Asombro y pregunta

Noviembre 2017 028Más que respuestas hay preguntas, derivadas del asombro ante una situación que, aun habiendo llegado al esperpento, sigue sin ofrecer una explicación clara, o al menos una explicación que no caiga en el ridículo o en la miseria humana.

Me refiero a los argumentos para defender la independencia catalana. Entiendo que haya gente convencida de que se puede hacer un referéndum saltándose la ley, entiendo que haya gente que piense que fuera de España estarían mejor, y mejor también fuera de la Unión Europea. También entiendo que haya gente que llevada por la urgencia quiera declarar la República catalana sin haber puesto los cimientos del Estado. Hay gente que, en su extremada incultura política, piensa que la voluntad es la única condición necesaria para que exista un estado, cuando, en realidad, es la voluntad el mayor obstáculo para la existencia de un estado viable.

Lo que no entiendo es la banalización. No entiendo que haya gente dispuesta a banalizar cualquier cosa con tal de salirse con la suya. Sabemos que la banalización conlleva la reducción de la hondura humana (podría decir ontológica) de los hechos. Gracias a que durante varios siglos las personas nos hemos negado a banalizar hemos logrado construir un sistema moral y una sociedad con valores fuertes, donde la dignidad humana es uno de los faros que alumbran nuestra acción.

Por esa dignidad, que no ha podido ser abordada por la banalización, hemos logrado tener una declaración de derechos humanos, hemos logrado que haya crímenes a los que denominamos de lesa humanidad, que el genocidio sea perseguido legalmente, entre muchos otros ejemplos. La condición necesaria en todos estos casos es que no rebajemos la maldad en tales casos. Un genocidio, un crimen de lesa humanidad han sido hasta ahora, en gran medida lo siguen siendo, acciones cuyas consecuencias son de tal gravedad que quedan inmediatamente fuera de lo que humanamente podemos aceptar (entendiendo humanamente como aquello que nos configura no solo biológicamente sino moralmente). Un genocidio es una acción tan brutal que al instante los genocidas quedan fuera de todo ese sistema de valores propio y exclusivo de las personas. De ahí que digamos que es inhumano (en el sentido moral), aunque solo un humano (en el sentido biológico lo pueda cometer).

Hasta ahora, repito, la banalización no afectaba, al menos no de manera fuerte ni sistemática, aunque seguro que habrá quien pueda aducir casos sueltos, a ese núcleo de la condición humana. Teníamos unos valores que, no solo promocionábamos, los protegíamos porque sabemos que solo protegiéndolos, levantando ciertas barreras alrededor de ellos, la condición humana podía continuar.

Al fianles del siglo XX, con eso que llamamos la Posmodernidad, la banalización comenzó a ganar terreno. Cada vez menos asuntos eran vistos desde un punto de vista recto. La mirada irónica, o torcida, o desmitificadora – que en algunos casos era necesaria – tuvo cada vez mayor importancia, cada vez más gente se apuntó a ella. De la mirada irónica se pasó a la banal con una facilidad extraordinaria. Si podíamos mirar el mundo de manera desmitificadora, ¿por qué no mirarlo de modo que rebajásemos su densidad humana o experiencial? Total, ya en el Renacimiento y Barroco, tuvimos la mirada picaresca, que, con bastante facilidad podríamos asemejar a la banalizadora. Además, si no hay unos valores fuertes, si hay relativismo (aunque no pluralismo), ¿por qué íbamos a mantener la ficción de los valores fuertes? Eso sin contar con que después de veintiséis siglos de filosofía centrada en la ontología, la epistemología, la metafísica y algunas otras ramas de ese amor por el conocimiento, bien podíamos tener un recreo y dedicarnos a asuntos algo más livianos: la música rock, la comedia de Hollywood, o la simbología del peinado en la sociedad americana. Así, poco a poco, se fue colando la banalización en la sociedad; colándose con un cierto marchamo respetable.

De ahí que ahora en Cataluña haya quien no tenga problemas en hablar de presos políticos, de una sociedad totalitaria o de campos de concentración, referido todo esto a España. Cuando oigo las respuestas de los políticos independentistas a las preguntas de los periodistas, no salgo de mi asombro por dos razones: la primera es que los argumentos de todos son idénticos y no se apartan lo más mínimo de unas cuantas respuestas memorizadas que repiten cual fueran autómatas. Esto sin embargo no es lo peor. Entiendo que no siempre todo el mundo tiene la misma capacidad para responder algunas preguntas y es bueno que todos estén adiestrados en repetir lo mismo para que no haya deslices de ningún tipo. Además, la repetición ad infinitum de lo mismo ayuda a la cohesión grupal y evita la existencia de heterodoxos. La segunda razón tiene que ver con el uso que hacen de algunos de los peores sucesos del siglo XX. Tanto el totalitarismo como el genocidio han sido hechos que han avergonzado a la sociedad. Hasta tal punto que hay un acuerdo social respecto al totalitarismo y al genocidio: acuerdo que es de rechazo y de imposición de penas más graves que en otros casos. (A veces no logramos identificar el totalitarismo o el genocidio hasta que es demasiado tarde, pero ese es otro asunto.)

Cuando en estos días hay gente, en realidad la gran mayoría de los independentistas, que para lograr que la balanza de fuerzas se ponga de su lado (la balanza nunca la razón) acusan al gobierno de la nación (y en un ejercicio metonímico al que son tan aficionados, a todos los españoles no independentistas) de encarcelar presos políticos o de que Cataluña es un campo de concentración, lo único que hacen es banalizar las experiencias de quienes vivieron en tales campos, de los que solo una minoría sobrevivió, o la de aquellos que por no ser franquistas pasaron una temporada en prisión.

La banalización, piensan, les ayudará a conseguir su objetivo. Que el precio a pagar sea una disminución de la gravedad de aquello que ellos aducen es algo que, se ve bien claro, no les interesa. En el fondo, o quizás no tanto, es un rasgo propio de los totalitarismos.

La pregunta es ¿por qué personas con un buen nivel de vida, unas libertades que muy pocos disfrutan como ellas, cultas, con un nivel educativo alto están dispuestos a banalizar algunos de los mayores horrores que ha vivido la Humanidad? ¿Solo por conseguir la independencia?

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El eterno retorno

LuJSwV7LR%+yLmQ0B+WzIA_thumb_317José Álvarez Junco y Josep Fontana examinan de manera bien clara los problemas de España en varios de sus libros sobre historia de España en los siglos XIX y XX. Entre ellos están la jerarquía católica, que controla la educación; el recurso al golpe de estado y la miseria moral, política y humana de las elites políticas.

Seguimos igual. Tenemos una jerarquía católica que solo piensa en adoctrinar a los niños en la religión. Una de las consecuencias es que ningún gobierno desde 1978 hasta hoy se ha tomado en serio educar a los españoles en lo que es el republicanismo cívico. Este republicanismo habla de la nación como un conjunto de ciudadanos libres e iguales en derechos y obligaciones que se rigen por la ley que el parlamento aprueba. Las leyes, en consecuencia, so provisiones objetivas que regulan la convivencia. Nada tienen que ver con la moral, ni con el modo de alcanzar el Reino de los Cielos. Importan solo para organizar y gestionar la vida en este mundo de la mejor manera posible. No hay que creer en ellas, solo hay que cumplirlas. Las leyes son ateas, lo que significa que solo valen para este mundo, que, por otro lado, es el único que hay.

Mientras en Europa y América se enseñaba esto a los escolares y se les inculcaba un sentido de unidad entre las diversas comunidades que formaban la nación, en España teníamos a la Iglesia, por un lado, a la Monarquía que pensaba que la unión de reinos que formaba España era propiedad suya, a unos conservadores que también pensaban que España era de su propiedad y a una izquierda de la cual una parte minoritaria era ilustrada y quería educar en esa idea de republicanismo cívico, y otra que solo pensaba en dinamitar cualquier posibilidad de convivencia. En esto se unió a la derecha y entre las dos jalonaron los siglos XIX y XX de asonadas militares e insurrecciones de todo tipo. Como bien apunta Fontana, el problema no radica en si los insurrectos eran progresistas o conservadores si no en que se levantaban contra el orden establecido por el simple hecho de que a ellos no les gustaba lo que había y utilizaban la fuerza para imponer su voluntad contra el resto de la población.

La inoperancia de las elites políticas a la hora de crear una nación cívica (en el sentido que Álvarez Junco le da) trajo como resultado el nacimiento de nacionalismos de signo cultural que han perdurado hasta hoy día (agravándose la situación, claro.) Los nacionalismos, una vez más, son el desencadenante de un nuevo golpe de estado. Una vez más, una facción insurrecta, que además proclama la superioridad cultural de la gente que puebla el territorio,[1] ha lanzado un órdago al régimen político establecido. Una vez más, gran parte de la izquierda ha unido sus fuerzas con esa facción golpista.

 

Los gobiernos españoles no se preocuparon por ese republicanismo cívico, ni en la enseñanza, que dejaron en manos de los caciques de cada región, ni en el plano simbólico. Desde hace mucho, el gobierno central hizo dejación de sus funciones en todo el territorio, y al retirarse política y simbólicamente, permitió que los nacionalistas ocuparan su lugar. Una vez más, como si la historia no nos hubiera enseñado cuál iba a ser el resultado.

En esas estamos, en otra encrucijada histórica, mal que nos pese, con los bandoleros a la espera de sacar tajada, al igual que ayer la sacaron con las fotografías de los heridos. Porque no nos engañemos, los heridos sirvieron ayer para echarse encima del Gobierno. Hoy ya no importan, ni mañana ni nunca más. Los heridos, al igual que lo fue la manifestación por las víctimas del atentado de agosto, son solo un instrumento, nunca un fin.

[1] No en vano Heribert Barrera, uno de los más destacados políticos de ERC afirmó, sin despeinarse cosas tales como: «En América, los negros tienen un coeficiente inferior al de los blancos» o «se debería esterilizar a los débiles mentales de origen genético». Marta Ferrusola, mujer de Jordi Pujol, pidió que se frenara la inmigración en Cataluña porque, si no se hacía con el tiempo el genotipo catalán iba a desaparecer. (El término genotipo lo uso yo, dudo que la señora, ocupada en sus labores de ecónoma abadesa lo conociera [Por cierto que la izquierda esa que quiere gobernar, bien que calla en el caso de la corrupción política y económica de Cataluña].)

 

De épicas, líricas y otras tomatadas

%Geub2MWRL+9gYnOjjGCkg_thumb_304Observo en los periódicos que en Cataluña las clases donde se imparte la educación obligatoria están llenas de banderas catalanas – de las verdaderas y de las inventadas (porque como nos enseñó Eric Hobsbawn, la tradición se inventa – y pienso en los campamentos que la Falange organizaba en España con el único fin de adoctrinar. (creo que a los niños los llamaban flechas). También fueron adoctrinados los que formaron parte de las juventudes hitlerianas, de las juventudes comunistas en Rusia o en Cuba, los jóvenes en la Italia fascista.

Tienen todos dos rasgos en común: querencia por la masa, el grupo, la tribu (como quiera llamársele) y la primacía del sentimiento. No es extrañar que, la poesía – o que ellos creen que es poesía – florezca como nunca, como tampoco es extraño el gusto por toda reunión pública de masas. Cuando veo tanta gente junta – adultos en su mayoría – saltando, coreando consignas, cogidos de la mano, sonrientes, enseñando orgullosos a sus niños el comportamiento de la tribu, solo pienso en aquel grito: Non serviam! Cuando leo sus deposiciones líricas pienso en lo que decía Jaime Gil de Biedma sobre la prosa:

La prosa, además de un medio de arte, es un bien utilitario, un instrumento social de comunicación y de precisión racionalizadora, y no se puede jugar con ella impunemente a la poesía, durante años y años, sin enrarecer aún más la cultura del país.

La prosa ha sido el instrumento que las personas han utilizado para su progreso racional y político. La poesía ha sido una reflexión oblicua sobre la existencia. Hoy en día hay quien utiliza la prosa como adoquín que estrellar contra la frente de su enemigo; hoy los enemigos son necesarios, y quien no los tiene otros se los fabrican. La poesía, eso que llaman poesía, es hoy en día una regurgitación sentimental y un sustituto de medicamentos como el prozac y otros por el estilo. No es de extrañar, tampoco, el gusto por la poesía si tenemos en cuenta esa tendencia al gregarismo. Las lecturas de poemas en grupo funcionan como sesiones terapéuticas en que los participantes abandonan sus miedos, sus preocupaciones, su soledad, su individualidad para fundirse en la común unidad de la masa. Son, en breve, catecúmenos, que presumen de su inteligencia crítica mientras desgranan seguidos todos los tópicos de nuestra época.

No es de extrañar que tengan una banda sonora de su vida, que haya una comunidad de afectos generacionales (más bien intergeneracionales, pero parece que no se enteran; los conceptos la sentimental masa tiene problemas para entenderlos). No es de extrañar ese canturrear continuamente “L’estaca”, o hace meses, al perder las elecciones, “Ítaca”, cuando habría sido mucho más apropiado “Esperando a los bárbaros”. Aunque habría sido un problema, pues el poema acaba de este modo:

Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.

La política desde Platón hasta nuestros días – con algunas excepciones como el período de entreguerras – ha sido un ir eliminando los sentimientos para que la razón se fuera abriendo camino. Hoy en día retrocedemos: pierde terreno la razón para ganarlo los sentimientos y la irracionalidad.

En esas estamos, en el retroceso hacia formas que podemos llamar, con pleno derecho, de fascistas. Creo que la vida me ha dado mucho. Entre otras cosas, ver la caída del Muro de Berlín, y ver el ascenso del fascismo (en su vertiente populista, que no es sino otro nombre de nacional-socialista). Eso sí, estoy seguro de que en cuanto salga a la calle, mañana o pasado, habrá quien seguirá repitiendo esa jaculatoria de que vivimos una época aburrida en que no pasa nada interesante.

La épica de la Revolución, la lírica de los sentimientos: eso es lo que nos espera, y dentro de unos años, las confesiones del desengaño, aunque desconozcan,  quizás, por eso, lo que Friedrich Hölderlin escribió:

Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno

¡Menudo panorama nos espera!

Libertad… de entrada, sí …de salida, solo la de mis amigos

Tenía que ocurrir, antes o después era normal que ocurriese. No es que haya que ser muy inteligente, no, simplemente es necesario un poquito de memoria.

Cuandos e constituyeron las últimas corporaciones municipales, alguien advirtió que en Madrid uno de sus concejales había enviado por las redes sociales chistes humillantes contra algunas víctimas de terrorismo y contra el genocidio judío. El concejal – y su tribu – dijeron que eso era libertad de expresión. Un juez abrió el caso pero aquello no duró mucho y la sentencia fue absolutoria porque aquellos chistes estaban amparados en la libertad de expresión. Y la izquierda estatal – del Estado español y funcionarial – sentenció seria, campanuda, ¡cipotuda!, que la libertad de expresión era intocable.

Mientras tanto en Barcelona, la alcaldesa ha montado dos exposiciones. Una en el Born sobre el franquismo, la otra dicen que es una reflexión sobre le capitalismo. En ambos casos son banales y pueriles, una excusa para ir el domingo por la tarde, después de misa o del vermú, a echarles un vistazo, y luego tomarse un chocolate con picatostes. Parece ser que los encargados por la alcaldesa de montar las exposiciones buscaban que aquello tuviera una función educativa; mostrar al público – nunca fue más adecuado el vocablo – a los ignorantes que desconocían las maldades de la dictadura franquista – y por ende, las dictaduras de derecha—y los males que el capitalismo acarre. (Hago aquí un paréntesis para llamar la atención del hecho de que en una sociedad opulenta, capitalista y derrochona, como el Ayuntamiento barcelonés nos recuerda con sus actos, se monte una exposición – un teatrillo, en verdad—sobre los males del capitalismo. ¡Si nos estuviéramos comiendo los mocos o quitándonos el hambre a sopapos, pero ¡resulta que todos tenemos teléfonos móviles y la gente se permite el lujo de elegir su modelo!)

Parece ser que hay quien no entiende que eso es libertad de expresión. ¡Sí, lo banal y lo pueril, lo vulgar y lo cochambroso, lo superficial y lo que está de más, también están amparados por la libertad de expresión. Pues hete aquí que unas bandas de concienciados muchachos anticapitalistas de esos que si por ellos fuera sacaban a Cataluña de la Vía Láctea, no han percibido esa sutil rasgo y la emprendieron a mamporros contra la estatua ecuestre del miles gloriosus, y contra los carritos que eran símbolos del capitalismo que nos asesina.

Lo dicho que la libertad nos gusta cuando es la nuestra o la nuestros amiguetes, o cuando nos reafirma en nuestros prejuicios. En caso contrario, como son estos dos últimos, siempre hay bandas de esforzados luchadores antifascistas, anticapitalistas, anti… que se encargarán de impedir — con violencia, por cierto (la partera de los nuevos tiempos según predicaban Marx y Lenin) – algo tan delictivo y peligroso.

8 de noviembre no es el título de ninguna canción

Hoy es un día extraño. Está enmarcado por dos acontecimientos muy señalados. El 7 de noviembre hace 78 años, Largo Caballero dejó Madrid en guerra y marchó a Valencia. El Gobierno republicano tuvo que dejar la capital de de España ante el avance del ejército fascista. El 9 de noviembre de hace 25 años cayó el Muro de Berlín. Aún recuerdo a los comunistas desnortados ante tal suceso. El comunismo – o mejor, quizás, Comunismo – ese sistema político superior a la democracia – los comunistas, en realidad decían capitalismo, mostrando su ignorancia en cuestiones políticas y económicas – el comunismo, decía, empezaba a derrumbarse. La superioridad de la RDA no era algo que los alemanes del Este apreciasen mucho – en realidad ni mucho ni nada – y estos preferían vivir como en el Oeste. En fin, que un gran día para la libertad lo tomaron como una catástrofe y no fueron capaces de entender nada.

Hoy, sin embargo, aquí y ahora, el 8 de noviembre de 2014 es un día en el que muchas personas tenemos que reivindicar la libertad: la que proporcionan las leyes, la convivencia, la igualdad de derechos, la del progreso. Me explico en esto último. A pesar de que hay gente que piensa que es lo mismo ir hacia estados supranacionales que ir hacia estados fragmentados e independientes, la realidad es que ni lo es. Hay un camino que es el recorrido hasta ahora, no sin mucho esfuerzo y resistencias, que es hacia la unión. Esto ha servido para que la violencia entre los estados se redujese. Es algo palmario: si dos estados mantienen relaciones, si el futuro de los dos va unido, pocos buscarán la guerra, que llevaría al desastre de los dos estados. Así, la nación moderna es la unión de varios pueblos, cada uno mandado por un jefe, en una sola entidad. Se logró así reducir la violencia entre dichos pueblos. Más tarde, la violencia entre naciones provocó dos guerras mundiales. Al final de le Segunda, algunos estados europeos se unen en una pequeña comunidad de naciones con fines económicos pero que iba a permitir que la unión, gradualmente fuera más política, y reducir la violencia entre dichos países. Desde que existe la UE, la violencia en Europa se ha reducido considerablemente, aunque por supuesto, los nacionalismos – en Yugoslavia – han seguido siendo los causantes de las pocas guerras que ha habido.

Aunque la unión de Escocia con Inglaterra y Gales tenga solo unos pocos siglos, aunque la unión de Cataluña con el resto de España no sea milenaria, lo que importa es que esa unión ha dado lugar a una mayor prosperidad, no solo material, sino en términos de ciudadanía, democracia y convivencia. Ir hacia atrás, es decir, pedir que las naciones se separen es dar los pasos rectos y contundentes hacia nuevas guerras, es ser, en realidad, un reaccionario, que, por lo que se ve, abunda entre la izquierda, casi más que entre la derecha.

Por eso, hoy es el día de reivindicar lo que nos une, las ventajas de permanecer unidos, las razones por las que un estado que tiende a ser supranacional es mejor para los ciudadanos que una pequeña nación que sitúa sus orígenes en la bruma de un pasado mitológico.

Habrán observado que cuando hablo de España digo siempre estado. Sí, pero no por las razones por las que lo hacen los nacionalistas y anejos, sino porque yo lo que quiero es más administración y menos nación. El calor del establo de la nación lo dejo para otros, para los reaccionarios, para lo que tienen miedo al futuro, a la cesión de soberanía nacional.

Y los de Podemos a lo suyo, a decir lo uno y su contrario: Carlos Jiménez Villarejo escribe un artículo para contentar a los que estamos en contra del referéndum y la independencia, y Gemma Ubasart e Íñigo Errejón, otro para los que están a favor. Hay que pescar en todos los caladeros. A eso le llaman ocupar todo el espacio político. Lo conseguirán. En estos momentos, el desarme intelectual de los españoles es tan profundo que un partido político puede presentarse como nacionalista y antinacionalista, ateo y religioso, a favor de la ciencia y a favor de la superstición, ser antimilitarista y enorgullecerse de su ejército, puede ser todas esas contradicciones y a los españoles no importarles lo más mínimo ni sospechar de la mentira enorme que ahí se esconde. ¡Cómo no van a ganar así votos!

Marginados e integrados

Albert Plà ha dicho en Cataluña que se avergüenza de ser español. Hace años ya lo hizo otro artista. Cuando en Cataluña un catalán se cisca en España lo que hay detrás es un problema económico. Albert Plà, los artistas catalanes, saben que cuando insultan a España desde Cataluña consiguen contratos para actuar por ser buenos chicos catalanes.

Lo imposible es ser catalán y ciscarse en Cataluña viviendo allí. Otro Albert, Boadella en este caso lo hizo, y lo han excluido de Cataluña. Boadella es un apestado, un marginal, alguien fuera de Cataluña. Para ello, esa máquina represiva que es la Generalitat, y que pretende ser el germen de la nueva nación catalana, creó la imagen del Boadella facha, que, por supuesto, no tiene cabida en Cataluña.

Boadella no puede vivir en Cataluña, a Plà la buena sociedad catalana lo aplaude. Marginados e integrados por la maquinaria estatal represiva catalana.