Anteojos

DSCF7512.JPGDesde la desierta avenida cojo los prismáticos y echo la vista al horizonte lejano de los viajes que nunca he hecho (y quién sabe si haré). Desde la desierta avenida en la temprana mañana de verano cuando solo unos pocos se dirigen al trabajo y otros tantos regresan a casa después de una noche de farra y quién sabe si encontrarán arroz blanco en el frigorífico, escruto el horizonte de la lejana ciudad a la que voy todos los veranos desde los libros. Viajo de un lado a otro desde la chaise longue en que paso las horas vespertinas del calor que cae a plomo sobre el asfalto y sobre los coches, recalentando la atmósfera y encendiendo los cristales de los vasos de las terrazas y de las ventanas.

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Martinis en la avenida

DSCF7465.JPGLo de las calles desiertas de la ciudad en verano es ya una frase hecha, al igual que la serpiente multicolor o el calor inclemente. En verano, es normal, hace calor, más calor que el resto del año, por algo es el estío, y la gente huye de las ciudades hacia cualquier lugar, preferiblemente la playa, aunque la montaña tampoco es mala opción (y aquí nos sale otro de los tópicos veraniegos: ¿tú eres de playa o de montaña?, como si eso nos definiese o importara lo más mínimo).

Las ciudades se quedan vacías, las avenidas, las largas avenidas neoyorquinas, los bulevares parisinos quedan desiertos, ofreciendo, por escasos días, sus perspectivas de horizontes lejanos. Es entonces cuando me imagino en uno de esos días de calles deshabitadas, en medio de la calzada, bebiendo un Martini seco a la salud de todos los cinéfilos y letraheridos, que prefieren vivir los veranos bajo la brisa del aire acondicionado.

 

Avenidas nocturnas

Son las 10 de la noche cuando conducimos por las calles desiertas y charoladas de la ciudad provinciana. A lo lejos oímos algún motor y vemos las escasas siluetas de los coches que, como  sombras, apenas logramos distinguir. Sobre nosotros, las luces de los semáforos y las de la Navidad. Por las provincianas avenidas de la ciudad avanzamos; de vez en cuando, hay habitaciones enteras encendidas donde vemos algunos cuerpos que se mueven y parecen sostener una copa entra las manos. En otros edificios las luces son más tenues y las cortinas velan lo que ocurre en el interior.

Es el corazón de la ciudad, que late en los pisos y apartamentos. Miles de historias desconocidas que el paseante solo tiene la oportunidad de entrever e imaginar en su coche lanzado hacia el abismo de un futuro que nunca logrará averiguar, a lo más imaginar como en alguna película favorita.

En la ciudad burguesa

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Un traspié muy bien puede recluirte en casa, incluso casi solo en una habitación durante algo menos de un mes. Esto, si se piensa bien y no está uno atravesado por esa nueva manía moderna del movimiento continuo es mejor que bueno. ¡Cómo si no disponer de todo un mes para ti excusado de toda obligación social! La cama, el sofá, la soledad y la pila de libros y de discos que forman el horizonte de esas semanas.

Acaso solo echa uno de menos en esas horas de la mañana temprana o tardía los paseos; paseos por la ciudad burguesa, claro está, la de las amplias avenidas y bulevares, las de los comercios donde puede uno encontrar de todo, la de los bares con grandes cristaleras. Sobre todo la de los edificios imponentes de la arquitectura Biedermeier o de la época Weimar, edificios que hablaban de la fortaleza y el poder de la burguesía (aunque el estilo Biedermeier reflejase también el desengaño de la burguesía por no poder tomar parte en los asuntos de Estado y significase en cierta medida un retraimiento hacia la vida familiar.)

Hoy en día la ciudad burguesa está en proceso de desaparición, si no ha desaparecido ya y lo que vemos son solo los espectrales restos que sobrevivirán como han sobrevivido las ruinas romanas o celtas, o musulmanas. Hay también quien dice que la ciudad burguesa es el territorio de la represión de las fuerzas revolucionarias, como si en París no hubiese habido ninguna después de su remozamiento con Hausmann.

Pero la historia no importa cuando las ensoñaciones se alzan como medida y método filosófico. Mejor, mucho mejor, entonces, las viejas ciudades medievales, de callejuelas estrechas, casas insalubres, donde apenas llega la luz del sol. La ciudad de los gremios, como si ahora lo gremial no significase la gran regresión, que lo es aunque pocos lo queramos ver (Para esto, si hay alguien interesado, Marx y su 18 Brumario.)

Si los valores burgueses, que al fin y al cabo tienen entre su progenie las revoluciones, incluso la de Mayo del 68 y su nuevo cuerpo revolucionario de jóvenes (¡dónde si no podría haberse dado Mayo del 68 si no es en la ciudad burguesa por excelencia!), están en decadencia, y pinta que van a estarlo por mucho tiempo para ya quizás nunca más levantarse, cómo no lo va a estar la ciudad, ¡cómo no van a preferir algunos las ensoñaciones del pasado de ciudades orgánicamente estables y compactas donde los habitantes (nunca ciudadanos) vivan en armonía!, o esos otros que sueñan con una urbe parecida a la de Blade Runner, siniestra y, en gran medida, virada hacia el pasado.

Si lo pienso bien, el traspié, tan bueno en algunos aspectos, me está quitando ratos de paseo por lo que aún no son los restos espectrales de la ciudad burguesa.

El cine

Disfruto en esta fresca mañana de octubre de la luz clara, cristalina del día mientras escucho música y recuerdo las películas que vi ayer. Es una costumbre extraña la de entrar en el cine a mediodía y dejar de ver películas justo cuando llega la medianoche. Es cierto que hay intervalos: para comer, para estirar las piernas, para pasear envuelto en esa luz ambarina, aunque ayer estuviera más cerca de lo primaveral y hoy de lo invernal, fría como una lámina de acero; tiempo para discutir las películas, para decidir si han sido buenas o malas para escuchar otras opiniones.

Hay quien ha enfatizado la soledad del espectador de cine. Yo no lo veo así. El espectador de cine es un ser sociable que necesita de la ciudad burguesa para disfrutar de su afición. No me imagino un cinéfilo dando vueltas por rotondas y solitarios aparcamientos de enormes moles de cemento donde se esconden varias salas de cine. El cinéfilo necesita de la ciudad: para ir andando al cine, tomarse un café, volver dando un paseo, quizás haciendo una parada para tomar algo antes de llegar a casa y prepararse para el día siguiente. Sé que no es así en estados Unidos, y que cada vez en más ciudades europeas está dejando de serlo. Es el signo de los tiempos. El aficionado al cine también necesita de otros – no muchos dos, tres a la sumo – con quienes hablar de las películas vistas, para calibrar su gusto. En realidad, el gusto es algo social, algo que nos vamos formando en nuestro contacto con la sociedad.

Ayer fue un día apretado en que vi cuatro películas muy distintas entre sí. Desde la denuncia social plana de los Dadenne hasta el terror de un Kurosawa que no es Akira

Estampa

La mujer está sentada en un banco del parque, a la sombra de unos árboles frondosos, silenciosa, despeinada, con una chaquetilla de punto porque hace un frío desacostumbrado para esta época y esta hora, con la cabeza gacha, como concentrada o cansada. Calza unas zapatillas de franela, como casi siempre; normalmente los domingos suele llevar unos zapatos azul marino muy usados en los que se marcan las huellas de los juanetes.

Ahora está sola pero sabe que por la tarde tendrá compañía. Otras vecinas, la mayoría viudas como ella, algún que otro marido que no haya querido ir al bar, un anciano escueto y ausente que parece perderse cada día más en su traje gris y rozado por el tiempo aunque él todavía mantenga un porte digno con su sonrisa perdida y su paso mínimo.

Más allá el parque, con los jóvenes tumbados en la hierba o jugando en la cancha de baloncesto, algún que otro adulto paseando un perro, casi todos ellos de caza o de compañía. Algunos coches pasan a lo largo sin hacer demasiado ruido. A esta hora los niños han salido de su primer día de colegio y el griterío se ha perdido por las calles adyacentes. En un piso un señor mayor, al que se le marcan las costillas en el pecho, observa la poca gente que deambula por las aceras. No fuma ni habla por teléfono, solo observa mientras el aire le acaricia el pecho. El tendero está cerrando el colmado hasta la tarde y la peluquera ha salido a la calle para echarse un pitillo. En el bar están los habituales desde temprano por la mañana hasta casi la hora de cenar.

Puede ser una estampa intemporal de esta ciudad y de este barrio, pero no, es la escena propia de una sociedad. Es el lugar al que hemos llegado, quizás sin habernos movido mucho a pesar de habernos creído los más modernos. Una estampa que es producto de unas condiciones sociales pero que mucha gente que ha sido así siempre y seguirá siéndolo. Tenemos la necesidad de creer que la vida apenas cambia, que ya era así antes de que estuviéramos nosotros y seguirá igual cuando la hayamos abandonado. Es el conservadurismo esencial que habita en cada uno de nosotros. Algunos como Robert graves se dan cuenta de que no es así y titula su libro de memorias Adiós a todo eso o Stefan Zweig que le puso por título El mundo de ayer. Todo pasa y nuestros días, brillantes un día, se apagan en el olvido del futuro.