Otro más

Al final, toda esta sucesión de años lo único que deja en el camino es una serie de costumbres que iniciaste con ganas, entusiasmo, fervor incluso, y que luego fuiste abandonando poco a poco. Los deseos de Año Nuevo, las listas de libros, las tareas para el resto del año. Todo iba quedando en el camino, incluso el proyecto de un diario. La vida era ese fluir inconstante, cercano al desvarío apaciguado, un perderse por carreteras secundarias llenas de curvas, una exploración nada sistemática de lo que nos rodeaba, un descubrimiento perpetuo, ese fervor inconstante. Casi, cas, un en sayo de Montaigne.

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El pacto de Jack Griffin

Cuenta la leyenda que Jack Griffin hizo un pacto con el diablo para cantar blues. Podemos imaginar que, siendo Griffin un descendiente de esclavos, el ritual tendría mucho de vudú y de magia negra africana, y que estaría muy alejado del pacto que Adrián Leverkühn estableció con el diablo – el mismo, pero otro – para ser un artista inmortal. El origen africano de Griffin, el diferente contexto social e histórico tendrían mucho que ver en las diferencias externas de un hecho que parece más internacional de lo que estaríamos dispuestos a admitir en primera instancia, y eso porque, a pesar de todo, nos fastidia que la gente sea igual a nosotros. (Nos empeñamos más en buscar qué nos diferencia y separa que lo que tenemos de común, como si así lográramos individualizarnos, sin darnos cuenta que es justamente lo contrario).
No tengo muy claro si los tratantes de esclavos podían imaginar siquiera remotamente lo que se les venía encima cuando llevaron a los africanos desde África hasta Jamestown, el primer puerto americano en Virginia, adonde llegaban para ser subastados los que sobrevivían la travesía y no se habían quedado en el Caribe, parada técnica conocida en el argot de los esclavos como “mitad del trayecto”. Las tradiciones africanas que llevaron consigo, preservadas y transmitidas por los griots o vates, se fundieron con las primerizas costumbres americanas aún muy europeas.
Como suele ser común en las manifestaciones de cultura popular – que solo quiere decir aquellas que no está mediadas por el Poder, y son, sin más, espontáneas – los orígenes no están claros y se confunden en la neblina de la leyenda. El final de la esclavitud y la urbanización de los negros conllevan un cambio cultural que en música se manifiesta en la pérdida de cierto sentido comunitario que acogían los espirituales negros y las canciones propias de las plantaciones de algodón, por una música más individualista, el blues. Este surge en el llamado Delta del Mississippi, un triángulo formado por Vicksburg, Memphis y el Yazoo. Negros que, ya por enfermedad: ceguera, cojera, …, o porque se negaban a trabajar en el campo recogiendo algodón, o en la construcción del dique que costearía todo el Mississippi hasta su desembocadura en Nueva Orleáns, cogieron una guitarra acústica y fueron viajando de una ciudad a otra, cantando aquello que veían y vivían. Es cierto que era una música más individualista que la de las plantaciones. Aquí los esclavos cantaban para ayudarse en el trabajo o para soportar las penurias innombrables de la esclavitud, y que en el clima tropical del Mississippi aumentaban, pero aún mantenía una fuerte carga social. De entre los rasgos más notables está la capacidad de reflejar la experiencia de un pueblo, el afroamericano, que fue arrancado de su tierra y llevado por la fuerza a América. Este hecho, y la posterior esclavitud, marcaría de forma irremisible el modo en que se enfrentarían a la vida, pues África, fuera cierto o no, era su patria primigenia, el sur de los Estados Unidos se había convertido en el reino de la esclavitud, el norte lo soñaban como el lugar de la libertad, y el ferrocarril, el medio para escapar.
No deberíamos pensar que el cambio tuvo lugar de un día para otro, como tampoco la segregación racial y los prejuicios desaparecieron de la noche a la mañana – más bien, aún continúan atenuados pero agazapados. A base de ensayos, de horas y horas tocando ante un público que deseaba una música con la que poder identificarse, y pendientes los músicos de la reacción de los oyentes, el blues se fue haciendo. Pero no se hizo nunca en salas de conciertos, sino en bares de mala muerte cuando los jornaleros iban a beber después de muchas horas de trabajo con el espinazo doblado, conscientes de lo poco que la vida les ofrecía, en clubes nocturnos donde era común la prostitución encubierta. Allí sonaba una música que era solo para negros porque entre otras razones los blancos desconocían su existencia o se negaban a entrar a tales antros.
Alan Lomax cuenta en su extraordinario libro “La tierra donde nació el blues” las sospechas que levantaba cuando iba a escuchar blues a los garitos, y cómo la policía no le creía si les decía que su propósito era el de un antropólogo. Al igual que tenían sus lugares donde escuchar y tocar música, además de la calle – escenario improvisado desde siempre – también tuvieron sus emisoras donde radiaban solo música negra que las emisoras blancas no querían, hasta que llegó Alan Freed y su extraordinario Moondog’s Rock’n’Roll Party.
La ignorancia que la cultura predominante en Estados Unidos demostró con el blues, y formas músicas relacionadas, le vino bien, pues pudo evolucionar y desarrollarse sin presiones ni caminos marcados y de obligado recorrido cuando lo único permisible era el ensayo y la equivocación libres, los caminos explorados porque sí.
Podría llenar hojas enumerando músicos de blues que han tenido alguna importancia en la historia, Leadbelly, Robert Johnson, Elmore James, Muddy Waters, T. Bone Walker. Algunos de los mejores músicos de jazz escogieron el patrón rítmico y armónico del blues para sus composiciones más complejas, como es el caso de Duke Ellington. Algunos poetas afroamericanos también decidieron utilizar el mismo patrón y los elementos simbólicos para una poesía que era culta y popular al tiempo, Sterling A. Brown o Langston Hughes. En los años cincuenta, algunos jovenzuelos americanos quedaron fascinados con lo que escuchaban en oscuras emisoras afroamericanas y se empaparon del ritmo y las armonías para acelerar el tempo y sincoparlo aún más como es el caso de Elvis Presley cuando canta “That’s All Right Mama”, o “Mystery Train”; en los setenta otros se propusieron reinventar la cultura juvenil y para ello se apoyaron en la música que legendarios músicos de blues seguía tocando. John Mayall, Eric Clapton, todo el rythm and blues británico no se pueden entender sin la fascinación que sobre ellos ejercen Muddy Waters o Albert King.
Ni Griffin ni el diablo ni los comerciantes de esclavos pudieron imaginar la vitalidad y la longevidad de una forma musical que surgió en un contexto social e histórico muy concreto pero que supo adaptarse a las cambiantes necesidades de los americanos, y más tarde de los europeos. Griffin debió derramar mucha sangre de gallina en la ceremonia vudú porque hoy el pacto sigue vigente, y tiene visos de perdurar mucho más.

(Publicado en En Taquilla en 2006)

Ensayo de autobiografía IV

Hay filiaciones entre obras y personas que solo se conocen muy tarde, o que son visibles pero no nos fijamos, acaso por lo evidente. La filiación suele ser el resultado de una elección consciente, aunque no cabe duda de que muchas otras veces las circunstancias imponen una realidad que con frecuencia es ingrata. A veces proviene de circunstancias vividas similares y no de una reflexión intelectual. Es el caso de la autobiografía de Tarik Ali, Street Fighting Years, en la que recuerda – ni en vano ni por capricho – a Said. Parece ser que mantuvieron una estrecha relación a lo largo de muchos años. Al fin, era lo normal. Ali es un paquistaní que marchó a Inglaterra a estudiar y que en una vida que ya puede ir calificándose de dilatada, ha mantenido posturas políticas radicales en la órbita de los partidos comunistas. El simple hecho de haber nacido en Pakistán, entonces parte de la India colonizada por Gran Bretaña, haber asistido a su independencia, haber sido testigo de la descolonización del Oriente y su recolonización por otros medios, le ha dotado de una actitud inflexible y fundamentada en lo referente al centro y los márgenes de la sociedad ya sea en un sentido estrictamente geográfico como en el cultural. Hay un rechazo a aceptar tales términos, que en el caso de Ali, su estancia en Inglaterra, sus años de estudiante en Oxford, y su trashumancia por el mundo, lo curan de provincianismos estériles (al igual que a Said.) Habría que preguntarse por la influencia que el haber tenido que salir de sus países si querían desarrollar sus vidas, ha tenido, por lo que a ellos concierne y también por lo que significa para los demás. Quizás si no hubiera salido de Pakistán, su ideología no habría sido la que es al no haber vivido el rechazo social y los distintos raseros a la hora de medir a las personas.

Aunque no es testigo de la desintegración de un mundo – al contrario que Said que sí lo es – lo que sí observa son los ataques que otros llevan a cabo en Asia, en lo que en sentido generoso sería su casa. La guerra del Vietnam fue una de las espoletas que prendió la mecha, como lo fueron su afiliación al Partido Comunista o el ambiente revolucionario que algunos vivieron, él entre ellos, en la mitad de los años sesenta.

Se nota, eso sí, que es principalmente un periodista pues el libro es un extraordinario reportaje que por la fuerza de la escritura, la sinceridad y el empeño crítico – a veces muy parcial – se convierte en autobiografía política. Poco desarrollo del personaje hay, parece ya todo dado desde un principio y él simplemente se dedica a transmitirlo sin preguntarse las más de las veces por las razones que lo asisten o lo abandonan.

Junto con la de Said, y me imagino que con otras muchas, habla de un sentimiento muy generalizado en las personas que nacieron y vivieron en las antiguas colonias británicas – aunque intuyo que también será común a las francesas, alemanas o belgas – y que fueron testigos de excepción del hundimiento de un mundo y de una mentalidad. Del colapso colonial surgió un mundo marcado por la Guerra Fría y la división del orbe en dos bloques que se derrumbó en 1989 para alumbrar lo que hoy tenemos y que, en gran parte, aún desconocemos. Ali no crea una división feroz entre colonias y metrópoli; es más, no parece sentirse ajeno a lo británico, como sí que Said se sentía respecto a lo americano. Eran críticos, muy críticos, pero dentro de lo que eran Gran Bretaña y Estados Unidos. La niñez les ha marcado para toda su vida, y la niñez era una vida en una tierra cosmopolita donde europeos y árabes convivían, o paquistaníes y británicos en el caso de Ali, un mundo – sobre todo el de Said – que se fue derrumbando porque se iban estableciendo una cadenas nacionales, étnicas y religiosas que buscaban la pureza – lo que hoy en día tenemos y nos va asolando. Si entonces era posible el cosmopolitismo en Egipto, o la convivencia de árabes y judíos en el Magreb, eso hoy ya no lo es pues las cadenas de la ortodoxia han aherrojado a demasiadas personas. Y el mundo de Said, o el de Ali, queda como un hermoso sueño, una visión fugaz, un anhelo o un ansia.

Se podrá objetar que el cosmopolitismo lo era desde el punto de vista europeo, que en realidad era imposición europea, pero a ello habría que responder que si tenemos en cuenta a los europeos que por entonces pululaban por allí, aunque por europeos la gran mayoría se refiere a británicos, y a americanos – no deberíamos tampoco olvidar  que también convivían árabes, judíos, cristianos alejados de la ortodoxia romana y kurdos, entre otros. Lo que había sido el Imperio Otomano albergaba en su seno una multitud de creencias y razas propia de las épocas de la decadencia, y que tanto hemos de añorar ahora que es un tiempo de fe férreamente sostenida y propagada, tiempo de conquistadores e inquisidores, de guerras santas e imposiciones de ortodoxias. Hoy en día no se permite a nadie que se sienta fuera de lugar, ni que se aleje o reniegue de su lugar en el mundo que ha encontrado – sin haber podido decidir – en el mismo momento en que nació. Pero iba hablando de la convivencia de principios del siglo XX, y que hoy se niega y se limita a imposición europea haciendo tabla rasa de los demás porque la idea subyacente es la de criticar la colonización europea, negar la lógica colonizadora, achacar todos los males presentes a aquel entonces, y ver en aquel momento la negrura de un tiempo infame.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II

Ensayo de autobiografía III

Ensayo de autobiografía III

Si uno puede – y es fácil en este caso – resistirse a los cantos de sirena editoriales, si uno se preocupa por informarse y buscar ejemplos en otras tradiciones, el esfuerzo termina por ser recompensado, y además muy pronto. Hay algunas memorias que son casi imposibles, las de Saint-Simon, o las Memorias de ultratumba de Chateaubriand – escritas con la mente puesta en la posteridad, y geniales más allá del deseo de perduración –, hay otras más modestas, al igual que hay biografías que son ya hitos en la historia secreta de las vidas privadas – y recuerdo las que Richard Ellman escribió de algunos escritores británicos, o más en general lo que algunos británicos, o americanos, han escrito de otros autores.

No fueron estas – con la excepción de Holmes – las que fueron juntándose en mi escritorio, producto más de la casualidad que de algún plan concebido de antemano. Ya antes del viaje había leído la de Eduardo Haro Ibars, una recuperación, no sé si oportunista o no ahora que volvemos, con cierta debilidad, es cierto, a los años ochenta, sin que nunca nos decidiéramos a abandonarlos; recuperación,  apuntaba, de un personaje que para mí es central en esos años, aun a riesgo de saber que la afirmación conlleva la distorsión de la imagen que han creado de los maravillosos años ochenta – pero esto ahora no importa, sólo quería señalar la casualidad que se dio mediado el mes de junio cuando leí, antes de llegar, una biografía y al llegar otra, las dos de escritores malditos, y no sé hasta qué punto buenos o no, unidos por ciertas aficiones secretas o con mayor simplicidad aún, frutos de sus respectivas épocas que no son, en el fondo, si no la misma: las mismas ilusiones y desesperanzas, idénticos afanes, virtudes y vicios.

Me interesa señalar lo que tienen de narración de un proceso de crecimiento intelectual estos libros en el ámbito anglosajón, tan alejado y ajeno a la revelación y exposición de detalles escabrosos, anécdotas sin sustancia, cotilleos y demás historietas chabacanas. Importa el crecimiento moral e intelectual del personaje – pues, guste o no, la persona se transforma en tal. Parecen entrever que para entender toda una obra o toda una vida es necesario el recuento, más o menos minucioso pero siempre meditado, de los años vividos sin que quepa la tonta nostalgia ni la sentimentalidad de la baratija de otros o el engolamiento pastoso de las divas. Una autobiografía es un ajuste de cuentas consigo mismo, un repaso juicioso y crítico a lo que hemos hecho y a lo que hemos abandonado, a quién hemos querido y a quién, olvidado; casi cualquier cosa, en fin, menos un ejercicio de complacencia con nosotros mismos.

Fuera de lugar es la autobiografía de Edward Said, alguien que siempre lo estuvo y que no se preocupó por encontrar el suyo. Es una obra centrada en el sentimiento de no lograr estar integrado, un sentimiento de alienidad, de ser no siendo y viviendo rodeado de quienes poco tienen en común contigo. En el fondo, la tensión intelectual y moral que no debería dejar de latir nunca si no queremos caer en la conformidad y en el farfulleo inane. Es un relato moral de cómo fue creciendo y forjando su extrañamiento. Cualquiera podría pensar que con sus antecedentes familiares lo normal es que hubiera estado integrado dentro de la élite árabe, y sin embargo la vida es más compleja. Said vive entre Palestina, Egipto y el Líbano en los años en que se desmorona un mundo árabo-occidental y es lentamente sustituido por una sociedad que surge de la ortodoxia islámica, que no tiene por qué ser estrictamente religiosa, pero sí política (y lo político esconde siempre una vena religiosa fuerte.) La sustitución de una sociedad plural en que religiones, razas y culturas convivían – aunque fuera con sus muchos problemas – por otra monolítica en la que desaparecen los problemas pero se enquista el problema de la tolerancia, la vive sin darse cuenta verdadera de su trascendencia; Said es aún un muchacho demasiado joven como para comprender las razones de tantas mudanzas y de los cambios de la fortuna, pero también lo vive como algo que de manera inconsciente influirá en su carácter. Mira el mundo desde la posición del que ha perdido mucho, casi todo: su país, un determinado modo de entender las relaciones con los demás o su lengua, al tiempo que es señalado por el color de su piel, por el acento raro que tiene al hablar. El padre es una figura extraña, inalcanzable e incomprensible, palestino que se siente americano y que mandará a su hijo a los Estados Unidos para que estudie. A ello se añade que es el único varón y que los lazos entre hermanos también le faltan. Todo ello contribuye a crear una mirada desde el borde o desde la periferia, una mirada inquisitiva, acerada, hecha de renuncias, silenciosas afrentas y pérdidas, pero también una mirada que busca la excelencia y huye de la mediocridad, la de quien no quiere engañarse y acepta mirar de frente al mundo hasta el final de sus días. En Fuera de lugar también hay sitio para contarnos su fascinación por la aventura intelectual, su gusto por la lectura y su pasión por la música, sin que la mirada retrospectiva empañe o adultere las sensaciones de los momentos singulares de la niñez.

Cabe pensar que si Said no hubiera tenido esa infancia, su carácter se habría moldeado de otra manera y con bastante probabilidad toda su escritura crítica habría tenido un sesgo distinto al haberle faltado esa experiencia periférica. Su autobiografía vale por lo que tiene de testimonio del crecimiento intelectual y moral (¿acaso no es lo mismo?) de alguien que con el tiempo lograría formar una escuela dispersa en la geografía pero muy unida por lazos intelectuales.

Ensayo de autobiografía I

Ensayo de autobiografía II

Ensayo de autobiografía II


En la tradición española la autobiografía es un género casi desconocido que solo ahora parece tener un número pequeño de adeptos. A pesar de la impronta eclesiástica en la cultura hispana, el examen de conciencia no parece haber tenido mucha fortuna. Los ejercicios de recuento del día tan propio de los jesuitas, el examen que se hace antes de rendir cuentas, no contaban con verdaderos practicantes. Nunca sabremos si lo oído en los confesionarios era verdad todo, pero sí que sabemos que las confesiones públicas no han sido frecuentes. Acaso porque se prefería la secreta y había un pudor o miedo enorme a que los demás conocieran nuestras debilidades, o porque nunca hubo un examen de conciencia a fondo y sincero – lo que deja muy malparada la sinceridad religiosa, y confirma la sospecha de que aquí la religión ha sido asunto de ritos y poses –, lo cierto es que nunca ha habido un interés por la autobiografía que sí ha existido en otros países como Gran Bretaña o Estados Unidos, de raigambre puritana. Quizás en el entendimiento social de la religión tan distinto al católico – más preocupado por el oropel refulgente que por la densidad de la práctica sincera e individual – derive la autobiografía. La confesión, junto con otras tantas prácticas, no es un asunto exclusivo del creyente y de dios, incluye también a la comunidad porque esta es recipendiaria, al menos subsidiaria, de las acciones de las personas. Esto que en España lo entenderíamos de manera chabacana, porteril por decirlo de algún modo, en los países puritanos ha sido interpretado como compromiso con la sociedad. Quizás por ello, como el Estado cubre muy poco las eventuales catástrofes o desgracias, es la sociedad civil la que se ocupa de paliarlas, y en los países en los que el Estado tiene una presencia clara y asentada, el propio compromiso comunitario ha forjado una ética civil de la honradez, la mejora y la rendición de cuentas muy alejada de la picaresca hispana para la cual lo único que importa es aprovecharse todo lo posible de lo que nos ofrecen sin detenernos a pensar si nos lo merecemos, o al menos nos lo merecemos en tal medida, o si no tendríamos que dar algo a cambio.

La sociedad civil como tal aquí nunca ha existido. Ha habido gregarismo, comunitarismo, privilegios, cierre de filas en torno al caudillo del momento, pero sociedad – entendida como la libre asociación de personas con el propósito de buscar la libertad, la prosperidad y la felicidad en todo – de eso no ha habido. Sin sociedad civil no podemos esperar el surgimiento de frutos propios de esta: secularismo, laicismo, ética pública, virtudes civiles. Los valores y el entramado que desarrolla es lo que permite más tarde una literatura en que la introspección que el autor lleva a cabo de su propio mundo sea fructífera, en primer lugar por la libertad de conciencia del autor, liberado de la obediencia y servidumbre a ningún poder externo, sea este religioso, civil o militar. Así las cosas no ha de extrañarnos que no haya ningún autor que desee contarnos sus dudas, sus debilidades, los afanes que lo movieron, las cobardías que lo agarrotaron. Escasea la autobiografía porque somos incapaces de examinar con rigor, libertad y honestidad nuestra vida, porque hay veces – muchas veces – que la hemos manchado, porque la vida queda enlodada por lo que hacemos y por lo que omitimos, pero somos incapaces de aceptar esta realidad – por otro lado, a veces muy dolorosa – y nos recluimos en nuestras ensoñaciones de vidas luminosas, y cuando nos interesamos por alguien no pasa de ser un mero interés malsano. Aquí leemos las biografías y las autobiografías animados por el conocimiento de detalles vulgares y escabrosos, y no por el desarrollo vital de las personas. Por eso tienen tanto éxito las memorias de personajes conspicuos y vulgares pero muy presentes en la vida pública y cuya vida se reduce a haber frecuentado la sociedad. Exhiben un glamour de baratillo y adornan sus vidas con superfluas historias de patéticos galanes trasnochados. Ese es el ejemplo de vida interesante e intensa que anualmente – en la temporada navideña – proponen las editoriales y que debe de ser un éxito rotundo pues año tras año insisten y repiten con la vida de otro de esos santones ilustres.

(Ensayo de autobiografía I)

La pintura de Luis Nieto o el camino hacia el despojamiento

“Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente.” Jorge Luis Borges

I

En la pintura de Luis Nieto encuentro, quizás buscados de manera inconsciente, referentes poéticos. No creo que él los provoque; de lo que cabe poca duda es que entre sus referencias está la poesía, absorbida de una manera caótica e instintiva porque la siente cercana y no necesita pensar mucho en ella ni sobre ella. Entre los muchos poetas que resuenan cuando observo algún cuadro de Nieto está William Carlos Williams, él mismo interesado en la pintura. Suelo recordar los versos que escribió en “Primavera y todo”: “Llegan al mundo, desnudos,/ ateridos/ inseguros de todo/ excepto de que llegan”. Así entiendo yo la pintura de Nieto. Uno entra en ella carente de certezas pero seguro de que accede a un mundo de una extraordinaria densidad visual e ideológica; un mundo complejo que ha ido desarrollando desde los inicios de su carrera y que tiende hacia el desnudamiento de sí mismo. Cómo lo pueda conseguir, y me refiero al mantenimiento de la densidad pictórica junto con el vaciamiento del cuadro, es uno de los varios misterios que ofrece Luis Nieto al espectador.

II

Tiene su estudio en un barrio de las afueras de la ciudad, en una calle cercana a una vía de entrada y salida de la misma, de tráfico congestionado con mucha frecuencia, oculto el local entre bloques de viviendas de ladrillo visto y ventanales de aluminio. Es una callejuela que no lleva a ningún sitio, casi se acaba al llegar allí. Los niños juguetean en la calle y los adultos le miran a uno con desconcierto o sorpresa cuando pasa al lado de ellos. Cuando el visitante casual traspasa la persiana metálica que lo protege de la vana curiosidad mundana, encuentra otro mundo, que en un principio puede parecer el culmen de la anarquía pero donde, con el tiempo, uno comprende que rige un orden construido a la medida del pintor. Abandonadas en una esquina, al lado de una estufilla eléctrica, hay unas deportivas, gastadas, amoldadas por el prolongado uso a sus pies, el interior del talón rozado hasta llegar al blanco. El trabajo lento y permanente las ha ido desgastando pero allí permanecen, como parte integrante de su mundo, como elemento significante de su modo de entender la pintura.

III

Hay en Luis Nieto una preocupación continuada por cómo intervenir en el espacio público. Hay una inclinación cívica, que es política, en las estribaciones de la acracia, que unifica su vida y que, como en muy pocas personas, no es una actitud impostada. Quiero notar que su acracia le ha ayudado a desconfiar de los dogmas teóricos y la práctica pictórica débil que provenía del realismo socialista y otros tantos ismos políticos cuya única intención era la de la sujeción y control psicológico del artista y de los espectadores. Haber nacido en la segunda década del siglo XX tiene la enorme ventaja de haber podido asistir como espectador al progresivo derrumbe de algunos mitos estéticos. Ese es el punto de partida de Luis Nieto: el convencimiento de que las consignas, ya sean políticas o artísticas, dictadas desde los aparatos burocráticos de los partidos o de las sociedades artísticas – sea cual sea el nombre que tengan — solo llevan a la impostura y a la esterilidad. El artista es una persona que ha de actuar por sí mismo, aunque ese sí mismo esté siempre en contacto con el nosotros de la sociedad. Por ello la pintura de Nieto es individual pero está volcada hacia la sociedad. Eso sí, que nadie espere que las líneas de transmisión sean simples, unívocas o banales. La reflexión es compleja, continua y arriesgada. Ni se conforma con los caminos ya transitados ni le interesa la simpleza.

IV

La exposición combina obras de un solo elemento y otras formadas por varios. La idea que subyace a todas ellas es la creación de secuencias. Esto es fácil de ver sobre todo en las que varias tablas forman una obra. Aun así, también aquellas que son individuales también forman una serie en un sentido.

Llama la atención el interés geométrico que surge de sus cuadros. Superficies de tamaño medio de un blanco desvaído cruzadas por líneas de diversos grosores, donde el color está ausente en su casi totalidad. Son aquellas bajo el nombre genérico de orden. Las líneas están tamizadas por varias capas como si el artista quisiera esconder el origen y prefiriera que el espectador centre su atención en la superficie donde los elementos llegan después de una disolución de sus contornos. Son obras silenciosas, etéreas, que llaman a la quietud y a la contemplación. Hay en ellas también un movimiento sutil, como si algo estuviera surgiendo de lo profundo y acercándose al espectador. Forman una fase primera en la evolución última de su pintura y quizás por ello es en este grupo donde el color aparece con mayor frecuencia y variedad, pero siempre, repito, tamizado o apagado en la gran mayoría de los casos, como contraste al blanco básico que forma los cuadros. El poco color deja entrever una breve emoción ahora infrecuente en su pintura.

Ni el sentimiento ni la narración tienen cabida en su pintura. Nieto mantiene un fuerte descreimiento del discurso artístico posromántico – aquel que encumbró el expresionismo abstracto y su énfasis en el sentimiento expresado mediante el color – acaso porque es consciente de las celadas que el sentimiento nos va tendiendo día sí y día también. Dicha desconfianza lo conduce a la búsqueda de salidas complejas para que la pintura no quede embarrancada en un mero discurso estético técnico ajeno a la obra. Uno de los movimientos que exploró caminos más allá del posromanticismo fue el minimalismo, que aparece ahora, en una interpretación personal, por supuesto, en la obra de Nieto. El espectador lo puede apreciar en series tales como “Secuencias negro sobre negro” o “Secuencias de un paisaje”. El predominio de la línea recta y el color negro añade además un suplemento de dureza y rigor. El negro domina y arrasa con cualquier atisbo de sentimiento. En “Secuencias negro sobre negro” destaca el contraste entre el polvo de antracita y la pintura acrílica de la secuencia aleatoria de las líneas que conducen a la vista por la inmensa superficie misteriosa. “Secuencias de un paisaje” es un homenaje a Félix Cuadrado Lomas. El paisaje castellano de Lomas, ya de por sí reducido a sus elementos esenciales, sufre aquí una mayor contracción visual. Lo plástico tiene un tratamiento casi escultórico en un intento de poner el énfasis en la calidad objetual de la propia pintura. Una vez más el pintor solo utiliza líneas logrando así un efecto de silencio. El paisaje, dominado por las líneas – aunque ahora el orden de su disposición es muy rígido – llama poderosamente la atención por la quietud y el secreto que exhala. El orden no impide que haya siempre alguna línea suelta que se pierde en el vacío.

“Partitura de invierno” reitera el concepto de secuencias lineales, aunque el color aquí juega un papel importante. La línea, al igual que en cuadros anteriores, se sitúa difuminada y en un segundo plano dentro del cuadro. Tiene relación con “Invierno”, obra hecha con acrílico sobre acetato. Importa la creación de vacío dentro del propio cuadro mediante el color, o la ausencia del mismo, pues son piezas blancas y solo en tres de ellas hay breves puntos cromáticos. Son pequeños puntos de fuga, recuerdos de una realidad exterior, el sentimiento o la vida que huyen o buscan apropiarse de la superficie del cuadro. Me traen a la memoria el poema de Wallace Stevens, “El hombre de nieve”: “Ha de tener uno una mente de invierno/ para mirar la escarcha y las ramas/ de los pinos cubiertas de nieve;/ …/ Pues el oyente, que en la nieve escucha,/ y, nada él mismo, contempla/ la nada ausente y la nada presente.” Es cierto que también podrían referirse estos versos a gran parte de los cuadros de la exposición, aunque el blanco de los últimos refuerza la idea de vacío y de ausencia. Es ahí donde el lirismo surge, un lirismo mínimo, difuminado, al igual que las líneas.

En otras obras surge cierta calidez. Es el caso de aquellas en que el papel artesanal queda parcialmente oculto por el vegetal. Repite el concepto de secuenciación y la idea subyacente en muchos de ellos de la oposición entre lo humano y lo industrial. La labor de humanización del vacío la lleva a cabo mediante la artesanía. El color sigue ausente, la geometría persiste pero el material añade un suplemento de humanidad.

V

No cuento con elementos suficientes para saber si estas últimas obras prefiguran la evolución de la pintura de Luis Nieto. Ha habido, eso sí, desde hace años una progresiva esencialización desde la pintura matérica que practicaba hasta la actual eliminación de todo aquello que no es estrictamente necesario. Hay un intento muy serio de experimentación de técnicas y una reducción de elementos con el propósito de que el significado aumente en intensidad y profundidad. Ante tanta cháchara, ruido exterior, dispersión y exceso visual, Nieto ha decidido que el camino es el de la retracción y el de la repetición más o menos aleatoria de elementos mínimos para, de este modo, en un proyecto que a veces recuerda a la música de John Cage, lograr la sorpresa y la abertura por la que lo sorprendente entre en nuestras vidas.

No sé si estará de acuerdo conmigo pero recuerdan al camino del zen, al final del cual el practicante encuentra el estado de sosiego al que ha llegado mediante la meditación y la repetición de algunos gestos cotidianos. Al igual que sale uno después de contemplar sin prisas la exposición.

(Texto del catalogo de la exposición Secuencias de Luis Nieto en Valladolid durante el mes de abril de 2012)

Video de la exposición