Teatrillo

Estamos instalados en la representación permanente. Todo es escenario y pura pantomima (aunque la pantomima, en realidad, es una representación sin palabras, solo gestos, y eso, sin duda, mejor que lo que tenemos hoy en día.) De lo que no cabe duda es de que, cada vez más, España es un burdo escenario en el que la gnete representa un papel, y en elq ue nada hay verdadero, ni serio, ni que merezca la pena. Es una tragicomedia de títeres de cachiporra donde cada uno pide lo que le interesa y le niega al prójino lo que a este le interesa, aunque ese interés sea al mismo para los dos.

Uno de los mejores ejemplos es el de la libertad de expresión. Piden libertad de expresión para unos chistes contra los judíos, chistes que banalizaban el holocausto judío, y a los pocos días se escandalizan porque un periodista ha escrito un artículo machista en que se banaliza a las mujeres.

Así estamos, entre otras razones, porque todas las opiniones valen lo mismo y la razón la tiene aquel (o aquella) que pasa más horas en las redes sociales dando la murga, insultando e incluso amenzando. Aquellos que solo, de vez en cuando, escriben para dar razones, a esos nadie les hace caso, aunque digan cosas razonadas y razonables, y aunque sean los únicos que están dispuestos a dejar atrás ese pantomima en que la vida española se ha convertido.

Homenaje a Juan Goytisolo, pájaro solitario

Hace años tuve la suerte de toparme con un libro sobre la historia de Andalucía. Era un libro en el que se hacía hincapié, única y exclusivamente, en el hecho de que Andalucía era una nación y que en ella, por ejemplo, alguien había inventado la rueda. Digo suerte porque luego me alejé de aquello y no tuve que soportar ni andalucismos oficiales o castizos ni profesores que me adoctrinaran en las bondades del flamenco (que me gusta, libre de prejuicios andalucistas), ni de la lengua andaluza (consecuencia de una educación deficiente en algunos momentos importantes de la historia de España), ni en que esa lengua expresa el espíritu y la cultura de los andaluces, ni en la grasia y el salero que todo andaluz tiene (y que mi abuelo y mi padre desmintieron desde siempre con su solo comportamiento).

España, hoy en día, es una romería nacionalista. Lo único que, por lo visto, importa es la celebración de los amados símbolos de identidad nacionalista. En el mejor de los casos se quedan en soporíferos casticismos, en los casos extremados son la nueva manera en que la xenofobia se expresa: los vocablos maketo y xarnego dan cuenta de ello. El internacionalismo de oropeles y contrachapado es solo una fachada de cartón piedra que, en realidad, esconde el turbio deseo de que llegue población sumisa.

Entre el traje de faralaes, la jota castellana, el calimocho vascuence y las camisas pardas y negras de las legiones catalanas marchando ante las sedes de los tribunales de justicia, a uno solo le queda la posibilidad de darles la espalda, consciente de que esto no tiene remedio y de que lo de menos es que España comience a perder territorio porque lo que ya se ha logrado es lo peor: el cultivo de las amadas señas de identidad regional. Sobre todo por parte de los forasteros que llegaron a regiones distintas a las de su lugar de nacimiento.

 

La clerigalla

El lector que, interesado en la historia de España en los siglos XIX y XX, consulte algunos libros, se encontrará con una idea que se repite una y otra vez: el Estado abandonó los símbolos fundamentales de la nación — la educación, entre ellos — a la Iglesia. Así esta tuvo plena libertad para decidir qué días eran fiesta y cuáles, no. No solo eso, la Iglesia influyó en la educación de los niños y jóvenes de manera decisiva. Mientras en Francia o Estados Unidos la educación la controlaba el Estado, y era una educación basada en valores cívicos, en España la educación la impartió la Iglesia, y fue una educación de valores religiosos y reaccionarios en política. Mientras Estados Unidos o Francia avanzaban con el curso de la Modernidad, España se estancó en ensueños románticos de un pasado en el que predominaba una sociedad orgánica. De ahí el arraigo del Carlismo, sobre todo en el norte de España.

Hoy en día las cosas no han cambiado. Seguimos teniendo como fiesta obligatoria e indiscutida la de la Inmaculada Concepción, y como fiesta puesta en tela de juicio la del aniversario de la aprobación de la Constitución. Los reaccionarios de hoy en día, siguen sin querer celebrar este último porque la Constitución no los representa. No tienen, sin embargo, problemas en descansar el día de la fiesta establecida por la Iglesia. Son nuestros reaccionarios los peones de la clerigalla.

La jauría

Hay que lanzar a los perros contra la víctima. Al fin y al cabo es solo una pieza que hay que cobrar para hundir más todo. La humanidd no importa, las buenas formas, tampoco. Mucho menos la razón y el conocimiento. Hay que alegrarse de que la presa haya caído, hay que darse besos y abrazos. Es la jauría, que no necesita perros porque ella mismos hace de fiera.

Se ha muerto una política del PP que estaba siendo investigada por el Tribunal Supremo. La jauría ya ha dictaminado que es culpable, sin conocer el código penal español y sin haberse leído el sumario. Pero eso no importa a la jauría, que se lanza como una sola persona (¿o una sola fiera?) contra el cadáver aún caliente.

Y muchos de esa jauría están contra Trump, dicen. Porque no es de los suyos, callan.