Ventoux 2016

Momento

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Días atrás los ciclistas subieron el Monte Ventoux, aunque este año, por viento excesivo – diríase que huracanado – no llegaron a la cumbre. Es, quizás, un símbolo de la decadencia de los tiempos: pesa más la seguridad física y probablemente los seguros por accidente que contraten los ciclistas, que el esfuerzo brutal, así, sin concesiones a los eufemismos, que aquellos hacían.

Después de la subida deportiva al Ventoux, venía mi ascenso literario por las páginas empinadas, difíciles, abstrusas, de algún libro. Este año el elegido lo conozco. Ya lo leí una vez – hace muchos años – junto con sus hermanos. Se trata de Du cotê de Guermantes de Marcel Proust. Lo escribo en francés no porque vaya a leerlo en ese idioma ni por pedantería, sino porque lo estoy leyendo en la traducción de Mauro armiño y me cuesta despegarme de la de Salinas: Del lado de Guermantes sonaba bien, muy bien. De la parte de Guermantes, tal como lo estoy leyendo ahora no es incorrecto, incluso podría incluso serlo más, pero carece de esa solera del título español antiguo. Es lo que tiene la traducción, la literatura, incluso la filología, que es una tarea eminentemente conservadora e incluso reaccionaria: la vuelta  al texto original cuando este ha sido corrompido por malas lecturas y peores decisiones editoriales.

En cualquier caso, vuelvo a subirlo, aunque este año solo lo haga con uno de los libros. El esfuerzo titánico de aquel verano de mi juventud, cuando leí todos los volúmenes en solo tres meses es algo que, me temo, ya no se volverá a repetir. Y no solo por culpa del trabajo.

 

 

 

Al llegar al final de un libro

Durante varios días me han quedados unas escasa cincuenta páginas de A la sombre de las muchachas en flor, que van poner el punto final a mi verano proustiano. He pasado estos días leyendo muy poco de la novela. Cuando entro en una narración de entidad considerable – y esta lo es por extensión y por ambición y resultados – paso muchas horas leyendo porque me siento así partícipe de las aventuras, en el caso de Proust de las reflexiones del protagonista y de su peculiar relación con el mundo que le rodea, el de sus padres, sus amigos, y sobre todo, el de algunos personajes como Swann, su señora, Gilberte, hija de estos dos, Albertine o los Guermantes — el primer atisbo de la nobleza que conquistará su alma hiperestésica y un tanto snob.

Me sumerjo en la lectura y ahí permanezco durante varias horas al día – cuatro o cinco – hasta que la abandono diariamente no porque tenga algo mejor ni más importante que hacer, no porque me llamen otras actividades u ocupaciones, por ejemplo, ir a la piscina, hacer la ronda vespertina de bares, o ver la televisión. Sí que puedo suspender temporalmente la lectura por la música o por el cine, pero procuro ordenar el día de modo que no se interrumpan. Dejo, como iba explicando, la lectura no porque tenga otras actividades ni por cansancio o aburrimiento sino por aquello de retrasar el final: ese momento en que, con frecuencia acuciados por la avaricia lectora, nos vemos expulsados de un mundo en el que hasta el momento habíamos habitado con cierto confort y de manera plácida – aunque no es placidez ciertamente lo que sentí al leer Otra vuelta de tuerca o Melmoth el errabundo. Mientras la novela no va mediada me gusta avanzar a paso rápido, una vez que percibo que el final se acerca (y el separador entre las hojas del libro señala con claridad el tramo recorrido y la proximidad del final) aminoro el ritmo, a veces incluso dedico horas a otras lecturas, casi siempre de carácter ensayístico o poesía, con el fin de que los argumentos y los personajes de dos narraciones no interfieran entre sí.

Así me ha ocurrido con A la busca del tiempo perdido. Las primeras semanas el ritmo lector era sostenido. Las últimas fueron testigo de un enlentecimiento progresivo que conseguía merced a la incorporación de algunos libros secundarios pero que me permitían aplazar una despedida que no deseaba. Al final, incluso llegué a dejar la novela, esas mencionadas últimas cincuenta páginas, para comenzar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, que al final ha resultado ser una gozosa sorpresa y un descubrimiento feliz.

No es fácil la transición entre el mundo burgués – de la alta burguesía – e hiperestésico del protagonista de la novela de Proust al mundo suburbial, que contempla en el lejano horizonte la visión, falseada, odiada y deseada, de la alta burguesía barcelonesa, que a su vez contempla con miedo, desprecio y admiración confusa ese otro mundo proletario.

En cualquier caso, la experiencia de la lectura proustiana – relectura esta vez – es apasionante por lo que espera en las páginas; conforme el final viene hacia nosotros, la lectura comienza a tener algo de la actitud del remolón que no quiere enfrentarse a la realidad que se le avecina y prefiere quedarse rezagado, oculto entre los objetos que ocupan el espacio de nuestras cotidianas vidas en la falsa creencia de que así conseguirá engañar al tiempo indefinidamente y aplazar sine die el final de la novela. Hay, qué duda cabe, un secreto placer en la permanencia indefinida en un libro, aun sabiendo que después nos esperan otras  aventuras tan excitantes, o incluso más, escondidas entre las cubiertas de otros libros.

Algunas citas

Elegidas y traídas, entre muchas otras, de A la busca del tiempo perdido:

 

“Como estaba pegado a la sensación presente sin más extensión ni otra meta que no verme separado de ella, habría muerto abrazado a esa sensación.”

 

“aquel restaurante de Rivebelle reunía en un mismo momento muchas más mujeres solicitándome perspectivas de felicidad desde el fondo de sí misma que las que me hubiese permitido encontrar en un año el azar de los paseos o de los viajes.”

 

“Es preciso que la imaginación, despertada por la incertidumbre de poder alcanzar su objeto, cree un objetivo que nos oculte el otro, y sustituyendo el placer de los sentidos por la idea de penetrar en una vida, nos impida reconocer ese placer, experimentar su saber auténtico, reducirlo a sus justas proporciones.”

Lectura de verano

“Solemne, el gordo Buck Mulligan avanzó desde la salida de la escalera, llevando un cuenco de espuma de jabón, y encima, cruzados, un espejo y una navaja.”

“Azules como acero y ligeras, movidas por un viento contrario suave y apenas perceptible, las ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro de la escuadra imperial”

“Mucho tiempo me acosté temprano. A veces, nada más apagada la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: ‘Me estoy durmiendo’”.

Estos son tres comienzos de novelas que me gustan mucho. Son novelas extensas – no tanto la segunda – y novelas que exigen un esfuerzo continuado al lector. Esto las convierte en artefactos extraños hoy en día, más aún en esta época del año en que exigimos cositas ligeras con que entretener el tiempo de la playa, de la siesta, del intervalo – cualquiera – entre dos instantes plenos. No hay intervalo, sin embargo, entre dos instantes tales cuando la lectura entra a escena: su momento es el de la plenitud y lo demás son espacios entre instantes – que pueden prolongarse durante varias horas – plenos.

He traído a colación estos comienzos, los he querido copiar porque para mí son ejemplos, juntos con otros más, por supuesto – del inicio del período estival. Para mí, este empieza cuando me doy a la lectura, que viene a querer decir que dedico la mayor parte del tiempo, de mis esfuerzos y de mi atención a leer. No tiene por qué ser ya período de vacaciones, en realidad aún no estoy de vacaciones, ni lo estaré hasta agosto, pero ya he decidido, y he comenzado mi principal lectura veraniega. Ha habido algunos aperitivos: Alfred Döblin, Arno Schmidt, Arturo Úslar Pietri, todos han sido una preparación para volver a uno de mis libros favoritos. Lo he leído varias veces, no siempre seguido, pero siempre he podido recordar lo ya leído y continuar la lectura. Tengo por delante un tiempo largo que sé que será insuficiente para completar todo En busca del tiempo perdido (ahora transformado en A la busca del tiempo perdido), pero lo que pueda leer con morosidad, con delectación, sin atragantamientos ni empachos propios de un glotón, será más que suficiente.