Claridad de ideas

Leo lo último del profesor Rodríguez Adrados, El río de la literatura, y me maravillo de la erudición y la capacidad comunicativa que tiene. Esto de la comunicación tiene algo de innato y mucho de trabajo. Para poder transmitir conocimientos, o información como algunos quieren hoy en día, hay que haber pensado mucho y hay que haber vuelto sobre ellos días tras día. No hay que tener prisas; las prisas no son buenas consejeras, nos dicen. No es que sean malas consejeras, es algo más sencillo: en el atropello de la vida, en medio de la turbamulta, es difícil pensar. La vida nos empuja y a veces hemos de detenernos, hemos de tener la voluntad necesaria para no querer avanzar y volver sobre nuestros pasos, sobre lo que un día pensamos y dejamos allí a medias, colgando de algunos hilos que a nada que venga una brisa se van volando.

El profesor Rodríguez Adrados ha estado años sin cuento explicando literatura griega, ha investigado en los inicios de la literatura universal, ha escrito sobre ello y lo ha divulgado en conferencias. La facilidad con que expone el desarrollo de la literatura universal y su radical giro en Grecia no es cosa que salga así sin más, es dedicación, agudeza y reflexión. Quien quiera lo puede comprobar en las muchas conferencias que ha impartido en la Fundación Juan March.

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Fuera de lugar

Leo, no recuerdo ahora dónde, que un joven de 17 años envidia el tiempo de los años 80. Lo dice a propósito del descubrimiento de uno de esos grupos fugaces que poblaron las noches de los locales y las estanterías de las tiendas de discos, cuando aún había tiendas de ese tipo. Se equivoca. A veces yo echo de menos también el tiempo de las tiendas de discos donde podías ir a escuchar las últimas novedades y un dueño fascinado por la música se afanaba por traer la mejor mésica que se hacía en Inglaterra o en América. Elegían lo que les gustaba y lo que querían vender, y casi siempre elegían bien. Elegían también a su clientela. Ahora no es así, ahora es el zoco donde uno se encuentra todo apilado sin mayor criterio que el alfabético. Ahora no se elige ni los discos ni la clientela. Ahora, en el espacio intangible del mercado absoluto que es Internet, uno encuentra todo porque, por lo visto, elegir está mal visto. Decir que hay discos buenos, o libros, y discos malos tampoco está bien visto. Todo es igual, y el criterio ha pasado a mejor vida.

De todas formas, no quería hablar de eso sino de la envidia que un chaval de 17 años puede sentir por no haber vivido en una época anterior. Aquellos tiempos, al igual que estos, son tan buenos o tan malos como cualquier otro tiempo. La angustia existencial de la adolescencia, la incapacidad para comprender el mundo o para adaptarse a él, es igual ahora y entonces. Hay momentos de la vida que no son malos por estar viviendo después sino porque el simple vivir significa estar fuera de lugar. Por eso alguna vez hemos querido salir de nuestro tiempo y hemos soñado que nos acomodábamos en otro, aunque nunca, o muy pocas veces, hemos pensado que ese viaje en el tiempo acabaría, una vez más, en un sentirnos fuera de lugar.

Lecturas de artículos

SPECIAL FOR THE WASHINGTON POST

He acabado de leer una recopilación de artículos de Christopher Hitchens, y la frase que no he terminado de escribir me suena rara. Durante varias semanas el libro ha estado en mi mesilla de noche, impresionante en su volumen, esperándome, esperando una temporada de insomnio, los fines de semana, que suelo leer en la cama cuando me despierto, los domingos por la noche, que tanto me cuesta conciliar el sueño.

Lo he acabado después de varias semanas, sin haber seguido un orden ni haberme preocupado por señalar los artículos que iba leyendo, y así algunos – el extraordinario sobre el origen de la palabra felación y Lolita – lo he leído un par de veces.

Hitchens era un buen escritor y un buen periodista. Polemista que no rehuía ninguna ocasión que se le brindase, azote de muchas de las tonterías que nos agobian en el presente, independiente, prefería siempre el razonamiento a la explosión efectista de demagogia, sentimentalismo o victimismo. Prefería situarse en la incómoda posición del que, sabiendo que tiene razón, iba a defender unas ideas impopulares. Era de esos, pocos por cierto, que sabía que la razón era necesaria. De izquierdas, fustigaba las numerosas idioteces de los partidos y asociaciones que se sitúan a la izquierda; ateo que durante muchos años estuvo en contra del aborto, inglés nacionalizado norteamericano y crítico con los Estados Unidos, irreverente pero exquisito en su estilo literario; una rara avis de esas que solo la verdadera libertad de pensamiento que proviene del liberalismo británico del siglo XIX y de la institucionalización de las libertades de pensamiento, expresión, y de conciencia que instauran la Constitución de los Estados Unidos y su Tribunal Supremo en el siglo XVIII permiten que se desarrolle y dé frutos, excelentes en su caso. Aquí en España lo habrían tachado de franquista, fascista y no sé cuántos sambenitos más. En España preferimos a rebeldes como Jack Kerouac, que apoyó la Guerra de Vietnam, pero está nombrado por un halo de santón rebelde que oculta su profundo conservadurismo social. (“España y yo somos así, señora”, dijo uno. Irremediables y ramplones, pienso yo.) En España la fachada sola, y el situarse topográficamente, son suficientes. En Inglaterra, uno tiene que haber cursado estudios en una universidad como Balliol College, como hizo Hitchens.

Después de leer sus artículos a uno le queda el mínimo sinsabor de que Hitchens no fuera ensayista. Los artículos de periódicos quedan muy bien en el periódico, leídos en el día que se publican, insertos en el tumulto del día entre noticias y otros artículos. Cuando los reúnen en antologías, se parecen al aperitivo que te sirven en el restaurante mientras esperas que lleguen los entrantes o el primer plato. Algunos aperitivos son extraordinarios, ingeniosos, sabrosos, te despiertan un extraño sentimiento de alegría, sorpresa y deseo de más, pero, al final, son solo aperitivos. Los ensayos, aun los literarios, son ya algo más contundente. Pueden servirse como entrantes pero muchos de ellos: George Orwell, William Hazlitt, Fernando Savater, Albert Camus, son primeros platos, segundos e incluso postres. Aunque en su origen surjan de lo que acontece en la rúa, se elevan y en su vuelo plantean los problemas de la calle desde la alta perspectiva que da un vuelo desde las alturas.

Investigue ud. mañana

Diego Martínez, ese físico español que trabaja en el extranjero y ha querido regresar a España. Pensaba que aquí podría trabajar igual de bien que en el CERN o en Instituto de Física de Partículas de Holanda (Nikhef).

Me lo imagino rellenando los distintos formularios que le han pedido: detallando su currículum en varios formatos, porque en España, al día de hoy, no hay un formato unificado de currículum, me lo imagino exponiendo el por qué sería bueno que se incorporara al programa Ramón y Cajal – que deberían haber llamado Santiago Ramón y Cajal por razones más que evidentes –, lo imagino detallando su “capacidad de liderazgo”, como si hubiera tantísimos físicos y los señores y señoras de la comisión no se hubiesen leído los trabajos del joven físico y no supiesen tan bien o mejor que él el avance que suponen sus investigaciones, como si la comisión no supiera que el futuro de esa persona, o de cualquier otra es incierto pero que en casos como el suyo hay unas grandísimas probabilidades de que sea un futuro excelente – eso sí, si no lo aburren y derrotan con la burocracia española. Como si no supiera la comisión – los señores y señoras de la comisión – que toda convocatoria exige demostrar no solo que uno tiene que tener el mejor curriculum de su especialidad – lo que está muy bien – si no que ha saber interpretar y resolver toda la complicada tarea que es rellenar una de esas convocatorias. Como si no supeiran que ahora un investigador, sobre todo si es el jefe del grupo, ha  de ser un gestor, que viene a significar que ha de perder el tiempo en trabajo de oficina, sí de administrativo, que ha de “captar recursos”, que ha de dedicarse poco a la investigación porque ahora unos señores han decidido que en la universidad, que en los centros de investigación hay que dedicarse a tareas de gestión y que es tan importante haber sido secretario de departamento como haber publicado en una revista especializada de prestigio.

Como si no supieran los señores y señoras de la comisión que en España la universidad va de cráneo y que muchos directores de proyectos ya no investigan porque apenas les queda fuerzas. Como si no hubieran leído La universidad cercada.

En días así

Es primavera ya avanzada y hoy se celebra el día del patrono de la ciudad. Uno en días así se levanta tarde para sus costumbres madrugadoras y haraganea por la casa hasta la hora de comer. Son estos días festivos entre semana los que te llenan de pereza y una cierta desgana que no es mala en sí, al menos no lo es mientras se convierta en rutina.

Esta pereza que le embarga a uno en días así es muy diferente a la que suele asaltarnos en invierno. El frío, la calefacción, la luz débil del invierno, todo eso, y quizás un ánimo más inclinado a la melancolía, hace que los días festivos del invierno sean más propios para pasarlos en casa, en batín, sin querer hacer mucho, poco más que leer algo intranscendente, mientras que en primavera a uno le apetece abrir la ventana y dejar que se cuele por ella el olor que sube de la frutería de abajo, de las flores que cultivan mis vecinas, el lejano griterío de los niños que juegan despreocupados en la plaza.

En días así uno ha de dejar que el tiempo pase, la luz abra la atmósfera, que el cielo parezca un tendal donde las sábanas son añiles de tanta blancura. En días así la vida ha de vivirnos y no hemos de pensar en nada que no sea en disfrutar cada segundo.

Feria de Libro decaída

Este año tampoco he ido al recinto donde habían colocado la Feria del Libro. Desde que la desplazaron a la carpa nueva, más allá del río, no me apetece demasiado pasarme por allí y entrar en ese lugar, mal acondicionado y con peor acústica, según cuentan los que han ido. Libreros y editores también han excusado su asistencia. No todos. Algunos van, y es normal que vayan, a vender libros, que es de lo que se trata. A mí no me importa mucho que la hayan llevado a otro lugar, fuera del centro de la ciudad. Tengo la costumbre de pasarme por las librerías varias veces al mes; también bajo a la biblioteca con mucha frecuencia.

Hubo un tiempo en que me apetecía ir a la Feria. Estaba en el Campo Grande y llevaban a bastantes escritores interesantes para que presentaran sus libros y departieran con el público. Deberíamos destacar, ahora que estamos tan preocupados por los caudales públicos y por su despilfarro, que nunca lo hubo en la época en que Agustín García Simón la dirigió.

Agustín es un hombre con coraje y ganas de trabajar, alguien que conoce muy bien el medio editorial y a quien le gusta el contacto con los escritores, y con los lectores pues no en vano ha escrito varios libros. Es un hombre también con sus filias y sus fobias muy marcadas, y que solo la educación atemperan. Hay que decir que cuando fue el director de la Feria, cultura y negocio se complementaban, y el Paseo del Príncipe, o el Paseo Central, se llenaban de gente curiosa, gente que hojeaba los libros, que se acercaba a escuchar a los escritores – todo escritor que tenía algo interesante que decir, más alguno con poco que contar pasó por allí. Era la pequeña ciudad de provincias que decidía salir a pasear por las tardes cuando comienza la primavera, casi siempre tardía. La ciudad no era solo para los turistas ni era un escaparate en el que solo se puede mirar a distancia las cosas pero nunca tocarlas. La ciudad, en esos días, era para sus habitantes, y para quienes quisieran acercarse también, por supuesto. La gente vivía en la ciudad, paseaba por sus calles, se demoraba en las aceras, charlaban.

Los caprichos urbanísticos llevaron al alcalde a encargar una cúpula que emplazarían en una zona alejada de la ciudad entre varias carreteras principales y sin apenas paseos alrededor. Los libreros en su mayoría han dejado de asistir y entre los editores apenas se ven otros que no sean los institucionales. Mientras tanto, la vida en la ciudad discurre por los aledaños del Campo Grande y la Plaza Mayor.