¡Artistas, luchadores contra el vicio y el consumismo!

Vecindario

En Valladolid, Ciudad del Paraíso, se han acabado las fiestas, que al parecer del Sr. Alcalde han sido muy alcohólicas, sobre todo para los jóvenes (ya saben, todos esos que tienen entre 16 y 90 años). Para evitar tanta dipsomanía el año que viene la Sra. Concejala de Cultura – que es la cancerbera del Paraíso, a lo que parece – va a mandar más artistas a las calles, como de pequeños nuestras madres nos mandaban a las monjitas porque, decía, nos harían buenas personas. Así que los artistas van a recuperar el esplendor pasado de voceros del Gobierno y sanadores de almas, en este caso de hígados.

¡Ah, aquellos tiempos en que a José Antonio le escribían encendidas loas, mientras algún otro artista de la narración nos contaba las bondades del Franquismo! ¡Ay del poder taumatúrgico del Arte, de su capacidad de concitar voluntades heterónomas! Uno creía que el tiempo de las Inmaculadas de Murillo y los autos sacramentales de Calderón de la Barca había quedado atrás, y nos viene ahora la Sra. Concejala recuperando a los artistas como guías espirituales y aguadores de alma.

Ya me imagino a un artista en cada esquina de esta ciudad, ahora Paraíso, trabajando con las herramientas del Arte para evitar que nos descarriemos por los callejones del vicio y del capitalismo (que, quizás, sean lo mismo.)

Valladolid, Ciudad del Paraíso, custodiadas por artistas a los que podremos dirigir nuestras plegarias o peticiones cuando sintamos la fuerte tentación de la dipsomanía o del consumismo: Vallisoletano, no vaya a comprar a las grandes superficies, gócese en la performance de los artistas de la tierra (como los tomates, por cierto.)

Valladolid, Ciudad del Paraíso, en septiembre

Como todos los años, al igual que las oscuras golondrinas becquerianas, vuelve. Los fascículos, digo. Nada mejor que iniciar una colección de algo – lo que sea – en fascículos para ordenarse uno mismo la vida después del descontrol veraniego de noches en vela, viajes a lejanos países y demás molicie intelectual.

También, vuelven, pero aún más oscuras que las golondrinas las fiestas patronales a esta ciudad que es ahora el Paraíso, gracias, nos dicen, a la ciudadanía que ha decidido poner al mando de la misma a la coalición festiva y regenerante – casi energizante – de las plurales izquierdas unidas por el Sillón.

Las fiestas, decía, negras y carentes de ciudadanía que, entre otras cosas, significa “comportamiento propio de un buen ciudadano.” La masa que ensucia el pavimento con vinazo, orines, vomitonas. Las fiestas ahora, gracias a la coalición ilusionante – como tanto tónico que vendían los sacamantecas en las ferias de los pueblos – son ejemplo, dicen, de ciudadanía (pero carente de urbanismo). Se respira, dicen, otro ambiente, sí, lo olemos, la gente sale a la calle feliz y contenta – cual abejas Maya.

Vuelven como cada año, pero son peores, las colecciones por fascículos, que permiten ordenar nuestra atribulada y perdida existencia; y las fiestas, ahora del Paraíso, gracias a la ciudadanía sin eso mismo.

Y ni siquiera he logrado ver este verano los lechazos retozando por la claras y amplias parderas de Kentucky.

Como dijo Lenin, ¿artistas, para qué?

El Paraíso ha llegado a la ciudad, y como tal ha de adornarse a partir de ahora. Ya no valen los tonos grises, tristes y resignados, ya no vale una ciudad que ni refleja la alegría del cambio. Así, a arcángel, integrante de uno de los partidos políticos ganadores se le ha ocurrido que los artistas, del terreno e internacionales – al igual que los tomates y los lichis – han de decorar las paredes medianeras de los edificios. Ya saben, esas paredes que separan dos edificios, y que solo vemos cuando un edificio ha caído y dejamos de ver cuando levantan uno nuevo.

Alega la política que la cultura ha de estar en la calle, como si en algún momento hubiera estado en otro lado (pero ya se sabe eso de la ignorancia). Yo, la verdad lo veo bien, arte efímero, que dejaremos de ver cuanto antes pues su interés será, en gran medida, nulo. Lo que me asombra es el precio. Apenas 60000 euros a repartir entre varios, una cantidad muy alejada de lo que, por ejemplo cobró Miquel Barceló para pintar aquella cúpula, que tanto gustaba a la izquierda que tanto la defendió. Ahora los tiempos han cambiado y los artistas, al igual que los políticos, han de trabajar por muy poco dinero por el bien de la comunidad, pues el Paraíso ha llegado y no debemos escatimar esfuerzos para que todos vivamos a gusto en él.

Los artistas, claro, han de colaborar con su parte, y su arte. Los artistas, ¡qué vocablo tan pleno de resonancias! Uno se alegra de no serlo, al igual que se alegra de no estar enfermo de énfasis, como todos estos habitantes del Paraíso. Los artistas, que, por si no nos damos cuenta, harán que nos percatemos de que estamos en una nueva época, tan distinta a la anterior (aunque yo me temo que ni la halitosis, ni la alopecia ni tantas otras cosas van a quedar erradicadas por este equipo de gobierno donde manda el segundo y el primero figura.)

Performances, artistas, la calle como museo, o como la antítesis del museo. Los artistas, sí, y el Paraíso. Lo mismo un día de estos hay una performance mingitoria en los portales de las viviendas del Sr. Alcalde y del teniente de alcalde. Habrán sido los fachas, seguro que sí.

Sic transit vita humana

Ha cerrado para siempre Mastropiero, una tienda de música clásica y jazz, la única en realidad que había en Valladolid. Febrero se inicia con las nevadas, que serán noticia en todos los medios de comunicación y tema central de las conversaciones inanes de la gente, y el cierre de la tienda de discos, que recordaremos solo algunos.

Así es la vida. Mejor no nos lamentemos. “Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere” nos dejó dicho Spinoza. Así ha de ser. Sería demasiado fácil caer en el sentimentalismo de la nostalgia y clamar por un pretérito mejor, que nunca llegó a existir, porque aquí la música clásica ha sido cosa de élites, de pequeños grupos, pero no élites económicas ni de poder, no. Élites de gente que quería saber de esa expresión musical que llegó a dar obras como las sonatas para piano de Beethoven o las “Variaciones Goldberg.” Esto es, sí, elitismo, pero porque la mayoría prefiere la música simplona que programan en las radios o en los guateques o en los lugares de moda.

Sí que no seré yo el que entone el lamento porque se ha cerrado la única tienda de música clásica que había en Valladolid. A pesar de tener un auditorio con una programación estable, a pesar de tener un teatro dende hay varias representaciones de ópera cada año, en Valladolid no hay gente suficiente como para mantener una tienda de música. Es, sin duda, mucho mejor descargarse todo, mejor porque nos e paga, claro, y aquí la incultura musical, literaria, humanística en general, va unida a la creencia de que la cultura es gratis, y libre y para todos.

Que no lo es, claro, que para llegar a ser cultos hay que esforzarse mucho y estudiar mucho y dejarse de lugares comunes y charlas de bares. En otros países al bar se va a beber, en España vamos a aprender cultura y dar lecciones. Así nos va, claro. Los mejores escritores, aquí, son los costumbristas, loe mejores músicos, los del pasodoble tabernario.

Como sigamos así, la cultura de tan libre y tan al alcance de todos, va a ser transparente, por aquello de que llegará a no existir. Una tienda menos, un hito más en la destrucción del tejido cultural en España.

Feria de Libro decaída

Este año tampoco he ido al recinto donde habían colocado la Feria del Libro. Desde que la desplazaron a la carpa nueva, más allá del río, no me apetece demasiado pasarme por allí y entrar en ese lugar, mal acondicionado y con peor acústica, según cuentan los que han ido. Libreros y editores también han excusado su asistencia. No todos. Algunos van, y es normal que vayan, a vender libros, que es de lo que se trata. A mí no me importa mucho que la hayan llevado a otro lugar, fuera del centro de la ciudad. Tengo la costumbre de pasarme por las librerías varias veces al mes; también bajo a la biblioteca con mucha frecuencia.

Hubo un tiempo en que me apetecía ir a la Feria. Estaba en el Campo Grande y llevaban a bastantes escritores interesantes para que presentaran sus libros y departieran con el público. Deberíamos destacar, ahora que estamos tan preocupados por los caudales públicos y por su despilfarro, que nunca lo hubo en la época en que Agustín García Simón la dirigió.

Agustín es un hombre con coraje y ganas de trabajar, alguien que conoce muy bien el medio editorial y a quien le gusta el contacto con los escritores, y con los lectores pues no en vano ha escrito varios libros. Es un hombre también con sus filias y sus fobias muy marcadas, y que solo la educación atemperan. Hay que decir que cuando fue el director de la Feria, cultura y negocio se complementaban, y el Paseo del Príncipe, o el Paseo Central, se llenaban de gente curiosa, gente que hojeaba los libros, que se acercaba a escuchar a los escritores – todo escritor que tenía algo interesante que decir, más alguno con poco que contar pasó por allí. Era la pequeña ciudad de provincias que decidía salir a pasear por las tardes cuando comienza la primavera, casi siempre tardía. La ciudad no era solo para los turistas ni era un escaparate en el que solo se puede mirar a distancia las cosas pero nunca tocarlas. La ciudad, en esos días, era para sus habitantes, y para quienes quisieran acercarse también, por supuesto. La gente vivía en la ciudad, paseaba por sus calles, se demoraba en las aceras, charlaban.

Los caprichos urbanísticos llevaron al alcalde a encargar una cúpula que emplazarían en una zona alejada de la ciudad entre varias carreteras principales y sin apenas paseos alrededor. Los libreros en su mayoría han dejado de asistir y entre los editores apenas se ven otros que no sean los institucionales. Mientras tanto, la vida en la ciudad discurre por los aledaños del Campo Grande y la Plaza Mayor.

Seminci

Hoy comienza otra edición del festival de cine Seminci. Van ya 20 años, o alguno más, que asisto. Año tras año durante una semana asisto al cine en sesiones de mañana, tarde y noche. Puedo llegar a ver cuatro películas al día. (Algún año hubo, por cierto, que llegaron a ser cinco diarias.) Me gusta entrar en la sala sin tener referencias de lo que voy a ver. Es una aventura, sedentaria pero aventura al fin y al cabo, la del descubrimiento, al igual que cuando abres un libro del que no sabes nada, ni de él ni de su autor.

He visto malas películas de directores consagrados en la sección oficial, y he visto maravillas deslumbrantes de noveles, o novatos, en Punto de Encuentro o en Tiempo de Historia. Esta es quizás mi sección preferida, la de los documentales porque la ficción, si la historia no es buena, me aburre mucho. Sin embargo, los documentales, a pesar de que el ritmo no sea el adecuado, siempre tienen algo que sorprende. No es cansancio de la ficción, sino aburrimiento por la mala ficción, que va muchas veces arropada por la pretenciosidad o el experimentalismo de quien tiene muy poco que decir.

En fin, de sábado a sábado veré bastantes películas. Si alguna me llama la atención, dejaré noticia de ella aquí.