Impudicia

Vuelvo sobre un tema que me molesta mucho, entre otras razones proque poco a poco y en medio del jolgorio general nos estamos cargando, frívolos y desenfadados, un elemento muy importante de nuestra cultura: el pudor.

Cada vez más leo en los periódicos (¡quién habló de su decadencia!) o me cuentan que surcan las redes sociales noticias (en realidad cotilleos) sobre la vida íntima de las personas. La diferencia con épocas anteriores es grande. ahora el propio afectado (que por lo vista lo está muy poco) es el que disemina esas noticias. No hace mucho una presentadora de televión decía que al haber dado a luz su calidad de vida había disminuido. ¿Realmente eso importa a alguien?, y lo que es más importante, ¿es necesario decirlo, pregonarlo a los cuatro vientos?, ¿no es eso un tema que mejor guardarlo para ti y los tuyos como mucho? ¿Nos debe importar si una persona tiene más o menos tiempo cuando es madre, padre o tío?

Es curioso que cada vez se vea peor el desnudo del cuerpo femenino pero cada vez sea mayor la impudicia, en el sentido de que la gente cuenta a los cuatro vientos lo que le sucede, desde un dolor pequeño a la pérdida de calidad de vida. Supongo que otras intimidades mayores también las contarán. yo, por fortuna, no me entero de ello.

La extimidad, lo repito, es parte de una progresión totalitaria del control político de las personas. Esto dicho al hijo de Michel Foucault. ¡Lástima que nadie haya recogido su testigo en este asunto!

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Psicodrama

Un psicodrama. Hoy en día todo es un psicodrama. La gente se empeña en que veamos sus vergüenzas. Esto, por supuesto, no es afán de exhibicionismo, que también lo es en algunos casos. Se trata, simple y llanamente, de que terminemos por aceptar sus puntos de vista, en convencernos poco a poco, de manera sutil, subrepticia incluso.

Un ejemplo es Podemos. Quizás el mejor ejemplo, aunque quizás les haya salido mal por aquello del hartazgo y porque no han logrado calibrar hasta qué punto la sociedad española acepta el modelo representativo-performativo-expresivo-televisivo, o dicho de otro modo, aquí las telenovelas, aunque tiene seguidores, es algo minoritario aún.

Podemos ha hecho de la representación mediática su manera de ser. Es un ente que vive en la televisión y en las redes sociales. La entidad física e intelectual que pueda tener está subordinada, porque así lo decidieron sus mandos, a la televisiva. Podemos vive en las televisiones y en las redes sociales, y poco más. Si comparamos una performance, sería mejor decir teatrillo, de sus líderes, con una reflexión intelectual (o algo cercano a esa reflexión intelectual), nos damos cuenta de que esto segundo no existe más que en forma de soplo torpe y tartamudeo (aunque actúen y quieran hacer creer a la gente que pisan fuerte.)

Toda la pelea entre el líder máximo incuestionable e irremplazable (nótese la diferencia entre la teoría asamblearia y la realidad cesárea) y el segundo de abordo la han querido transmitir como un psicodrama con el propósito de que los espectadores españoles (para ellos no hay ciudadanos sino tribu espectadora y a la expectativa) terminaran por acostumbrarse a su ideología, cesarista lo repito. La finalidad, mal disimulada, era que poco a poco los ciudadanos fueran aceptando que los temas se discuten en público, que la intimidad no existe, que vivimos en una sociedad donde las paredes, si las hay, son de cristal, donde, al final, el que tiene el poder conoce todo de todos. Además, con la sobreexposición mediática, buscada y fomentada, lograrían que todos no solo conociéramos sus ideas sino que nos familiarizáramos con ellas y las termináramos aceptando. Pretendían que la propaganda fuera subliminal. Al igual que como en los viejos tiempos se decía que ocurría en la televisión.

Intimidad/ extimidad

Las redes sociales son para los nuevos políticos como el Hola para los antiguos y para la vieja aristocracia. Si por el Hola nos enteramos de que tal o cual duque casa a su primogénita con el benjamín de otra abolenga familia, por twitter o por facebook Alberto Garzón (creo que era él) nos comunica que ha pedido matrimonio a su novia o compañera. Por esas redes nos enteramos de que Pablo Iglesias había roto con su novia, y que la alcaldesa de Barcelona, la Evita del Ensanche, está embarazada. (Eso sí, los anuncios de los duques poseen la tintura ajada de lo decadente del que estos nuevos políticos, con sus chanclas y desaliño carecen.)

La nueva política tiene sus nuevos canales de comunicación que son idóneos para lanzar consignas y para abolir la intimidad. Cierto es que les anima una irrefrenable egolatría y una ansiosa necesidad de ser el foco de atención a todas horas. También debemos tener en cuenta que el nuevo político es solo un actor, un performático actor, al que, por supuesto, no se le puede pedir un razonamiento mínimamente complejo. Eso excede los 140 caracteres y su capacidad analítica y sintética. El nuevo político, ya lo dijo, no puede dejar las performances porque solo es eso, performance, pura superficie.

Pero además hay un proyecto político en marcha con la abolición de la intimidad: el control total de las subjetividades, Si en el siglo XVIII fue el panóptico, como bien analizó Michel Foucault, el modo de controlar socialmente las subjetividades, y en el siglo XX ese papel lo desempeñaron los delatores que abundaron en la URSS, los países del Telón de Acero y en Cuba, en el siglo XXI es la llamada extimidad, concepto confuso que solo tiene como función acostumbrar a la gente a que viva de cara a la galería, a que su subjetividad tenga, por decirlo de algún modo, paredes de cristal y todo sea visible. (Para otro momento dejo, la ola de puritanismo que lleva aparejada.)

Ante ello, claro, ni facebook ni twitter, y a vivir como el emboscado de Ernest Jünger.

Non serviam!

Mortalidad e intimidad

Es propio del pensamiento supersticioso, ya sea el de las religiones tradicionales o de las nuevas tan abundantes hoy, atribuir sentidos trascedentes (teológicos, no humanos) a los sucesos de la vida. Así, la fisura del tobillo tendría su sentido. Como ya me voy acercando al medio siglo (aunque todavía no lo alcance) y no me había leído los Diálogos de Platón, la fisura, que me ha tenido varado seis semanas, habría sido la manera de forzarme a leerlos.

Esto, por supuesto, solo puede ser una enorme estupidez, que se agranda aún más si pensamos en que lo que yo no había leído era una de las mayores, si no la mayor, obra de filosofía, esa actividad humana que se precia de utilizar la razón y no los sentimientos (¡qué lejana hoy a la gente, incluso a los que se dicen ilustrados!) ni las supersticiones (¡cuántas monjas y curas merodean hoy!).

Sorprende el horizonte mortal en que ya desde el inicio coloca Platón a sus personajes, y por ende, a la filosofía. Filosofar es aprender a morir, dice en alguno de los Diálogos, es, en realidad aprender a asumir ese horizonte. Dice Sócrates cuando ya sabe que lo han condenado que el tiempo que le quede de vida lo pasará dialogando con sus amigos, esperando el fatal día, porque eso es lo propio de las personas. Que ante la muerte una persona, despojada de trascendencia, ansiedad o miedo, sea capaz de despreciar no solo los lujos (en el fondo eso es bastante fácil) sino supersticiones como la omnipresencia de lo llamado político, es algo que hoy sorprendería a más de uno que tildaría a Sócrates de insolidario (lo más flojo) o directamente fascista. Y sin embargo, Sócrates tenía razón.

Mortalidad e intimidad, pues, frente a la trascendencia teológica de la nueva política que ya ha dictado que hay un Papá que nos vigila en todo momento.

La intimidad

El suicidio es un acontecimiento resultado de una decisión íntima, y en el que no deberíamos entrometernos. Estados e Iglesias han sentido que tenían la prerrogativa de legislar o sermonear sobre el tema cuando la verdad es que solo la persona puede hacerlo. Suicidio es tirarse por una ventana y lo es también, aunque le cambiemos el nombre por aquello de que no suene tan mal, la eutanasia activa. Tanto si uno toma un veneno como si decide no tomar una medicación, o suspenderla,  a sabiendas de que eso lo llevará a la muerte, es la persona la que decide, la única que puede decidir.

Sobre la muerte, esa frontera última más allá de la cual no podemos ir, sobrevuelan aún demasiadas supersticiones, tabúes y prohibiciones. Gracias al invento de la intimidad – cada vez más asediada – las personas hemos podido ir ganando cotas de libertad y hemos podido decidir sobre nuestra vida y nuestra muerte. Ahora, sin embargo, vuelven a utilizar a los suicidas, algo que siempre ha ocurrido con cierta recurrencia, pero  que ahora ha cobrado una mayor virulencia. Para detener los desahucios y reformar la ley hipotecaria, algunos echan mano de los suicidios. Ignoran, por un lado, que el número de suicidios no ha aumentado significativamente en estos años y que la gran mayoría se suicida por las mismas razones que otros lo hicieron en el pasado. Saben, eso sí, que una portada de periódico en que la noticia principal sea el suicidio (y aquí en cualquier caso prefieren el trazo grueso y la ausencia de matices) les dará mayor presencia pública. El suicida actúa como altavoz independientemente de cuál sea la razón de su suicidio.

Los periódicos han tenido la saludable y piadosa costumbre de no escribir sobre el tema. Aducían el efecto contagio. Hay quien duda de tal efecto. Lo que es indudable es que en un tema tal, la necesidad de informar ha de compaginarse con la de la discreción y el respeto.

Tengo dudas más que fundadas de que esto no va a ser así. La marejada o mar picada de la opinión sobre el suicidio nos va a inundar, muchas veces con la mayor de las violencias que es la ignorancia sobre el tema.