Ensayo de autobiografía V

Esto Alí no lo refleja en su libro, como tampoco se recluye en su país, y analiza su vida en términos más amplios. A decir verdad, Pakistán es una presencia intuida, algo que perteneció al pasado – importante cómo no, pero no excluyente. Acaso porque aún latía en él el internacionalismo comunista y no había sido sustituido por el localismo de la religión, la razón o la cultura, la crítica puede escribirse desde la atalaya de la comunidad de intereses humanos que ignora las burdas barreras de la política que entonces y hoy nos atenaza y nos imponen.

Poca duda me cabe de que esa es una de las virtudes de su autobiografía. Lo es por sí misma, pero también porque en una época como la que nos ha tocado vivir, ir a contracorriente y decir lo que ya casi nadie quiere oír necesita de un coraje cívico y un arrojo que convierte al portavoz en un virtuoso (pues hay virtud cívica en aquel que sostiene lo que es de sentido común y beneficioso  cuando no solo no es evidente sino que además lo perjudica.)

La autobiografía de Alí se entiende desde la perspectiva europea de crisis de los años sesenta, crisis de la radicalidad racional antes de que cayera en el remolino ininteligible de las esencias culturales de nuestro presente. En el sesenta y ocho no solo se certificó la imposibilidad de la revolución (revolución tal y como esta se entiende desde la Francesa) sino que apunta – aunque entonces nadie, o casi nadie, se percatara – a la Restauración, llevándose consigo los ideales ilustrados. Los años ochenta significaron simplemente la culminación y el cierre de un ciclo histórico (con lo que la deserción de tantos radicales, y la adopción gustosa y agradecida de muchas ideas conservadoras se entiende sin problemas.) A pesar de la distancia, y las derrotas, logra imprimir en su libro un ánimo alegre, urgente y necesario que es templado a la vez que confirmado por los años transcurridos.

Resulta curioso que, a pesar de que no difirieran en muchos años y de que vivieran infancias en algún lugar del imperio o estudiaran en la metrópoli o Nueva York (que relevaría a Londres como capital del mundo), haya diferencias significativas entre los dos, quizás por la intención de Said de centrarse en la infancia para dar testimonio de un tiempo, una sociedad y una manera de entender el mundo que ya se había perdido. Ali acomete la misma tarea pero se ciñe a su juventud, a los años sesenta, tan lejanos ya que parecen no haber sido, y cuya lejanía y paulatino olvido vuelven más necesaria su autobiografía.

El cierre de época se deja sentir también en otro aspecto. Los dos son aceradamente críticos con los Estados Unidos, y no edulcoran ni un ápice unas críticas basadas con razón en una política exterior norteamericana errónea y fallida. Sin embargo, sus libros circulan sin problemas por el país, y son figuras respetadas. Hasta ahora los Estados Unidos han gozado de una envidiable salud crítica – al contrario que España, donde la disidencia ha sido siempre castigada y cortada de raíz –.  Nunca han faltado corrientes críticas a la política oficial, a lo que era socialmente correcto – y no hay más que pesar en el movimiento por los Derechos Civiles, o el movimiento feminista –. Tanto en la universidad como en la calle, la sociedad americana ha contado con una fuerza extraordinaria que la ha llevado a buscar mayores cotas de libertad sin detenerse por el hecho de tener que enfrentarse a la costumbre o al presidente.

Junto a una opinión oficial y mayoritaria, siempre ha convivido la disidente y minoritaria que en algunos casos ha logrado imponerse. Frente a publicaciones auspiciadas por el poder – auspiciadas en un sentido muy lato que va más allá de la subvención – ha habido otras  que lo han puesto en tela de juicio o incluso en jaque. Es lo que tiene una sociedad civil fuerte que no depende del gobierno ni espera que este le soluciones sus problemas. Esta disidencia, sin embargo, algunos norteamericanos la ven peligrar. Son pocas las nuevas voces que surgen y que relevarán a los últimos críticos: Edward Said o Noam Chomsky, sin contar con que desde el gobierno intentan acallar las pocas que descuellan, ya sea mediante la presión a las universidades en las que enseñan para que no les renueven los contratos ya sea mediante el fortalecimiento de la opinión mayoritaria y mesocrática. No son buenos tiempos los que corren, y aun así no hay que cejar en el empeño y en la confianza de que nunca podrá nadie acallar el pensamiento civil y civilizatorio, ilustrado e independiente.

Este puede tener forma de tratado o de ensayo o, incluso, de monografía. Pero también puede tener un mayor alcance si es un artículo periodístico en el que, dentro de lo poco que permite la brevedad y la urgencia de las noticias, se muestren las líneas maestras de alguna preocupación contemporánea. Pero también, y puede sonar chocante, una autobiografía puede servir para exponer mediante el ejemplo de las vivencias de toda una vida, un modo de comportarse y de estar ante la sociedad que sirva de ejemplo, aunque hoy en día los ejemplos no coticen en el mercado social, y la figura ejemplar como modelo a seguir o a tener en cuenta haya desaparecido.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II

Ensayo de autobiografía III

Ensayo de autobiografía IV

Ensayo de autobiografía IV

Hay filiaciones entre obras y personas que solo se conocen muy tarde, o que son visibles pero no nos fijamos, acaso por lo evidente. La filiación suele ser el resultado de una elección consciente, aunque no cabe duda de que muchas otras veces las circunstancias imponen una realidad que con frecuencia es ingrata. A veces proviene de circunstancias vividas similares y no de una reflexión intelectual. Es el caso de la autobiografía de Tarik Ali, Street Fighting Years, en la que recuerda – ni en vano ni por capricho – a Said. Parece ser que mantuvieron una estrecha relación a lo largo de muchos años. Al fin, era lo normal. Ali es un paquistaní que marchó a Inglaterra a estudiar y que en una vida que ya puede ir calificándose de dilatada, ha mantenido posturas políticas radicales en la órbita de los partidos comunistas. El simple hecho de haber nacido en Pakistán, entonces parte de la India colonizada por Gran Bretaña, haber asistido a su independencia, haber sido testigo de la descolonización del Oriente y su recolonización por otros medios, le ha dotado de una actitud inflexible y fundamentada en lo referente al centro y los márgenes de la sociedad ya sea en un sentido estrictamente geográfico como en el cultural. Hay un rechazo a aceptar tales términos, que en el caso de Ali, su estancia en Inglaterra, sus años de estudiante en Oxford, y su trashumancia por el mundo, lo curan de provincianismos estériles (al igual que a Said.) Habría que preguntarse por la influencia que el haber tenido que salir de sus países si querían desarrollar sus vidas, ha tenido, por lo que a ellos concierne y también por lo que significa para los demás. Quizás si no hubiera salido de Pakistán, su ideología no habría sido la que es al no haber vivido el rechazo social y los distintos raseros a la hora de medir a las personas.

Aunque no es testigo de la desintegración de un mundo – al contrario que Said que sí lo es – lo que sí observa son los ataques que otros llevan a cabo en Asia, en lo que en sentido generoso sería su casa. La guerra del Vietnam fue una de las espoletas que prendió la mecha, como lo fueron su afiliación al Partido Comunista o el ambiente revolucionario que algunos vivieron, él entre ellos, en la mitad de los años sesenta.

Se nota, eso sí, que es principalmente un periodista pues el libro es un extraordinario reportaje que por la fuerza de la escritura, la sinceridad y el empeño crítico – a veces muy parcial – se convierte en autobiografía política. Poco desarrollo del personaje hay, parece ya todo dado desde un principio y él simplemente se dedica a transmitirlo sin preguntarse las más de las veces por las razones que lo asisten o lo abandonan.

Junto con la de Said, y me imagino que con otras muchas, habla de un sentimiento muy generalizado en las personas que nacieron y vivieron en las antiguas colonias británicas – aunque intuyo que también será común a las francesas, alemanas o belgas – y que fueron testigos de excepción del hundimiento de un mundo y de una mentalidad. Del colapso colonial surgió un mundo marcado por la Guerra Fría y la división del orbe en dos bloques que se derrumbó en 1989 para alumbrar lo que hoy tenemos y que, en gran parte, aún desconocemos. Ali no crea una división feroz entre colonias y metrópoli; es más, no parece sentirse ajeno a lo británico, como sí que Said se sentía respecto a lo americano. Eran críticos, muy críticos, pero dentro de lo que eran Gran Bretaña y Estados Unidos. La niñez les ha marcado para toda su vida, y la niñez era una vida en una tierra cosmopolita donde europeos y árabes convivían, o paquistaníes y británicos en el caso de Ali, un mundo – sobre todo el de Said – que se fue derrumbando porque se iban estableciendo una cadenas nacionales, étnicas y religiosas que buscaban la pureza – lo que hoy en día tenemos y nos va asolando. Si entonces era posible el cosmopolitismo en Egipto, o la convivencia de árabes y judíos en el Magreb, eso hoy ya no lo es pues las cadenas de la ortodoxia han aherrojado a demasiadas personas. Y el mundo de Said, o el de Ali, queda como un hermoso sueño, una visión fugaz, un anhelo o un ansia.

Se podrá objetar que el cosmopolitismo lo era desde el punto de vista europeo, que en realidad era imposición europea, pero a ello habría que responder que si tenemos en cuenta a los europeos que por entonces pululaban por allí, aunque por europeos la gran mayoría se refiere a británicos, y a americanos – no deberíamos tampoco olvidar  que también convivían árabes, judíos, cristianos alejados de la ortodoxia romana y kurdos, entre otros. Lo que había sido el Imperio Otomano albergaba en su seno una multitud de creencias y razas propia de las épocas de la decadencia, y que tanto hemos de añorar ahora que es un tiempo de fe férreamente sostenida y propagada, tiempo de conquistadores e inquisidores, de guerras santas e imposiciones de ortodoxias. Hoy en día no se permite a nadie que se sienta fuera de lugar, ni que se aleje o reniegue de su lugar en el mundo que ha encontrado – sin haber podido decidir – en el mismo momento en que nació. Pero iba hablando de la convivencia de principios del siglo XX, y que hoy se niega y se limita a imposición europea haciendo tabla rasa de los demás porque la idea subyacente es la de criticar la colonización europea, negar la lógica colonizadora, achacar todos los males presentes a aquel entonces, y ver en aquel momento la negrura de un tiempo infame.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II

Ensayo de autobiografía III

Al llegar al final de un libro

Durante varios días me han quedados unas escasa cincuenta páginas de A la sombre de las muchachas en flor, que van poner el punto final a mi verano proustiano. He pasado estos días leyendo muy poco de la novela. Cuando entro en una narración de entidad considerable – y esta lo es por extensión y por ambición y resultados – paso muchas horas leyendo porque me siento así partícipe de las aventuras, en el caso de Proust de las reflexiones del protagonista y de su peculiar relación con el mundo que le rodea, el de sus padres, sus amigos, y sobre todo, el de algunos personajes como Swann, su señora, Gilberte, hija de estos dos, Albertine o los Guermantes — el primer atisbo de la nobleza que conquistará su alma hiperestésica y un tanto snob.

Me sumerjo en la lectura y ahí permanezco durante varias horas al día – cuatro o cinco – hasta que la abandono diariamente no porque tenga algo mejor ni más importante que hacer, no porque me llamen otras actividades u ocupaciones, por ejemplo, ir a la piscina, hacer la ronda vespertina de bares, o ver la televisión. Sí que puedo suspender temporalmente la lectura por la música o por el cine, pero procuro ordenar el día de modo que no se interrumpan. Dejo, como iba explicando, la lectura no porque tenga otras actividades ni por cansancio o aburrimiento sino por aquello de retrasar el final: ese momento en que, con frecuencia acuciados por la avaricia lectora, nos vemos expulsados de un mundo en el que hasta el momento habíamos habitado con cierto confort y de manera plácida – aunque no es placidez ciertamente lo que sentí al leer Otra vuelta de tuerca o Melmoth el errabundo. Mientras la novela no va mediada me gusta avanzar a paso rápido, una vez que percibo que el final se acerca (y el separador entre las hojas del libro señala con claridad el tramo recorrido y la proximidad del final) aminoro el ritmo, a veces incluso dedico horas a otras lecturas, casi siempre de carácter ensayístico o poesía, con el fin de que los argumentos y los personajes de dos narraciones no interfieran entre sí.

Así me ha ocurrido con A la busca del tiempo perdido. Las primeras semanas el ritmo lector era sostenido. Las últimas fueron testigo de un enlentecimiento progresivo que conseguía merced a la incorporación de algunos libros secundarios pero que me permitían aplazar una despedida que no deseaba. Al final, incluso llegué a dejar la novela, esas mencionadas últimas cincuenta páginas, para comenzar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, que al final ha resultado ser una gozosa sorpresa y un descubrimiento feliz.

No es fácil la transición entre el mundo burgués – de la alta burguesía – e hiperestésico del protagonista de la novela de Proust al mundo suburbial, que contempla en el lejano horizonte la visión, falseada, odiada y deseada, de la alta burguesía barcelonesa, que a su vez contempla con miedo, desprecio y admiración confusa ese otro mundo proletario.

En cualquier caso, la experiencia de la lectura proustiana – relectura esta vez – es apasionante por lo que espera en las páginas; conforme el final viene hacia nosotros, la lectura comienza a tener algo de la actitud del remolón que no quiere enfrentarse a la realidad que se le avecina y prefiere quedarse rezagado, oculto entre los objetos que ocupan el espacio de nuestras cotidianas vidas en la falsa creencia de que así conseguirá engañar al tiempo indefinidamente y aplazar sine die el final de la novela. Hay, qué duda cabe, un secreto placer en la permanencia indefinida en un libro, aun sabiendo que después nos esperan otras  aventuras tan excitantes, o incluso más, escondidas entre las cubiertas de otros libros.

Ensayo de autobiografía III

Si uno puede – y es fácil en este caso – resistirse a los cantos de sirena editoriales, si uno se preocupa por informarse y buscar ejemplos en otras tradiciones, el esfuerzo termina por ser recompensado, y además muy pronto. Hay algunas memorias que son casi imposibles, las de Saint-Simon, o las Memorias de ultratumba de Chateaubriand – escritas con la mente puesta en la posteridad, y geniales más allá del deseo de perduración –, hay otras más modestas, al igual que hay biografías que son ya hitos en la historia secreta de las vidas privadas – y recuerdo las que Richard Ellman escribió de algunos escritores británicos, o más en general lo que algunos británicos, o americanos, han escrito de otros autores.

No fueron estas – con la excepción de Holmes – las que fueron juntándose en mi escritorio, producto más de la casualidad que de algún plan concebido de antemano. Ya antes del viaje había leído la de Eduardo Haro Ibars, una recuperación, no sé si oportunista o no ahora que volvemos, con cierta debilidad, es cierto, a los años ochenta, sin que nunca nos decidiéramos a abandonarlos; recuperación,  apuntaba, de un personaje que para mí es central en esos años, aun a riesgo de saber que la afirmación conlleva la distorsión de la imagen que han creado de los maravillosos años ochenta – pero esto ahora no importa, sólo quería señalar la casualidad que se dio mediado el mes de junio cuando leí, antes de llegar, una biografía y al llegar otra, las dos de escritores malditos, y no sé hasta qué punto buenos o no, unidos por ciertas aficiones secretas o con mayor simplicidad aún, frutos de sus respectivas épocas que no son, en el fondo, si no la misma: las mismas ilusiones y desesperanzas, idénticos afanes, virtudes y vicios.

Me interesa señalar lo que tienen de narración de un proceso de crecimiento intelectual estos libros en el ámbito anglosajón, tan alejado y ajeno a la revelación y exposición de detalles escabrosos, anécdotas sin sustancia, cotilleos y demás historietas chabacanas. Importa el crecimiento moral e intelectual del personaje – pues, guste o no, la persona se transforma en tal. Parecen entrever que para entender toda una obra o toda una vida es necesario el recuento, más o menos minucioso pero siempre meditado, de los años vividos sin que quepa la tonta nostalgia ni la sentimentalidad de la baratija de otros o el engolamiento pastoso de las divas. Una autobiografía es un ajuste de cuentas consigo mismo, un repaso juicioso y crítico a lo que hemos hecho y a lo que hemos abandonado, a quién hemos querido y a quién, olvidado; casi cualquier cosa, en fin, menos un ejercicio de complacencia con nosotros mismos.

Fuera de lugar es la autobiografía de Edward Said, alguien que siempre lo estuvo y que no se preocupó por encontrar el suyo. Es una obra centrada en el sentimiento de no lograr estar integrado, un sentimiento de alienidad, de ser no siendo y viviendo rodeado de quienes poco tienen en común contigo. En el fondo, la tensión intelectual y moral que no debería dejar de latir nunca si no queremos caer en la conformidad y en el farfulleo inane. Es un relato moral de cómo fue creciendo y forjando su extrañamiento. Cualquiera podría pensar que con sus antecedentes familiares lo normal es que hubiera estado integrado dentro de la élite árabe, y sin embargo la vida es más compleja. Said vive entre Palestina, Egipto y el Líbano en los años en que se desmorona un mundo árabo-occidental y es lentamente sustituido por una sociedad que surge de la ortodoxia islámica, que no tiene por qué ser estrictamente religiosa, pero sí política (y lo político esconde siempre una vena religiosa fuerte.) La sustitución de una sociedad plural en que religiones, razas y culturas convivían – aunque fuera con sus muchos problemas – por otra monolítica en la que desaparecen los problemas pero se enquista el problema de la tolerancia, la vive sin darse cuenta verdadera de su trascendencia; Said es aún un muchacho demasiado joven como para comprender las razones de tantas mudanzas y de los cambios de la fortuna, pero también lo vive como algo que de manera inconsciente influirá en su carácter. Mira el mundo desde la posición del que ha perdido mucho, casi todo: su país, un determinado modo de entender las relaciones con los demás o su lengua, al tiempo que es señalado por el color de su piel, por el acento raro que tiene al hablar. El padre es una figura extraña, inalcanzable e incomprensible, palestino que se siente americano y que mandará a su hijo a los Estados Unidos para que estudie. A ello se añade que es el único varón y que los lazos entre hermanos también le faltan. Todo ello contribuye a crear una mirada desde el borde o desde la periferia, una mirada inquisitiva, acerada, hecha de renuncias, silenciosas afrentas y pérdidas, pero también una mirada que busca la excelencia y huye de la mediocridad, la de quien no quiere engañarse y acepta mirar de frente al mundo hasta el final de sus días. En Fuera de lugar también hay sitio para contarnos su fascinación por la aventura intelectual, su gusto por la lectura y su pasión por la música, sin que la mirada retrospectiva empañe o adultere las sensaciones de los momentos singulares de la niñez.

Cabe pensar que si Said no hubiera tenido esa infancia, su carácter se habría moldeado de otra manera y con bastante probabilidad toda su escritura crítica habría tenido un sesgo distinto al haberle faltado esa experiencia periférica. Su autobiografía vale por lo que tiene de testimonio del crecimiento intelectual y moral (¿acaso no es lo mismo?) de alguien que con el tiempo lograría formar una escuela dispersa en la geografía pero muy unida por lazos intelectuales.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II