El eterno retorno

LuJSwV7LR%+yLmQ0B+WzIA_thumb_317José Álvarez Junco y Josep Fontana examinan de manera bien clara los problemas de España en varios de sus libros sobre historia de España en los siglos XIX y XX. Entre ellos están la jerarquía católica, que controla la educación; el recurso al golpe de estado y la miseria moral, política y humana de las elites políticas.

Seguimos igual. Tenemos una jerarquía católica que solo piensa en adoctrinar a los niños en la religión. Una de las consecuencias es que ningún gobierno desde 1978 hasta hoy se ha tomado en serio educar a los españoles en lo que es el republicanismo cívico. Este republicanismo habla de la nación como un conjunto de ciudadanos libres e iguales en derechos y obligaciones que se rigen por la ley que el parlamento aprueba. Las leyes, en consecuencia, so provisiones objetivas que regulan la convivencia. Nada tienen que ver con la moral, ni con el modo de alcanzar el Reino de los Cielos. Importan solo para organizar y gestionar la vida en este mundo de la mejor manera posible. No hay que creer en ellas, solo hay que cumplirlas. Las leyes son ateas, lo que significa que solo valen para este mundo, que, por otro lado, es el único que hay.

Mientras en Europa y América se enseñaba esto a los escolares y se les inculcaba un sentido de unidad entre las diversas comunidades que formaban la nación, en España teníamos a la Iglesia, por un lado, a la Monarquía que pensaba que la unión de reinos que formaba España era propiedad suya, a unos conservadores que también pensaban que España era de su propiedad y a una izquierda de la cual una parte minoritaria era ilustrada y quería educar en esa idea de republicanismo cívico, y otra que solo pensaba en dinamitar cualquier posibilidad de convivencia. En esto se unió a la derecha y entre las dos jalonaron los siglos XIX y XX de asonadas militares e insurrecciones de todo tipo. Como bien apunta Fontana, el problema no radica en si los insurrectos eran progresistas o conservadores si no en que se levantaban contra el orden establecido por el simple hecho de que a ellos no les gustaba lo que había y utilizaban la fuerza para imponer su voluntad contra el resto de la población.

La inoperancia de las elites políticas a la hora de crear una nación cívica (en el sentido que Álvarez Junco le da) trajo como resultado el nacimiento de nacionalismos de signo cultural que han perdurado hasta hoy día (agravándose la situación, claro.) Los nacionalismos, una vez más, son el desencadenante de un nuevo golpe de estado. Una vez más, una facción insurrecta, que además proclama la superioridad cultural de la gente que puebla el territorio,[1] ha lanzado un órdago al régimen político establecido. Una vez más, gran parte de la izquierda ha unido sus fuerzas con esa facción golpista.

 

Los gobiernos españoles no se preocuparon por ese republicanismo cívico, ni en la enseñanza, que dejaron en manos de los caciques de cada región, ni en el plano simbólico. Desde hace mucho, el gobierno central hizo dejación de sus funciones en todo el territorio, y al retirarse política y simbólicamente, permitió que los nacionalistas ocuparan su lugar. Una vez más, como si la historia no nos hubiera enseñado cuál iba a ser el resultado.

En esas estamos, en otra encrucijada histórica, mal que nos pese, con los bandoleros a la espera de sacar tajada, al igual que ayer la sacaron con las fotografías de los heridos. Porque no nos engañemos, los heridos sirvieron ayer para echarse encima del Gobierno. Hoy ya no importan, ni mañana ni nunca más. Los heridos, al igual que lo fue la manifestación por las víctimas del atentado de agosto, son solo un instrumento, nunca un fin.

[1] No en vano Heribert Barrera, uno de los más destacados políticos de ERC afirmó, sin despeinarse cosas tales como: «En América, los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos» o «se debería esterilizar a los débiles mentales de origen genético». Marta Ferrusola, mujer de Jordi Pujol, pidió que se frenara la inmigración en Cataluña porque, si no se hacía con el tiempo el genotipo catalán iba a desaparecer. (El término genotipo lo uso yo, dudo que la señora, ocupada en sus labores de ecónoma abadesa lo conociera [Por cierto que la izquierda esa que quiere gobernar, bien que calla en el caso de la corrupción política y económica de Cataluña].)

 

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Teatrillo

Estamos instalados en la representación permanente. Todo es escenario y pura pantomima (aunque la pantomima, en realidad, es una representación sin palabras, solo gestos, y eso, sin duda, mejor que lo que tenemos hoy en día.) De lo que no cabe duda es de que, cada vez más, España es un burdo escenario en el que la gnete representa un papel, y en elq ue nada hay verdadero, ni serio, ni que merezca la pena. Es una tragicomedia de títeres de cachiporra donde cada uno pide lo que le interesa y le niega al prójino lo que a este le interesa, aunque ese interés sea al mismo para los dos.

Uno de los mejores ejemplos es el de la libertad de expresión. Piden libertad de expresión para unos chistes contra los judíos, chistes que banalizaban el holocausto judío, y a los pocos días se escandalizan porque un periodista ha escrito un artículo machista en que se banaliza a las mujeres.

Así estamos, entre otras razones, porque todas las opiniones valen lo mismo y la razón la tiene aquel (o aquella) que pasa más horas en las redes sociales dando la murga, insultando e incluso amenzando. Aquellos que solo, de vez en cuando, escriben para dar razones, a esos nadie les hace caso, aunque digan cosas razonadas y razonables, y aunque sean los únicos que están dispuestos a dejar atrás ese pantomima en que la vida española se ha convertido.

Homenaje a Juan Goytisolo, pájaro solitario

Hace años tuve la suerte de toparme con un libro sobre la historia de Andalucía. Era un libro en el que se hacía hincapié, única y exclusivamente, en el hecho de que Andalucía era una nación y que en ella, por ejemplo, alguien había inventado la rueda. Digo suerte porque luego me alejé de aquello y no tuve que soportar ni andalucismos oficiales o castizos ni profesores que me adoctrinaran en las bondades del flamenco (que me gusta, libre de prejuicios andalucistas), ni de la lengua andaluza (consecuencia de una educación deficiente en algunos momentos importantes de la historia de España), ni en que esa lengua expresa el espíritu y la cultura de los andaluces, ni en la grasia y el salero que todo andaluz tiene (y que mi abuelo y mi padre desmintieron desde siempre con su solo comportamiento).

España, hoy en día, es una romería nacionalista. Lo único que, por lo visto, importa es la celebración de los amados símbolos de identidad nacionalista. En el mejor de los casos se quedan en soporíferos casticismos, en los casos extremados son la nueva manera en que la xenofobia se expresa: los vocablos maketo y xarnego dan cuenta de ello. El internacionalismo de oropeles y contrachapado es solo una fachada de cartón piedra que, en realidad, esconde el turbio deseo de que llegue población sumisa.

Entre el traje de faralaes, la jota castellana, el calimocho vascuence y las camisas pardas y negras de las legiones catalanas marchando ante las sedes de los tribunales de justicia, a uno solo le queda la posibilidad de darles la espalda, consciente de que esto no tiene remedio y de que lo de menos es que España comience a perder territorio porque lo que ya se ha logrado es lo peor: el cultivo de las amadas señas de identidad regional. Sobre todo por parte de los forasteros que llegaron a regiones distintas a las de su lugar de nacimiento.

 

La clerigalla

El lector que, interesado en la historia de España en los siglos XIX y XX, consulte algunos libros, se encontrará con una idea que se repite una y otra vez: el Estado abandonó los símbolos fundamentales de la nación — la educación, entre ellos — a la Iglesia. Así esta tuvo plena libertad para decidir qué días eran fiesta y cuáles, no. No solo eso, la Iglesia influyó en la educación de los niños y jóvenes de manera decisiva. Mientras en Francia o Estados Unidos la educación la controlaba el Estado, y era una educación basada en valores cívicos, en España la educación la impartió la Iglesia, y fue una educación de valores religiosos y reaccionarios en política. Mientras Estados Unidos o Francia avanzaban con el curso de la Modernidad, España se estancó en ensueños románticos de un pasado en el que predominaba una sociedad orgánica. De ahí el arraigo del Carlismo, sobre todo en el norte de España.

Hoy en día las cosas no han cambiado. Seguimos teniendo como fiesta obligatoria e indiscutida la de la Inmaculada Concepción, y como fiesta puesta en tela de juicio la del aniversario de la aprobación de la Constitución. Los reaccionarios de hoy en día, siguen sin querer celebrar este último porque la Constitución no los representa. No tienen, sin embargo, problemas en descansar el día de la fiesta establecida por la Iglesia. Son nuestros reaccionarios los peones de la clerigalla.