Sensibilidad

Por fortuna ya estoy casi recuperado de uno de esos resfriados que le asaltan a uno cuando el otoño se haya avanzado pero aún tenemos fresco el recuerdo de los últimos días cálidos del tardío verano.

Es en momentos tale cuando uno se da cuenta de la fragilidad del cuerpo, pero sobre todo de la extrema sensibilidad corporal que, por estar acostumbrados a ella en momentos de salud, solemos olvidar. Olvidamos, claro, hasta que nos asalta la enfermedad y entonces volvemos a experimentar esa sensibilidad que en situaciones límites llamamos dolor.

La sensibilidad corporal nos hace más conscientes de nuestro cuerpo. Lo que antes parecía no existir ahora se revela sensible. Un ejemplo es el mero hecho de respirar y de que el aire circule por los bronquios y alvéolos. Nunca percibimos el aire llegando hasta tan dentro y, sin embargo, no hay más que contraer una enfermedad respiratoria para sentir en cada inhalación el paso lento y dificultoso del aire. Igual ocurre con los músculos. Solo los sentimos cuando nos golpeamos o cuando tenemos un catarro agudo. Entonces notamos que nos duelen mientras los brazos y las piernas nos pesan más que nunca.

En la salud o mientras somos jóvenes el cuerpo es algo grácil, trasparente, por decirlo de algún modo, no existe más que para la recompensa del placer de la vida. Hay momentos, la vejez sí, pero también durante la enfermedad, en que se vuelve torpe e incluso llega a estorbar. Estorba aquellos que somos, aquello que nos une al mundo, que nos vuelve parte de ese mundo.

Han sido días de tisanas, caldos, pañuelos, infusiones e inhalaciones de vapores mentolados, días algo turbios aunque en la calle brillara una luz cristalina y límpida. En el dormitorio, sin embargo, la pesantez de la enfermedad se había enseñoreado de todo a la espera de que con la mejoría pudiera abrir la ventana para ventilar el cu0arto y disipar las brumas que llevaban, como jirones, adheridas recuerdos de mentol.

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Aislamiento

Varado, no sé si como las ballenas o de otra manera menos televisivamente dramática, pero me siento varado, por culpa de una infección vírica indeterminada que me obliga a guardar cama — y van ya no sé cuántos días –. En realidad no me importa pasar varios días en la cama. ¡Qué es un invierno sin resfriados y sin guardar cama! Hay cosas que se pierden irremisiblemente. Las reformas que nos hacen ser más modernos nos quitan algunas costumbres, ya rancias, ya apenas conservadas, que casi todos critican y deploran. Esta de guardar cama durante varios días por una infección. ¡Hasta algunos médicos dicen que no es necesario! Hay también quien alega que no puede ir al trabajo por la infección pero tampoco guarda reposo. ¡Y eso sí que no!  ¡Hay que guardar cama!, ¡sentirse como una ballena varada! ,¡aislarse de mundo! Las bajas laborales son para apartarse del mundo, no para irse de compras a las rebajas!

Ya remiten los dolores musculares y la inflamación en la faringe, dos o tres días más y ya podré volver a la sociedad. Con cuidado y calma, que la voz aún la tengo ronca. Habrán sido unos días de aislamiento — el necesario aislamiento que todos deberíamos sentir al menos un par de veces al año.

La ficción y la alegría

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Mi ignorancia en temas musicales hace que imagine que J.S. Bach escribió su música para tiempos más alegres que estos nuestros y que la obra de A. Webern está pensada para momentos históricos negros.

Esto es solo lo que imagino porque en tiempos de Bach hubo desgracias, malaventuras y momentos en que no se vería salida alguna. Hubo otros, claro, de claridad que alumbraron la Humanidad durante años.

Lo mismo ocurre hoy en día. Hay momentos en que no vemos la salida a las tribulaciones que nos acongojan, y otros en que atisbamos ya el final de la negrura y el comienzo de la alegría, que no es sino el comienzo de un mundo mejor. A ello lleva dedicándose Fernando Savater desde los años setenta, o quizás antes. (Es, todo hay que decirlo, el filósofo a quien más he visto sonreir y reir, sinq ue esoq ueira decir que es un pobre hombre satisfecho de sí mismo.)

Toda la obra del Savater es una apertura hacia lo claro y lo diáfano, hacia lo razonable y la convivencia. A veces desde el ensayo, desde el apoyo a la ciencia – capaz de eliminar supercherías y oscurantismos – y a veces desde la literatura, desde la ficción. Al contrario de quienes piensan que la ficción solo aumenta la ilusión de las personas, Savater sabe que la literatura habla de temas para los que aún no tenemos una explicación racional y acaso nunca la tengamos.

De vuelta

De vuelta ya del viaje y los días ajetreados en que uno no tiene tiempo ni para leer, mucho menos para escuchar música.

Los días de niebla y fina lluvia constante han acabado. Ahora es el tiempo del frío casi seco.

La vida de Adèle

La vida de Adèle es una muy buena película que tiene casi todo para convertirse en éxito de público a pesar de sus casi tres horas de duración. Tiene, sobre todo, una interpretación magnífica de sus actrices principales, y un guión tan bueno que no decae en las tres horas de película.

Es eso sí, una película reconociblemente francesa, lo cual está muy bien hasta cierto punto porque el cine francés nos ha dado grandes películas. (¿Ha sido el cine francés o ls directores de cine francés?, ¿existe una entidad que podamos llamar cine francés?) Pero ha creado un estilo que, en algunos casos, va convirtiéndose en maniera. Este es uno de esos casos, cuando una película muestra desde el principio su filiación, tengo la impresión de que el director ha querido jugar la carta del manierismo, de la identificación fácil. Sin embargo, la película está muy bien llevada a pesar de esa maniera.

Lo más destacado es la suave sensualidad de la protagonista, en contraste con la suave rudeza de su compañera. El director filma con obsesión la boca, los labios de Adèle, cuando come, cuando sonríe, cuando duda, cuando besa. Centra casi todo su interés en Adèle en esa boca entreabierta, sugerente, tragona, como dice de sí misma Adèle en un momento de la película.  Adèle como y besa, disfruta de la vida y la boca es un órgano muy importante en ese disfrute. a veces parece decirnos que la vida es algo muy simple, algo que podemos disfrutar solo con comer y besar.

Hay cosas que no me convencen: el paso del tiempo, sobre todo, porque no existe y parece que la película transcurriera en un único año, cuando no es así. Tampoco convence el contraste de clases sociales, la de Adèle y la de Emma, y es aquí donde cae más estrepitosamente en la maniera francesa: los padres cultos, exquisitos, liberales de una y los de clase obrera y e colegio de barrio de la otra.

Quizás esto no importe mucho, probablemente no, en medio de ese canto a la sensualidad y los placeres físicos. En cualquier caso, es una buena película y un buen ejemplo de cómo una película puede superar las dos horas y no resultare pesadísima.

Albert Camus

Albert Camus era uno de los escritores favotitos de mi padre, al igual que Los cuatrocientos golpes era su película, de la que hablaba incesantemente. Nunca he llegado a saber qué había leído de Camus, pero Camus era uno de sus escritores de cabecera. Tenía a su favor Camus que durante de la dictadura no era del gusto de los tristísimos mandarines oficiales — y hoy, casualidades de la vida, sigue sin serlo. Por demasiado moderado o por excesivamente rebelde, ni a izquierda ni a derecha gustaba. A mi padre, sin embargo, sí que le gustaba, aunque nunca lograra yo saber las razones. En contra tenía Camus el hecho de que le gustara a mi padre. Si quería forjarme una personalidad no podía ser con los mimbres de mi familia, pensaba yo entonces, en los desnortados catorce o quince años de mi adolescencia. Quizás por ello no le presté atención hasta más tarde, cuando los caminos de uno y los de la familia empiezan a converger.

En estos días los franceses deberían celebrar el niversario del nacimiento de Camus, fiesta esta y otras parecidas en  que los asistentes solo sacan en claro los canapés que se han comido. (Hubo un tiempo, el tiempo de los cócteles podríamos llamarlo, en que asisitir a fiestas, inauguraciones y otros saraos culturales era señal de ser de los más moderno. Tanto lo era que la leyenda creció hasta límites irreales.) Parece ser que con Camus, al igual que con Louis Ferdinand Céline, ni la sociedad ni los gestores culturales (pues ya no son otra cosa) van a celebrar fastos, solo una mínima exposición.

Camus, el hombre rebelde, en gran medida porque siempre razonó y siempre se negó a la condena sumaria y automática, el hombre que siempre criticó los paraísos políticos que celebraban la llegada del nuevo hombre y en realidad se dedicaban a aniquilar a los hombres de siempre. ¡Qué bien que tampoco a él el Estado lo tenga en nómina!