El olvido, la muerte

Es la usura la mayor prerrogativa del tiempo. Todo cae en sus manos y todo siente su poder. El mito griego señala que Cronos devoraba a sus hijos para evitar que uno de ellos lo asesinara sin darse cuenta de que él mismo, Cronos, también estaba sujeto a terrible poder del tiempo y que también llegaría su final.
Nacemos y crecemos, y sin experiencia creemos que el mundo fue creado y fijado y que el cambio es algo que aconteció en el pasado, un pasado más o menos remoto que nos salva de las incertidumbres de lo desconocido. Sufrimos al percatarnos de que la mutabilidad es el estado propio de la Humanidad. Sufrimos e inventamos ilusiones que nos convenzan de que el mundo es algo estable, puesto en pie y con posibilidad de perduración.
Uno suele recordar la ciudad de su infancia y tiene por costumbre no ver (o no recordar en este caso) los cambios que la ciudad recordada fue sufriendo a lo largo de los años. Hay una tristeza infinita en los planes de ordenación urbana que condenan a los centros históricos a ser una caricatura, un remedo historicista de lo que algunos creen que fueron. Late un conservadurismo rancio en todo urbanista que sueña con despojar a la ciudad de las agregaciones que el tiempo y sus habitantes han ido añadiendo con el paso de las décadas. Trata el urbanista de crear un espacio no tocado por el tiempo sin percatarse de que la ciudad es ante todo tiempo, que una ciudad sin tiempo es solo un proyecto, muchas veces faraónico, de habitaciones de nueva planta.
Hay también quien sueña con mantener la ciudad tal y como entonces la conoció. Nada permanece igual, todo se encuentra sometido al cambio y a la destrucción, a la desaparición física y al olvido con posterioridad. Pero nos negamos a aceptarlo y veneramos las ruinas como si fueran lo contrario. Vivimos en una época retrospectiva, nos advirtió R.W. Emerson en el siglo XIX, y la tendencia solo ha ido afianzándose.
La usura del tiempo o el desgaste, eso que crea la historia, porque la historia solo existe con la muerte y el olvido. En el presente perpetuo que algunos sueñan nada desaparece mientras vamos añadiendo lo nuevo. Desaparecen las personas y los recuerdos, desaparecen los edificios y las calles. Un día desaparecerán también todas aquellas obras maestras que creímos inmortales: las de Rubens y Rembrandt entre tantas otras.

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Los límites del arte (II)

Hay un sueño recurrente, acaso una pesadilla, en los libros sobre literatura. No es algo que se diga con claridad, ni siquiera se menciona las más de las veces, pero está ahí, detrás de cada conversación, detrás de cada análisis, la presencia ominosa de quien existe pero podría no existir. El autor aparece siempre detrás de cualquier obra de arte, ya sea escrita o pictórica o fílmica. Le imprime un sentido y la despoja de las posibilidades innumerables que tendría si fuera huérfana.

En pocas palabras, el autor es quien escribe o quien pinta, es el medio a través del cual el arte se hace presente. Pone en ella sus ideas o prejuicios, sus ilusiones, afanes y también una cierta desesperación, pero al mismo tiempo es solo el escriba, dicen algunos. El autor es en el fondo una función más. Conocemos su término final: la obra de arte, pero desconocemos el término del que parte todo. Solemos pensar que comprendemos la obra cuando sabemos algo del autor y su época, de sus fobias y de sus amores, de sus manías y de sus incongruencias. Logramos así hacernos una idea de cómo es el autor, logramos, quizás, calibrar su espesor humano, aunque esto es, sin duda alguna una trampa en la que solemos caer con gran facilidad. Pensar que el autor busca o permite o desarrolla una figura coherente reflejo de sí mismo es caer en el infantilismo. En parte porque hay un elemento subconsciente que no logramos dominar, y a veces ni nos damos cuenta de que está ahí, presente aunque escondido, en todo momento. Pero además el autor suele emplear algunas estrategias de despiste con propósitos más o menos confesables, entre los que se encuentra el deseo de parecer más atractivo humanamente y que así los lectores sientan una atracción en la que de otro modo no pensarían. Pero eso es lo de menos. Importa no olvidar la superficialidad presente en toda relación mediada por relaciones mercantiles.

“Habitaré mi nombre”, escribió Saint John Perse en un largo poema que hablaba del exilio, y hablaba de él desde la densidad de la experiencia (él que había renunciado a su nombre y a su tierra de nacimiento.) El autor es, en literatura, solo una voz, una función que prefieren decir algunos. Fernando Pessoa también habitó en los nombres de sus heterónimos y fue vagando entre identidades y voces, que quizás escuchara dentro de sí por las noches o en las insomnes madrugadas desapacibles cuando aún no ha amanecido. Ha habido siempre un intento por despojar a las personas de aquello que es subjetivo en grado sumo y que solo pertenece a cada una. A Pascal el yo le resultaba odioso, acaso porque para él solo Dios tenía esencia y lo humano no pasaba de existencia contingente. También Spinoza imaginó un hombre constituido por pasiones sociales ( la individualidad es parte de un proceso social). El mismísimo Borges se soñó como otro y dejó escrito la futilidad del individuo.

Pessoa dinamita el yo por concurrencia excesiva de identidades, Saint John-Perse busca solo un nombre (puro lenguaje) para ser, a Borges Pascal y Spinoza le habían enseñado lo que el yo tiene de construcción social, al igual que se lo enseñaron a Michel Foucault.

La obra de arte despojada del autor es un sueño de pureza, el deseo de no querer anclarla en unas circunstancias humanas, que son sociales pero en las que predomina sobre todo lo individual. La obra de arte sin autor sería el reflejo de una época, de una sociedad, la atravesarían las obsesiones de cada momento pero carecería con toda probabilidad del espesor que proporciona la experiencia individual.

Francisco Ayala

Ha muerto Francisco Ayala, un hombre fino e inteligente. Un hombre educado y discreto. Vivió entre nosostros y tuvo que exiliarse, y volvió con la distancia de la lejanía y con el calor de la cordialidad.

A otros dejo el recuerdo de obras y momentos, la egolatría y el elogio fúnebre.

Dimitri Shostakovich: 2 piezas para cuarteto de cuerda. 1: Elegía