegar a la cumbre. Era difícil que lo volviera a conseguir Padura después de su inmensa El hombre que amaba los perros. Con todo me ha sorprendido La guaracha, libro que llevaba atesorando en la biblioteca desde hacía al menos veinte años y nunca me había decidido a leer, quizás porque pensaba que guardaba secretos extraordinarios, al final, a lo mejor por pereza, sin duda porque me gusta comparar libros y dejarlos que reposen aunque sé que no van a mejorar en el entretanto.

Ahora, con el regreso a la vida normal, que suele contener más emociones y sobresaltos que el descanso veraniego – el momento de la vida en el pueblo – continúo con otras lecturas, Thomas Bernhard entre otros, muchos cuentos y ensayos. Guardo varias novelas (a falta quizás de mejor nombre) de Reinaldo Arenas, que me han acompañado pero que al final no he leído. Con casi total seguridad, el próximo verano, durante ese período que llamo la vida de pueblo, los lea.

Algo rancio

Hoy, una vez más, he vuelto a leer los titulares de un artículo en la sección de Cultura de un periódico. (He de aclarar que cada vez con mayor frecuencia evito esa sección, al igual que evito la de Economía, aunque por otras razones, y la sección provincial del periódico. Me gustan los periódicos con muchos artículos internacionales y algunos nacionales, y entre estos prefiero los de regiones alejadas y poco conocidas por la simple razón de que aunque me encabrita su estrecha provincianidad, al menos tratan de temas que no me atañen o simplemente desconozco.)

Después del excurso retomo mis impresiones sobre la lectura de los titulares del artículo. Rezaba allí, y nunca mejor dicho, que al acto acudirían personalidades de la cultura como los escritores B, E, J. (Quizás hubiera sido mejor decir personalidades de la cultura tales como, en vez de solo como que induce a pensar que iban a ir disfrazados de tales. Pero esto de la corrección sintáctica es cosa del pasado; lo digo por aquello que Jacques Lacan dijo acerca del correcto uso del lenguaje y que previamente ya había recogido, Ralph W. Emerson.)

No sé si por el sintagma en sí o por quienes figuraban en él, el caso es que he sentido la desagradable sensación de lo rancio, de lo que ya está pasado de moda y ha sido guardado en un lugar cerrado y sin ventilación, que huele mal pero sin que tampoco sea un olor fuerte y desagradable en exceso, es un olor como de algo del que la vida ha huido.

En fin, que esto que llaman cultura, y en lo que algunas de esas personalidades viven tan a gusto y para quien es una especie de líquido amniótico, va adquirendo esa falta de vida, esa pulsación anémica, ese color propio de las polillas y las luces alrededor de las cuales revolotean.