La felicidad

“Comprendo que la felicidad y el optimismo no tengan prestigio intelectual. Comprendo que sean incluso inmorales, como aquel tipo que durante el antifranquismo espetaba: ‘Tú, que reír es contrarrevolucionario.'”

Arcadi Espada, “Un año a la plancha”, El Mundo, 29/12/2012.

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La sencillez de la vida

Una-pistola-en-cada-mano
En la mesa del estudio reposa Arguably a la espera de que le llegue su momento y abra sus páginas para sumergirme en ese mundo breve, certero, luminoso, exigente y compasivo, que son los artículos de Christopher Hitchens. Mientras llega el momento y repaso otros libros, pienso en Una pistola en cada mano, la última película de Cesc Gay, cineasta cuyo cine, extraño en mí, me gusta casi tanto como la palabra escrita.

En general me aburre el cine. Lo veo ampuloso, en exceso seguro de su importancia, cuando además ya va perdiendo su influencia y su tiempo comienza ya a ser pasado, al menos el del cine tal como algunos lo hemos conocido y entendido. Gay, sin embargo me gusta mucho. Es un cineasta que hace de lo mínimo cotidiano el centro de su atención. Esta última película la monta a través de una serie de encuentros casuales entre varios personajes que van dejando caer lo que son sus vidas, sus normales vidas de personas que no esperan anda extraordinario ni maravilloso, solo un poco de atención y de cariño, las vidas de quienes se atreven a contar todo lo que les ocurre y la de quienes ocultan aquellos que les amenaza. Así, trenzadas, sin asomo de pedantería ni de manierismo, el espectador va enterándose de quién es quién, de cómo viven y que se atreven a soñar o dan ya por perdido definitivamente. La película, sencilla en apariencia, es un verdadero tour de force. Hay momento que logra salvar por la maestría artística de quien ha meditado mucho sobre la naturaleza humana y quien ha dado cuentas y más vueltas a lo que es lo común y predecible y a lo que es sorprendente sin por ello ser convertirse en fuegos de artificios.

Son adultos, en su mayoría en los cuarenta ya avanzados, aunque haya también alguna excepción. La mayoría se conocen y a sus espaldas hay un pasado en común de amistad. Resiste esta y pierde la convivencia marital. Quien más quien menos se ha separado, aunque en esto también hay excepciones. Hay confidencias que se estrellan contra el muro de los deseos y silencios que hay quien intenta sacar a la luz y la resistencia de alguno impide que se sepan aunque el motivo para difundirlo entre unos pocos sea solo las ganas de ayudar.

Es la vida, sinuosa, llena de casualidades, azuzada por el deseo, el capricho: la mera necesidad de que no se acabe por muchas dificultades que se nos vengan encima. La vida, eso tan corriente y tan difícil de atrapar en una película o en una novela. La sencillez de la vida contada por quien sabe.

La alegría de vivir

“[T]here is no passion like the passion of thinking which grows stronger as one grows older”. Wallace Stevens en una carta de 1945 a Julio Rodríguez Feo.

En un ensayo, no muy alejado de la fecha de la carta, afirma: “The imagination never brings anything into the world” y también “the poet says that, whatever it may be, la vie est plus belle que les idées“.

Al final, con toda la carga de intelectualismo que hay en la poesía de Stevens, subyace en su poesía, o la anima, el gozo de la vida. Quizás, en definitiva, sea eso, más allá de teorías y cenizos, la poesía: la alegría de vivir.

Vísperas

Se acercan las Navidades. Al igual que otros años, surgen las discusiones, este año amortiguadas por la dura crisis, de si la Navidad es una celebración cristiana o si, por el contrario, ya ha perdido su elemento exclusivo de ser algo cristiano y es simplemente parte de la cultura occidental. También hay quien se pierde en si debemos felicitar las navidades, el solsticio de invierno o el cambio de estación, aunque nadie dice que sería mejor no felicitar nada y olvidarnos de la fiesta.

Son, en fin, las discusiones sempiternas. Mientras tanto en la mesa se apilan algunos libros que he de leer y acabar en breve: El atrevimiento de mirar, Dear Life, Arguably, y, algo más alejado, Los demonios, una de esas obras mayúsculas que algunos leen en su juventud y yo he pospuesto hasta esta madurez borrosa, indefinida, carente de sentido.

En Navidades, más allá de celebraciones,felicitaciones y discusiones cercanas a los flatus voci, leo literatura rusa, por aquello del grosor de los libros o por el frío, o simplemente, como todo lo que tiene que ver con la literatura, porque me gusta.

Vacíos

Por la mañana suelo trabajar en casa. Por la ventana, estos días, entra la luz clara de invierno, de un invierno que quizás ha venido con demasiada fuerza algo antes de lo acostumbrado.

De repente en medio de la rutina de los días observo que en el edificio de enfrente las persianas están bajadas, no solo un día sino ya varios. Me fijo algo más y observo que el tendedero ya no está en la terraza y que el montón de objetos que se apila a un lado no cambia de forma ni de orden (o desorden).

Unas semanas después alguien que no he visto nunca sube conmigo en el ascensor. Se detiene en la misma planta en la que yo vivo y por el largo pasillo llega a una puerta cercana a la de mi piso. Abre con una llave y cierra. Caigo entonces en la cuenta de que a los anteriores inquilinos llevaba un tiempo largo sin verlos.

Hay veces que en las ventanas de algunos pisos veo carteles que anuncian su venta o que están de nuevo disponibles para que alguien los alquile. También hay otras señales, mudas, silenciosas, señales de que los bloques se van vaciando, no como antes por las defunciones de sus dueños sino porque la gente ya no tiene trabajo y no puede alquilar el piso y han de marcharse a otras ciudades o a otros países; algunos han de hacer el camino inverso al que hicieron hace diez o quince años, cuando vinieron a España para trabajar, llenos de ganas, ilusiones y fuerzas.