Viaje

La luz y el frescor matinal de la clara mañana dominical entran por los abiertos ventanales del apartamento. Apenas se escucha a algunas personas; el domingo ralentiza y enmudece las ciudades. En breve saldrá el autobús y nosotros con él, de vuelta, aunque el trayecto dure casi tanto como desplazarse a Nueva York. Esto es una de esas anomalías entrañables de este mundo: mientras que a cualquier capital apenas tardas unas horas, viajar de una  iudad de provincias a otra puede llevarte un día completo.

Tiempo

Es eso que se deshilacha cuando una temporada va acabando, como por ejemplo ahora, el verano, cada vez más breve, aunque no más anodino ni tampoco más intenso. Solía pensar que si algo era breve, la intensidad que pondría en su disfrute, compensaría todo. Ahora veo que no es así, que la edad tamiza hasta las más encendidas pasiones, quizá sea que el cuerpo ya no aguante físicamente, quizás, quién sabe, un cierto aburrimiento de la vida.

Afuera se escucha el rumor de las hojas y de las personas, como si fuera la resaca de un mar lejano. Afuera la vida discurre, el tiempo en su acepcion mas natural, sin 1ue nadie se percate de que transcurre. En los bancos las personas mayores de todos los días, quizás viudos, sin nadie que los espere en ningún lugar, vuelven a dejar que el tiempo los atraviese un día más, como si ese fuera el destino final de todos ellos, de cada uno de nosotros.

Queda poco tiempo, el justo para volver a recordar algunos momentos de estos escasos días, y volvera hacer la maleta para regresar a la rutnia de la vida donde el tiempo se camufla.

Los bancos de la tristeza

Henry James escribió una nouvelle, El banco de la desolación, que siempre me ha fascinado por lo impenetrable. Aquí, en la plaza a la que dan los altos ventanales de nuestro apartamento, observo todas las mañanas, tardes y noches, que las personas mayores se sientan en los muchos bancos que hay, cada uno en un extremo, en el quicio de la tablas de madera, a un paso de caerse. Y así pasan las horas muertas, horas vagas las llaman aquí, sin hablarse con el vecino, mirando al frente, como si aún esperaran algo, la inminencia final, una tormenta como la que nos cayó días atrás, a mediodía, de repente, mientras tomábamos el café en una terraza.

Esperan, silenciosos, que el tiempo pase, que los traspase incluso. Sé que es especular mucho pero quizás esas personas aguardan wue el tiempo se les acabe, quizás sean más sensibles almpaso del tiempo que nosofros, quizás sientan ya que somos poco mas que sustancia del tiempo y que en ellos ya casi todo se ha deshilachado.

Esperan, pasan las tardes infinitas en el banco, en una esquina que casi parece propiedad de cada uno de ellos mientras la vida pasa por delante y a sus espaldas.

Niebla

El día es gris, extraño, cálido como un regazo, y a lo lejos escucho las campanas de todos los días. Hemos llegado ya al punto en que el verano se va disolviendo, va anunciando como una aurora ajena el nuevo tiempo. A veces pienso en un estuario, cuando llega al final de su recorrido, o en una camisa que se va deshilachando y al final solo quedan cuatro hilillos, que son como el recordatorio de una ilusión. 

Aquí, sin embargo, la gente continúa con su vida, como si nada de esto fuera con ellos, y en realidad no va con ellos. Ellos están a otra cosa, a sus vidas, sus trabajos, sus afanes, que desconocemos, como es normal, y como es normal no preguntamos ni nos interesamos por ellos. 

Es la condicion del extranjero, saberse fuera del grupo, ajeno a la cotidianidad de los demás, saber que la ciudad siempre tendrá sus secretos. Nadie puede evitar eso, y un permiso de residencia tampoco lo soluciona, aunque sirva para hacer la vida posible y cómoda, burguesa en un sentido muy atinado.