Trabajo en la biblioteca

Ayer fue día de trabajo intenso en la biblioteca. El primero de varios, he de añadir porque el monstruo había ido creciendo tanto que en una sola sesión era imposible reconducirlo a su forma original – o más o menos aceptable, porque su forma primigenia era muchísimo más delgada, casi una línea, de lo que es ahora, un mamotreto que va adueñándose de las estancias.

Así que fuimos trabajando en la recolocación de libros, la gran mayoría novelas. Llenando nuevas baldas, removiendo los libros, sacando a la luz aquellos que llevaban varios años en la segunda fila de las estanterías, recordando algunas lecturas, sorprendiéndonos por otras, quejándonos de nuestra mala memoria cuando salía alguna novela que no recordábamos.

Volví a ver “El bello verano” de Cesare Pavese, novelita que debí leer veranos atrás, o “El bandido doblemente armado” y “Burdeos” de Soledad Puértolas, también leídas cuando entonces en los comienzos de casi todo. También algunas de Robert Walser de las que apenas guardo memoria, pero ese poco es, sin embargo, bueno. En el fondo a Walser siempre lo he tenido como un escritor al que he leído muy poco y al que en algún momento dedicaré más atención.

Al final, el reordenamiento parcial de la biblioteca me ha puesto frente a mi pasado. Una vida recorrida a través de los momentos en que leí tantos libros. No tiene nada que ver con esa expresión tan cursi de “la banda sonora de una vida”, algo de lo que, por fortuna, carezco. Es, simplemente, la constatación, alegre y tranquilizadora de que mientras muchos se dedicaron – ahora con más ahínco que nunca – a la refriega, a la pérdida del tiempo en asuntos tan nimios como las asambleas, yo me quedé en casa, intentando aprender de los mejores. Al fin, la labor salió bien pues la demagogia que cada día cala con mayor fuerza, cual aguacero tropical, apenas logra mojarme.

Las cifras de la represión

42 muertos, más de 800 heridos, decenas opositores arrestados y centenas de encarcelamientos arbitrarios.

Sí, son las cifras de la represión. ¿Dónde? Allá, en el país al que algunos recitan loas, panegíricos, odas y otras composiciones de alabanza al Régimen, que es, simplemente, su Presidente y su Gobierno represor.

Sí, lo has acertado lector, el país es Venezuela, el laboratorio de la represión totalitaria del siglo XXI. Recuerda que no hay mejor ciego que el que no quiere ver.

Lo cuenta Raúl Rivero, un digno opositor cubano.

El antifascista, se motejó a sí mismo, orgulloso e inflado cual pellejo de vino

Leí semanas atrás esta frase: “Franco no se portó mal, hay que reconocerlo. Pese a las presiones que tuvo, no rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con nosotros. No tocar a Cuba fue su frase terminante. El gallego supo habérselas. Que se portó bien, caramba”. Uno puede pensar que la dijo alguien que está en la cárcel por su oposición al régimen cubano, que es el régimen de los hermanos Castro (Raúl Castro ha heredado la jefatura de Estado de manos de su hermano Fidel nadie les ha pedido que dejen a la gente decidir el Jefe de Estado y el Gobierno. En fin…)

Vaya con el caimán antifascista, que, por lovisto, no lo era tanto. (Algunos ya lo sabíamos, todo régimen dictatorial es fascista, pero…) No me extraña entonces las loas encendidas a Cuba, la perla del Caribe, que lanzaba el director del Soria, Hogar y Pueblo en sus artículos creo que semanales. Fidel Carazo, se llamaba el director, falangista de esos que pensaban que Franco había traicionado la revolución.

Dos Fidel, dos revolucionarios y una masa hipócrita que jalea al “revolucionario”.

 

Las cosas claras

Las cosas claras, sí, desde el principio. Esta afirmación de Pablo Iglesias a su entrada al Ritz, al que me gustaría ir a comer y a dormir, pero sobre todo a comer.

Dice Iglesias: “Algunos solo me imaginan entrando con militares aquí para nacionalizarlo” y yo me acuerdo de esta nuestra izquierda antimilitarista, que tiene enfrente la disyuntiva de seguir apoyando a Podemos o seguir siendo antimilitarista.

Doblarán la cerviz, con alguna mínima honrosa excepción, pero seguirán con la retórica antimilitarista. Y en consecuencia, con la hipocresía.

Total, si el gran referente de la izquierda ha sido en los últimos 70 años un militarote: Fidel Castro, al que en los últimos 15 años se le ha unido otro militarote, Hugo Chávez.

Retóricas

Lo que viene a continuación es parte de una entrevista a Raúl Zibechi (de título revelador) que Amador Fernández-Savater le hizo allá por diciembre de 2009 y publicó en el diario Público. Es sorprendente cómo entonces ya hablaba de lo que está ocurriendo ahora y puede acentuarse.

Lo que ocurre en América Latina es un faro para la izquierda mundial. Pero, ¿qué ilumina y qué nos impide ver la luz de ese faro? ¿Y si esa hegemonía de la izquierda se basara en un vaciado de los movimientos de base?

¿Qué relación hay entre la llegada al poder de los gobiernos progresistas en América Latina y las luchas de los movimientos de base?

Mucha, pero indirecta salvo en el caso de Bolivia. Los movimientos actuales nacieron en el período neoliberal, son hijos de la acumulación por desposesión, la resistieron y consiguieron deslegimitar el modelo. Sobre esa oleada antineoliberal que se lleva por delante gobiernos y partidos conservadores, va cobrando fuerza el progresismo y la izquierda se beneficia de esa nueva coyuntura generada por los movimientos. Pero esas fuerzas políticas no son en absoluto ajenas a los movimientos. En algunos casos lucharon junto a ellos, o tuvieron una relación más ambigua con los movimientos, pero nunca se les enfrentaron sino que los apoyaron, por lo menos a nivel declarativo. No es lo mismo el caso de Venezuela, Ecuador y Bolivia, donde los movimientos hacen entrar en crisis al sistema de partidos, que los casos de Brasil o Uruguay donde hay muchas continuidades institucionales y de partidos. Argentina sería un caso intermedio. Lo interesante es que en los tres primeros, el sistema político entró en crisis aunque no la dominación.

(…)

Me ha impresionado la experiencia del SOCAT uruguayo, esa nueva gobernabilidad que “clona” la forma de los movimientos para mejor desactivar su contenido. Misma retórica (empoderamiento, horizontalidad, participación, etc.). Aparentemente misma organización (redes, protagonismo social). ¡Parecería la historia de los “ultracuerpos” o de los “Dobles malvados”! ¿Cómo desactiva concretamente el clon la potencia política del original?

Mira, este es un proceso muy largo que arranca en los 90, con el neoliberalismo y a la vez con la llegada de las izquierdas a muchos gobiernos municipales en toda la región. Es un tema para estudiarlo en detalle. Aquí la educación popular jugó un papel importante en la formación de los cuadros de las ONGs. También la Universidad, que sobre todo en sectores como trabajo social está muy emparentada con la educación popular. Si tu miras quiénes son y qué estudian los agentes del SOCAT, vas a concluir que son jóvenes, sobre todo mujeres, que han pasado algunos años por la militancia social más que por la política, que tienen experiencia directa en los barrios pobres. Por otro lado, estudian a Paulo Freire pero también a Gramsci y a Bordieu, o sea leen los mismos autores que leen los militantes sociales y portan sus mismos códigos, visten, hablan y tienen hábitos de vida iguales a los de los activistas de base.

Las iniciativas municipales y las ONGs se hacen cargo de actividades barriales que antes se auto-organizaban (comedores, guarderías, etc.). Eso produce dos efectos tremendos. Por un lado, una enorme confusión cuando llegan a los barrios como funcionarios del Estado o de ONGs que trabajan para el Estado. Por otro, se apropian de los saberes del abajo, esos que James Scott decía que aseguran la autonomía de los dominados, y los ponen al servicio de los gobiernos progres. Ambos efectos, cuando uno los ve en un barrio, son demoledores. Por ejemplo, las jóvenes funcionarias estatales tienen voz y voto en asambleas de pobres porque las consideran parte del barrio. Para mi eso fue un golpe tremendo. Pero para la población es normal, porque más allá de que sean funcionarios tienen un compromiso real con los pobres y ese compromiso es insustituible por ningún salario y por ninguna cualificación.

¿Ocurre lo mismo con la cooperación al desarrollo?

Está el caso de Ecuador, que ha sido muy bien estudiado por el antropólogo catalán Víctor Bretón. Allí en pocos años la cooperación consiguió sustituir una camada de activistas y militantes de base, combativos, excelentes organizadores, por otra camada de personas especializadas en hacer trámites ante organismos internacionales, en presentar proyectos, identificar qué necesidades de los de abajo pueden ser interesantes para las financiadoras. Con ello consiguen crear una casta de funcionarios internacionales que viajan, conocen el mundo, hablan idiomas y, sobre todo, se distancian de sus bases al mismo tiempo que les consiguen fondos para proyectos. Lo interesante del estudio de Bretón es que analiza el caso de la provincia de Chimborazo luego del levantamiento de 1990 organizado por la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador). Era la provincia más combativa y hasta allí llegaron decenas de ONGs que en pocos años modificaron el mapa del movimiento indígena, creando organizaciones de segundo grado que fueron minando la estructura del movimiento hasta casi destruir a la CONAIE.

¿Dirías que la nueva gobernabilidad sobre los territorios es una estrategia biopolítica?

Sí, porque la disciplina que actúa sobre los cuerpos y en espacios cerrados fue desbordada: los pobres desertan de la escuela, del cuartel y de la fábrica y la familia ya no contiene ni disciplina. Entonces hacen falta mecanismos capilares que actúen sobre el territorio y sobre la población, ya no impidiendo, ya no negando, sino modulando los movimiento porque los movimiento ya es un dato de la realidad. Lo penoso es que ni la izquierda ni la academia quieren pensar estas nuevas formas de dominación.

¿Por qué es clave el papel de los militantes, o ex-militantes de izquierda, de gente formada “desde abajo”, en esa nueva gobernabilidad?

Porque el Estado tiene funcionarios preparados para disciplinar pero no para trabajar a cielo abierto. El típico funcionario estatal es como el maestro que espera que lleguen los niños a la escuela, espacio cerrado, para hacer su trabajo. Y así con todo, el hospital, el cuartel… Pero no están preparados para ir a los territorios de la pobreza porque son territorios en resistencia. El Estado siempre acudió como policía, pero de esa manera ejerce un control muy parcial, discontinuo. Entonces los militantes aparecen con los mismos códigos que los pobres de ese barrio y empiezan a ayudar a los niños con la tarea escolar, llevan el aula a la casa. Lo mismo con la salud, les enseñan a cepillarse los dientes, a lavarse, a estar bien vestidos para conseguir un trabajo. Parece ridículo pero así funciona, todo revestido con un discurso sobre ciudadanía y derechos. Dicho de otro modo, el Estado actual para controlar, para hacer ‘seguridad’ en el sentido de Foucault, necesita a la militancia de izquierda que se cree el cuento de ayudar a los pobres a cambio de un salario que no es maravilloso, pero que les asegura su sobrevivencia en lo que saben hacer, algo que desde la militancia es imposible. El sistema sabe algo muy importante: que la militancia es para quien la practica una forma de ascenso social, no siempre material sino sobre todo de reconocimiento simbólico. Y ahora es el Estado el que les brinda ese ascenso.

¿Qué papel cumple aquí la polaridad izquierda-derecha?

Es la forma de justificar las nuevas formas de dominación a cielo abierto, que decía Deleuze. La derecha es funcional a la izquierda, porque es el ogro que justifica cualquier cosa. En Uruguay la izquierda coló una ley de seguridad ciudadana que ni la dictadura se había atrevido a poner. Y en Brasil las favelas son patrulladas por los militares, que además construyen centros sociales e interactúan con la comunidad. Todo eso lo pueden hacer sin mayor oposición, no sólo porque han aprendido los modos, sino también porque se justifica con la creencia de que con las derechas sería peor. Y tal vez sea así: ahí está Uribe para mostrarlo.

De la autogestión al centralismo partitocrático en menos de diez segundos

La historia se repite. Una vez más. Con constancia. Con la previsibilidad de siempre. Una vez más surge un movimiento asambleario. Una vez más, unos pocos intentan capitalizarlo, aprovecharse de él, sacar rendimientos políticos. Estos son dirigentes políticos con muchísimos años de experiencia. Llevan desde su tierna juventud en partidos políticos. Como dice el refrán han echado los dientes en las asambleas de su partido – o de su facción juvenil –. Los ciudadanos asamblearios no tienen experiencia política, tienen, solo, ilusiones. Los políticos van infiltrándose en el tejido asambleario, al principio acatan todo lo que la asamblea aprueba. Poco a poco, empiezan a proponer ideas programáticas, líneas de actuación, comienzan a tener mayor poder de decisión, incluso logran que las asambleas, a regañadientes, aprueben puntos contra los que estaban hasta no hace mucho. Al final, el golpe definitivo. La conversión de la asamblea en partido, controlado, por supuesto, por los políticos. Antes, reuniones interminables, rechazo total a lo que la nueva dirección plantea, acusaciones de la dirección de que la asamblea le hace el juego al enemigo.

Ocurrió con los soviets, donde el poder iba de abajo arriba y terminaron como terminaron, ocurrió un montón de veces más. Ahora, el líder carismático de Podemos y su lugarteniente han vuelto a intentarlo. Probablemente se salgan con la suya. Tienen mucha experiencia política, saben muy bien cómo asustar a la gente: el lobo de los traidores habita entre nosotros, no me merece la pena seguir, los que no quieran esto que dejen el partido.

Si lo logran, una vez más cualquier esperanza de autogestión habrá desaparecido. El movimiento 15M habrá sido traicionado por quienes se dijeron solo sus portavoces. Escondían el centralismo partidista. Pocos lo vimos. No cejarán hasta conseguirlo. Al fin y al cabo son comunistas y su modelos es el PCUS.