Los lechazos de Kentucky

Hasta ahora de Kentucky, en cuestión de comidas, sólo conocíamos el pollo frito, pero, gracias a la portavoz de Sí se puede en Valladolid, nos hemos enterado que hay una cabaña extensa de lechazos de Kentucky que, por aquello del libre comercio, están dispuestos a inundar lo restaurantes castellano-leoneses en perjuicio del lechazo de la tierra, que como todos sabemos está inmejorable con unos sarmientitos de la zona y tomates del terreno.

Ahora que esto del comer no es ya solo una necesidad ni una expresión cultural sino que es algo político, he despertado de la alienación que ponía como ejemplo de alta cocina el turnedó Rossini o tantas otras invenciones francesas o catalanas o vascas. Me han abierto los ojos los activistas y cada vez que me llevo un cubierto con comida a la boca, me doy cuenta de que como aminoácidos de revolución, proteínas de derechos animales (aquí los vegetarianos lo tienen mal) y lípidos de rancio localismo proteccionista y esencias intemporales de la tierra. (Goytisolo en su sátira de las esencias hispanas eligió la cabra hispana como símbolo de las mismas; los que nos han traído el Paraíso han decidido nombrar al lechazo embajador plenipotenciario de la tierra y sus bondades.)

Yo, que soy un hombre previsor, tengo desde hace tiempo los billetes de avión para participar en una cacería de los fantasmales lechazos de Kentucky. Entre tiro y tiro, que allí están muy baratos, pegaré algún trago a una botella de bourbon, esta vez sí, de Kentucky.

Fervor de Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna, Ramón a secas, es el escritor de los albores de Madrid, ese Madrid de principios del siglo pasado, situado entre la modernidad y lo castizo, siendo lo primero sin renegar de lo segundo ni hacer de ello un freno. Ramón, con la greguería como instrumento principal, hace una novela que es presentimiento futuro y amplias avenidas de un Madrid que va abriéndose hacia las afueras y hacia el tiempo que va a venir.

Ramón comienza a escribir en los inicios del siglo XX cuando, ironías de la vida o de la historia, todo era posible, vislumbraba la gente un mundo nuevo y las costumbres, la música, la literatura o la pintura viraban hacia nuevos caminos, inexploradas avenidas que dieron en el cuestionamiento de muchos límites, aunque hubo quien, simplemente con la fuerza de la censura, las recondujo hacia la pedagogía estéril del socialrealismo, que tantos de esos llamados artistas siguieron con fervor juvenil.

Ramón, decía, en los inicios de un tiempo que todos creían iba a ser nuevo, en un Madrid que vislumbra una modernidad posible, un cambio que iba a dejar atrás lo rancio castizo de la Restauración y demás monsergas. En ese Madrid alegre, festivo, quién sabe si faldicorto, Ramón descubre que uniendo la metáfora y el humorismo surge la greguería. La greguería es un fulgor de la inteligencia acompañado de la alegría de vivir. Así escribe Ramón sus novelas mayores, que son novelas al modo de las vanguardias con la salvedad de que el tema es castizo, madrileño. Ramón escribe entre D. Benito Pérez Galdós y Francisco Umbral, y crea un Madrid que es nuevo y que Umbral, más tarde habitará y ampliará.

Pensaba Ramón, pensaban tantos otros, que era un tiempo nuevo, en el que todo era posible y que España iba a cambiar, cuando se encontraron con la Guerra Civil, que cambió todo, sí, pero en sentido contrario, y Ramón tuvo que exiliarse, a Buenos Aires. Un hombre libre no podría haber seguido viviendo en España. Luego, con el tiempo, regresó para marcharse definitivamente. Regresó, vio lo que era España, que su Madrid había desaparecido, que su tiempo ya no existía, y se marchó, sin las condenas tajantes al dictador que los políticos aposentados en la URSS lanzaban sin criticar ninguna vez a los sucesivos dictadores comunistas. Volvió a Buenos Aires, con Luisa, solos, libres, sin entrar en logias ni hacer bandera de nada que no fuera la libertad. Ramón, que estuvo en la creación de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, regresó a Buenos Aires seguramente desesperanzado y consciente de que quedarse en España era morir todos los días un poco.

Eran nuevos tiempos, creían, que truncaron el Fascismo y la gangrena comunista que perduró 75 años. Ni con unos ni con otros, libre, vivió Ramón, al igual que las golondrinas madrileñas que tanto le gustaban. Otros, sí, lo sabemos, criticaron al dictador mientras giraban la cabeza para no ver cómo Stalin mandaba asesinar a los Brigadistas Internacionales afincados en la Unión Soviética que lucharon en España por la República y defendieron a los comunistas españoles de los fascistas.

Trileros

Tenía pensado escribir de Ramón Gómez de la Serna, Ramón a secas, y lo haré en breve, quizás mañana. Hoy, sin embargo, quiero fijarme en los trileros, no los que rondan Atocha; hablaré de los trileros de la política, esos de Podemos, los que no quieren hacer la vieja política y en su novedad se han quedado en tramposos.

Estos se caracterizan por, con altisonancia y desplante taurino, hablar de la importancia que tiene que la gente decida y elija sus representantes. Esto, por supuesto, tiene muchos peligros. El principal, que salga un grupo de gente que no guste al Politburó. La solución es fácil: Esta Burocracia política presenta su propia lista, establece unas normas de juego que favorecen a su candidatura, y ya está lista la pantomima. El pueblo, sagrado, vota y, vote lo que vote, gana la Banca, digo el Politburó.

Luego está a segunda opción. Se convoca un referéndum, el gobierno pide el no. Gana el no y el Gobierno cumple el sí.

Lo dicho, trileros, y cada vez abundan más.

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No todos los republicanos están en contra de todos los reyes

Pessoana

El aire tibio de la noche, la gente que descansa y charla en los bancos, algunos se asoman a las ventanas. Son estos días, del verano incipiente, con un calor sahariano, cuando pienso en Fernando Pessoa. De la biblioteca cojo El libro del desasosiego, y comienzo a leer el primer párrafo:

Nací en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes había perdido la creencia en Dios, por la misma razón por la que sus mayores la habían tenido – sin saber por qué. Y entonces, como el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes escogió a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a aquel género de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no viendo sólo la multitud de la que son parte, sino también los grandes espacios que hay al lado.