Toda una vida

40 años son muchos años, una vida adulta, despojada de las excrecencias de la pubertad, la adolescencia y la primera juventud: un ideal, en el fondo. 40 años son los que celebran Burning este año, 40 años de carretera y del mejor rock que se ha hecho en España, y al paso que vamos, que se hará nunca.

Vinieron a Valladolid, Ciudad del Paraíso, en Ferias y no fui. No me apetece lo más mínimo aguantar a la gente de fiesta en las ferias municipales y espesas, ni tampoco unirme a la trupe de viejos rockeros con camiseta negra deslucida, rostro abotargado, pantalón desteñido y coronilla despejada, cuando no directamente calvo.

A partir de una cierta edad uno ha de retirarse, ha de vivir entre las sombras de los edificios y las callejas, no presumir de seguir siendo el mismo que era a los quince años (más que nada porque solo revela una estulticia moral densísima), y buscar refugio en algunos locales de gente compasiva, en tu misma situación. La edad mata lentamente y el que no se percate es un pobre invidente.

Los Burning vinieron y yo no fui porque ya no soy aquel ni estoy para aguantar ni a jóvenes ni a viejos rockeros. Los escucharé, sí, en mi casa, en el salón, y acaso, cuando vengan a un recinto cerrado y haya que pagar una entrada, y seamos todos viejos, derrotados y calvos, vaya a verlos, como si fuera un pase privado.

Al final, lo que la vida deja es un desdén enorme por las multitudes y las opiniones compartidas y las sandeces municipales. Así soy. Así seré.

La escasez

Hay quien aún repite aquello de que la juventud es la nueva fuerza revolucionaria. Lo aprendieron en Mayo del 68 y siguen repitiéndolo, como si hubieran descubierto no sé qué nueva vía revolucionaria. Olvida, primero, que las vías revolucionarias no se descubren en la teoría. Segundo, la grandísima mayoría que hablan de la juventud como motor de cambio son, y no es casualidad, gente que ya no cumple los cuarenta. ¿Cómo alguien a los cuarenta puede pensar que es joven? Porque lo significativo es que hoy en día hay gente de 35 para arriba que sigue viéndose joven, como si le tiempo se hubiera detenido cuando tenía 25 años y desde entonces nada hubiera cambiado. Es cierto que el tiempo se ha detenido para ellos, que viven en el pasado, que son incapaces de asumir lo nuevo que les ha ido aconteciendo a lo largo de los años. Son jóvenes desde entonces y para ello es necesario que una burbuja de algún material impermeable les recubra.

En todo esto hay algo muy sorprendente. Cuanto más envejece la sociedad, más valora esta misma sociedad lo juvenil.

Juventud, divino tesoro

Se ha muerto la semana pasada Elías Querejeta, y se ha muerto joven. A pesar de que hubiera nacido en 1934, Querejeta mantenía un espíritu jovial, al que se le unía la experiencia de la madurez. Una semana antes, creo, concedieron a Antonio Muñoz Molina el premio Príncipe de Asturias de las Letras, y el jurado, y los periodistas como obediente corifeo, señalaron la juventud del ganador, juventud comparada con anteriores galardonados. Per aquí el espiritu, sin embargo, es el de alguien con mucha experiencia.

Los periodistas, y con ellos, los jurados, los presidentes, los ministros, los directores de la cosa y de la nada, todos, señalan siempre la juventud del interfecto. ¡Como si la juventud fuera un valor absoluto y no relativo!, ¡como si la juventud significara algo!, ¡cómo si la madurez y la experiencia no fueran más importantes!

¡Como si esos que tienen la palabra juventud en la boca constantemente como si fuera un concepto o un teorema no estuvieran envejecidos ya en su ánimo!

Afinidades reactivas

I

En mis paseos cotidianos, allá cuando el sol aún no ha aparecido, llevo varios días que tropiezo con la misma idea acerca del mundillo poético. Pienso en el panorama que lleva acompañándonos ya algunas décadas y me invade la melancolía por los esfuerzos invertidos, la energía empleada y los escasos resultados. No es lo que dicen algunos popes desde sus púlpitos periódicos, ni lo que puede cualquiera encontrar en las bitácoras, los modernos  y baldíos cuadernos de campo que no pasan de ser la absurda exploración del propio ombligo. Llevan años repitiendo que la poesía vive un momento dorado. Lo que leo, lo que llevo leído en los últimos años, rebate el triunfalismo oficialista. La logia de los poetas proclama la extraordinaria productividad diversa y aclama a jóvenes (sobre todo) y maduros (en juvenil trance estático). La escritura que cae entre mis manos y llevo a mis ojos desmiente, ya digo, el satisfecho balance oficial. Hoy en día, con muy pocas excepciones, la escritura es pobre y está exenta de riesgos (aunque eso no quiera decir que entre las maneras más transitadas no esté, sobre todo, la pirueta alocada y sin sentido, el saltito grácil e histérico de quien se cree novedoso por el simple hecho de que apenas ha leído. A los diez o los doce años todo es novedad por desconocimiento del mundo que nos rodea.) No encuentro, repito que con escasas excepciones, quien se lance a una exploración como las que llevaron a cabo Charles Olson o Frank O’Hara. Faltan piratas y cuatreros en el mundillo literario, y sobran las falanges uniformadas de la rebeldía subvencionada y apoyada desde los cuarteles generales de los encuentros poéticos donde todos cantan en el mismo coro a las órdenes del director del certamen.

II

Hoy en día la gente elige sus poetas por afinidades sociológicas: sexo, edad, melena y deportivas raídas (o traje y aguja dorada para la corbata, aunque estos sean una especie casi extinta), y pocos empiezan donde está el único punto de partida (y de llegada); el único punto del que no es necesario moverse: la escritura.

El eclecticismo en los gustos no es tal. Es un modo de elección que nada tiene que ver con la literatura y todo con los alrededores de la escritura (donde la obsolescencia habita). Conozco a quien le gustan escritores con las poéticas más disímiles que nadie pueda imaginar por el simple hecho de que estos colaboran con las mismas asociaciones vecinales. Hay quien colecciona los libros de jóvenes lolitas, que en un par de décadas serán mujeres maduras y ya no podrán alegar como mérito la tierna carne de la adolescencia aún no del todo perdida. También hay quien lee solo a mujeres aunque unas sean cultistas y otras propugnen una estética revolucionaria o de crítica social o escriban la hojita parroquial. También hay quien defiende a aquellos poetas nacidos en pueblos de no más de tres mil habitantes por aquello de que estos viven una vida más auténtica y cercana a las verdaderas raíces.

III

Tal como están las cosas, lo más inteligente para cualquier poeta que quiera tener un poco de visibilidad en la sociedad es el cambio de mentalidad. Ha de olvidar el currículum donde consignaba su lugar y fecha de nacimiento y luego la más o menos extensa lista de publicaciones y de premios. Ahora ha de encargar un dossier en el que figuren sus opiniones sobre todo lo prescindible y caduco. Solo valen temas sin importancia que aparezcan en la entre los más comentados en las redes sociales. A ello añadirá unas cuantas fotos: colección de verano, colección de invierno, fondo de armario, informal, de gala. Así la gente, antes de leer sus libros (lo de comprarlos es algo que pertenece ya a la historia) tendrá elementos de juicio para decidirse por el olvido, el rincón oscuro del pasillo, la vitrina de los recuerdos de vacaciones o junto a la foto de Brad Pitt.