Donde fuiste

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_3a4.jpgLa posibilidad de poder saber de un lugar donde estuviste años antes, de poder ver sus calles, los comercios que entonces estaban, incluso que siguieron estando en posteriores visitas, es algo que hoy en día lo tenemos al alcance de la mano gracias a los avances tecnológicos. Tres décadas atrás para saber de esa ciudad, o incluso de esa calle si la ciudad era muy grande, tenías que volver al lugar o pedir noticias de ella a los amigos que habías dejado allí, si aún quedaba alguien.

Hoy en día con aun simple vistazo a los mapas, nos enteramos de los cambios en los comercios, en la dirección del tráfico, en la decoración. Está bien hasta cierto punto, pero también está mal. Al planear el viaje y regresar a los viejos lugares, nos enteramos de lo que ya no podremos hacer: comer en aquel restaurante tan acogedor o tomarnos la última copa en un bar de noctámbulos en el que la decadencia era la marca del lugar y de los habituales. A veces nos enteramos sin ni siquiera planear el viaje. Simplemente por el deseo de recordar aquello de entonces.

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Paisajes casi abolidos

DSCF8020Fueron durante unos años — muchos — parte del paisaje cotidiano de las ciudades. Hubo cosas buenas — muchas — y otras malas — menos. Son ahora ya recuerdos casi. Todo pasa y queda el recuerdo. Otra cosa es qué sea el recuerdo: si homenaje o derrota no reconocida.

Metamorfosis del mito

DSCF8043.JPGFue águila y toro, cisne y lluvia dorada, débil gorrión y sátiro además de adoptar varias veces la figura de los maridos de esas mujeres a las que quería conquistar. Fue Zeus, el gran dios de la mitología griega. No siempre logró seducirlas y en varios casos en la iconografía pictórica se le ve luchando con ellas; así, Leda contra el cisne. No siempre las historias son morales a primera vista, mii siquiera lo sn en último término. No tienen por qué serlo. Son historias que algo enseñan aunque los personajes no sean modelos de nada (de nada bueno, se entiende).

No solo desde la plantación de los buenos propósitos se educa. Bien lo sabían los Antiguos, y algunos coetáneos nuestros que se ven perseguidos. Aceptan su destino con humor, con deportividad y se convierten, a veces en contra de su voluntad, en los bufones de nuestra época, aquellos que la mayoría tilda de peligrosos, aquellos a quienes la mayoría les gustaría que desaparecieran o los encarcelaran. Al final, uno se da cuenta de que hay bufones y bufones: aquellos que en horario de máxima audiencia tienen su púlpito en alguna cadena de televisión y aquellos que han de huir de donde viven porque los amenazan incluso en sus hogares.

Vivir con elegancia

 

pablo garcia baenaVivir con elegancia es hoy en día en gran medida vivir apartado. Hay quien gusta de vivir en medio del tráfago, a quien le gusta la bronca, la pelea o la discusión por la discusión. Hay quien sale de casa para encontrar momentos agrios. Hay quien, primitivo aún y siempre, sale para demostrar que es el espalda plateada de la manada, el más listo y agudo en las conversaciones de barra de bar, el que tiene siempre la última palabra. Esto que digo lo he visto en los bares, pero es también aplicable a las redes sociales.

Hay quien ni es ni quiere ser así, quien valora por encima de todo la discreción, el silencio, el sobrentendido, esos momentos siempre breves en que no es necesario decir nada, quien no necesita demostrar en todo momento lo genial que es. Hay quien, por fortuna, no se ha criado en una pandilla juvenil (o de adolescentes). Hay quein descree de la retórica barrial y baretera.

Hay quien vive para adentro y nada necesita de afuera; el sustneto indispensable y poco más. Los placers son siempre íntimos. Y escasos. Por eso no hay que pregonarlos ni jalearlos.

Ayer murió Pablo García Baena. Uno de esos pocos que supeiron ser elegantes, discretos y que disfrutaron con inteligencia. A los demás, a los escasos demás, nos queda su condensada poesía.

¡Ah, las libertinas!

UNADJUSTEDNONRAW_thumb_3a0Hace años escribí de los libertinos (I, II y III) : personas escépticas que gozan con los placeres de la vida, con la comida, con la bebida, con el sexo; disfrutan, eso sí, desde la mesura. Raro es es el libertino que es inmoderado en sus actos. Claude Chabrol, ya lo apunté, fue uno de esos grandes libertinos. Para filmar ncesaitaba ser feliz y para ser feliz tenía que comer.

El libertino es alguien que ama la vida y por ese amor desdeña el gregarismo. Sabe, desde el escepticismo, que el aquel es la muerte del libertino.

En estos días, algunas mujeres – francesas – han reivindicado la libertad sexual de los hombres y de las mujeres. Han reivindicado que las mujeres tienen su libertad y que nadie puede decirles cómo han de comportarse, pensar o qué código moral han de tener. Aceptan que el mundo no es perfecto y que en las relaciones sentimentales o sexuales hay situaciones complejas, poco definidas, ambiguas, borrosas como dice Catherine Millet. Siempre es bueno no ser pesado en nuestras relaciones, importunar lo mínimo (en todos los ámbitos), respetar al otro, aunque sabemos que siempre habrá quien no se comporte con corrección. También sabemos que la frontera entre lo correcto y lo incorrecto varía con las metnalidades que ahorman los tiempos.

Por eso es tan importante que haya habido mujeres que han pedido que no se codifique la vida hasta límites donde la libertad quedaría reducida a casi la nada. Sobre todo piden que no se las trate como a inválidas morales, que ningún grupo – ni siquiera formado por mujeres – les dicte lo que han de hacer o decir. Esto, sin duda, es lo más importante. La libertad de las mujeres es incompatible con los grupos feministas que se erigen en sus representantes y en los expendedores de carnets de mujer concienciada en la lucha contra el machismo.

Un libertino, y estas mujeres, lo son, saben que lo más importante es la libertad individual que, en cualquier momento y bajo la excusa de las más insignes causas, algunos clérigos intentarán cercenársela.

N.B.: No es ajeno a la polémica que las contestatarias hayan sido francesas. París, sinécdoque de Francia para casi todos, tiene un glamour que pocas otras ciudades poseen. Quizás París ya nos ea lo que fue, pero mantiene mucho de su pasado y magnífico esplendor.