Los polvorientos


La imagen nos era familiar, y casaba sobre todo con los periódicos amarillecidos por el viento. Aquellos hombres (era un mundo aquel reservado para los hombres ) detrás de sus mesas con incontables pilas en equlibrio de libros, papeles garabateados, arrugados, y una lámpara que alumbraba lo justo en intensidad y en superficie; el silencio, algo quejumbroso y el aire, viciado después de que la habitación llevara varias semanas sin ventilarse. Es una imagen que ya apenas vemos, y que tiene los días contados.
El libro digital nos va a traer un regalo: la desaparición del polvoriento. Ha sido muy común la exhibición del lector, casi siempre escritor, rodeado de sus libros almacenados con paciencia durante lustros y décadas. Con el libro se acumulaba el polvo hasta que al final toda la casa terminaba por ser un polvoriento almacén de sueños, manuscritos, despropósitos o vulgaridades. Pero el tiempo se les acaba. Pronto no necesitarán habitar enormes casas silenciosas y ocupadas por fantasmas. Pronto les bastará con un lector de libros electrónicos y algunas unidades potentes de memoria. Sus casas serán más pequeñas y en las paredes los cuadros, las fotografías o los pósters sustituirán las inacabables bibliotecas.
No me cabe la menor duda de que muchos sentirán nostalgia cuando lean esto. Al fin y al cabo todavía hay gente que se lamenta porque haya desaparecido el ordeñamiento manual o que la lavadora haya sustituido a los lavaderos públicos, extraordinarios lugares de convivencia, contestación y libertad femeninas, según nos cuentan algunos. Hay quien se queja, con total coherencia, de que el mal comienza con la invención del coche, que relegó a las caballerías a ser una sombra de lo que habían sido y que imprimió a la sociedad una velocidad que no es natural para las personas. Ahora desdeñan el libro electrónico como en su día abjuraron del microondas para calentar la comida o del reproductor de videos para ver películas.
Hemos entrado en una nueva era. Los cambios tecnológicos imponen cambios en las mentalidades. Puede que tengamos miedo, pero de nada sirve porque el futuro es siempre de los más jóvenes.