We Shall Fight on the Beaches

Este es el discurso que Winston Churchill dio en la Cámara de los Comunes el 4 de junio de 1940 durante la Segunda Guerra Mundial, en un momento muy crítico para Gran Bretaña, que era el único país europeo que no habia caído bajo el dominio del totalitarismo. En su caso era el ejército nazi el que atacaba y amenzaba a Gran Bretaña. Churchill, al contrario de lo que Neville Chamberlain había hecho, se negó a negociar o contemporizar con los nazis. Tampoco actuó como Philippe Pétain, ni como Francisco Franco, ni como Stalin que firmó un acuerdo de no agresión entre la Unión Soviética y la Alemania de Hitler: el pacto Ribbentrop-Molotov.

La parte más famosa del discurso es esta:

We shall go on to the end. We shall fight in France, we shall fight on the seas and oceans, we shall fight with growing confidence and growing strength in the air, we shall defend our island, whatever the cost may be. We shall fight on the beaches, we shall fight on the landing grounds, we shall fight in the fields and in the streets, we shall fight in the hills; we shall never surrender.

En estos momentos es bueno recordar que fueron los británicos y los estadounidenses los que más hicieron por que Europa no sucumbiera al nazismo.

Soy español pero en muchas ocasiones siento orgullo y envidia de los británicos, a veces hasta el punto de desear pedir la nacionalidad británica.

 

 

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Un mundo perdido

Me he levantado con la mente revuelta y el cuerpo entumecido. Esta noche he tenido, por lo visto, varios sueños repetitivos, obsesivos, de los que recuerdo, la verdad, poco. Lo único que recuerdo es una sensación desasosegante y un estribillo que se repite sin visos de que acabe.

En este momento poco hay que me apetezca más allá de leer los Ensayos de Montaigne, una vez más, o la Minima moralia de Adorno, aunque sé que esto supondría un esfuerzo superior, no porque los ensayos de Montaigne sean más fáciles sino por el desacostumbramiento a la escritura de Adorno. El tiempo pasa a una velocidad vertiginosa (no pretendo con esto hacer una tratado de filosofía de los lugares comunes.) Es solo la constatación de que en menos de 75 años Adorno, a pesar del predicamento que ha tenido en las universidades estadounidenses, ha dejado de ser significativo en esta sociedad, para esta sociedad, quizás, sería mejor decir. No por banal, ni por poco exigente consigo mismo; en realidad, estas dos características son sobre todo aplicables a la sociedad.

Pasa Adorno por ser demasiado rico para esta sociedad (aunque tenga cosas de baratillo y de desecho) y quedan los llamados pensadores políticos de izquierdas que son famosos por los libros que publican, y que habría que clasificar en el grupo de autoayuda.

Un mundo perdido, el de la Humanidad de los 1300 últimos años, que pervive ya solo en el silencio de algunas bibliotecas. Así, no es necesario que vengan los bárbaros.

 

El domingo, misa y vermú

Paseo por la indolente mañana entre las ramas caídas y los montones de hojas. Llevan un par de semanas podando los álamos que siguen la línea del ferrocarril en su entrada a la ciudad. La luz clara y brillante – tanto que casi molesta – apenas tamizada por la suave neblina de la mañana inverniza, reina y transmite tranquilidad, casi paz.

Por el centro de la ciudad, casi todos los domingos hay alguna actividad, familiar en su mayoría. Un día es una carrera popular a favor de la diabetes, nos dicen, cuando, en realidad debería ser a favor de los diabéticos – pero ya sabemos que la claridad conceptual es cada vez menor y las brumas de la confusión imperan con mayor fuerza cada día que pasa. Otros días es una trotada popular por los perritos abandonados, o una marcha, también popular, por los desfavorecidos de no sé qué, o una marcha cicloturística por el cambio climático – de nuevo la confusión conceptual.

Son estas actividades comunitarias casi todas deportivas, y casi todas tienen como objetivo ayudar a algún colectivo que los organizadores identifican como necesitados de ayuda. El domingo por la mañana, hace años, íbamos a misa y dábamos dinero en las cuestaciones del Domund: rezábamos por los negritos que se morían de hambre, por los inditos sin evangelizar, por los pobres del mundo y por no sé cuántos otros grupos más. La misa era un sacramento que tenía como función, entre otras, reunir al pueblo de Dios.

Hoy en día, en esta sociedad que dicen secularizada y laica, seguimos reuniéndonos los domingos para sentirnos parte del Pueblo Elegido que realiza acciones bondadosas para los colectivos perjudicados, que no han cambiado tanto como se ve. El deporte es un sustituto de lo religioso en las sociedades laicas: sentimiento grupal, esfuerzo, sensación de haberse purificado mediante un ejercicio, … Aún perduran restos del pasado en que la cultura era ese sustituto de la religión: aquello de ir el domingo a ver la exposición famosa de no sé qué pintor en el museo de la ciudad, por ejemplo, o la lectura del último libro del exquisito escritor para todos los lectores, cuya prosa solía ser, en el mejor de los casos, cursi.

En lo que no hemos cambiado nada es en la costumbre de ir a tomar el vermú: a la una o una y media todos vamos al bar – de barrio, chic,  o con umos multivitamínicos, según la ideología de cada uno – a tomarnos un vermú, o dos, o…