Mañana inhóspita

Duero.JPG

Amaneció grisáceo el día, virado hacia dentro, Parecía que fuera a llover. Salí a dar una vuelta, más por estirar las piernas y hacer tiempo que por recordar lugares donde estuve y que, ahora mismo de tan lejanos apenas significan anda, eso si no han desaparecido. Al fin, me iba dando cuenta conforme paseaba que aquellos lugares que sí me decían algo eran los que estaban en ruinas, Como a ellos, a mí el tiempo se me había pasado. Era solo una presencia ajena, extraña, que se movía por entre las sombras de un recuerdo difuso y el presente helado de lo desconocido.

Más tarde el cielo se despejó de nubes. En el cementerio asistimos al rito de ver cómo la tierra se traga el cuerpo de la persona que conocemos. Un adiós ya sin vuelta atrás, una fría sensación, lo irremediable que se instala en nuestras vidas. Recortadas contra el cielo claro y cristalino, las ramas de intenso negro de los árboles silenciosos, casi muertos, despojados de las hojas. El silencio que solo algunos sollozos quiebran. La despedida final.

Algo más tarde, ya abajo en la ciudad, la tibieza de la cafetería, los amigos reencontrados por unas horas, la conversación. Y aun así, todo tan extraño.

 

 

Los claros recuerdos

Contemplo en fotos la casa de Juan Ramón Jiménez en Moguer, y me vienen recuerdos de la casa de mi bisabuela en Málaga. La misma solería con las estrellas dibujadas, el color pardo de las mismas, el suelo desgastado, la luz que se cuela por las estancias abiertas. En el piso de arriba – parece – las habitaciones seguidas unas de otras, sin pasillos, abiertas al patio central por donde la luz, y el frescor se cuelan, la una de arriba, el otro de abajo.

Son recuerdos ya solo, imágenes fugaces, impresiones que viven en mí y logro recuperar porque una fotografía enciende la chispa eléctrica de la memoria. Las altas puertas blancas en las que rebota el sol inclemente y se transforma en alegría, los zaguanes oscuros, la alta escalera que me llevaba al piso de arriba donde vivía una de sus hijas y desde donde el azul del cielo parecía que se podía tocar. Era, entonces, todo ascenso.

Me acuerdo hoy, al ver las fotografías y pienso en que este año también es el centenario de un libro fundamental para la poesía: “Diario de un poeta recién casado”. Nadie logró hacer de la anécdota tan clara y firme categoría poética; con la excepción, sí, de Wallace Stevens.

 

Famille, je vous hais

Almacén El barrio como la gran familia, como el útero freudiano, como una placenta en la que flotamos en su líquido amniótico. Vivir rodeados de aquellos que conocemos desde siempre – que es nunca — , engañarnos con la ausencia del paso del tiempo, el tiempo estático de cuando la historia no existía. Heráclito es el mal: panta rei. Frente a él, el paraíso cristiano anterior a la caída. Que nunca cambie, deseamos. Olvidamos el pasado: cuando no fue, cuantas veces fueron cayendo los edificios, fueron mutando los comercios. El barrio como microidentidad, ya que las grandes narrativas han caído. El museo como deseo de vida: ética y estética unidas: lo estático, lo estancado. La vida codificada en saludos, rutinas y encuentros. El extranjero es el enemigo. Llega, se hace con el botín y huye. El extranjero o lo mudable, lo extraño, lo que no podemos asimilar a nuestra identidad barrial. Un alienígena. El que se sabe hecho de historia y de otros. Ser un extranjero: impugnar el sí mismo, la propia identidad, el grupo. Lo abierto e incodificable. El que dice no.

Los recuerdos, ese mal

Tarde de domingoDe Mínima moralia de Theodore Adorno, cuyo subtítulo es Reflexiones desde la vida dañada:

La frase de Jean Paul de que los recuerdos son la única posesión que nadie nos puede arrebatar, pertence al acervo de consuelos impotentemente sentimentales que pretende hacer creer al sujeto que la retirada llena de resignación a la interioridad supone para él una satisfacción que suele desperdiciar.

(…)

El interieur en que el alma guarda la colección de sus acontecimientos y curiosidades es algo caduco. Los recuerdos no se conservan en cajones o abanicos, sin que en ellos lo pretérito se combina íntimamente con lo presente.

(…)

Cuando se despierta el recuerdo, con incontrastable evidencia se introduce en él un gesto involuntario, un tono de ausencia, una vaga hipocresía del palcer, que hace de la cercanía de ayer la extrañeza de hoy.