Los tiempos están cambiando

LavaboVamos al cine, a uno de esos cines escasos que proyectan películas en las que lo verdaderamente importante son la historia y la interpretación de los personajes; películas que tienen no tanto un mensaje cuanto una manera de ver el mundo, de narrarlo, una manera de estar en el mundo, al fin y al cabo. Todas las películas terminan por mostrarnos esa manera, por supuesto, pero no es lo mismo una comedia absurda, una película sepultada en los efectos especiales, o ahogada en la lacrimosidad sentimentalista, que estas escasas películas que cuentan de manera honesta y nada efectista una historia que suele ser moral sin caer en el moralismo.

Hay pocos cines que aún proyecten ese tipo de historias. Es comprensible. Llevo tiempo observando al público que acude a ese cine, el único en Valladolid, y la media de edad supera los cincuenta. Es comprensible que no haya jóvenes de 18 o 20 años, pero no lo es tanto que falten también los que están en la treintena. Habrá quien arguya que él, a la edad de veinte años, ya iba a ese cine y vio, por ejemplo, Mystery Train de Jim Jarmusch. Olvida que hoy la maduración es más tardía aún, sí, aún más; se nota incluso en la poesía, ¡como no va a notarse en los espectadores!

Pero lo angustioso no es que se retrase la edad de maduración, es que simplemente, las nuevas generaciones no van a ver esas películas, que son cosa del pasado, de viejos y de nostálgicos. Frente a las nuevas películas desmadradas, cómicas o frente a las películas de lo viejuno polvoriento de la estólida política, estas otras – esas cuyo casi único interés es narrar bien una historia – están en franca decadencia. Muy poca gente va al cine a ver una película de esas características. Los que en su día fueron los maestros de la renovación: Claude Chabrol, François Truffaut, los que vinieron después Jim Jarmusch, los que hicieron cine entre las grietas del tiempo y la razón histórica y se quedaron en la cuneta; todos esos ahora son cosa del pasado, un pasado cada vez más tenue, cada vez más frágil, ya casi olvidado.

Los tiempos están cambiando, nos advertía el bardo vulgar y nasal. Así es, han cambiado tanto que ahora casi todo es pasado, olvido, mala memoria. A un determinado cine ya solo van personas que rondan o superan la cincuentena, los demás o se han pasado a lo impactante o simplemente las roban por la red. O, ni siquiera les prestan atención.

Cerrará quizás no muy tarde el cine vallisoletano que no tiene competencia pero que se ha quedado sin espectadores. Cerrará, y los que no van desde hace quince años lo lamentarán y echarán la culpa a este sistema capitalista. Como si la falta de espectadores fuera un problema capitalista y no un problema estético, un problema de que se acaba una manera de estar y mirar en el mundo, y ahora se impone lo vulgar y cochambroso, la estolidez de la política rancia de la masa.

¡Se acaba y los que se han erigido en conciencias críticas ni huelen la razón!

Anuncios

No educarás en falsedades

En una entrevista que hacen al científico Richard Dawkins, este dice – y lo dicho está en el subtítulo – “Es perverso instruir en falsedades”. Tiene toda la razón, el único problema es que pensamos que falsedades son solo las de la religión y aún más en concreto las del cristianismo. Nadie dice nada acerca de las falsedades de algunos sistemas políticos, como el comunismo, que terminaron como religiones. En realidad aún siguen en ello si nos fijamos en la grotesca deriva venezolana con un líder supremo al que recen y cuya tumba visitan los creyentes del movimiento socialista bolivarista chavista.

Otro ejemplo es el que nos plantea Shlomo Ben Ami: “A los israelíes les cuesta entender por qué cinco millones de refugiados y 200.000 muertes en Siria tienen mucha menos gravitación en la conciencia occidental que los 2.000 palestinos asesinados en Gaza.” Por la falsedad que están inculcando en la sociedad y que la gente acepta de buena gana. Si leen todo el artículo, verán que Ben Ami no rehúye la crítica y sí critica acertadamente el antisemitismo europeo, que resurge de lo que creímos que eran sus cenizas. Siempre está presente la maldad judía: años atrás desde los poderosos países árabes se difundió la mentira de que el pan ácimo judío de las celebraciones de Pascua estaba hecho con sangre de bebés. Ahora es que los judíos asesinan niños palestinos indiscriminadamente. Años atrás recibió poca importancia; hoy, no, porque hoy los instigadores saben que en twitter, Facebook y demás redes sociales abundan personas que quieren dejarse engañar, que hay personas que necesitan salvar a alguien y condenar a otro, que carecen de todo juicio crítico. Por eso ahora la campaña propagandística ha sido enorme e intensa, al contrario que en la ocasión anterior donde la campaña se redujo a periódicos en árabe.

Pero sí, veremos a nuestros solidarios selectivos apuntándose al carro de la no educación en falsedades al tiempo que propagan algunas de las más caducas.

Estampa

La mujer está sentada en un banco del parque, a la sombra de unos árboles frondosos, silenciosa, despeinada, con una chaquetilla de punto porque hace un frío desacostumbrado para esta época y esta hora, con la cabeza gacha, como concentrada o cansada. Calza unas zapatillas de franela, como casi siempre; normalmente los domingos suele llevar unos zapatos azul marino muy usados en los que se marcan las huellas de los juanetes.

Ahora está sola pero sabe que por la tarde tendrá compañía. Otras vecinas, la mayoría viudas como ella, algún que otro marido que no haya querido ir al bar, un anciano escueto y ausente que parece perderse cada día más en su traje gris y rozado por el tiempo aunque él todavía mantenga un porte digno con su sonrisa perdida y su paso mínimo.

Más allá el parque, con los jóvenes tumbados en la hierba o jugando en la cancha de baloncesto, algún que otro adulto paseando un perro, casi todos ellos de caza o de compañía. Algunos coches pasan a lo largo sin hacer demasiado ruido. A esta hora los niños han salido de su primer día de colegio y el griterío se ha perdido por las calles adyacentes. En un piso un señor mayor, al que se le marcan las costillas en el pecho, observa la poca gente que deambula por las aceras. No fuma ni habla por teléfono, solo observa mientras el aire le acaricia el pecho. El tendero está cerrando el colmado hasta la tarde y la peluquera ha salido a la calle para echarse un pitillo. En el bar están los habituales desde temprano por la mañana hasta casi la hora de cenar.

Puede ser una estampa intemporal de esta ciudad y de este barrio, pero no, es la escena propia de una sociedad. Es el lugar al que hemos llegado, quizás sin habernos movido mucho a pesar de habernos creído los más modernos. Una estampa que es producto de unas condiciones sociales pero que mucha gente que ha sido así siempre y seguirá siéndolo. Tenemos la necesidad de creer que la vida apenas cambia, que ya era así antes de que estuviéramos nosotros y seguirá igual cuando la hayamos abandonado. Es el conservadurismo esencial que habita en cada uno de nosotros. Algunos como Robert graves se dan cuenta de que no es así y titula su libro de memorias Adiós a todo eso o Stefan Zweig que le puso por título El mundo de ayer. Todo pasa y nuestros días, brillantes un día, se apagan en el olvido del futuro.

Religiosos siempre

Willy Toledo

Me pasa un amigo este mensaje de Twitter de Willy Toledo. Es graciosísimo, hilarante, trnochante, ¿qué sé yo! Un marxista hablando de la vida en el más allá, ¡como si existiera esa vida!

Pero ya sabemos que el comunismo es una religión. Eric Hobsbawn, gran historiador y persona muy lúcida, respondió que el comunismo era una religión desde poco después de que los comunistas se hicieran con el pdoer en Rusia. Alegaba que si el sistema comunista había durado tanto en la URSS y en los países del pacto de Varsovia, junto con China, y alguno más, la razón estribaba en que los habitantes de aquellos países no veían el comunismo como un sistema político sino como una religión con su vida futura más allá de la muerte.

La caída del muro de Berlín y la desaparición de dicho sistema había sido la revolución ilustrada del comunismo, al igual que en el siglo XVIII la tuvo Europa. La revolución Francesa fue a la Ilustración lo que la caída del muro fue al comunismo. ¡Y vienen ahora los comunistas, otra vez, a hablarnos de la Revoluciíon Francesa mientras quieren volver a tiempos pre-ilustrados!

Pero estaba con Willy Toledo y su creencia religiosa. Esto se pudo ver hace unas semanas cuando lanzó esa admonición a las bases de Podemos para que regresaran al camino inicial de la pureza ideológica. Cual pastor protestante en Estados Unidos, cual un modernos Jeremías, Willy Toledo lanza sus alegatos, cuando reprende a los pobres creyentes de base, cuando advierte cejijunto e iluminado por la gracia divina que el ser comunista le ha conferido que las bases ya no son comunistas sino pobres y vulgares socialdemócratas. (Aquí hay que añadir que la oratoria de Toledo no es, ni en sueños, la de aquellos pastores protestantes de los siglos XVI y XVII. Tampoco lo es su cultura. ¡Pero qué importa eso cuando la misión es trascendental! Seguro que reza tres padrenuestros de Chávez y limpia así su alma de ardoroso combatiente comunista de todo mancha de flaqueza revisionista o pactista.

Neorriquismo

Por la prensa me entero de que Risto Mejide ha ganado el Premio Espasa de Ensayo. Mejide es un eficaz publicista, como todos sabemos, así que si ha logrado vender su producto significa que ha hecho bien su trabajo.

Hay quien se escandalice de que le hayan dado el premio y lamenta la decadencia de la cultura española. Años ha, vienen a decirnos, los españoles teníamos entre los libros más leídos Mínima moralia de Theodor Adorno, Hablando de lo que habla de Agustín García Calvo, La galaxia Gutenberg de Marshall MacLuhan o la obra ensayística completa de Rafael Sánchez Ferlosio. De la Lógica de Hegel no hablo como tampoco lo hago del Tractatus Logico-philosophico de Ludwig Wittgenstein porque no los he leído al contrario de la mayoría de los lectores españoles, que lo tuvieron en su mesilla de noche durante su tierna adolescencia. Así, claro, que le den el premio a Risto Mejide es una afrenta a los españoles y su nivel cultural así como a sus ansias intelectuales.

Dejémonos de tontería, por favor, si aquí el nivel de lectura no es ya, ni siquiera el de un lector de El señor de los anillos. El nivel, hoy en día es el de libros de autoayuda como este.

Vanessa Winship

 

vanessawinshipphotography19

Con lentitud voy recuperando la normalidad después de eso que llamamos período vacacional. El deseo de rutina y calma se encuentra con un enemigo poderoso: las fiestas patronales de la ciudad. (Hay gente que dice que las de esta ciudad son provincianas por el alcalde que nos gobierna; esa pobre gente no entiende que toda fiesta patronal es pedestre, vulgar, ramplona y huele a ganado. No es cuestión de alcaldes o de ideologías sino de esencia.) Las fiestas patronales salen a la calle con sus olores a fritanga, a vómito, sudor y su comportamiento de rebaño.

Aun así, uno encuentra momentos de silencio, de concentración, de resplandores fugaces y sorpresas que le alegran el día. Un ejemplo es la exposición de fotografías de Vanessa Winship en la sala de San Benito.

Tiene Winship la habilidad de capturar el ángulo exacto desde el que mirar un paisaje o la simpatía para sacar una expresión especial a quien retrata para que así se ilumine el cuadro. Ha viajado mucho Vanessa Winship: Estados Unidos, los Balcanes, los países que rodean el Mar Muerto, y en todos ha logrado hacer una fotografía que combina lo documental y lo personal, logra combinar lo genérico con los propio de cada persona, como en la serie de retratos a estudiantes turcas de primaria o secundaria, todos con sus uniformes iguales pero distintos en pequeños detalles.

Son fotos muy meditadas, muy preparadas, que tienen la luz y la distancia exacta. Hay también un equilibrio entre la necesaria simpatía, que ya he mencionado, y la distancia que el fotógrafo necesita para no aceptar cualquier gesto ni convertirse en un cómplice ingenuo y dócil del modelo. Así logra, entre otras cosas, eliminar cualquier vestigio de costumbrismo en unas fotos que podrían fácilmente derivar hacia eso tan terrible y hoy, por desgracia, tenido en tal alta estima.

Vanessa-Winship