De la lectura como escritura

Mandarina

Hay dos momentos de la escritura que me gustan especialmente. Uno de ellos es el hecho mismo de la escritura, el dejar correr la imaginación hacia no se sabe muy dónde — no en todos los casos, hay momentos en que sí que lo sé — y que las palabras lleguen hasta el final de la historia o del razonamiento. el otro es anterior, y casi nadie le suele dar importancia. Es el momento anterior a la escritura, los prolegómenos: la compra de libros de donde sacaré datos, el bolígrafo rojo, la tinta azul para la pluma, el cuaderno donde iré apuntando ideas, y sobre todas las cosas, la lectura, la reflectora en algunos casos, de los libros. Aunque haya leído algunos libros en ocasiones anteriores, me gusta volver a leerlos, aunque sean solo los pasajes subrayados. No busco entre los apuntes de otras veces sino que vuelvo a sumergirme en lo ya leído. Me gusta descubrir nuevas ideas, nuevos argumentos, también me gusta — y mucho — volver sobre los ya conocidos. Si son buenos, siempre salta una nueva chispa.

Para mí escribir es una variante de la lectura, sesgada si se quiere porque no leemos para dejarnos sorprender por la escritura sino que leemos para encontrar algo, aunque a veces, entre lo leído, surja la sorpresa de lo inesperado. Una vez escuché a uno que decía que si no fuera por la bebida, él no comería. En mi caso, si no fuese por la lectura estoy seguro de que no escribiría. Esta es una manera que muchos pensarán poco literaria. Si pensamos en la imagen, que aún perdura, del escritor romántico arrebatado por la inspiración, mi manera de plantear el hecho de escribir choca frontalmente con ella. En el fondo, más que el escritor romántico, mi modelos es Michel de Montaigne, un ensayista que, quizás ficción propiamente dicha no escribiese, pero nos dejó uno de los grandes monumentos literarios: sus Ensayos. Lo de menos es que no todo fuera producto de su imaginación, al modo en que entendemos hoy esa facultad, de un modo banal, pro supuesto, pues el término imaginación comprende mucho más que las aventuras y personajes inventados. Lo importante es que fue capaz de crear un mundo propio, más reflexivo que activo, un mundo desde el que miraba la sociedad que lo rodeaba y desde el que se defendía de sus embates. En cierto modo, la literatura, toda literatura, es una fortaleza defensiva.

Antes de cerrar esta página, me apetece traer a colación la idea de Ralph W. Emerson, para quien la encurta estaba bien como actividad para los ratos libres. La lectura, tal y como él la entendía, había de ser creativa, no repetitiva. Esto, que me interesa mucho, en el fondo es un regreso a la poética clásica.

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Sueños de adolescencia

Taza-verde

De adolescente quería ser escritor. En realidad quería vivir la vida de un escritor según la reflejaban las películas de Hollywood. Levantarme temprano, aunque tampoco mucho, pasar la mañana en el estudio escribiendo mientras por el amplio ventanal entraba una luz clara y vigorizante. Más tarde, en una biblioteca amplia de corte moderno, sentarme a leer lo que otros habían escrito. Alternaría novela decimonónica y de comienzos del siglo XX con poesía moderna – el sentido del adjetivo en este caso era lo menos importante –, de vez en cuando leería alguna obra de teatro y ensayos, aunque estos no terminaban de atraerme por aquellos años.  Era un trabajo ideal entre otras razones porque no tenía compañeros. Era algo que solo me incumbía a mí, que no tenía que hablar de ello hasta que lo entregara a la imprenta. Mañana tras mañana, recluido en mi casa, y al final de varios años – dos, tres, quién sabe – me desplazaba a Madrid o Barcelona, le entregaba el manuscrito a mi editor, charlábamos y comíamos opíparamente en algún restaurante moderno – hoy esos restaurantes modernos los cambiaría por otros afrancesados – y luego, en el tren de la noche o en el de la mañana siguiente volvería a la ciudad en que habito. A los pocos meses me llegarían las galeradas y, finalmente, algunas copias del libro impreso. Poesía, cuento, el género, entonces, era lo que menos me importaba. Solo contaba escribir. Quizás, por qué no, al igual que cuenta la leyenda de Francis Scott Fitzgerald, un martini seco a mediodía, y unas vacaciones en el Mediodía francés.

A día de hoy todavía no he probado ningún martini seco ni he visitado esa región de Francia. Tampoco escribo poesía ni novelas. A veces pienso que ha sido la falta de disciplina y el hacer del oficio de escritor una ilusión más que una tarea diaria lo que ha dado al traste con todos mis proyectos literarios. Reconozco que prefiero leer una novela antes que escribir unas cuantas cuartillas con un argumento que no sé dónde va a acabar. Mientras tanto, en el mundo ha habido una serie de cambios fundamentales, entre ellos el del agente literario. Ya existían cuando yo era adolescente, pero ahora su papel es muchísimo más determinante. También la música me distrae, con complacencia mía, por supuesto, de mis tareas literarias, más supuestas que reales. Hay a quien le distrae el mundo, la sed de aventuras, el deseo de viajar; a mí siempre me ha distraído la literatura.

Tomo notas casi sin cesar: de planes, de ideas, del mundo que me rodea, apunto citas de otros escritores, comentarios, frases ingeniosas o que abren perspectivas inusuales. Tengo varias docenas de libretas llenas con ese tipo de miscelánea. En ellas hay un proyecto de un libro de viajes por Estados Unidos, que no escribiré seguramente porque Nathaniel Hawthorne o Herman Melville me habrán detenido, algunas ideas para ensayos sobre el cuento o la poesía que se quedarán entre las hojas de las libretas porque volveré a leer esos cuentos y poemas y el tiempo se habrá pasado. De joven nunca me gustó ese escritor de una sola obra que, después de publicarla, se distraía quién sabe por qué razones. Ahora veo que yo ni siquiera llego a ser uno de ellos.

Soy un escritor – si es que lo soy – de acompañamiento. Lo que escribo es una simple excusa introductoria a algún autor mayor. Hay por ahí, mías, desperdigadas, notas, artículos, prólogos a ediciones y traducciones de otros que sí que tuvieron la disciplina necesaria y la capacidad de desprendimiento para convertirse en grandes autores. Yo los leo y, de vez en cuando, les escribo un prólogo o una reseña.

Friedrich Nietzsche habló muchas veces del amor fati.

Nuestra selva y nuestra esperanza

“Todo es movimiento irregular y continuo, sin dirección y sin objeto”. (Michel Montaigne)


Esto de la escritura, lo hemos ido aprendiendo, es un ir de acá para allá, sin orden ni planificación. La escritura o es libre o carece de sentido. Hay algunos, lo sabemos, que desde los inicios tienen ya dibujado el plan de treinta años, o más, de escritura. Otros, los preferidos, se dejan llevar por sus humores y por la vida, meciéndose cual barquichuelas en el mar abierto de lo desconocido. Ellos pueden decir, con Reinaldo Arenas, “el mar es nuestra selva y nuestra esperanza.” Solo eso es la escritura, y no es poco, acaso sea lo máximo a lo que uno pueda aspirar. También podemos hacer nuestra las frases de Jean Paul Sartre que Lorenzo García Vega hizo suyas para romper la racionalidad de la identidad y de la teleología revolucionaria: “Debemos contentarnos con hacer nuestra historia a ciegas, al día, optando por lo que en el momento nos parezca mejor… Estamos dentro.” Sí, estamos dentro, en medio de la vorágine y no logramos ver el horizonte.

Esto, algunos, pocos, logran aprenderlo con la edad. Es el momento que Schelling describió con la frase: “Es duro, por así decirlo, separarse de la última orilla.” El mar, otra vez, el mar, que es nuestra selva, lo ignoto en que, sin miedo ni esperanza, vivir. Es duro renunciar a las certezas que nos han acompañado durante muchos años y, sin embargo, si uno no quiere traicionarse a sí mismo, ha de hacerlo. Ha de emprender el viaje a las tinieblas, soltar amarras perder mucho de lo que tiene sin tener la certeza de ninguna recompensa.

A partir de cierta edad es fácil acomodarse. Siempre me ha resultado muy sorprendente que los heroinómanos fallecen en mayor número en su juventud. Alcanzados los cincuenta entran en una fase de estabilidad en que, sin renunciar a la droga, van sorteando los peligros y las amenazas. Esto es lo que Jim Jarmusch cuenta en su última película, Only Lovers Left Alive. No son heroinómanos, pero en el vampirismo de los personajes, en el placer intenso y extático que experimentan al tomar la sangre, en la ansiedad ante la mera posibilidad de su escasez, se averigua el comportamiento del adicto al narcótico. Son personajes ya maduros, más allá de la revolución de la juventud, de vidas rutinarias y oscuras. Son, en cierta medida, el retrato de tantos que hicieron de su vida un tiempo turbulento y ahora, agotadas las fuerzas, sobreviven entre las sombras. Algo siniestro para esta sociedad pero reconfortante para quien se sabe au dessus de la mélée.

Siempre es como la primera vez

Llevo toda la mañana frente al ordenador, sabiendo que tengo que escribir un artículo. Las ideas, más o menos, las tengo claras, la estructura, también, pero hay algo que me impide comenzar. Tengo, incluso, el título pero no arranco. Sé que son las primeras veinte líneas, que luego ya irá todo seguido y que no tendré que preocuparme más que por los hilos secundarios que vayan surgiendo y que habré de guardar para otras ocasiones. En estos momentos, sin embargo, estoy como si fuera la primera vez y nunca hubiera escrito nada. En algunas ocasiones la experiencia parece que no vale, aunque luego sí que valga mucho.

Escritura

Llevo más de un mes sin hacer una anotación o un apunte en mi moleskine. Hace un mes que no dejo constancia de alguna reflexión. Esto no quiere decir que no haya escrito nada desde entonces. He preferido, por urgencia o por la comodidad, escribirlo ya en la bitácora. Ocurre una doble escritura.

Hay una opción que es la de primero anotar en la libreta las ideas o los argumentos, establecer una ilación del tema – cuando la hay – y luego traspasarla a la bitácora. En el trasvase siempre hay una reescritura que intenta mejorar lo anterior. Siempre hay cambios – creo que a mejor – y siempre hay retoques.

La segunda escritura es la que hago directamente en la bitácora. Es, por su propia naturaleza, más urgente, y corrijo sobre la marcha. A veces, una vez que está ya publicado el texto, lo releo y lo cambio en algún detalle. De los cambios queda, o al menos eso creo, alguna constancia mínima, como por ejemplo el hecho de que he actualizado el texto (aunque habría que buscar un sinónimo más ajustado a la realidad, porque actualizar no actualiza, simplemente cambio parte de lo escrito.)

Errancia

Escribo sin propósito, sin querer llegar a ningún lado. Ahora que tengo temas atrasados de los que debería ocuparme, como por ejemplo de la fotografía de Saul Leiter, de quien vi una extraordinaria retrospectiva, ahora, escribo pequeños textos intrascendentes, para ocupar mi tiempo y justificar mi falso atareamiento que no me deja pensar en otras cosas de mayor calado.

Quizás también tenga que ver que siempre he escrito sin esperanza y sin intenciones sociales o sentimentales o qué sé yo.