Maldiciones de la edad

Me gusta – ya lo he escrito más de una vez – leer la prensa mientras desayuno los domingos. En realidad me gustaría hacerlo todas las mañanas, pero al no pertenecer a la clase desahogada que no necesita preocuparse por trabajar, el resto de la semana, desayuno y echo un primer vistazo a los periódicos con premura. Leer la prensa es algo de lo que no puedo prescindir, ni tampoco quiero. Me gusta leerla porque me dan noticias de lugares lejanos, de gente que no conozco, de los problemas e intereses de otras ciudades o naciones. Me gustan también, los artículos de opinión, aunque no me gustan todos. Tengo un pequeño panteón de periodistas, creo que la mayoría muy literarios — aunque hay alguna que otra ácida excepción – a los que me gusta leer cada vez que escriben.  Ya sea por su estilo o por la temática, me gusta leerlos, aunque a veces sean místicos, opacos o cursis. Lo que rara vez suelo aceptar es la soberbia.

Hoy mientras desayunaba, después de repasar las noticias, leía tranquilo a algunos articulistas: Jon Juaristi, Arcadi Espada, a Fernando Savater hoy con artículo extraordinario entre otras razones porque su día era ayer, y así hasta llegar a Javier Marías. Al llegar a la página de El País Semanal. Me he quedados eco. Hoy no aparece Javier Marías. Era como un tropiezo, como un parón en seco. Su último artículo era el de la semana pasada. He intentado continuar la lectura de oros autores, de otros suplementos de algún periódico, pero no ha sido posible. Faltaba algo, el artículo de Marías, y ya ni el paso ni el gusto era el mismo. Nadie piense que me ocurre solo con él; en realidad, me ocurre con todos. Si alguno falta a su cita, el resto ya está desvaído. Hay una melancolía subyacente porque sé que el deseo es imposible. Se jubilarán la mayoría y dejarán de escribir antes de que yo deje de leer, y las páginas de los periódicos se irán llenando de espacios blancos, ocupados por otros periodistas, si la prensa logra sobrevivir a estos tiempos ingratos, pero que, aun siendo buenos, aun gustándome, no serán como los que dejaron de escribir. Es la maldición de la edad madura.

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Tristeza

Hay gente que ha pasado su vida dando razones para alegrar a los demás, no para que vivieran en esa dicha un tanto boba que es en lo que hoy se ha convertido la alegría, pero sí en ese estado en que el espíritu es fuerte y jovial. La tarea es titánica porque resulta dificilísimo mantener la tensión de manera prolongada. Lo queramos o no, siempre hay momentos malos, momentos en que a uno el ánimo se le cae, o se le derrumba.

Aun así, persevera esa gente en ese ánimo jovial, sin que les falte una punta de tristeza, de melancolía o de pesimismo. Al fin y al cabo, hay demasiado estúpido como para estar siempre felices. El estúpido se cruza en tu camino y si no te pone una zancadilla, te aburre con sus monsergas.

Con el pesimismo, uno puede caer en la melancolía o en la ira, y las dos son disculpables en quien ha hecho de su vida un ejemplo de alegría. Depende del ánimo y del mundo para decantarse por una o por otra. Si eres introvertido, te agarrará la melancolía con casi total seguridad, si vives asomado al mundo, quizás sea la ira la que te domine, una ira, claro, rebajada y que no es violenta.

Los pequeños detalles que iluminaban la vida ya no lo hacen: ni importan los amaneceres ni las melodías favoritas, ni tampoco siquiera la poesía, tan melancólica ella tantas veces.

En fin José Antonio Montano también ha escrito sobre el tema, Savater en Empson, de manera más clara y más sagaz también seguramente. Lo he visto cuando ya había acabado este articulito, y prefiero citarlo.

Años antes escribió esto, también sobre Savater

¿Cultura, dijo ud.?

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Ayer fue un día cumplido, o casi perfecto, al menos en su momento vespertino. A la charla inteligente que tuve con un buen amigo, se unió un regalo: ‘Cuestión de palabras’, una recopilación de artículos que Agustín García Simón ha reunido en un volumen. Son artículos, los poco que he leído, bien informados, inmisericordes algunos, pero nunca amargados ni revanchistas. Y, sobre todo, bien escritos: en cuanto a estilo y a estructura.

La otra causa de alegría fue la compra del último libro de Fernando Savater, ¡No te prives! Defensa de la ciudanía. De Savater ya he hablado aquí, no mucho porque con Savater nunca es nada, o todo, mucho. Y lo seguiré haciendo en gran medida por la afirmación de los mejores valores humanos, por la alegría de vivir, por la felicidad espinosista, por la acidez volteriana, porque sabe cargar contra los estúpidos – tan de moda en estos tiempos.

La educación integral cada vez cuenta menos en este país. Cada vez la gente da más importancia a lo práctico y lo teórico queda relegado a un plano que ya ni siquiera es terciario. La gente acusa al gobierno de querer cargarse la cultura porque les quitan sus juegos florarles. La cultura en nuestra época posmoderna es los juegos florarles de tiempos quizás no tan pretéritos. Antes el alcalde de turno, o el presidente de la diputación, entregaban una placa y un ramo de flores a quienes ganaban el concurso de poesía de la ciudad o de la provincia. Hoy en día lo entregan los modernos posmodernos, aunque ahora las flores las han cambiado por el panfleto de Hassel y un lote de productos ecológicos. Hemos pasado de un patriotismo a otro sin que en realidad nos hayamos movido nada.

El problema de la cultura es que a los españoles no les interesa de verdad la educación y la cultura. Solo quieren ocio, los juegos florarles de la mediocridad a la que llaman cultura. Así, claro, no hay manera de que surjan personas como García Simón o Savater. Es cierto que todo lo excelente es tan raro como difícil, pero si no nos tomamos en serio – es decir con exigencia, esfuerzo y dedicación – esto de la educación, nos quedarán los bailes regionales y los jóvenes poetas que escriben versos muy humanos y llenos de sentimiento.

Yo, por si las moscas, me he abastecido bien de clásicos para lo que me queda.

 

Como siempre, for fortuna para nosotros, sigue siendo un intempestivo

Fernando Savater publicó ayer un artículo en que sigue demostrando su coraje intelectual y cívico, del que destaco la frase: ¡Y todo resultó bien, aunque ahora lo cuestionen quienes nacieron a tiempo para beneficiarse de ello pero, a Dios gracias, no para estropearlo!” En esos años publicó, si no recuerdo mal Panfleto contra el todo, Perdonadme, ortodoxos y Contra las patrias. Ahora uno ve que las cosas no han cambiado tanto, aunque hubo un momento en que parecía que podían cambiar si no mucho, al menos lo suficiente para que fuéramos modernos y, sobre todo, civilizados, pero algo se torció en el camino.

Un fin que es un principio

Se ha acabado ya el período navideño, que es como decir que se ha acabado el tiempo de las comidas pantagruélicas que acaban en tremendas siestas alcoholizadas y, si es por la noche, en amaneceres rasposos y torpes al día siguiente.

El exceso tiene eso: la torpeza del día siguiente y la pérdida de la alta madrugada, oscura, extraña, silenciosa, en la que el cerebro funciona con una agilidad sorprendente, casi un desconocido parece.

Se han acabado ya las semanas de ajetreo, de reuniones infinitas con gente a quien conoces y otros que son ya, desde hace tiempo, desconocidos. La Navidad se ha termina por convertir en ese momento en que las tendencias gregarias de las personas triunfan y se recrudecen. En el fondo ese impulso, o quizás podríamos denominarla manía, por comprar es otra de sus manifestaciones. Uno, soberano solitario, no pierde el tiempo de compra en compra.

He logrado resistir lo más posible todas las tendencias gregarias. He leído bastante y escuchado música, lo cual procura una paz inmensa a mi débil sistema nervioso. Hay varias maneras de ver pasar el tiempo frente a ti, y aunque ninguna sea mejor que otra, prefiero esa que tiene a la música como protagonista. El tiempo mientras la arquitectura sonora de una sinfonía o de un cuarteto se alza en el aire fino y grácil de la mañana.

Entre los libros, ya lo comenté, que me he leído está Figuraciones mías de Fernando Savater, una recopilación de artículos ya publicados que mantienen la gracia, la ligereza, y el tono crítico sin ser gruñón, de lo mejor de Savater. Lo mejor es que uno puede discrepar cordialmente (en su acepción etimológica) de lo que dice su autor y aun así sabe que eso que no comparte es un acicate para el pensamiento. Un pensamiento verdaderamente libre, lejanísimo a esos que se dicen ejercitadores de un pensamiento crítico que se resume en unas pocas consignas y un montón de jaculatorias a los santos laicos de esa izquierda polvorienta y decadente.

En fin, otras Navidades que ya han pasado, el tiempo sigue su curso y el alba oscura a la que retorno hasta que, en un nuevo milagro, el solo comience a ganarle la partida a la noche invernal.

(Acaba el año Britten y

comienza el aniversario de la Gran Guerra):

Lecturas

Me he dado cuenta de que de la lista de libros que escribí a inicios del año, he leído muy pocas, y he escrito aún menos de ellas. Da igual, he leído otras igual de interesantes, aunque he de reconocer que las Confesiones de Agustín de Hipona es soberbio, inigualable. Tiene momentos de extraordinaria elevación intelectual. Me gustaron, sí, los discursos de Cicerón, y me fascinó El Secreto petrarquesco y sus epístolas. Prometo leer el año que viene dos de Shakespeare, aunque ya me conozco mis promesas literarias. Es lo que más fácilmente incumplo, soy un lector fácil y casi cualquier lectura me lleva al sillón.

Ahora me estoy leyendo El idiota de Fiodor Dostoievsky. Es, hasta donde he leído, el libro de Dostoievsky que más me ha gustado. Lo intercalo con  Figuraciones mías, de Fernando Savater, otro libro suyo que, después de más de cuarenta, sigue interesándome y está pleno de sentido común, sabor literario y capacidad fascinar.