Corporalidad

Somos cuerpo, aunque no siempre un cuerpo sano, pleno, jovial. Nos define, más que el cuerpo sano, la enfermedad, y digo que nos define porque es cuando estamos enfermos cuando de verdad percibimos nuestro cuerpo. En la salud, el corazón, los pulmones, las articulaciones, nada de todo esto parece existir. Cuando tenemos alguna dolencia, sin embargo, sí que lo notamos.

Somos seres reflexivos y melancólicos, un punto lanzados hacia el vacío. Pascal decía que éramos sobre todo seres enfermos, y Nietzsche fundó gran parte de su filosofía en la enfermedad, aunque su entendimiento de esta estaba muy alejado de la noción común. Ellos, y algún otro filósofo, han postulado que la enfermedad viene bien para filosofar. Epicuro era un hombre de salud delicada, Montaigne que era philosophe más que filósofo también habla de sus dolencias y del modo en que el cuerpo transforma su visión del mundo y de la vida.

Incluso el mayor optimista tiene a veces caídas en el pesimismo. Solo aquellos que se creen enviados a cumplir una gran misión en el mundo tiene a gala su buena salud. Whitman era uno de esos, se creía llamado a ser el poeta de América, el portavoz de todos sus compatriotas. Ya en el “Canto de sí mismo” alardea de la misma.

Cuando la gente habla del cuerpo, piensa, de una manera un tanto banal y pobretona, en un cuerpo sano y, en esta época, sin mácula, dorado, atractivo. La realidad, bien lo sabía De Quincey, es que el cuerpo hace pasar muchos sin sabores y malos ratos y que a veces es necesaria la narcosis; a veces incluso, le ocurría a él, en el estado narcótico uno encuentra grandes ideas, a condición, claro, de que su mente sea sofisticada. De la ramplonería solo salen ideas vulgares.

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Filósofos y políticos

Asevera Baruch Spinoza en su Tratado filosófico-político, uno de los primeros y escasísimos tratados materialista de política:

[Los filósofos] “Conciben a los hombres, en efecto, no tal cuales son, sino tal cuales quisieran ellos que fueran; y así, con la mayor frecuencia, escriben una Sátira en lugar de una Ética, y jamás han concebido una Política que pueda ser puesta en uso ni tenida por otra cosa que una Quimera, buena para regir una isla de Utopía o bien la edad de oro de los Poetas, es decir precisamente aquellos sitios para los cuales no se precisa de ella. La política es, pues, de entre todas las ciencias que pueden tener uso, aquella en la cual teoría y práctica parecen discordar en más alto grado; y no hay, en la opinión general, hombres menos aptos para gobernar la República que los teóricos o los filósofos.”

“Que los políticos hayan escrito de política con mucho más tino que los filósofos, es algo acerca de lo cual no hay duda: porque, al haber tenido, en efecto, a la experiencia por maestra, nada han enseñado que se alejara de la práctica.”

Disonancias

Escribe Hölderlin en Hiperión: “siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su  infierno.” Hölderlin es uno de esos románticos alemanes que se conjuró para buscar la Libertad con Scheling y Hegel en Tubinga: “Necesitamos una nueva mitología… Un más alto espíritu, enviado del cielo, tiene que fundar entre nosotros esta nueva religión; será la última obra, la más grande, de la humanidad”. El pasaje pertenece a lo que se conoce como “El más antiguo proyecto de programa del sistema del idealismo clásico alemán”. Luego todos sabemos de la deriva del proyecto en pesadilla y horror.

En Hegel derivó en la teorización del Espíritu Absoluto, Schelling dijo aquello de “Es duro, por así decir, apartarse de la última orilla.” En Hölderlin la locura y la amnesia cerraron su vida. Antes, sin embargo, tuvo tiempo de escribir Hiperión, y en él la frase que cito al comienzo. “Si pierdo la memoria, ¡qué pureza!”, escribió Pere Gimferrer en homenaje a Hölderlin.

Las disonancias de la Historia

Soledad

Nunca nuestra subversión será tan honda como en el acto  de sabernos irreversible constructo del poder al que odiamos. Nunca tan solidarios como cuando tan solos.

Gabriel Albiac (a propósito del Estado y de Michel Foucault). De la añoranza del poder o consolación de la filosofía.

De la filosofía como pensamiento crítico

Leo en el periódico que la asignatura de Filosofía va a desaparecer casi completamente del currículo de Bachillerato. No me extraña, y me apena de un modo extraño. Hay quien dice que “de la filosofía emana el pensamiento crítico, que es el que sustenta la democracia”, y yo, la verdad, veo a tanto político citando a Karl Marx (pocos pero alguno), Gramsci (bastantes, es el filósofo de moda entre los radicales al igual que antes lo fueron Gilles Deleuze y Felix Guattari), Ernesto Laclau (el gran gurú, hoy en día, de los movimientos asamblearios que convierten las sociedades democráticas en sociedades orgánicas), y cuando les oigo a todos ellos atribuyéndose el pensamiento crítico, me digo que este, como todo en nuestra sociedad, ha llegado ya a un punto elevadísimo de banalización: pensamiento crítico cuando solo repiten como papagayos cuatro ideas mal recibidas y peor asimiladas.

En uno de sus Diálogos, Platón pone en boca de Sócrates que la filosofía es aprender a morir. De ahí han salido casi 27 siglos de Filosofía. Estoy seguro de que si preguntásemos a los del pensamiento crítico, y a muchos filósofos, qué quiso decir Platón con esas palabras, la mayoría no tendría ni idea, arrimaría el ascua a su sardina y nos largaría un rollo inaguantable repleto de tópicos, lugares manidos y mucha, pero que mucha, idea vulgar, común y sobada. Dos ejemplos: la lucha revolucionaria y el surgimiento del SIDA.

Teólogos

Tronco

Hace no muchos años – o, quizás sí, pero envejezco y ya no cuento por años sino por décadas – hace años, decía, la filosofía se enorgullecía de pensar contra el Poder. Se enorgullecía aunque no siempre lo practicase. Frente a los partidos en el Poder, ellos establecían una serie de estrategias o de discursos que iban a la contra. Ahí estaba la fuerza de gente como Michel Foucault, pero sólo él y nunca sus disminuidos discípulos, y ahí se situaba también Louis Althusser, que era un caso peculiar pues durante gran parte de su vida intelectual cuando tuvo que elegir entre las tesis del Partido Comunista Francés y las suyas propias, elegía siempre – como buen comunista disciplinado – las tesis del PCF. (Esto, claro, se puede aplicar a la grandísima mayoría de ese oxímoron que es el filósofo comunista, que no es sino la puesta al día del filósofo teólogo. Así como en épocas pasadas tuvimos a Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, que hicieron teología que quisieron hacer pasar por filosofía – mientras en Holanda estaba Baruch Spinoza escribiendo una filosofía en verdad radical, en el siglo XX tuvimos a los filósofos comunistas que escribieron la teología del Comunismo mientras en Alemania en el siglo XIX había vivido el pensador más radical de ese siglo y del anterior, Friedrich Nietzsche.

La situación, así, era bien simple y la elección muy fácil: o se elegía a Nietzsche o se elegía a los teólogos. La gran mayoría se hacían marxistas y se dedicaban a la teología, y solo alguno quedaba que fuese un pensador verdaderamente ateo – no me vale el que ha sustituido a Dios por el Comunismo, ese sigue siendo religioso – Cioran, por ejemplo, o Michel Blanchot.

Creía que una vez caído el Muro de Berlín, esos teólogos desaparecerían. Pues no es así. Hay gente que no puede vivir en la incertidumbre, que necesita de un suelo firme, anclarse a un proyecto real que dé sentido a su vida. No me extraña, entonces, que en Argentina exista una Dirección de Pensamiento Nacional y que la ocupe un filósofo, Ricardo Foster. Tampoco me extraña que ya en España haya quien se vaya postulando con discreción a dicho puesto.

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Por cierto, ya puestos, diré que no salgo de mi perpeljidad cada vez que leo, u oigo, la frase “pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad” que dicen dijo Gramsci, y lo catalogan entre los materialistas, cuando, en realidad, es una frase que hace hincapié sobre todo en el idealismo.

(La teología, una vez más, secularizada, sí, pero teología.)