Paisaje

Había en Nuevo México algunas tienducas desperdigadas por la carretera fantasma. Muchas de ellas eran casas de empeño que había quebrado, otras eran librerías perdidas en el desierto, aguantando bajo el cielo que más que proteger atacaba. Todas tenían un voladizo que hacía de techo y que daba una mínima sombre a los conductores que llegaban allí. También nos la proporcionaban a nosotros que solíamos caminar por los arcenes llenos de hierbas y piedras.

Con frecuencia me viene su recuerdo al igual que me viene el recuerdo de aquel cine que era casi lo único que permanecía de pie en Tucumcari. Alrededor suyo una casa que había ardido, solares con maleza que cubría lo que en un tiempo fue un salón o una cocina. Algo más allá un varias casas con los jardines descuidados, el porche vacío y el sofá desfondado.

Llevo un tiempo con la impresión de que en ese paisaje desolado, donde no hay gente, nos hemos instalado y que vamos a vivir en él durante varios años.

Un viaje de verano

Escritura

Llevo más de un mes sin hacer una anotación o un apunte en mi moleskine. Hace un mes que no dejo constancia de alguna reflexión. Esto no quiere decir que no haya escrito nada desde entonces. He preferido, por urgencia o por la comodidad, escribirlo ya en la bitácora. Ocurre una doble escritura.

Hay una opción que es la de primero anotar en la libreta las ideas o los argumentos, establecer una ilación del tema – cuando la hay – y luego traspasarla a la bitácora. En el trasvase siempre hay una reescritura que intenta mejorar lo anterior. Siempre hay cambios – creo que a mejor – y siempre hay retoques.

La segunda escritura es la que hago directamente en la bitácora. Es, por su propia naturaleza, más urgente, y corrijo sobre la marcha. A veces, una vez que está ya publicado el texto, lo releo y lo cambio en algún detalle. De los cambios queda, o al menos eso creo, alguna constancia mínima, como por ejemplo el hecho de que he actualizado el texto (aunque habría que buscar un sinónimo más ajustado a la realidad, porque actualizar no actualiza, simplemente cambio parte de lo escrito.)

Cierre, en realidad derribo

Leo que cierran la editorial DVD, una editorial que ha tenido el coraje de publicar mucha literatura muy arriesgada. Aluden a los problemas económicos que, para una editorial, se resume en que la gente no compra sus libros. El editor se gasta un capital en publicar el libro que recupera mediante la venta de los ejemplares. (Esto habría que escribirlo en pasado ya casi pluscuamperfecto, porque los tiempos han cambiado — qué poco me gusto Dylan siempre — a peor, claro: El editor se gastaba un capital que luego recuperaba mediante la venta de los ejemplares.)

Seguro que hay quien lo lamenta, quien echa la culpa al terrible capitalismo y tiene sus estanterias — si las tiene — ayunas de libros de DVD (y de tantas otras editoriales que han merecido y merecen la pena).

Habrá que esperar, sin que sirva de nada, a que con la microfinanciación salgan adelante editoriales que apuesten por la calidad literaria y que tengan continuidad en el tiempo. Sin esperanza, porque no las habrá.

Grecia

Grecia es nuestros inicios. Con independencia de que, como algunos historiadores señalan, parte de la filosofía proviniera de Oriente y los griegos partieran de esa base, es en Grecia donde la filosofía se desarrolla. Y con la filosofía, un modo de entender al hombre y su política. Aparecen los primeros brotes de conceptos tales como democracia, universalismo o humanidad, aunque tampoco están ausentes otros como aristocracia (un ejemplo son los héroes homéricos) u oligarquía.

Grecia siempre ha actuado como imán. Al ser una cultura desaparecida, los europeos hemos podido soñar con ella, adaptarla a nuestras necesidades, admirar una parte o un detalle de la misma. Johann Joachim Winclemann estudió la estatuaria griega y nos dejó un libro extraordinario; Byron – ese poeta ampuloso al borde de lo vulgar – viajó para liberar Grecia; Keats nos dejó algunos de los más grandes poemas, que tienen como excusa el mundo griego. Por no hablar de Frieddrich Nietzsche, y su obra juvenil, El nacimiento de la tragedia. Poco escritor habrá que, consciente de su tarea como algo artístico y técnico a la vez, no haya prestado atención a la Poética de Aristóteles. Y así podría seguir durante un buen rato, que sería también un buen espacio en este cuaderno de apuntes.

Quiero fijarme en una figura importantísima dentro de la cultura griega: el héroe de las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides. El héroe trágico griego actúa movido por su conciencia (si este concepto tiene sentido en la Grecia Antigua), actúa por un sentido ético de la vida. No le importa enfrentarse al poder político, al poder religioso, a la tradición, a sus conciudadanos o a sus amigos. Es curioso que en las grandes tragedias los personajes ejemplares sean, en un primer momento, secundarios, y que Orestes o Electra sean reprobados por la sociedad. El héroe trágico se enfrenta a la sociedad con su sola norma moral y el convencimiento de que hace lo correcto. Es el ejemplo del individuo que conoce sus obligaciones dentro de la sociedad pero niega todo comunitarismo que impida su libertad individual. Vive en comunidad pero no delega la exigencia de la libertad individual. Por esto, sabe que está obligado a actuar y que no puede ignorar el dilema ante el que se halla enfrentado. Sabe también que todos los actos tienen consecuencias, que una vez uno ha actuado no puede negar las consecuencias de su acción, ya sean buenas o malas.

El héroe griego es uno de los ejemplos supremos de lo ético porque actúa y asume las consecuencias de sus actos. No pretende hacer como si nada hubiera ocurrido ni descarga su responsabilidad en las espaldas de los demás ni tampoco pide ayuda a ninguna institución para que le resuelva su problema. Se yergue glorioso y solitario ante el mundo, satisfecho de haber cumplido con su deber, a pesar de que el resultado sea el exilio o la reprobación social.

Ensayo de autobiografía II


En la tradición española la autobiografía es un género casi desconocido que solo ahora parece tener un número pequeño de adeptos. A pesar de la impronta eclesiástica en la cultura hispana, el examen de conciencia no parece haber tenido mucha fortuna. Los ejercicios de recuento del día tan propio de los jesuitas, el examen que se hace antes de rendir cuentas, no contaban con verdaderos practicantes. Nunca sabremos si lo oído en los confesionarios era verdad todo, pero sí que sabemos que las confesiones públicas no han sido frecuentes. Acaso porque se prefería la secreta y había un pudor o miedo enorme a que los demás conocieran nuestras debilidades, o porque nunca hubo un examen de conciencia a fondo y sincero – lo que deja muy malparada la sinceridad religiosa, y confirma la sospecha de que aquí la religión ha sido asunto de ritos y poses –, lo cierto es que nunca ha habido un interés por la autobiografía que sí ha existido en otros países como Gran Bretaña o Estados Unidos, de raigambre puritana. Quizás en el entendimiento social de la religión tan distinto al católico – más preocupado por el oropel refulgente que por la densidad de la práctica sincera e individual – derive la autobiografía. La confesión, junto con otras tantas prácticas, no es un asunto exclusivo del creyente y de dios, incluye también a la comunidad porque esta es recipendiaria, al menos subsidiaria, de las acciones de las personas. Esto que en España lo entenderíamos de manera chabacana, porteril por decirlo de algún modo, en los países puritanos ha sido interpretado como compromiso con la sociedad. Quizás por ello, como el Estado cubre muy poco las eventuales catástrofes o desgracias, es la sociedad civil la que se ocupa de paliarlas, y en los países en los que el Estado tiene una presencia clara y asentada, el propio compromiso comunitario ha forjado una ética civil de la honradez, la mejora y la rendición de cuentas muy alejada de la picaresca hispana para la cual lo único que importa es aprovecharse todo lo posible de lo que nos ofrecen sin detenernos a pensar si nos lo merecemos, o al menos nos lo merecemos en tal medida, o si no tendríamos que dar algo a cambio.

La sociedad civil como tal aquí nunca ha existido. Ha habido gregarismo, comunitarismo, privilegios, cierre de filas en torno al caudillo del momento, pero sociedad – entendida como la libre asociación de personas con el propósito de buscar la libertad, la prosperidad y la felicidad en todo – de eso no ha habido. Sin sociedad civil no podemos esperar el surgimiento de frutos propios de esta: secularismo, laicismo, ética pública, virtudes civiles. Los valores y el entramado que desarrolla es lo que permite más tarde una literatura en que la introspección que el autor lleva a cabo de su propio mundo sea fructífera, en primer lugar por la libertad de conciencia del autor, liberado de la obediencia y servidumbre a ningún poder externo, sea este religioso, civil o militar. Así las cosas no ha de extrañarnos que no haya ningún autor que desee contarnos sus dudas, sus debilidades, los afanes que lo movieron, las cobardías que lo agarrotaron. Escasea la autobiografía porque somos incapaces de examinar con rigor, libertad y honestidad nuestra vida, porque hay veces – muchas veces – que la hemos manchado, porque la vida queda enlodada por lo que hacemos y por lo que omitimos, pero somos incapaces de aceptar esta realidad – por otro lado, a veces muy dolorosa – y nos recluimos en nuestras ensoñaciones de vidas luminosas, y cuando nos interesamos por alguien no pasa de ser un mero interés malsano. Aquí leemos las biografías y las autobiografías animados por el conocimiento de detalles vulgares y escabrosos, y no por el desarrollo vital de las personas. Por eso tienen tanto éxito las memorias de personajes conspicuos y vulgares pero muy presentes en la vida pública y cuya vida se reduce a haber frecuentado la sociedad. Exhiben un glamour de baratillo y adornan sus vidas con superfluas historias de patéticos galanes trasnochados. Ese es el ejemplo de vida interesante e intensa que anualmente – en la temporada navideña – proponen las editoriales y que debe de ser un éxito rotundo pues año tras año insisten y repiten con la vida de otro de esos santones ilustres.

(Ensayo de autobiografía I)