Estos días de lluvia

 

Llueve con constancia. Llevamos ya muchos días que son grises y están alicaídos porque lalluvia cae con insistencia aunque sin exageración. Todo el día llueve de continuo, aunque haya breves momentos en que escampe y salga un sol tímido, que casi parece pedir permiso para asomarse al mundo.

La tierra ya no puede acoger más agua en su seno, en los árboles que forman algunas disminuidas avenidas en la ciudad vemos cómo el agua ya rebosa el hueco por el que recibían las raíces el agua, su líquido nutricio.

Es fascinante pensar que es solo agua y minerales lo que plantas que miden en muchos casos varios metros y tienen un diámetro de casi medio metro necesitan para vivir. Eso, y luz, aunque sea débil esta.

Pero ahora esta primavera en la que pronto las tardas serán más largas es la de más aguas de los últimos nosécuántos años, según se encargan de recordarnos los meteorólogos, los presentadores del telediario como si estuvieran informándonos de un dato relevante, o mejor aún, de un récord dificilísimo de batir.

Llueve y a mí no me importa cuánta agua cayó en 1920 o en 1978. Pienso que esto podrá parecerse al Caribe, con temperaturas suaves y mucha humedad. Tampoco pienso, como los apocalípticos, que tanta lluvia se debe al mal que le hemos causado a la Naturaleza y esta ahora, en justa reciprocidad, se venga. Simplemente me asomo a la ventana y observo la lluvia fina, constante, para la que la constancia o el esfuerzo prolongado no tiene sentido, porque la lluvia, como toda la naturaleza, solo es.

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Idénticos

goya3 duelo a garrotazos

Dice Rosa Montero hoy en su columna:

“A mí, por el contrario, cada día me admira más la moderación de la sociedad española, la capacidad de aguante de los ciudadanos y lo poco que recurren a la violencia, sufriendo tantos lo mucho que sufren (eso sí, lo he dicho y lo repito: si consiguen desmantelar del todo la sanidad pública veremos correr sangre, porque con la salud de tus hijos no se juega).”

Ese argumento, excluido lo de la Sanidad pero incluyendo eso de que con la vida de los hijos no se juega (“Yo por mi hija mato”, que dijo alguien no hace tanto) lo había oído en boca de quienes justificaron la Guerra Civil. Ahora cada vez lo oigo mal en boca de gente que se dice liberal, ilustrada, racional e, incluso, antimilitarista y pacifista.

Por lo que se ve el populismo logra que muchos que se creen muy alejados de otros se acerquen y, con el paso del tiempo, incluso se hermanen. No olvidemos que cierta derecha y cierta izquierda tienen querencia al uso de las armas por aquello de la Revolución.

Como dijo el otro día Santiago González en El Mundo, la culpa siempre es de los otros. (Y habría que añadir, nosotros, por el contrario, somos virginales.)

Gulaglos-presos-y-los-campos-de-concentracion-del-franquismoLes dejo también el final de la muy estimable película La lengua de las mariposas, para que vean lo maravilloso que es la masa, la turba, el pueblo, … (Y no me olvido, no, la culpa siempre es de los otros.)

¡Ah, el escrache!

Chinua Achebe

Pasará sin despertar el menor revuelo, pero el fallecimiento de Chinua Achebe (Nigeria, 1930- Estados Unidos, 2013) significa una pérdida importante para la literatura universal.

“Para no dejar que otros escriban la historia”: este fue su proyecto literario. Quiso dar cuenta de la historia de África – desde la ficción, sí, y el ensayo – con el propósito de que no prevalecieran las imágenes racistas de los africanos que difundían las novelas de Joyce Cary o Henry Ridder Haggard.

Ficción, historia, compromiso social, pero, por encima de todo, la alta exigencia literaria de quien supo fundir lo occidental – la novela – con lo africano – las formas orales y los temas de la cultura africana.

Fue grande porque fue el primer gran novelista nigeriano, porque supo ver con compasión y agudeza – aunque erró cuando criticó por racista El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Su arte estuvo siempre al servicio de la literatura y de la razón sin banderías ni partidismos. Fue libre y se marchó de allí donde intentaron coartarle su libertad. No es necesario que la historia le juzgue; ya llevan tiempo haciéndolo los lectores.

Anteayer

Treinta años desde que se emitía, en directo como le gustaba subrayar a Paloma Chamorro, La Edad de Oro. No habría nada de extraño en ello si no fuera porque a veces pienso que ocurrió anteayer.

Vienen a mi memoria los versos: “… Noche, noche en Venecia/ va para cinco años, ¿cómo tan lejos? Soy/ el que fui entonces”. “Oda a Venecia ante el mar de los teatros”. Arde el mar de Pere Gimferrer.

Día extraño

Hoy es un día extraño: es el día de descanso que, de repente, la Administración te concede diciéndote que hoy no tienes que ir a trabajar porque la tradición ha establecido que hoy no se trabaja. Ayer comenzó la semana y ya hoy estamos de descanso.

Se agradece ahora entre tantísimo trajín y papeleo estúpido. (En eso se ha convertido la Universidad, en una expendedora de papeles sin sentido, y no tiene visos la burocracia de que vaya a disminuir. Si acaso aumentará.) Pero hoy no tenemos que rellenar papelitos, ni certificar, ni evaluar ni nada. Hoy es día de descanso, o mejor, día de lecturas, de dedicarte a esas lecturas a las que la burocracia te impide  acercarte, porque para la burocracia, el renovar contenidos, el manenerte al día en tu campo, etc., todo eso no importa, solo importan los impresos, las estrategias y los Programas Marco.

Rellenar papeles como nuevo modo de vida del profesor. Requiescat in pacem el profesor que explicaba e investigaba.

Una grieta más

Se abre una grieta, otra más, en el edificio educativo. Ahora no son los alumnos los que tienen lagunas importantes. Son los profesores de primaria, quienes en una prueba han demostrado no saber lo que se suponen que los alumnos de 12 años sí que deberían saber.

Tampoco hay que extrañarse mucho de esto. Es la consecuencia, la única consecuencia lógica, de las distintas reformas a la que han sometido al sistema educativo español. Las reformas tenían como único objetivo que los alumnos pasaran de curso y no repitieran. Nunca se quiso pensar en qué ocurriría si los alumnos pasaban y no aprendían. Lo importante era que los alumnos fueran pasando. El sistema así no se volvería insoportable: en lo monetario, me refiero. Cuanto más repite un alumno más gasta y menos aprovecha. Así que la solución fue que los alumnos pasaran ligeritos por el sistema educativo. Ligeritos en tiempo y, desgraciadamente, en conocimientos, porque se fue bajando el nivel hasta extremos increíbles. También pensaron los reformadores en la salud mental de los alumnos. No podían quedar traumatizados, no podían tener una mala experiencia en la escuela ni podía quedarles un mal recuerdo. La escuela, así, se convirtió en un lugar donde socializar, donde pasárselo bien, donde disfrutar de la vida. Así hicieron los reformadores, así estropearon varias generaciones.

Ahora el fracaso, el enormísimo fracaso, ha salido a la luz. ¿Cuál será la reacción? Negarlo todo. Fijémonos en lo que viene ocurriendo en los últimos años, y nos daremos cuenta de que solo hemos sido capaces de negar todo. Ahora será igual.