Antología del cuento grotesco

Ha salido a la venta una antología del cuento grotesco, con una introducción que repasa teórica e históricamente lo grotesco, con especial atención a la última etapa (mediados del siglo XX) y su interés por el cuerpo humano en literatura y pintura.
Es una recopilación de trece relatos que da una idea exacta de lo que ha sido lo grotesco en los siglos XIX y XX. Los autores seleccionados van desde E.T.A. Hoffman o E.A. Poe hasta Felisberto Hernández o Pablo Palacio, pasando por Vladimir Nabokov, F. Kafka, J. Lezama Lima o V. Piñera.

Pasajes

Siempre he sentido una extraña fascinación por la obra de los Pasajes de Walter Benjamin. Escrita en la primera mitad del siglo XX, prefigura el rumbo que tomará la cultura después de la Segunda Guerra Mundial. Benjamin recoge el catálogo exhaustivo de un mundo que iba desapareciendo. Más que dejar un testimonio, lo que hace es abrirlo a una dimensión aún desconocida. París se articula entre la reforma urbanística del siglo XIX y la modernidad que abría el siglo XX con la iluminación eléctrica o el tren metropolitano. Atrapado entre el futuro prodigioso que se anunciaba en el marxismo y la cultura codificada en el absoluto del judaísmo, Benjamin dedica sus últimos esfuerzos, que por otro lado son prolongados, a cartografiar una ciudad tan ajena y a la vez tan propia. Parece a veces sentirse como un paseante baudeleriano redivivo a quien aún asombran los nuevos trazos que conforman la ciudad.
Toda la mitología de la Modernidad se ha configurado alrededor de la ciudad, cuyos más destacados modelos han sido París y Nueva York. La ciudad monumental en sí misma, la ciudad de los bulevares y de las grandes avenidas, de las galerías que se abren a mundos infinitos y desconocidos en sus comercios, al igual que desemboca en barrios abigarrados e impermeables de gente que ha ido llegando en aluvión; en definitiva, la ciudad que es un universo autosuficiente y completo en sí misma, que irradia vida al tiempo que la solicita, eso es París para Baudelaire y así la entiende Benjamin, uno de los más sutiles lectores del poeta, y que no desconoce que la poesía no solo reside en los poemas. La mirada que despliega Benjamin, o sería mejor decir, que va desarrollando porque el suyo es un trabajo minucioso de catalogación que ha ido precedido de un aprendizaje de la mirada, la mirada de Benjamin decía, arranca de la crítica de arte del francés así como de las vanguardias que fueron habitando los años parisinos de tantos escritores y artistas y que entienden como una superación del Romanticismo.
Pero lo que aparecía como una nueva aurora contenía en sí misma los signos de su desaparición, acaso porque el proyecto moderno es, en gran medida, algo obsoleto. En cuanto alcanza la existencia se vuelve antiguo. Creo que cabe poca duda de que eso es lo que nos atrae, su aspecto moderno al tiempo que superado. Nadie se imagina los bulevares por los que pasea de metacrilato y acero, nadie piensa en una ciudad en la que los edificios antiguos hayan sido derruidos, que por otro lado es lo que hizo Hausmann: acabar con la vieja planta de la ciudad para reurbanizarla bajo la mitología de la Modernidad. Benjamin es, repito, consciente de la esencial inestabilidad de las actividades humanas y compila un catálogo de lo que entonces, finales del siglo XIX y comienzos del XX, es reseñable.
Benjamin parecía ignorar que el proyecto moderno escondía los trazos de lo que vendría después sin llegar a superarlo totalmente.

El mito de la originalidad

Pocos mitos más extendidos que el de la originalidad absoluta de las personas. Pocas heterodoxias más silenciadas que la de las corrientes subterráneas e inconscientes que nos conforman. Quien más o quien menos se contempla como dueño único y absoluto de sí mismo. En literatura, como no podía ser de otro modo, ocurre lo mismo.
Ha habido, sin embargo, unos pocos que han sabido mirar con frialdad y desapasionamiento. Lucrecio en su “De rerum natura”, Spinoza en su “Ética”. En poesía, Pessoa nos dejó la herencia de muchas voces, porque un poeta no es una voz sino un caudal que fluye por dentro, y ninguna es la suya ni es original. Saint-John Perse dice: “Habitaré mi nombre”, sabiéndose extranjero en todos lados, menos en sí mismo. Perse fue un escritor francés, que utilizó seudónimo para publicar sus poemas. Así, su nombre no es el verdadero sino el elegido.
Anteriormente los clásicos hicieron de la imitación uno de los pilares fundamentales del arte poética. Lo de menos era la originalidad; importaba, por el contrario, las variaciones de un mismo tema, la habilidad, el dominio y la capacidad expresiva en algo ya dicho. Lo ya dicho, se añadía, eran las voces que recorren el poeta.
Lo mismo ocurre en sociología. No hay impulsos ni costumbres ni gustos que no estén mediatizados por la sociedad. Cada uno de mis conciudadanos, a veces incluso más lejanos, me conforma e influye. Nos hacemos en comunidad, en ella aprendemos la lengua. Las múltiples voces que nos recorren nos enriquecen.
T.S. Eliot y J.A. Valente lo intuyeron: cuanto más grande es un poeta más numerosas son las voces que acarrea en su poesía.