Divagación sobre la autobiografía

 

DSCF7294La autobiografía, hoy en día, está en auge en un sentido empobrecido. Como apunté ayer, la autobiografía comienza con las notas que quedan en los diarios. Hoy en día el diario ha sido sustituido por las redes sociales donde la gente aloja las fotos que momentos antes – pocos segundos, la mayoría de las veces – han tomado. La gente – no todos, aunque sí muchos – ha cogido la costumbre de tomar fotos en cualquier momento que le parece importante – aunque no lo sea. Toman fotos de ellos con sus amigos, todos apiñados, sonrientes, con las copas en la mano, toman fotos después de comer y cenar y muestran también la mesa, puro desorden que rompe la mínima armonía que pudiese haber en la imagen, toman fotos vestidos con una prenda nueva, o desnudos, delante de un monumento o acariciando un gato. Por supuesto las fotos que se alojan en esas redes han de cumplir con los requisitos censores que están establecidos en esas redes y que, curiosamente, la gente está encantada de cumplir. Acariciar un gato, o un perro, es algo que se valora mucho. El amor por los animales, o al menos la simple mostración de ese sentimiento, es algo que hoy en día la gente aprecia mucho. Hay otros muchos ejemplos pero creo que uno, en concreto este, es más que suficiente.

Así, foto tras foto, la gente crea una sucesión de imágenes que algunos, pasados los años, llamarán su autobiografía, o quizás utilice un palabro o expresión aún más cursi: la película sentimental de su vida. ¡Quién sabe!

Una sucesión de imagénes, aunque esto mucha gente no lo sabe, no es una autobiografía por dos simples razones. Las fotografías que merecen la pena surgen de un acto intencionado. Toda fotografía buena es intencionada. El fotógrafo ha buscado una luz, un enfoque, un decorado, una expresión, … La fotografía que merece el nombre no es una imagen tomada espontáneamente, es, en realidad, todo lo contrario.

La escritura, propia de las autobiografías, tampoco es espontánea. Es una acto consciente y concienzudo, intencionado también, por crear una historia, una narración, normalmente una historia moral, aunque bien pudiera ser de otro tipo. La escritura, además, lleva a la reflexión: la del autor mientras escribe y la del lector mientras lee y después de la lectura.

En los perfiles de las redes sociales no hay reflexión. Puede haber una intención, sí, aunque siempre es débil: la intención de aparecer favorecidos, que es bien poco y que rompe toda intención moral. Si alguien escribe una autobiografía para salir favorecido – y las hay a montones – lo único que consigue es un pobre escrito apologético.

Sin reflexión no hay arte, ni literario, ni fotográfico, ni hay autobiografía que merezca el nombre. Aunque soy consciente de que siempre habrá un artista que logre esa intención artística en alguna red social, aunque al día de hoy, por lo que sé, eso no existe.

Tres autobiografías

DSCF7258Las autobiografías, hasta no hace mucho – unos quince años – comenzaban con las notas que el interesado dejaba por escrito en un diario. Eran una tarea eminentemente literaria. Partía de unas notas y elaboraba una historia – normalmente pro domo sua, aunque había ocasiones en que el examen de conciencia llevaba al escritor a un ajuste de cuentas consigo mismo. En gran medida eso es lo que, en un ejercicio titánico, hizo Juan Goytisolo al escribir Coto vedado y En los reinos de taifas, su autobiografía moral y social – separo los dos elementos por la importancia del primero. Goytisolo no intenta justificarse ni contar su ascenso a la cima literaria, en la que vivió con una ambivalencia propia del desarraigado que sabe que ese es su sitio pero no quiere habitar dicho lugar con demasiada comodidad. La autobiografía de Goytisolo es una explicación de su literatura y de su vida – ambas tan unidas – de cómo descubrió que era bisexual, de su desencanto con la izquierda revolucionaria, pero sobre todo es una explicación de su obra literaria, de su interpretación creativa – al modo en que R.W. Emerson aconsejaba – de la literatura española, en particular de la literatura medieval, renacentista y barroca. Es cierto que no menciona el influjo que alguien como Edward Said tuvo en su comprensión de la literatura (y de la sociedad), a pesar de que, a partir de un determinado momento, está omnipresente esa filiación saidiana, que lo es también en lo arábigo. Goytisolo, en el fondo, no dice que no hay diferencia entre su obra y su vida, entre la persona y el personaje, en un intento no del todo fracasado de que los lectores prestemos atención a sus novelas y ensayos y olvidemos, o dejemos en un lugar secundario, al escritor de carne y hueso que inventó y escribió esas ficciones.

El caso de Jaime Gil de Biedma es algo distinto. En sus diarios, que al repasarlos y corregirlos los convirtió en una autobiografía, hay un punto de impostura. Son diarios pero al lector siempre lo tiene en cuenta el escritor. Es como una presencia que lee por encima del hombro lo que Biedma está escribiendo, una especie de conciencia delatora. Por lo demás, Biedma se siente a gusto con la vida que lleva en Barcelona, no le plantea mayores problemas. Está instalado en la alta burguesía catalana y, a pesar de todo – de su homosexualidad, de su izquierdismo – no se encuentra a disgusto en medio de esa burguesía que le permite, si es discreto, hacer escapadas a los bajos fondos barceloneses.

Están también los tres volúmenes de la autobiografía de Carlos Barral, un empeño aún más titánico que el de Goytisolo, por la creación de un lenguaje moral alejado de lo excesivo y de lo cursi, con el que se permite indagar en su vida y en la sociedad en que vivió. Barral, otro hijo de la alta burguesía catalana, no reniega de su situación pero es capaz de criticarla, Eso sí, en su obra también hay un claro deseo de establecer una genealogía moral donde los catalanes se sitúan por encima de los demás españoles. Sus ataques a Castilla son numerosos y no da razones, mientras que, en Andalucía, donde hizo el servicio militar, le parece un lugar extraordinario, y hacia ella siente una peculiar conexión (que me malicio tiene que ver más con la actitud del señorito hacia sus trabajadores que a otras razones si no es la amistad y unión que surge por el hecho de estar haciendo el servicio militar obligatorio en esa región.)  Habla poco de su literatura, escasa si no se tienen en cuenta los tres volúmenes autobiográficos, y mucho de su labor como editor y también, por fortuna, de su crecimiento intelectual. El desarrollo de una mente literaria fundada en un lenguaje de clara intención moral.

 

 

Fantasmagoría

Boulder fantasmaAl fin y al cabo, una autobiografía es solo una fantasmagoría. Cuando el narrador – que suponemos es el autor real – escribe sobre sus años de juventud o de pronta madurez – esto hoy en día ya no existe a no ser que llamemos pronta madurez a los cuarenta años – no escribe sobre lo que de verdad le ocurrió sino sobre los recuerdos que el propio autor – que aceptamos sea el yo literario al que le acontece la vida – rememora años – algunas veces muchos años – después.

Así, desaparecido ya su mundo, lo que escribe son solo recuerdos de ultratumba, como muy bien acertó a titular así su vida escrita el vizconde de Chateaubriand, Memorias de ultratumba, pues la vida al escribirla, a menos que sea un diario – el menestral diario que sirve de apoyo a más altos vuelos literarios – es, claro, otra cosa. La vida, bien lo dijo André Breton, está más allá, fuera de nuestras escrituras que, lo sabemos, sirven para poco, y por eso nos empeñamos en ella. Si la escritura sirviese para cambiar el mundo la dejaríamos a los generales, los políticos, los grandes señorones de la Historia, los revolucionarios, también, pues también ellos, como los grandes mandamases quieren cambiar el curso de la Historia, nunca de la historia.

El resultado, ya lo sabemos, es nefasto. La vida es fantasmal, la vives y ya se queda atrás, cuando la escribes solo tienes retazos y figuraciones, breves imágenes de algo que creímos tenía más fundamento.

 

Autobiografía de jazz

El olor del café recién hecho a media mañana mientras en la atmósfera cálida de la cafetería la gente se mueve con la elegancia que da la calma propia de la ausencia de prisas. No suenan los teléfonos y las conversaciones son suaves, en voz baja. La gente lee – casi todos en la pantalla de su propio ordenador, aunque hay periódicos repartidos por las mesas y una librería que comunica con la cafetería, y que pertenece a los mismos dueños. Beneath the Underdog es la autobiografía de Charlie Mingus, un músico de jazz excepcional. Llama la atención el desparpajo con que cuenta sus encuentros sexuales con chavalas de su edad o más jóvenes durante su adolescencia y el amor que siente por Lee Marie; al igual que llama la atención el racismo de los profesores de música clásica, o el de otros negros que rechazan a Mingus por tener demasiado blanca la piel. Quizás no haya que perder de vista la intención de Mingus de crearse un retrato de joven marginado– racial y económicamente –, carente de prejuicios, una suerte de pícaro que va ascendiendo en la vida. No sé en su vida, pero en su música es perceptible esa ausencia de prejuicios – lo que le llevó a componer algunas de los temas más interesantes del jazz, y a interpretar algunos clásicos dándoles un giro, revelando nuevas sonoridades y espacios nunca antes oídos. Escribí que nunca publicaría La verdadera historia del rocanrol. No es de extrañar; me dedico a leer libros de músicos de jazz, una actividad, por lo demás, más gratificante que hundirme en las habituales hagiografías de estrellas de rocanrol con sus cuelgues, resacas y otras aventuras aún menos interesantes.

 

Crepúsculo

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En estos días de estar varado he estado leyendo entre tantos otros las Confesiones de Jean Jacques Rousseau, libro sobrevalorado. Después de leerla, también en los intervalos en que descansaba, me venía a la memoria otra autobiografía, la del Marqués de Chateaubriand, Memorias de ultratumba.

El contraste entre una y otra ilumina bien acerca de la miseria intelectual de hoy en día (un presente, por cierto, muy dilatado.) Las confesiones son un largo lamento de un ego hipertrofiado. Es una obra sobrevalorada escrita con el propósito de criticar a sus enemigos mientras el autor se sitúa en el papel de pobre víctima. El pobre Rousseau es víctima de la maldad de gente como Diderot, Holbach o Grimm. Quien es capaz de sostener supersticiones como lo particular frente a lo universal, se queja de que Diderot lo desprecie. Al igual que llora porque el mundo no reconoce todo lo bueno que hay en él, cuando en realidad deberíamos acusarnos de haberle prestado demasiada atención.

A su lado el Marqués de Chateaubriand, autor de unas memorias crepusculares, las de su tiempo, las de su vida, la del aristócrata que, fascinado por los revolucionarios pero sabiéndolos su antítesis, ve cómos e derrumba su mundo sin que nadie acierte a vislumbrar el futuro. El ego importa menos que la crónica histórica, la queja apenas comparece en las páginas y la mirada escéptica y altiva de quien ha querido, y podido, situarse por encima del común, disecciona con frialdad su presente. Sin sentimentalismos, sin venganza.

Lo curioso es que quien apoya las supersticiones sea hoy tenido por ejemplo de progreso y a quien, sabiendo que la cuna ya no iba a ser garante de nada, lo hayan etiquetado de reaccionario.

Pero quizás aquí encuentren uds. la respuesta.

Me levanto en este primer día de año a las nueve de la mañana, sin pesadez en la cabeza, fresco, ligero, descansado. El día es grisáceo pero el ánimo es fuerte. Desayuno y me dispongo a leer: una lectura tonificante como es, o espero que sea, la Autobiografía de Bertrand Rusell, alguien que trabajó incansablemente durante toda su vida para disipar las brumas de la superstición y de la superchería, así como eso que algunas llaman pensamiento (a la contra creen ellos) y no pasa de ser una serie de jaculatorias de uso corriente entre grupos sociales cerrados.

Naturalmente la lectura de Russell inmuniza contra los estúpidos titulares que encuentro en casi todos los diarios. En una subrayan que la mayoría de los españoles no cree que el 2014 vaya a ser el año de la recuperación, como si esta dependiera de las creencias de gente que no dispone de los conocimientos ni información necesaria para emitir un juicio sustentado en datos y no en presentimientos, creencias o gustos. (¡Ay, el tonto prestigio de la opinión!) Otro dice: “La nueva subida de la luz costará a los consumidores más de un millón diarios” dando a entender que ese millón es por consumidor, y también sin discriminar entre quienes tienen bono social y lo que no lo tienen, o entre quienes gastan 50 o 400 euros. (¡Nada como el brochazo gordo sin matices! ¡Para qué los matices en tiempos de guerra!)

Contra ellos, contra toda forma de estupidez, los escritos de Bertrand Russell, escritos en un estilo legible, conciso, claro; el estilo apropiado para disipar las supersticiones y la superchería.