Libertad… de entrada, sí …de salida, solo la de mis amigos

Tenía que ocurrir, antes o después era normal que ocurriese. No es que haya que ser muy inteligente, no, simplemente es necesario un poquito de memoria.

Cuandos e constituyeron las últimas corporaciones municipales, alguien advirtió que en Madrid uno de sus concejales había enviado por las redes sociales chistes humillantes contra algunas víctimas de terrorismo y contra el genocidio judío. El concejal – y su tribu – dijeron que eso era libertad de expresión. Un juez abrió el caso pero aquello no duró mucho y la sentencia fue absolutoria porque aquellos chistes estaban amparados en la libertad de expresión. Y la izquierda estatal – del Estado español y funcionarial – sentenció seria, campanuda, ¡cipotuda!, que la libertad de expresión era intocable.

Mientras tanto en Barcelona, la alcaldesa ha montado dos exposiciones. Una en el Born sobre el franquismo, la otra dicen que es una reflexión sobre le capitalismo. En ambos casos son banales y pueriles, una excusa para ir el domingo por la tarde, después de misa o del vermú, a echarles un vistazo, y luego tomarse un chocolate con picatostes. Parece ser que los encargados por la alcaldesa de montar las exposiciones buscaban que aquello tuviera una función educativa; mostrar al público – nunca fue más adecuado el vocablo – a los ignorantes que desconocían las maldades de la dictadura franquista – y por ende, las dictaduras de derecha—y los males que el capitalismo acarre. (Hago aquí un paréntesis para llamar la atención del hecho de que en una sociedad opulenta, capitalista y derrochona, como el Ayuntamiento barcelonés nos recuerda con sus actos, se monte una exposición – un teatrillo, en verdad—sobre los males del capitalismo. ¡Si nos estuviéramos comiendo los mocos o quitándonos el hambre a sopapos, pero ¡resulta que todos tenemos teléfonos móviles y la gente se permite el lujo de elegir su modelo!)

Parece ser que hay quien no entiende que eso es libertad de expresión. ¡Sí, lo banal y lo pueril, lo vulgar y lo cochambroso, lo superficial y lo que está de más, también están amparados por la libertad de expresión. Pues hete aquí que unas bandas de concienciados muchachos anticapitalistas de esos que si por ellos fuera sacaban a Cataluña de la Vía Láctea, no han percibido esa sutil rasgo y la emprendieron a mamporros contra la estatua ecuestre del miles gloriosus, y contra los carritos que eran símbolos del capitalismo que nos asesina.

Lo dicho que la libertad nos gusta cuando es la nuestra o la nuestros amiguetes, o cuando nos reafirma en nuestros prejuicios. En caso contrario, como son estos dos últimos, siempre hay bandas de esforzados luchadores antifascistas, anticapitalistas, anti… que se encargarán de impedir — con violencia, por cierto (la partera de los nuevos tiempos según predicaban Marx y Lenin) – algo tan delictivo y peligroso.

La épica americana

Mike Brodie

Mike Brodie es un joven con una biografía de esas que gustan mucho a los que son incapaces de entender el arte y buscan solo excusas para hacer de samaritanos. A Brodie, un tipo criado en la marginalidad, esas personas le desagradan, y creo yo que ahí radica en parte su abandono de la fotografía. Mejor abandonarla a que te utilicen los samaritanos.

Brodie se inició en la fotografía con una polaroid después de llevar muchos kilómetros en mercancías a las espaldas. Me recuerda en cierto modo a Huckleberry Finn, el joven que echa a andar por tren o barca por los Estados Unidos por el solo placer de viajar. Más tarde vinieron los beats: Jack Kerouac y Neal Cassady. Entre todos, y alguno más, han configurado la épica americana del viaje. Un viaje entre gente que apenas tiene para vivir, que va de un lado para otro en busca de un trabajo que les permita ir tirando, gente que es feliz viviendo con lo justo, sin futuro y sin tener que aguantar redentores.

Son fotografías, directas, documentalistas, en las que lo poco que tienen de pensadas y preparadas apenas se nota. Al verlas uno piensa en que ese estar pegado a la realidad, ese documentalismo las salva de la banalidad, de lo hinchado y de lo huero. También la actitud de Brodie hacia el arte. En el catálogo de la exposición el fotógrafo dice: “Desarrollar las habilidades asociadas a un oficio debería ser prioridad. Hoy hay una epidemia de poner al artista antes de perfeccionar el oficio.” Dejando aparte la mala traducción, es una idea que muchos artistas deberían poner en práctica.

Trenes y libertad: la vieja épica americana desde los esclavos que huían al Norte hasta el presente de los trabajadores, inmigrantes y vagabundos que van de un lugar a otro sin rumbo fijo.

Frente al miedo

Tengo en la mesilla de noche el libro Frente al miedo, recopilación de artículos más una entrevista de Antonio Escohotado. Son los artículos que ha escrito en los últimos años. Un volumen de más de 600 páginas, bien escrito, mejor argumentado y con la contundencia que el conocimiento de causa y la pasión por el tema que el autor sabe imprimir a sus escritos.

Escohotado es conocido por la gente que no lee o pasa la vista de manera rápida y superficial por los periódicos como el autor de un libro sobre drogas, como si esa Historia general sobre las drogas no fuera solo una etapa dentro de su proyecto filosófico y vital. Un proyecto que se cifra simplemente en entregar al individual toda su libertad y pedirle que sea responsable de su vida y no la deje en manos de clérigos de toda laya: sacerdotes, médicos, intelectuales y gentes de la cultura, políticos o policías. (Dicho sea entre paréntesis, Escohotado es de los pocos que en España ha sabido aprovechar bien el legado de Michel Foucault.)

La soberanía es individual e intransferible, esto no lleva a una negación de las relaciones sociales como suelen hacer los anarcocapitalistas. Implica también separarse de la visión idílica y pastoril de aquellos que creen que la complejidad de la sociedad, de la realidad habría que decir, se puede eliminar de un plumazo sin consecuencias perjudiciales para el individuo: es decir, la vuelta a estadios anteriores de dominación de los individuos mediante la coacción externa. Son, no cabe duda, ensoñaciones de personas que carecen del coraje necesario para enfrentarse a los riesgos de la vida y piden un reducción de los imposible: el azar, la complejidad y la libertad, al igual que hay quien pide que le controlen lo que  piensa o lo que consume. Son gente que frente a la inmensidad de la vida piden más policía.

Me aburre leer por aquí y por allá gente que se califica de librepensadora, cuando en realidad no pasan de ser predicadores posmodernos vestidos con lentejuelas. Cuando un término hace fortuna, todos corren a apuntárselo. Escohotado prefiere y utiliza con mucha frecuencia el término emboscado, tomado del libro La emboscadura de Ernst Jünger. (Habrá quien no quiera o no pueda hacer el esfuerzo intelectual de leérselo y entenderlo, y lo despache diciendo que lo escribió un fascista. Así están las cosas: frente al intelecto, la descalificación simple y vulgar. Somos, sin duda, un país ahormado por el conocimiento crítico y que cuenta con la generación mejor preparada de toda la historia, ya se ve. Preparados para continuar la costumbre castiza del insulto y la ignorancia de todos los predicadores que han abundado en nuestra historia. Y del pensamiento crítico… pensamiento hecho en la barra del bar, porque otra cosa…)

El emboscado, el soberano, la figura que aparece y desarrolla Jünger en su libro. En él anuncia el grado de infiltración que el Estado iba a conseguir en la sociedad a partir de la Segunda Guerra Mundial. Al igual que hizo Joseph A. Schumpeter en Capitalismo, Socialismo y democracia. (Habrá quien, al igual que los pobres sacerdotes encargados de mi educación en mi infancia y adolescencia, se escandalice y le siente mal que lea libros como este, cuyo único destino sería el infierno bibliotecario. Me aburren como me aburrían los curas de entonces, o incluso más.)

En fin, y por no alargar más algo que está claro desde el primer párrafo: La soberanía individual irrenunciable que nos convierte en señores de nosotros mismos y nos obliga a ser vigilantes y respetuosos con nuestro cuerpo, nuestra vida y nuestras ideas. Solo a partir del respeto a uno mismo podemos dar respeto a los demás y exigírselo en justa reciprocidad. Todo colectivismo es, en el fondo, una cesión de esa soberanía y una pérdida del respeto que cada uno se debe a sí mismo. Vuelvo a lo que escribí hace no mucho. En España la gente entra en política como toma la primera comunión, no como algo social o político sino como algo religioso. Entrar en política es entrar en la comunidad de creyentes, de la que no puedes salir sin riesgo de tu integridad pues los clérigos policías ya se encargarán de excomulgarte y perseguirte. Por supuesto, a estas alturas de la historia, la represión la ha internalizado el individuo y busca infinidad de excusas para seguir el camino, sabedor de las dificultades que le acarrearía el salirse de la comunidad. Por ejemplo, el peligro que supondría decir que el boicot a Israel por un falso apartheid es simplemente un ejemplo más de lo gregario, de la negación de la complejidad y de la falsedad de la realidad.

Frente al miedo, la soberanía individual jovial que nos regala la amistad verdadera de quien es como nosotros, al modo en que Baruch Spinoza la definió.

Fervor de Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna, Ramón a secas, es el escritor de los albores de Madrid, ese Madrid de principios del siglo pasado, situado entre la modernidad y lo castizo, siendo lo primero sin renegar de lo segundo ni hacer de ello un freno. Ramón, con la greguería como instrumento principal, hace una novela que es presentimiento futuro y amplias avenidas de un Madrid que va abriéndose hacia las afueras y hacia el tiempo que va a venir.

Ramón comienza a escribir en los inicios del siglo XX cuando, ironías de la vida o de la historia, todo era posible, vislumbraba la gente un mundo nuevo y las costumbres, la música, la literatura o la pintura viraban hacia nuevos caminos, inexploradas avenidas que dieron en el cuestionamiento de muchos límites, aunque hubo quien, simplemente con la fuerza de la censura, las recondujo hacia la pedagogía estéril del socialrealismo, que tantos de esos llamados artistas siguieron con fervor juvenil.

Ramón, decía, en los inicios de un tiempo que todos creían iba a ser nuevo, en un Madrid que vislumbra una modernidad posible, un cambio que iba a dejar atrás lo rancio castizo de la Restauración y demás monsergas. En ese Madrid alegre, festivo, quién sabe si faldicorto, Ramón descubre que uniendo la metáfora y el humorismo surge la greguería. La greguería es un fulgor de la inteligencia acompañado de la alegría de vivir. Así escribe Ramón sus novelas mayores, que son novelas al modo de las vanguardias con la salvedad de que el tema es castizo, madrileño. Ramón escribe entre D. Benito Pérez Galdós y Francisco Umbral, y crea un Madrid que es nuevo y que Umbral, más tarde habitará y ampliará.

Pensaba Ramón, pensaban tantos otros, que era un tiempo nuevo, en el que todo era posible y que España iba a cambiar, cuando se encontraron con la Guerra Civil, que cambió todo, sí, pero en sentido contrario, y Ramón tuvo que exiliarse, a Buenos Aires. Un hombre libre no podría haber seguido viviendo en España. Luego, con el tiempo, regresó para marcharse definitivamente. Regresó, vio lo que era España, que su Madrid había desaparecido, que su tiempo ya no existía, y se marchó, sin las condenas tajantes al dictador que los políticos aposentados en la URSS lanzaban sin criticar ninguna vez a los sucesivos dictadores comunistas. Volvió a Buenos Aires, con Luisa, solos, libres, sin entrar en logias ni hacer bandera de nada que no fuera la libertad. Ramón, que estuvo en la creación de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, regresó a Buenos Aires seguramente desesperanzado y consciente de que quedarse en España era morir todos los días un poco.

Eran nuevos tiempos, creían, que truncaron el Fascismo y la gangrena comunista que perduró 75 años. Ni con unos ni con otros, libre, vivió Ramón, al igual que las golondrinas madrileñas que tanto le gustaban. Otros, sí, lo sabemos, criticaron al dictador mientras giraban la cabeza para no ver cómo Stalin mandaba asesinar a los Brigadistas Internacionales afincados en la Unión Soviética que lucharon en España por la República y defendieron a los comunistas españoles de los fascistas.

Los libertinos

Leo algunas definiciones de libertino y veo que los puritanos han hecho bien su labor. Un libertino es un depravado, un alcohólico o un mujeriego, poco más. Ahora que estamos en los pésimos tiempos de construcción de una revolución populista, se le añadirá el que vaya a restaurantes caros, disfrute con la moda o, simplemente, aquel que no siga el apso firme y marcial de los revolucionarios.
Durante muchos años, varios siglos en realidad, un libertino fue un filósofo escéptico o pirrónico, una personaje poco querido por los que mantenían la ortodoxia filosófica. Tampoco hoy en día somos bien vistos los escépticos. No son tiempos de andarnos con dudas o con análisis detallados de nuestras acciones. Hoy en día, en estos tiempos malhadadamente revolucionarios y populistas que tantos celebran con alborozo, introducir el matiz, la duda, la sabiduría de que lo peor es la acción conjunta de las falanges populares — ahora se le llama referéndum popular — es causa de anatema o de herem, como le ocurrió a Baruch Spinoza.
Vienen tiempos de exaltación de la masa, cuando sien sabemos lo que esa exaltación nos ha deparado en otros momentos, y no hablo de tiempos lejanos; tiempos de líderes carismáticos, de cortesanos que se empeñarán en confundir a los ciudadanos lanzando potentes mensajes plagados de mentiras, y otros en los que pedirán la absoluta sumisión al líder y al grupo.
Malos tiempos para nosotros los libertinos, los que disfrutamos con nuestro cuerpo en el cuerpo ajeno, que disfrutamos con un vino excelente y unos alimentos exquisitos, que sabemos que solo la duda no nos vuelve sanguinarios y nos permite la convivencia, que no pedimos sumisiones ni queremos nadie que nos guíe en la vida, que preferimos equivocarnos por seguir nuestras ideas a acertar por hacer caso de los demás. Nosotros, los únicos verdaderamente libres.