Libre te quiero

Leo en Revista de Libros el ensayo sobre el tedio en la era digital de Manuel Arias Maldonado en el que menciona el cuadro Ennui de Walter Richard Sickert. Esto no tendría mayor importancia si no es porque me veo como el hombre de la pintura desde hace un tiempo (aunque yo hace ya años que abandoné el placer del cigarrillo.) Desde hace unas semanas siento que el salón de casa, está vacío, que predominan las paredes desnudas, que no oigo ningún ruido y que el frío se ha apoderado de la habitación. No es así en realidad, pero es lo que siento, incluso lo que imagino. Una inmensa soledad fría y de un silencio angustioso e intenso.

Silencio, sin embargo, no hay en todo momento. Con mucha frecuencia escucho música, del siglo XX: Schönberg, Hindemith, Britten. Exploraciones en muchos casos del silencio, lo extraño y lo que nos deja fuera de lugar, cual extranjeros, pero verdaderos extranjeros, no la especia de ahora que son solo gente que ha abandonado su salón para dar un paseo por los alrededores.

Al fin, entiendo los versos de Agustín García Calvo:

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

(“Libre te quiero”)

Y el aforismo de José Bergamín:

Lo que llamas porvenir / es un futuro pasado / al que nunca podrás ir.

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Actualización de última hora

El artículo de Fernando Savater es, como siempre, insuperable. Cosas de la lucidez de la que a algunos, desgraciadamente, tanto carecen.

También el artículo de Arcadi Espada es contundente: la libertad de los ciudadanos anónimos amenazada por el pueblo. (Está en El Mundo de hoy sábado y es de pago.)

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Crepúsculo

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En estos días de estar varado he estado leyendo entre tantos otros las Confesiones de Jean Jacques Rousseau, libro sobrevalorado. Después de leerla, también en los intervalos en que descansaba, me venía a la memoria otra autobiografía, la del Marqués de Chateaubriand, Memorias de ultratumba.

El contraste entre una y otra ilumina bien acerca de la miseria intelectual de hoy en día (un presente, por cierto, muy dilatado.) Las confesiones son un largo lamento de un ego hipertrofiado. Es una obra sobrevalorada escrita con el propósito de criticar a sus enemigos mientras el autor se sitúa en el papel de pobre víctima. El pobre Rousseau es víctima de la maldad de gente como Diderot, Holbach o Grimm. Quien es capaz de sostener supersticiones como lo particular frente a lo universal, se queja de que Diderot lo desprecie. Al igual que llora porque el mundo no reconoce todo lo bueno que hay en él, cuando en realidad deberíamos acusarnos de haberle prestado demasiada atención.

A su lado el Marqués de Chateaubriand, autor de unas memorias crepusculares, las de su tiempo, las de su vida, la del aristócrata que, fascinado por los revolucionarios pero sabiéndolos su antítesis, ve cómos e derrumba su mundo sin que nadie acierte a vislumbrar el futuro. El ego importa menos que la crónica histórica, la queja apenas comparece en las páginas y la mirada escéptica y altiva de quien ha querido, y podido, situarse por encima del común, disecciona con frialdad su presente. Sin sentimentalismos, sin venganza.

Lo curioso es que quien apoya las supersticiones sea hoy tenido por ejemplo de progreso y a quien, sabiendo que la cuna ya no iba a ser garante de nada, lo hayan etiquetado de reaccionario.

Pero quizás aquí encuentren uds. la respuesta.

Antipolítica

“Sábado noche con mi chica voy a salir”, dice inmortal la canción. Cualquiera que casi haya alcanzado la cincuentena con un mínimo de sentido común y vergüenza torera, sabe que la frase, por mucha aventura que prometa, a esa edad ya no es sostenible, a menos que se quiera hacer el ridículo.

Entre otras razones porque, y sigo con la canción de manera oblicua, la muerte deja de ser un acontecimiento para convertirse en un suceso cada vez más cotidiano. Hace un par de días ha fallecido B.B. King y ya no es sorprendente, al contrario que sí que lo fueron las de Toño y años después, el mismo día, la de Pepe Risi. Pero entonces la edad era aún tierna e ignorábamos lo versos finales del poema de Gil de Biedma:

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Es primavera, pero no temprana y el calor es quizás demasiado intenso para estos días. La luz entra a raudales, casi ya dañina para las pupilas sensibles. Anuncia el tiempo que viene, el de una naturaleza en plena madurez. Es demasiado para los que preferimos los inicios, los tiernos brotes verdes, el asombro de lo que comienza, como recuerdan los versos de William Carlos Williams.

Una costumbre que no podemos eludir, eso y poco más. Suena en tocadiscos el primer disco de Burning. Puede parecer poco pero es más que suficiente cuando sabes lo que hay y entiendes que casi todo lo otro es vanidad, deseos de poder, miedo a la lucidez.