El margen o la banalidad

El poeta lo sabía y dejó testimonio: “Debes saberlo./Hace muchísimo frío en la vida,/ hace nieve desde la noche,/ desde las últimas fiebres.”. Afuera, en la intemperie, la vida es mala cosa, casi una pesadilla, si no un lento morir consciente e irremediable. Lo supo también Eduardo Haro Ibars. Sin embargo, hoy, esa mínima píldora de sabiduría que da la experiencia, parece que la hemos olvidado, y todos vivimos en los márgenes. O, al menos, eso decimos. En el corazón del esnobismo y de la pedantería, en realidad, pues que nuestra triste, provinciana y pacata sociedad nos subvenciona la vida en el margen, como tiempo atrás fomentó la burguesía.

Vivir en el margen es vivir como lo hizo Baruch de Spinoza, rechazado por su sociedad, acusado de herejía, sin que pudiera publicar lo que más tarde sería un texto imprescindible, Ethica ordine geométrico demonstrata. En el margen vivieron también muchos otros, también judíos, a los que se les negaban los derechos que a los demás se concedían. O los afroamericanos en Estados Unidos, antes de que el Movimiento por los derechos civiles lograra sus conquistas. Nadie, entonces, se jactaba de vivir al margen. Al contrario, porque verdaderamente vivían marginados, deseaban dejar de serlo, integrarse y vivir al resguardo de la sociedad.

Hoy, en nuestra sociedad de la Banalidad Suprema, hay quien cree vivir al margen, y se jacta y enorgullece de ello. De la banalidad, por supuesto.

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