Dulce Navidad

20171215_78.JPGLas quejas sobre las Navidades contemporáneas son costumbre ya. Quien más quien menos se queja de que el espíritu de la Navidad ha desaparecido, que cuando entonces (se supone que en la feliz Arcadia infantil) lo comercial no era tan importante, que las Navidades solo duraban desde el 23 de diciembre hasta el 8 de enero, al contrario que ahora que van desde el día siguiente a Acción de Gracias (ya saben el cuarto jueves de noviembre) hasta mediados de enero.

No es más que un síntoma de anteriosclerosis. Lo que entonces les parecía una celebración incorrupta (o al menos presentable, auténtica, propia del llano pueblo) para muchos adultos de la época era ya algo que se había corrompido (o mejor, que el capitalismo había corrompido).

Nadie obliga a nadie a comprar el día del Negro Viernes, ni a comprar lotería de Navidad ni a ir de cena o comida con los compañeros del trabajo o con los amigos, ni a atiborrarse en las celebraciones familiares. Uno puede muy bien pasar sin langostinos, caviar, cava, champán,  sin salir a la calle y tener que dejarse llevar por la muchedumbre, ni siquiera ha de ver a los viejos amigos ni a los familiares que regresan.

Supongo que debe de ser que nunca me hice muchas ilusiones sobre estas fiestas por lo que a mí apenas me afectan. Desde muy joven las Navidades fueron solo una buena pila de libros para leer y un buen montón de discos para escuchar. Fueron entonces cuando era niño, son ahora que soy adulto y he cruzado de sobra la mitad del camino de mi vida.

No hay decadencia sino voluntad o conatus.

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El tiempo abolido

20171029_51Suena “Tears on My Pillow” de un disco que compré, años atrás, en Boulder, en una estancia larga. Fue un verano largo en Boulder, en el apartamento de la Universidad que ocupamos tan cerca de todo y al tiempo tan escondidos. Solíamos seguir el cauce del regato cuando íbamos a comprar, pasábamos por debajo del puente junto al carril-bici, cerca del campo donde entrenaba el equipo universitario de fútbol americano.

Los discos te acompañan durante tu vida, algunos te sobreviven; otros, sin embargo, de tanto escucharlos has de comprarlos varias veces. Ya sabemos que el uso es desgaste. Quizás el sueño de la duración casi eterna de nuestros objetos no sea más que un consuelo. Ahora, además, contamos con innumerables versiones del mismo tema. Podemos ocupar toda una tarde escuchando “Tears on My Pillow” en las versiones de innumerables grupos de música vocal. Fue algo muy popular en los años cincuenta y sesenta en los Estados unidos. Grupos de muchachos que se unían para cantar música, casi siempre romántica, utilizando fundamentalmente las armonías vocales. Se acompañaban de un piano y una batería, a veces un saxofón. “The Turbans”, “The Pastels”, “The Fiestas”, Frankie Lymon and the Teenagers”, “The Marcels”, “Maurice Williams and the Zodiacs” fueron algunos de ellos y “Simmy, Shimmy, Ko-Ko-Bop”, “Been So long”, Blue Moon” “In the Still of the Night”, “For your Precious Love”, “Why Do Fools Fall in Love”, algunos de los éxitos de verano que surcaron las ondas radiofónicas en los días de la segunda mitad de los años cincuenta y comienzos de los sesenta.

La historia – nos lo dijo Ezra Pound – no es sucesiva sino simultánea. Gracias a tan genial intuición pudo escribir los Cantares. Todo ocurre en el mismo momento; quizás, además, en todo momento. Así, la historia no es una sucesión de momentos fallidos, como podía pensar T.S. Eliot, sino un único instante que tiene lugar en cada momento. Esto que Pound propuso ha venido a cumplirse hoy en día, de un modo quizás degradado, con las posibilidades de almacenamiento y reproducción de música y de imagen. Podemos escuchar varios conciertos de un mismo grupo en los que la única diferencia reside en el orden de los temas interpretados y el físico, cada vez más avejentado, perdido ya el esplendor juvenil en los últimos, casi espectros de sí mismos. También podemos encontrarnos con la misma versión de un tema interpretado por infinidad de intérpretes. Quizás no haya mucha diferencia entre esas versiones pero sí que es sintomático que guardemos, y concedamos el mismo valor, a interpretaciones que se hicieron a mediados del siglo XX y a otros de inicios del siglo XXI. No transcurre el tiempo, o no podemos sentir de igual modo el transcurso, si no existen huecos temporales que no podamos rellenar. Hasta ahora así era con la historia. Quizás la técnica haya ayudado a esa tendencia al recuerdo inexorable de nuestro tiempo.

 

In Memoriam (con total agradecimiento)

Ha muerto a los 68 años de edad, Paloma Chamorro, periodista cultural. Chamorro, que estudió Filosofía, se dedicó en gran parte a hacer programas sobre arte en los años 70: Galería, Cultura 2, Imágenes, entre otros. Cuando la Posmodernidad llegó a España, Paloma Chamorro dirigió un programa, el famosísimo La edad de oro, por el que pasaron todos los grupos, pintores y escritores que conformaban la Vanguardia. Entonces aún la gente creía en la Vanguardia. Claro que para Chamorro la Vanguardia era un término muy elástico y no se ceñía a las teorizaciones de los vanguardistas de principios del siglo XX. Vanguardia eran Ocaña y Almodóvar y MacNamara, Parálisis Permanente y Nikis, Guillermo Pérez Villalta y las Costus. The Lords of the New Church y Jesús Ferrero, Aztec Camera, también. Incluso llevó a Lou Reed a su programa, el viejo león de la Vanguardia musical de los año 70 neoyorquinos cuando estaba en Velvet Underground, banda apadrinada por Andy Warhol, también Vanguardia. (siempre he sospechado que Paloma Chamorro y algunos más lo que querían era revivir la Factory en Madrid.)

Mientras en el mundo la Posmodernidad iba disolviendo las certezas y cambiando los paradigmas, en España a principios de los 80 aún estábamos intentando asimilar las vanguardias. Cosas de la mucha libertad que por entonces teníamos, más que ahora, sin duda. Y allí estaba Paloma Chamorro, dispuesta a mostrarnos toda esa inmensa libertad que encarnaban Divine, Vagina Dentata o Gabinete Caligari.

La procesaron por ofensas a la religión, pero fue absuelta por aquello de la libertad de expresión que hay en España, y que a algunos, por lo visto, les molesta pues no dicen que la absolvieron, y se quedan solo con el procesamiento. No fue lo único que tuvo que soportar. Cuenta Rafa Cervera que en algunos pueblos, cuando acompañaba a Alaska y Pegamoides, los quisieron apalear e incluso arrastrar cogidos de los pelos. Tampoco faltaron insultos y desplantes en mucha prensa progresista e izquierdista española por el tipo de programas que hacía (aunque solo mencionan La edad de oro y no La estación de Perpiñán, tampoco que fue la única española que entrevistó a Joan Miró después de la Guerra Civil.) A los progres que llevara a Gabinete Caligari o Los Rebeldes a la televisión les parecía una afrenta. Ellos lo que querían eran los cantautores muermos que cantaban el alba de los nuevos tiempos. Luego resultó que esos nuevos tiempos eran los de la Posmodernidad, pero ya se sabe que en España las plurales izquierdas van de equivocación en equivocación.

A Paloma Chamorro la procesaron por ofensas a la religión y solo entonces, cuando vieron que había cacho que morder, los progres se pusieron de su lado. Hoy Paloma Chamorro, el programa de Paloma Chamorro seguiría siendo igual de irreverente, sobre todo para las plurales izquierdas. Les dejo dos ejemplos de programas que hoy sufrirían censura previa.