Arrebato (1979)

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Años, siglos, toda una mañana, imposible saberlo. Estabas en plena fuga, éxtasis colgado en plena pausa, arrebatado.

Dicho por Will More

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Día mundial de …

Ayer fue el día mundial o internacional de algo, y hoy lo es de otra cosa. Mañana también será el día internacional, o mundial, de algo. Buenos deseos o deseos de buenas acciones o acciones y deseos buenas y buenos.

Al fin, nada nuevo pues desde tiempos inmemoriales (por una vez es así y no tienen su inicio en el siglo anterior) hemos tenido el santoral. Este daba un día del año a varios santos para que recordásemos su martirio y tuviéramos al santo, o la santa, como ejemplo en la vida. Por eso las hagiografías – esas vidas de santos donde no ahorraba el escritor los detalles más escabrosos – tenían tanto éxito. La lectura de dichas vidas no era posmoderna – irónica – sino recta. El santo era ejemplo de vida recta que todos debíamos imitar. Aunque hay que reconocer que teníamos a nuestra disposición un gran número de ejemplos muy variados donde elegir.

Hoy en día, en una sociedad que cree estar secularizada, los santos no tienen lugar, pero como no es una sociedad secular, aunque lo rea, lo pretenda y viva como si lo fuera, el santoral no desaparece solo se transforma. (No es secular, y sí muy religiosa, esta sociedad como nos lo demuestra, entre otros, el nacionalismo, el comunismo o el populismo.)

La transformación del santoral ha advenido bajo la forma de los días internacionales. Con una gran diferencia. Si en el santoral todos los ejemplos son positivos, en los días mundiales, predomina lo negativo.

Un gran número de días mundiales son contra algo: contra la pobreza, contra el analfabetismo, contra el cambio climático. Esto viene muy bien al poder político populista. Es muy fácil movilizar a la gente contra algo. ¡Cómo no vamos a hacer algo contra la malnutrición infantil!, o ¡contra la esclavitud sexual! Otra cosa es trabajar a favor de, por ejemplo, la nutrición saludable o del cumplimiento de las leyes. Obligan de manera distinta e incómoda. Contra algo somos cruzados rebeldes, y podemos perseverar en la ilusión de que somos jóvenes – jóvenes rebeldes, ¡ay! Pero trabajar a favor del cumplimiento de la ley o de las razones para vacunarnos nos hace personas normales – aburguesadas, dirá alguno – viejos de espíritu que no desean la aventura de cambiar el mundo (herencia de la religión!)

 

Mortalidad e intimidad

Es propio del pensamiento supersticioso, ya sea el de las religiones tradicionales o de las nuevas tan abundantes hoy, atribuir sentidos trascedentes (teológicos, no humanos) a los sucesos de la vida. Así, la fisura del tobillo tendría su sentido. Como ya me voy acercando al medio siglo (aunque todavía no lo alcance) y no me había leído los Diálogos de Platón, la fisura, que me ha tenido varado seis semanas, habría sido la manera de forzarme a leerlos.

Esto, por supuesto, solo puede ser una enorme estupidez, que se agranda aún más si pensamos en que lo que yo no había leído era una de las mayores, si no la mayor, obra de filosofía, esa actividad humana que se precia de utilizar la razón y no los sentimientos (¡qué lejana hoy a la gente, incluso a los que se dicen ilustrados!) ni las supersticiones (¡cuántas monjas y curas merodean hoy!).

Sorprende el horizonte mortal en que ya desde el inicio coloca Platón a sus personajes, y por ende, a la filosofía. Filosofar es aprender a morir, dice en alguno de los Diálogos, es, en realidad aprender a asumir ese horizonte. Dice Sócrates cuando ya sabe que lo han condenado que el tiempo que le quede de vida lo pasará dialogando con sus amigos, esperando el fatal día, porque eso es lo propio de las personas. Que ante la muerte una persona, despojada de trascendencia, ansiedad o miedo, sea capaz de despreciar no solo los lujos (en el fondo eso es bastante fácil) sino supersticiones como la omnipresencia de lo llamado político, es algo que hoy sorprendería a más de uno que tildaría a Sócrates de insolidario (lo más flojo) o directamente fascista. Y sin embargo, Sócrates tenía razón.

Mortalidad e intimidad, pues, frente a la trascendencia teológica de la nueva política que ya ha dictado que hay un Papá que nos vigila en todo momento.

Odres nuevos para vinos viejos

En Castalia tenían una colección “Odres viejos” en que, décadas atrás – no sé si aún ahora—, iban poniendo en español actual el de “El libro de Buen Amor”, el del “Poema de Mío Cid”, y algunos más. También Emiliano Escolar editores tenía “El Lazarillo” o “El Buscón”, así familiarmente, en español de ahora. En esos libros leí yo por primera vez los clásicos españoles, con gran gusto, por cierto. El español del Arcipreste de Hita forrmaba parte de un pasado demasiado remoto como para que un chaval de doce o trece años pudiera comprenderlo, no les digo el del “Poema de mío Cid.” Tengo una memoria borrosa de entonces pero sí que puedo decir que me gustaron esas ediciones porque aún guardo los libros. (Si uno no me gusta, antes o después, sale de la biblioteca, y esos llevan ya tres décadas alojados en ella.)

Ahora Andrés Trapiello ha hecho lo mismo con el “Quijote”. Es una buena idea. Quizás yo ya no lo lea, porque prefiero el de Francisco Rico, o el de Avalle Arce o el de Martín de Riquer, con sus notas eruditas, sus prólogos y contextos extensos, pero sé que habrá algún adolescente de doce o trece años que lo haga; de mayor seguro que preferirá una edición crítica con el castellano que escribió Cervantes, pero con trece años el de Trapiello puede servirle de introducción.

Algunos dirán que si hay traición. En la misma medida que la hay en las traducciones de William Shakespeare al castellano de hoy en día cuando su inglés es el de la época isabelina. O cuando alguien interpreta a J.S. Bach en un piano, o con violines modernos – instrumentos que no existían en su época –.

Hay una necesidad de ir actualizando el arte para que siga siendo significativo, para que nos hable de lo que nos es de verdad importante. Acaso la verdadera felicidad está en él y no en las proclamas de quienes nos dicen que, por decreto, a partir de hoy seremos todos felices.

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