El plagio como obra de arte


Hay un tema que lleva interesándome desde hace tiempo. Más que Julio Cortázar, que se identificó con Poe, es Charles Baudelaire el verdadero alter ego y creador del norteamericano. Poe no habría existido sin la intervención de Baudelaire. Cuando digo intervención doy al término el sentido que ha adquirido últimamente en el Arte: actuación sobre algo que trae como consecuencia un cambio temporal o permanente. Baudelaire intervino en la figura Poe y la cambió. Tanto fue así que aspectos importantes del norteamericano quedaron olvidados, enterrados, se perdieron porque no encajaban en la intervención baudeleriana, que al fin lo que quería era justificarse a sí mismo mediante la figura de Poe.

Dejó en suspenso un aspecto crucial, cual era el de la originalidad. Un aspecto que era común en el Romanticismo. Si antes del siglo XIX lo que importaba era el amoldarse a los esquemas perpetuados por la tradición, el romanticismo abre la puerta a la originalidad y con ella al concepto de plagio. El creador ha de apartarse de lo que otros hacen o han hecho o corre el riesgo de que lo acusen de plagio. Pero el creador también puede hacer un uso libérrimo de lo que otros dijeron con anterioridad. La cita se convierte con frecuencia en un arma de doble filo. Puede señalar la deuda con la tradición o puede, si está camuflada, ser utilizada como modo de copia.

Así hizo Poe, personaje bifronte, que fustigó a los plagiadores al tiempo que él lo hacía con algunos de sus autores preferidos. Es frecuente en su Marginalia (notas por lo general mínimas que publicaba como medio de sustento) y en Pinakidia (otras notas también publicadas en las revistas de la época) la referencia al plagio. Ofrece razones, fustiga a quienes plagian sin descanso, se ríe de ellos,… y también cae en la tentación del plagio, solución quizás facilona, quizás manera rápida de resolver un compromiso, de identificación total con el escritor, o modo, para los que captan la referencia, de desdoblar la realidad literaria, de abrir nuevos horizontes de interpretación. El plagio es una canallada porque otro hace el trabajo por ti, pero el plagio es también la manera de desmentir, de criticar, de ridiculizar al escritor a quien detestas. También es el modo de dominar la envidia o de mostrar la admiración, o de corregir al pobre autor que no llegó, piensa el plagiador, adonde él mismo podría haber llegado, y de hecho ha llegado cuando ha plagiado.

El plagio es el reverso de la conciencia literaria, como el doble es el reservo de la conciencia del personaje. William Wilson es un cuento sobre el doble, pero es también un relato sobre el plagio: ¿Quién es real?, ¿quién es auténtico? ¿Es más auténtico el primer texto, o acaso lo es el segundo ahora que sabemos que el origen absoluto no existe, que todos escribimos y hablamos teniendo presente un archivo textual en el que guardamos o atesoramos lo que más nos ha fascinado? ¿Era más real el Quijote de Miguel Cervantes o el de Pierre Menard?, ¿las odas de Horacio o las de Fray Luis de León? No es de extrañar que a Walter Benjamin, quien escribió un ensayo sobre el arte y su reproducción técnica, le interesara tanto Poe.

Anuncios

Vigencia de Edgar A. Poe

¿Qué es hoy en día Edgar A. Poe? Un comodín, sin la más mínima duda, puedo asegurar. Poe es hoy un objeto decorativo que adorna nuestros salones, las bibliotecas, nuestras conversaciones (si realmente podemos decir que una conversación es de alguien). Un repaso a la publicación de sus obras en el año de su segundo centenario y los posteriores me reafirma en lo dicho. 2009 vio la publicación de cuatro ediciones, al menos, de sus cuentos. En 2011 hemos visto una nueva edición de su poesía. Sin embargo… (siempre hay un sin embargo, un obstáculo que impide la libre circulación). Sin embargo, las ediciones echan mano de traducciones realizadas en la segunda mitad del siglo XX. Puede que Julio Cortázar fuera el mejor traductor que Poe pudiera desear (Cortázar como el ejemplo del traductor, que es también, luego o incluso antes, cuentista que aprende de Poe). Carlos Obligado surge de la penumbra del clemente olvido para ofrecernos su versión de los poemas de Poe.
Alguien podría pensar que hay traductores competentes que podrían encargarse de traducir nuevamente la obra de Poe. Alguien podría pensar que la traducción es un indicio de la época en que se lleva a cabo.
Vivimos una época obsesionada con la historia, quizás con la historia como debeladora de enemigos. En realidad vivimos en una época del idealismo más absurdo, y todos sabemos que el idealismo es la negación del tiempo histórico, que el idealismo es la suprema fantasía que alza a la cima a la conciencia creadora del individuo.
Hoy el tiempo no pasa. Estamos inmersos en una charca verdosa y densa en la que chapoteamos sin que a la postre nos movamos. El tiempo ha sido abolido y da igual lo que hoy hacemos que lo que alguien hizo décadas atrás. Disponemos de todas las grabaciones de las sonatas de Ludwig van Beethoven, tenemos a nuestro alcance todas las ediciones y traducciones de Poe. ¿para qué preocuparnos de una nueva, una que hable a los lectores de hoy en día, si podemos utilizar una anterior, quizás ya anticuada, pero más asequible, más a mano, aunque no tan exigente y muda para el lector contemporáneo?