A pesar de todo

A pesar de todo la vida sigue, monótona, irremediable. El ser, como diría Spinoza, se aferra a la vida, reincide en su ser. Es la voluntad de la vida, el querer seguir adelante a pesar de tantísimas razones en contra.

A pesar de que los enemigos, los virus o las bacterias, o cualquier otro organismo mínimo, ataque el cuerpo propio, nunca se da por vencido y por eso la batalla solo se resuelve en un KO. Es la brutalidad de la vida. Pienso, quizás con demasiada ligereza, con demasiada fantasía, que si no fueran batallas a todo o nada, a lo mejor el resultado final sería otro organismo distinto, que el modo de ir creando nuevos organismos radicaría en el armisticio.

Sensibilidad

Por fortuna ya estoy casi recuperado de uno de esos resfriados que le asaltan a uno cuando el otoño se haya avanzado pero aún tenemos fresco el recuerdo de los últimos días cálidos del tardío verano.

Es en momentos tale cuando uno se da cuenta de la fragilidad del cuerpo, pero sobre todo de la extrema sensibilidad corporal que, por estar acostumbrados a ella en momentos de salud, solemos olvidar. Olvidamos, claro, hasta que nos asalta la enfermedad y entonces volvemos a experimentar esa sensibilidad que en situaciones límites llamamos dolor.

La sensibilidad corporal nos hace más conscientes de nuestro cuerpo. Lo que antes parecía no existir ahora se revela sensible. Un ejemplo es el mero hecho de respirar y de que el aire circule por los bronquios y alvéolos. Nunca percibimos el aire llegando hasta tan dentro y, sin embargo, no hay más que contraer una enfermedad respiratoria para sentir en cada inhalación el paso lento y dificultoso del aire. Igual ocurre con los músculos. Solo los sentimos cuando nos golpeamos o cuando tenemos un catarro agudo. Entonces notamos que nos duelen mientras los brazos y las piernas nos pesan más que nunca.

En la salud o mientras somos jóvenes el cuerpo es algo grácil, trasparente, por decirlo de algún modo, no existe más que para la recompensa del placer de la vida. Hay momentos, la vejez sí, pero también durante la enfermedad, en que se vuelve torpe e incluso llega a estorbar. Estorba aquellos que somos, aquello que nos une al mundo, que nos vuelve parte de ese mundo.

Han sido días de tisanas, caldos, pañuelos, infusiones e inhalaciones de vapores mentolados, días algo turbios aunque en la calle brillara una luz cristalina y límpida. En el dormitorio, sin embargo, la pesantez de la enfermedad se había enseñoreado de todo a la espera de que con la mejoría pudiera abrir la ventana para ventilar el cu0arto y disipar las brumas que llevaban, como jirones, adheridas recuerdos de mentol.

Aislamiento

Varado, no sé si como las ballenas o de otra manera menos televisivamente dramática, pero me siento varado, por culpa de una infección vírica indeterminada que me obliga a guardar cama — y van ya no sé cuántos días –. En realidad no me importa pasar varios días en la cama. ¡Qué es un invierno sin resfriados y sin guardar cama! Hay cosas que se pierden irremisiblemente. Las reformas que nos hacen ser más modernos nos quitan algunas costumbres, ya rancias, ya apenas conservadas, que casi todos critican y deploran. Esta de guardar cama durante varios días por una infección. ¡Hasta algunos médicos dicen que no es necesario! Hay también quien alega que no puede ir al trabajo por la infección pero tampoco guarda reposo. ¡Y eso sí que no!  ¡Hay que guardar cama!, ¡sentirse como una ballena varada! ,¡aislarse de mundo! Las bajas laborales son para apartarse del mundo, no para irse de compras a las rebajas!

Ya remiten los dolores musculares y la inflamación en la faringe, dos o tres días más y ya podré volver a la sociedad. Con cuidado y calma, que la voz aún la tengo ronca. Habrán sido unos días de aislamiento — el necesario aislamiento que todos deberíamos sentir al menos un par de veces al año.

La vida

El tiempo arrasa la vida. El uso es consumo y desgaste. Luego quedan las explicaciones y las metáforas, muy buenas en este caso.

La vida es también, sobre todo, afirmación, conatus spinoziano: “El conatus en Spinoza no es más que el esfuerzo de perseverar en la existencia, una vez dada ésta, es la esencia del modo (grado de potencia), pero una vez que el modo ha comenzado a existir” (Gille Deleuze, “Spinoza y el problema de la expresión”, capítulo XIV, “Qué es lo que puede un cuerpo”, página 221). Lo único que nos hace y que nos justifica.

El cuerpo y sus debilidades y, enfrente, el inmenso deseo que nos impulsa.

Enfermo tiempo

Soy un hombre poco original, como tantas otras personas, dejo las novelas de más de quinientas páginas para el verano. Hay un placer asordinado en la ritual dedicación vespertina de la lectura. Es un modo soberbio de dejar que el tiempo pase sin que nos enteremos de sus húmedas babas mientras estamos inmersos en las vidas de quienes no hemos conocido pero nos resultan familiares. Compartimos sus vidas durante una par de semanas, a veces más. (Aún recuerdo el largo verano en que me dediqué a convivir con M. Proust y toda su familia y círculo de amigos. Dejaba de lado todo aquello que no era estrictamente necesario en mi otra vida con tal de pasar el mayor número de horas con ellos.)
En estos días voy a poner fin, una vez más, a La montaña mágica. Ha sido hasta ahora un verano de lecturas centroeuropeas: El hombre sin atributos, Noviembre 1918, y ahora la novela de Thomas Mann. No lo había planeado, al contrario de lo que tenía por costumbre otros veranos: allá por mayo iba comprando los libros que luego leería. Este año, sin embargo, se han juntado por casualidad los libros en la mesita en que descansan hasta que los leo. Son tres obras cercanas en el tiempo y en el espacio, escritas en la misma lengua, las tres con preocupaciones similares. Veían cómo de entre las ruinas del mundo que habían conocido, aparecía un futuro monstruoso que muchos creían iba a ser mucho mejor que lo ya conocido.
La montaña mágica comparte esas preocupaciones, sin duda, pero es más es muchísimo más. Es la novela del tiempo, y en esto se parece a En busca del tiempo perdido. En La montaña lo importante es el tiempo, el que se ha detenido allá arriba y que los habitantes del balneario han de aprender a sobrellevar para que no les venza la fatiga del tiempo. No ocurre nada de extraordinario. La gente llega, permanece siempre más tiempo del que había calculado en un primer momento. Los clientes de la clínica pasean, observan sus curas de reposo, comen, hablan sin descanso, pues en medio de la inacción lo único que les está permitido es la conversación y los paseos por los alrededores, por las montañas en casos excepcionales. Suelen marcharse también, aunque la gran mayoría debe volver porque lo común es que recaigan. Lo que permanece es el tiempo, lento, distinto al de la llanura, casi inmóvil, cual una tarde de verano sumida en la lectura.
El tiempo es también la enfermedad, como bien supo Ezra Pound, y nos dejó escrito en uno de sus poemas. Hay algo angustioso o abyecto, depende de cómo se mire, en la enfermedad. La enfermedad es la degradación corporal, es la prueba palpable y que no podemos obviar, de que nos corrompemos, de que somos materia que termina por descomponerse. La enfermedad ataca nuestra creencia de que hay algo divino en nosotros. Pero es también el signo de que estamos vivos. La enfermedad puede ser vista como una fiesta del cuerpo, pues este se bulle mientras la enfermedad, algo externo la ataca. Interna o externa, la enfermedad nos posee aunque no nos pertenezca. Con la enfermedad, las personas nos damos cuenta de que no pertenecemos por completo a este mundo, pues antes o después hemos de partir. Es una lucha angustiosa, es la prueba final que hemos de pasar para dejar de ser lo que somos: seres mortales.
La enfermedad es también detención del tiempo, estancamiento de la vida, pérdida de la realidad porque el tiempo detenido nos separa de la realidad, nos sume en un estado letárgico. El tiempo se detiene mientras el cuerpo está en plena actividad porque ha del uchar contra la enfermedad.
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La casualidad ha querido que un amigo también haya coincidido en la lectura y reflexión: Digestión de la montaña.