Turismo

Una de las cosas que más me ha extrañado al conocer la catástrofe provocada por un terremoto en Nepal, es el número de españoles que estaban allí: 580. Yo tengo una idea un tanto anticuada de esto de los viajes. Pienso que es normal desplazarse a la costa o a la montaña en tu país o en otro aledaño para pasar las vacaciones. También me parece normal que la gente viaje a Italia, Alemania, Argentina, por decir algunos países, pero también podría nombrar Egipto o Túnez cuando están de vacaciones. Pero lo que no esperaba, anclado como estoy en una mentalidad anterior, antigua sería más correcto decir, era el elevado número de españoles que pululaban por Nepal en abril. Me imaginaba que a lo sumo habría cuatro o cinco, esos bohemios fascinados por el Oriente, algunos de ellos casi una sombra, poco más que un recuerdo de otro momento.

Vivimos la época del turista, es cierto, y esto debería haberme puesto sobre aviso que la cantidad de personas que hoy se desplaza por el mundo es superior a la que yo calculo por costumbre. También debería haber tenido en cuenta que los destinos exóticos – al menos los que lo son para mí – son cada vez más solicitados. Querámoslo o no, el capitalismo es lo que tiene, nos permite viajar donde queramos al tiempo que mantener nuestra conciencia a salvo: los turistas son los demás, nosotros solo somos viajeros.

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Al llegar al final de un libro

Durante varios días me han quedados unas escasa cincuenta páginas de A la sombre de las muchachas en flor, que van poner el punto final a mi verano proustiano. He pasado estos días leyendo muy poco de la novela. Cuando entro en una narración de entidad considerable – y esta lo es por extensión y por ambición y resultados – paso muchas horas leyendo porque me siento así partícipe de las aventuras, en el caso de Proust de las reflexiones del protagonista y de su peculiar relación con el mundo que le rodea, el de sus padres, sus amigos, y sobre todo, el de algunos personajes como Swann, su señora, Gilberte, hija de estos dos, Albertine o los Guermantes — el primer atisbo de la nobleza que conquistará su alma hiperestésica y un tanto snob.

Me sumerjo en la lectura y ahí permanezco durante varias horas al día – cuatro o cinco – hasta que la abandono diariamente no porque tenga algo mejor ni más importante que hacer, no porque me llamen otras actividades u ocupaciones, por ejemplo, ir a la piscina, hacer la ronda vespertina de bares, o ver la televisión. Sí que puedo suspender temporalmente la lectura por la música o por el cine, pero procuro ordenar el día de modo que no se interrumpan. Dejo, como iba explicando, la lectura no porque tenga otras actividades ni por cansancio o aburrimiento sino por aquello de retrasar el final: ese momento en que, con frecuencia acuciados por la avaricia lectora, nos vemos expulsados de un mundo en el que hasta el momento habíamos habitado con cierto confort y de manera plácida – aunque no es placidez ciertamente lo que sentí al leer Otra vuelta de tuerca o Melmoth el errabundo. Mientras la novela no va mediada me gusta avanzar a paso rápido, una vez que percibo que el final se acerca (y el separador entre las hojas del libro señala con claridad el tramo recorrido y la proximidad del final) aminoro el ritmo, a veces incluso dedico horas a otras lecturas, casi siempre de carácter ensayístico o poesía, con el fin de que los argumentos y los personajes de dos narraciones no interfieran entre sí.

Así me ha ocurrido con A la busca del tiempo perdido. Las primeras semanas el ritmo lector era sostenido. Las últimas fueron testigo de un enlentecimiento progresivo que conseguía merced a la incorporación de algunos libros secundarios pero que me permitían aplazar una despedida que no deseaba. Al final, incluso llegué a dejar la novela, esas mencionadas últimas cincuenta páginas, para comenzar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, que al final ha resultado ser una gozosa sorpresa y un descubrimiento feliz.

No es fácil la transición entre el mundo burgués – de la alta burguesía – e hiperestésico del protagonista de la novela de Proust al mundo suburbial, que contempla en el lejano horizonte la visión, falseada, odiada y deseada, de la alta burguesía barcelonesa, que a su vez contempla con miedo, desprecio y admiración confusa ese otro mundo proletario.

En cualquier caso, la experiencia de la lectura proustiana – relectura esta vez – es apasionante por lo que espera en las páginas; conforme el final viene hacia nosotros, la lectura comienza a tener algo de la actitud del remolón que no quiere enfrentarse a la realidad que se le avecina y prefiere quedarse rezagado, oculto entre los objetos que ocupan el espacio de nuestras cotidianas vidas en la falsa creencia de que así conseguirá engañar al tiempo indefinidamente y aplazar sine die el final de la novela. Hay, qué duda cabe, un secreto placer en la permanencia indefinida en un libro, aun sabiendo que después nos esperan otras  aventuras tan excitantes, o incluso más, escondidas entre las cubiertas de otros libros.

Semana de Pasión

Vuelve el frío a esta ciudad con la Pascua. Las religiones sí que tienen un ciclo marcado que les confiere un sentido y una dirección, alejado totalmente del vagabundeo de cualquier otra vida. La religión nos ofrece un camino recto, señalizado hasta en su más mínimo repecho. Cada estación tiene un significado, cada acto tiene un sentido, que nunca es ambiguo pero tampoco está totalmente cerrado a la interpretación.

Ahora es el momento del renacimiento y así ha de escenificarse. Nació y se encarnó en el hijo de Dios. Ahora le cumple morir y renacer para siempre, aunque en el próximo solsticio de invierno vuelva a reencarnarse. La religión ha quedado, al fin, como una guía a la que asirse mientras uno va viviendo y repite las mismas acciones cada año. Ahora que hemos perdido el ritmo de la naturaleza que ordenaba la vida, nos quedan casi únicamente los ciclos religiosos.

Ahora que la tierra renace, vuelve el frío, que es sinónimo de invierno, como una gran contradicción o como una falla en la ordenación humana.

Se acortan las noches pero aún tiene fuerza la oscuridad. Es este un tiempo de oscuridad, de desconcierto y desorientación. Las lecciones de tinieblas, música sacra escrita para esta época, o el Vía Crucis de Liszt contienen momentos graves, casi espeluznantes en su expresión de la nada y en su exploración de los teatros de fantasmas que elaboramos como sociedad y como individuos. Al fin, los rituales buscan crear un estado de recogimiento de ánimo sobrecogido.

La semana de pasión tiene algunas características interesantes que solo pueden abordarse, entiendo yo, si nos alejamos del bullicio, incluso del parco bullicio que llena las noches de las ciudades castellanas. Mientras desfilan en procesión las imágenes religiosas de la Pasión. Mucho más aún hay que alejarse del bullicio del Vaticano, donde todo se celebra como la gran representación dramática que es organizada a mayor gloria terrenal de la Iglesia.

La Pascua de la pasión y resurrección de Jesucristo, el hijo de Dios, es un hecho que solo puede entenderse desde cada individuo, pues es un hecho eminentemente psicológico. Así como la fiesta de la Natividad es algo familiar, comunitario debería decir, esta de la pasión es personal, íntima, secreta por lo que tiene de incomunicable. Es cierto que se celebra en grupo pero esto tiene su razón de ser en que toda celebración personal es altamente subjetiva, incomunicable y no crea vínculos sociales. Y la Iglesia como institución que es, necesita de esos vínculos para su continuidad.

Lo que más me llama la atención es el núcleo de la Pascua, la muerte de Dios. Entre el Viernes Santo por la noche y el Domingo de Resurrección, el mundo lo es sin dios. Se abre un hueco, una interrupción de la continuidad vital que se repite anualmente. El mundo se abisma en su nada.

Las imágenes que se han utilizado para representar dicho vacío han sido, en algunos casos, impresionantes. Han de ser sobrias, austeras, han de señalar el hecho sin recrearse en él. Han de crear una sensación de abismo interior hacia el que nos precipitamos, pues en gran medida, toda esta representación tiene la única finalidad de la introspección psicológica en forma de drama individual, representado por Jesucristo quien también en el momento más importante de toda la representación se siente abandonado, solo, que descubre que ante el momento de la aniquilación nadie puede acompañarte. En el momento culmen, grita aquello de “Padre, ¿por qué me has abandonado?”

A veces una cruz vacía recortada contra un cielo de tinieblas en medio del monte es una imagen suficientemente expresiva. Creo, aun así, que como medio expresivo en este caso la música es superior. Las pasiones de Bach, el Vía Crucis de Liszt, incluso la obra “Fratres” de Ärvo Part son obras que logran abismar al oyente atento y hacerlo enfrentarse a una radical soledad en la que se interrogue por lo que considera central en la vida. La combinación de notas y silencios, énfasis expresivo, disonancias, ritmo y sonoridad logran mover el ánima de manera más efectiva que la contemplación de gran número de imágenes.